Richard Wagner (1813-1883), compositor muy emparentado con el pensamiento de Arthur Schopenhauer (1788-1860), a quien tuvo por maestro y en cuyas convicciones se inspiraron varias de sus óperas.
Richard Wagner (1813-1883), compositor muy emparentado con el pensamiento de Arthur Schopenhauer (1788-1860), a quien tuvo por maestro y en cuyas convicciones se inspiraron varias de sus óperas.

Richard Wagner nació un 22 de mayo, el de 1813. Revolucionó el panorama musical del siglo XIX con sus composiciones operísticas, impregnadas de un irreprimible componente reflexivo. Tras cada uno de sus compases y pentagramas hay pensamiento. Él mismo escribió en su autobiografía, Mi vida: «Siempre me tentó el querer desentrañar las profundidades de la filosofía». Lo hizo a través de las notas que imaginó.

Por Carlos Javier González Serrano

Música y filosofía han estado estrechamente unidas desde el comienzo de los tiempos. El componente simbólico de la música puso en contacto al ser humano, desde muy temprano, con un mundo al que no pueden acceder las palabras ni los conceptos. Así lo creyó Ludwig van Beethoven (1770-1827) y también, algunos años más tarde, Richard Wagner (1813-1883), compositor hondamente emparentado con el pensamiento de Arthur Schopenhauer (1788-1860), a quien tuvo por maestro y en cuyas convicciones se inspiraron varias de sus óperas. Por añadidura, tanto Wagner como su esposa Cosima mantuvieron una intensa y finalmente turbulenta relación personal con otro de los genios filosóficos de su tiempo, Friedrich Nietzsche (1844-1900).

Filosofía y política

Fue Wagner el único de los grandes compositores que no sólo se acercó a la filosofía como adorno o aderezo para componer, sino que la estudió con hondura, sumo interés y seriedad durante largo tiempo. Nunca fue un interés paralelo, fugaz o puntual, sino constante, sincero y duradero, lo que queda patente en la indiscutible influencia que sobre él ejercieron los pensadores a quienes leyó en la confección de sus libretos y composiciones. No sólo la filosofía, sino también la política preocupó (y ocupó) a Wagner: desde una posición más o menos revolucionaria, socialista (¡compartió barricadas en 1849 con el mismísimo Bakunin!), evolucionó a un desencanto cada vez mayor que le condujo a acoger filosofías que diferían con el carácter del Wagner más joven y agitado. Aunque, hay que decir en contra de lo que suele sostenerse, que el músico no dio ni mucho menos un giro a la derecha, sino que quedó francamente desilusionado de la política misma, a la que, al fin, no tuvo como la solución en la que, en sus años de juventud, había depositado su confianza. Nunca fue un conservador. Su evolución fue más bien filosófica, en tanto que se elevó de tesis políticas a otras eminentemente metafísicas.

Wagner estudió la filosofía con sumo interés y seriedad durante largo tiempo. Fue un interés constante, sincero y duradero, lo que queda patente en la influencia que sobre él ejercieron los pensadores a quienes leyó en la confección de sus libretos y composiciones

Schopenhauer, su maestro filosófico

De lo que no cabe duda es que el compositor de Leipzig conformó a lo largo de toda su existencia, y luchó por conformar, una completa y satisfactoria Weltanschaaung o cosmovisión del mundo. Por ejemplo, no dudó en defender, apoyado en tesis schopenhauerianas, un respeto máximo por los animales no humanos. Wagner creía firmemente en la unidad indisoluble de todo lo vivo, un pensamiento que puso a la base de su vegetarianismo. No hay más que escuchar su Parsifal para caer en la cuenta de ello.

De hecho, Wagner siempre vio en la música un válido instrumento, el más capaz, para comunicar a la sociedad en su conjunto algunas verdades que no podrían transmitirse con la misma efectividad a través de la palabra. El arte auténticamente serio, sostenía, ha de revelar a los seres humanos las más fundamentales verdades de su naturaleza. Una naturaleza que en su juventud consideró social y que, a lo largo de los años, fue derivando hacia una posición más espiritual. En cualquier caso, y a pesar de sus desencantos, nunca abandonó su talante moderadamente optimista, o sería mejor decir vigoroso, que le invitaba a pensar en una mejora progresiva del ser humano hasta que fuera posible una vida en plenitud y comunión con nuestro entorno.

