Voz y con-tacto

María del Rosario Acosta

«Anhelo ver a las personas con quienes hablo, pero verlos solo refuerza la certeza de la distancia: no están aquí, conmigo, no hay nada de esa visualidad que logre irrumpir en mi entorno. En cambio, es otra cosa muy distinta lo que sucede con su voz: si cierro los ojos y obligo a mis sentidos a desordenarse, aquello que escucho puede también tocarme. La corporalidad de la voz del otro se hace literalmente presente en ondas que me tocan», escribe María del Rosario Acosta.
«Anhelo ver a las personas con quienes hablo, pero verlos solo refuerza la certeza de la distancia: no están aquí, conmigo, no hay nada de esa visualidad que logre irrumpir en mi entorno. En cambio, es otra cosa muy distinta lo que sucede con su voz: si cierro los ojos y obligo a mis sentidos a desordenarse, aquello que escucho puede también tocarme. La corporalidad de la voz del otro se hace literalmente presente en ondas que me tocan», escribe María del Rosario Acosta.

… quizás, a diferencia de quienes tienen una confianza en la pertinencia de la filosofía en tiempos como estos, mi reacción inicial ante la pregunta de por qué tendría que decir la filosofía justamente ahora, en este extraño presente, es de profundo escepticismo [1].

Por María del Rosario Acosta, filósofa

O de pronto, para decirlo de otra manera, creo que la filosofía en estos momentos debería mostrarse vulnerable, en solidaridad con la compartida vulnerabilidad por la que estamos atravesando. En eso tal vez soy aún demasiado hegeliana: no porque piense que la filosofía siempre llega demasiado tarde —cosa que ni siquiera el mismo Hegel pensaba—, sino porque, como Hegel, tiendo a ser más bien cautelosa con los riesgos que se corren cuando la filosofía llega demasiado pronto, cuando por apresurarnos a querer comprender aquello para lo que aún no disponemos de categorías suficientes, terminamos encasillando la realidad demasiado pronto, con conceptos y marcos de sentido que no responden a la singularidad de las circunstancias.

Tiendo a ser más bien cautelosa con los riesgos que se corren cuando la filosofía llega demasiado pronto, cuando por apresurarnos a querer comprender aquello para lo que aún no disponemos de categorías suficientes, terminamos encasillando la realidad demasiado pronto

¿Qué significaría saber escuchar la realidad? Saberla escuchar, en primer lugar, en la singularidad de sus reclamos, antes de reducirla a ser una instancia más de una teoría formulada con anterioridad, ya sea en respuesta a condiciones históricas anteriores, geográficamente localizadas, ya sea en abstracción completa de condiciones materiales concretas para las que toda realidad termina reducida a ser un ejemplo. Pero además, ¿qué significa escucharla ahora?… en este «ahora» que pareciera más bien una suspensión del tiempo presente —el tiempo de la espera, como lo dibuja de manera tan bella Coralie Camilli [2]: la espera de una catástrofe que llega, que ya ha llegado, pero cuya magnitud y consecuencias devastadoras aún no podemos prever o imaginar. O el tiempo paralizado, interrumpido, inhibido por la rapidez con la que se han impuesto los sucesos y la lentitud con la que hemos sido capaces de responder a ellos.

Un ahora, además, imposible de pensar y comprehender siquiera como un solo presente; pues a pesar de ser la pandemia, como su nombre mismo lo indica, un fenómeno «global», es innegable que hay una diferencia casi abismal en el modo como distintas poblaciones en distintas regiones del mundo van a estar experimentando la pandemia y sus consecuencias. La pandemia, pues, no nos «une», creo yo, como he visto que se insiste mucho desde que comenzó todo esto, sino que profundiza y refuerza las diferencias que ya de por sí nos separan, y que hacen que de antemano, como lo ha señalado Judith Butler, algunas vidas sean «más dignas» de ser lloradas y algunas muertes «más dignas» de ser lamentadas [3]. Y esto se ve reforzado por el hecho de que, independientemente de que el virus, a diferencia de un agente con consciencia, no distinga raza, clase o género, la distribución de nuestra capacidad para combatirlo, incluyendo los privilegios con los que contamos solo algunxs para protegernos de su contagio, son evidentemente tan o más desiguales que esta distribución estructuralmente desigual tanto del valor de la vida como de la memorabilidad de la muerte [4].

El virus, pues, no nos «une», tampoco nos «iguala». Quizás no obstante, en esta especie de vulnerabilidad compartida, sí haya modalidades de nuestra experiencia de la pandemia que puedan de alguna manera «acomunarnos», ponernos en contacto a unxs con otrxs de otros modos —en medio justamente de la imposibilidad del contacto, de su prohibición, de la potencia latente del contagio— y, con ello, abrir otras posibilidades de relación, otras posibilidades de solidaridad, que tal vez siempre han estado allí pero se hacen ahora más tangibles que nunca.

La pandemia no nos «une», creo yo, sino que profundiza y refuerza las diferencias que ya de por sí nos separan

Pienso, por ejemplo, el efecto que en mi caso ha tenido en estos días la experiencia de la voz —de escuchar la voz de otros— en todos esos extraños pero ahora cotidianos encuentros virtuales. De repente, en medio de la imposibilidad de tocar a otrxs, de olerlxs, de saborearlxs, y allí donde el sentido de la vista no hace sino aún más tangible e inevitable la experiencia de la lejanía, la escucha parece «tomarse la palabra». Es cierto que anhelo ver a las personas con quienes hablo —quizás ahora incluso más que antes—, pero verlas solo refuerza la certeza de la distancia: no están aquí, conmigo, no hay nada de esa visualidad que logre irrumpir en mi entorno. En cambio, es otra cosa muy distinta lo que sucede con su voz: si cierro los ojos y obligo a mis sentidos a desordenarse, aquello que escucho puede también tocarme. La corporalidad de la voz del otrx se hace literalmente presente en ondas que me tocan, emulando por un instante el cuerpo al que aquella voz pertenece.

Todo esto me hace recordar las líneas con las que Guadalupe Santa Cruz, esa maravillosa pero poco conocida escritora chilena, abre su novela titulada Esta parcela: «Nunca nada tuvo a nadie sino su voz, el cuerpo de voz que ha sido suyo» [5]. La protagonista de la novela, una cantante, nos relata la experiencia contraria a la que estaba describiendo yo ahora: la pérdida paulatina pero irrevocable de su voz. Un cuerpo que hasta entonces solo se percibía como voz, de repente no puede ya escucharse, sentirse, y la pérdida le obliga a entender cómo percibirse de otros modos en la ausencia de esta escucha. En la pandemia nos ocurre casi lo contrario: de repente tenemos que percibirnos lxs unxs a lxs otrxs casi que solo con nuestra voz, pues es la sonoridad de la voz de otrxs la única corporalidad que en su resonancia nos toca. Obligarnos pues a tocarnos en estos cuerpos que son nuestras voces, darnos la oportunidad de pensarnos, como lo ha propuesto Jean-Luc Nancy, como cajas de resonancia, abre tal vez la posibilidad de entender de otros modos qué significa que estamos «juntxs» en esto [6].

Anhelo ver a las personas con quienes hablo, pero verlas solo refuerza la certeza de la distancia: no están aquí, conmigo, no hay nada de esa visualidad que logre irrumpir en mi entorno. En cambio, es otra cosa muy distinta lo que sucede con su voz: si cierro los ojos y obligo a mis sentidos a desordenarse, aquello que escucho puede también tocarme

Porque ¿qué significa que la voz sea aquello que en estos días, por encima de todo, nos acomuna? ¿A qué otras formas de ser solidarixs, de ser políticxs, o de subvertir las formas políticas y sus metáforas usuales, nos abre esta experiencia radical de la escucha como tacto? Habría más bien que decir que no se trata de reemplazar un sentido por el otro, de advertir que más que la visibilidad es la audibilidad, por ejemplo, la que podría traernos otros modos de entendernos políticamente. Porque la experiencia abarcadora, a veces incluso ensordecedora de la voz, nos obliga a ir más allá de una inversión de las jerarquías a partir de las cuales organizamos usualmente nuestra percepción. Nos invita más bien a entrar en un régimen de lo «aural» cuyas gramáticas, creería yo, aún están por explorar [7]. E imagino con ello entonces un modo de percibir, que como la escucha, pero esta vez haciendo de sus gramáticas las conductoras de todos nuestros sentidos, dependa enteramente de esa apertura radical que, a diferencia de la vista, del tacto o del gusto, no puede controlar, aislarse, regular o decidir aquello que la toca [8].

No hay lugar aquí ni debería haberlo para ninguna «romantización» de las circunstancias a las que la pandemia nos obliga a confrontarnos. Que esta es una oportunidad para revisar los modos de vida que hemos escogido defender y perpetuar, que es la confirmación de todas aquellas teorías que han querido anunciar y han querido soñar con el fin del neoliberalismo, sus políticas de austeridad y sus devastadoras consecuencias sociales, que por fin la «naturaleza» (como si fuera un ente separado e independiente) está protegiéndose del daño que le infringimos —entiendo, claro, la necesidad de encontrar en medio de la catástrofe una razón para ser optimistas; entiendo la necesidad humana, demasiado humana, de protegerse del horror. Porque el horror, mirado de frente, nos paraliza, nos deja sin posibilidad de decir nada: enmudecemos frente a aquello para lo que ni siquiera la imaginación nos habría podido preparar. Pero nada de esto puede ser razón para dejar de nombrar la pandemia como lo que es, o para evitar reconocer las consecuencias devastadoras que ya ha comenzado a tener y tendrá sobre todas aquellas vidas que, nuevamente, afectará de manera radicalmente desigual. Vidas, por ejemplo, para las que en muchos casos la pandemia se experimentará solo como un momento más, poco excepcional, en lo que ya es una lucha día a día por la supervivencia [9].

Y, sin embargo, una cosa sí debería ser reconocible en medio de la incertidumbre que nos asola: será difícil percibir nuestros cuerpos como antes, será difícil olvidar la radical porosidad que el virus nos ha hecho reconocer más quizás que cualquier otra experiencia que hayamos tenido en común, será difícil olvidar que llevamos la vulnerabilidad a flor de piel, y que en esa superficie que evita el contacto, hemos sido capaces, no obstante, de encontrar otros modos de tocarnos, sentirnos, afectarnos —otros modos de ser cuerpos y habitar el cuerpo de otros modos.

La experiencia abarcadora, a veces incluso ensordecedora de la voz, nos obliga a ir más allá de una inversión de las jerarquías a partir de las cuales organizamos usualmente nuestra percepción

Y así, si vamos a hablar de algo así como la capacidad de la filosofía de escuchar la realidad en un momento como estos, habría que hablar entonces de la capacidad de la filosofía misma de dejarse transformar por esta exposición radical. Quizás haya algo en este obligarnos a desordenar los sentidos, que permita que la voz se haga más tangible que nunca, y nos toque de modos que tal vez, en nuestra vulnerabilidad compartida, nos obligue a detenernos y escuchar. Escuchar —o mejor, entrar en el régimen de lo aural, donde la resonancia es la forma que adquiere la experiencia de sentir con otros— significaría, por un lado, obligarnos a subvertir los marcos de sentido y las gramáticas que determinan qué voces cuentan como audibles y cuáles son reducidas a ser un mero ruido de fondo. Significaría también, por otro lado, entender que esos «ruidos de fondo» ya han irrumpido desde siempre en el espacio de lo audible, ya nos tocan, en su potencia muchas veces ensordecedora, y en su capacidad infatigable de resistencia a ser rehusados [10]. Significaría en última instancia que aquello que debe hacerse audible en esta exposición en común no es aquello que nos une, sino más bien aquello que nos separa de manera tajante y estructural. Para que la experiencia solidaria, si hay alguna, de este virus que supuestamente nos acomuna, no sea, una vez más, que la precariedad de la vida es una condición que solo unxs pocxs pueden habitar desde el privilegio, mientras que una inmensa mayoría la experimenta como una instancia más de la ya normalizada reducción de la vida a mera supervivencia. [11]

Sobre la autora

La filósofa María del Rosario Acosta es doctora en Filosofía por la Universidad Nacional de Colombia. Fue profesora asociada en el Departamento de Filosofía de la DePaul University, de Chicago, hasta el año 2019, y actualmente es profesora de Estudios Latinoamericanos en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de California, en Riverside. Es miembro de REC Latinoamérica.

[1] El presente texto fue preparado como base para una intervención oral en video para la serie Philosopher en temps d’épidémie coordinada por Jérôme Lèbre. Puede consultarse el video a partir de la primera semana de mayo.

[2] Coralie Camilli, L’attente, l’espérance et le désespoir: une expérience du temps.

[3] Ver Judith Butler, Frames of War: When Is Life Grievable? (NY: Verso, 2009) (traducción al español en Barcelona: Paidós, 2010), aunque es sobre todo en su último libro, The Force of Non-Violence: An Ethico-Political Bind (NY: Verso, 2020), que Butler analiza el problema de la estructura misma de la desigualdad desde una perspectiva de responsabilidad ético-política más generalizada. Cf. también sus comentarios cortos recientes en el contexto de la pandemia en Capitalism has its limits.

[4] Para una reflexión muy interesante sobre esta desigualdad en el contexto de la pandemia, relacionada estrechamente con desigualdades estructurales, ver la reflexión de Norman Ajari Comorbidity para la serie Philosopher en temps d’épidemie.

[5] Ver la edición impecable de la novela preparada por Nadia Prado y Julieta Marchant para Santiago: Alquimia ediciones, 2015.

[6] Para esta referencia en particular ver Jean-Luc Nancy, Responding for Sense, in Expectation (NY: Fordham, 2018), 144. Pero Nancy ha desarrollado sus reflexiones sobre la escucha y el ser en común en diversos lugares, particularmente en A la Escucha (Madrid y Buenos Aires, Amorrortu, 2008).

[7] La idea de lo «aural» como régimen más allá del sentido de la escucha y la región de lo audible se la debo a una sugerencia de Juan Diego Pérez a trabajos anteriores míos sobre este tema. Ver por ejemplo mi intervención para el libro de Luciana Cadahia y Ana Carrasco-Conde Ser despojado de la voz propia. De una fenomenología feminista de la voz a una aproximación a la violencia política desde la escucha en Fuera de sí mismas: motivos para dislocarse (Barcelona: Herder, 2019) 121-155, de próxima publicación.

[8] Aquí no puedo evitar incluir la reacción de Gustavo Chirolla a mi texto, pues capta perfectamente el matiz que tenía en mente al insistir en una experiencia que «acomuna» pero ni une ni iguala, e introduce la paradoja de la voz como elemento a la vez de contacto y contagio: «El virus no nos une, ni nos iguala, el pan-demos no es democrático, pero por nuestra vulnerabilidad nos ‘acomuna’ (a-cum-munus), nos acumuna a la escucha de voces-cuerpos, a su resonancia. La voz que nos acumuna tiene esa relación paradójica con el contagio (cum-tangere-io: efecto del con-tacto). Ambivalencia de la boca-órgano: escupe e irradia a cuerpos porosos el pandemonio, y desde el fondo de la garganta, también nos conmuna, nos envuelve y nos conmueve el timbre de una política posible».

[9] Con esto no quisiera sugerir que la pandemia no constituye un momento excepcional, no solo por las cifras de muertes que produce, sino por el número de situaciones que introduce incluyendo la imposibilidad de hacer el duelo y oficiar los rituales funerarios, y por las consecuencias económicas devastadoras que trae consigo. Quisiera más bien insistir en qué estructuras de desigualdad están ya de hecho operando para que la pandemia tenga que ser vivida por muchxs como un momento más de una precariedad normalizada: esto es, para que muchxs no puedan «darse el lujo» de designarla y experimentarla como excepcional. Para un análisis muy bello de la excepcionalidad de la pandemia cf. Maria Emma Wills, Pandemia: algunas consideraciones en medio del desconcierto (en proceso de publicación).

[10] Aquí estoy parafraseando un leit motiv de los Black Studies, cf. Fred Moten y Stefano Harney, The Undercommons: Fugitive Planning & Black Study (NY: Minor Compositions, 2013), 96.

[11] Agradezco a todxs los lectores previos de esta intervención por sus comentarios, críticas y sugerencias, especialmente a quienes he mencionado en notas anteriores y a Rafik Neme, Alejandra Azuero, Nicolás Parra, Carlos Garzón, María Emma Wills, Laura Betancur, Carolina Meza, Santiago Mejía, Diego Cagüeñas, Alejandro Martín, Víctor Ibarra, Miriam Jerade, Rocío Zambrana, Ronald Mendoza y Ben Brewer. Pensar en comunidad en estos tiempos se ha vuelto para mí más necesario y urgente que nunca.

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3 COMENTARIOS

  1. Es muy lamentable que tan extensa y erudita, aunque literariamente imprecisa narración presuntamente filosófica, aluda a una retorica poética sociológica que concluya en un burdo dogma marxista, que se augura ya en sus inicios de adscripción a la filiación hegeliana de la autora. Es tétrica la intención ideológica que pretende ocultarse tras un relato “neutral”y la prodigalidad léxica para urdir un grotesco colofón colectivista.

  2. El hombre no es más bueno porque soporta una crisis sin fastidiar al prójimo o más cruel por hacer lo que tenga que hacer para evitarla, simplemente, el ser humano nació para sobrevivir, incluso mas allá del bien y del mal…🤔

  3. Gracias a la autora por compartirnos sus pensamientos …a miguel angel villalobos le digo que los “sokal” no tienen lugar en la filosofia.

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