Wagner creía firmemente en la unidad indisoluble de todo lo vivo, un pensamiento que puso a la base de su vegetarianismo

Entre los más eminentes compositores de ópera, Wagner fue el único que escribió sus propios libretos. Esto da una talla de su altura intelectual y de su potencia creadora. Siempre consideró la ópera como una variante del drama, cuyo medio principal de expresión es, sin embargo, la música, y no la palabra. No así lo entendió su maestro filosófico Schopenhauer (a quien nunca llegó a conocer en persona); el gruñón de Danzig llegó a despotricar contra la ópera wagneriana por considerarla un monstruoso engendro en el que, precisamente, la palabra cobra excesivo protagonismo y deja a un lado el aspecto más musical o melódico. Cuando Wagner envió por correo a Schopenhauer parte de su ciclo del Anillo, recibió este mensaje de vuelta, transmitido por Franz Arnold Wille (periodista político y amigo personal de Wagner): «Dele las gracias de mi parte a su amigo Wagner por el envío de sus Nibelungos, pero dígale también que deje el oficio de músico; tiene más genio como poeta. Yo, Schopenhauer, permanezco fiel a Rossini y a Mozart» (testimonio de abril de 1855). El tiempo no daría la razón al filósofo y Wagner acabaría por convertirse en uno de los más célebres y reconocidos compositores de la historia de la música, destacado precisamente por la fuerza dramática de sus óperas. Wagner, en cambio, permaneció siempre fiel a los dictados de Schopenhauer hasta el fin de sus días, sobre todo en lo referido a la ascética y su teoría de las artes.

Pero, al contrario de lo esgrimido por el Buda de Frankfurt en su lúcida vejez, nada más lejos de la intención de Wagner, quien creyó con fuerza en la potencia evocadora de la música para superar toda limitación de la palabra. Así lo perfiló en uno de sus textos más célebres (además de sobresaliente músico y escritor dramático, Wagner fue un prolífico ensayista): «A diferencia del poeta, el músico tiene la obligación de extender su punto de concentración a la plenitud máxima, según corresponde al ámbito de su contenido afectivo». De hecho, en su autobiografía, al referirse a su adolescencia, recuerda: «Era yo casi tan deliberadamente indiferente hacia los versos como hacia la dicción poética. No deseaba convertirme en un poeta de renombre; me había convertido de hecho en un ‘músico’ y un ‘compositor’. Tan sólo quería escribir un libreto aceptable, pues entonces me percaté de que nadie más podría hacerlo en mi lugar, por el hecho de que un libreto de ópera es algo único en sí mismo, algo que ni poetas ni escritores pueden llevar a feliz término».

El músico creyó en la potencia evocadora de la música par superar toda limitación de la palabra

Desencuentro con Nietzsche

Tras su ruptura definitiva con Friedrich Nietzsche, cuyo carácter y fuerza Wagner admiraba —sin simpatizar con sus ideas—, es después de 1854 cuando el músico se decanta definitivamente por la filosofía «redentora» schopenhaueriana, por la que Richard Wagner quedó del todo subyugado. Así lo confiesa en Mi vida: «No cabe ninguna duda de que fue, en parte, la seria disposición mental surgida a raíz de mis lecturas de Schopenhauer —que entonces estaba exigiéndome que expresara, fascinado, sus rasgos fundamentales— la que me dio la idea de Tristán e Isolda». Es así como el ferviente revolucionario de la época juvenil pasa a formar parte de una liga distinta: la liga metafísica. De intentar salvar el mundo mediante la rebelión y la revolución pasó a rechazarlo en sus más denigrantes aspectos, decepcionado y convencido de que nada puede cambiar.

Entusiasmado, Wagner confiesa que llegó a leer hasta cuatro veces en un mismo año El mundo como voluntad y representación, lo que dio como resultado su ópera Sigfrido, quizá la más schopenhaueriana de todas. Fue este el punto de desencuentro entre Nietzsche y Wagner; el filósofo rompe con el músico porque le consideró un partidario más de las ideas cristianas, proclives a asentarse —a juicio de Nietzsche— en una débil resignación. Aunque Wagner, desde luego, no lo veía así: «¿Qué hay de mi relación con la filosofía de Schopenhauer, cuando yo era completamente griego, un optimista? Pero admití lo difícil, y de este acto de resignación resurgí diez veces más fuerte».

Ese «admitir lo difícil» alude a la convicción wagneriana de que, en el mundo, todo sucede bajo la máxima latina: eadem sed aliter, es decir, «lo mismo pero de otra manera». El auténtico héroe no es el que lucha contra el mundo, sino el que logra sobreponerse a él. Al contrario de lo que consideraba Nietzsche, Wagner sostenía que la filosofía schopenhaueriana requiere de un heroísmo muy alejado del que pregonaba alegremente Zaratustra (con su superhombre siempre en la boca), pues quien asume el pensamiento de Schopenhauer ha de bregar de continuo con una concepción «profundamente dolorosa de la naturaleza del mundo».

El auténtico héroe no es el que lucha contra el mundo, sino el que logra sobreponerse a él

En definitiva, disfrutar y escuchar las óperas de Wagner es escuchar, de algún modo, filosofía: todo su pensamiento —biográfico, existencial y erudito— se encuentra plasmado en sus grandes obras dramáticas. Un músico que fue, también e igualmente, filósofo, y que consideró la melodía como el auténtico trasunto del alma humana, que queda expresada en la inefable tensión ejercida entre palabra y música. La música, a fin de cuentas, no es más que una filosofía que ha despreciado su naturaleza dialéctica o conceptual y se ha convencido de la necesidad de expresarse a través de un nuevo lenguaje, universal y global: la ópera.

Haz clic aquí.
Haz clic aquí.

Publicidad

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre