¿El votante de políticos corruptos es cómplice moral de esa corrupción?

¿El votante de un político corrupto es cómplice porque con su voto apoya esa corrupción? ¿O su responsabilidad se termina en el momento que deposita su voto en la urna, no llega a lo que luego el político haga en el ejercicio de su cargo?
¿El votante de un político corrupto es cómplice porque con su voto apoya esa corrupción? ¿O su responsabilidad se termina en el momento que deposita su voto en la urna, no llega a lo que luego el político haga en el ejercicio de su cargo?

Corrupción. Corrupción y más corrupción. Parece que nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya ni nos sobresalta. El corrupto es el responsable legal, pero ¿y los votantes de políticos con sospecha evidente de corrupción? ¿Son cómplices morales de sus actos? ¿Y si esa corrupción ya está demostrada? ¿Castigamos con nuestros votos a los corruptos? Tenemos muchas preguntas que hacernos en voz alta.

Por Amalia Mosquera

¿Sí? ¿No? ¿Sí, son cómplices morales, aunque el voto sea secreto, porque la corrupción ha de ser intolerable en democracia y los votantes de estos partidos demuestran no sólo que como ciudadanos miran para otro lado, sino que con su voto apoyan y legitiman los actos de políticos corruptos, a sabiendas de que lo son? ¿No, no lo son, porque para juzgar y castigar está el poder judicial y, en cualquier caso, la intención del votante en las urnas siempre es la de conseguir un buen gobierno, el mejor posible, independientemente de que los políticos después actúen de manera inapropiada?

“La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos”. Muy rotundo el filósofo, físico y matemático francés del siglo XVIII Jean Le Rond D’Alembert en su sentencia. ¿Pero acertado? En la definición de guerra, arte o no arte, seguro que estaremos más de acuerdo, pero ¿en la de política? ¿Lo es? ¿Y los ciudadanos nos dejamos engañar tranquilamente?

El programa La Sexta Columna emitía en abril de 2015 un reportaje -Imputados y queridos por su pueblo, ¿de quién es la responsabilidad de la corrupción?, se preguntaban- en el que daban estos datos: en 2007, de cada 10 alcaldes imputados que se presentaron a las elecciones, siete fueron reelegidos en sus pueblos. Cuatro años después, ganó un 57% de los imputados que se presentaron. En las elecciones municipales del 24 mayo de ese año 2015 se presentaban no sólo imputados, sino también condenados. “La gente te lo pide por la calle”, decía algún candidato a la reelección.

Se lo piden por la calle o se lo permiten a través de las urnas. La perpetuación de la corrupción. O, al menos, el perdón popular en la práctica. ¿Quién tiene la garantía de que un político que ha sido corrupto una, dos, tres… veces no vaya a volver a serlo? La corrupción no es, ni mucho menos, un invento de este siglo. Ni del XX. Ni del XIX… Seguramente existe desde que el hombre es hombre. El pensador humanista Tomás Moro estableció cómo debe ser en su opinión un buen gobierno, ese buen gobierno que, si lo extrapolamos a cinco siglos después, sería equiparable en intención al que supuestamente aspiramos los ciudadanos con nuestros votos. Para Moro, gobernante y gobernados son un cuerpo unido y el primero debe comportarse con el conjunto de los ciudadanos a los que gobierna como un padre se comporta con sus hijos. Nosotros hoy nos preguntamos: ¿Robaría un padre a sus hijos? ¿Malgastaría el dinero de estos y lo utilizaría para enriquecerse sólo él personalmente restándoselo a los bienes básicos de sus hijos (comida, medicinas, educación, cultura, vivienda…)? No si es un buen padre. Y si los hijos descubren que les engaña, ¿seguirían confiando en él?

El papa Juan Pablo II proclamó a Santo Tomás Moro patrón de los políticos y los gobernantes. “Fue en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moró brilló con luz intensa”, señaló el papa. Para Moro, el buen gobernante no era aquel que pretendía servirse de la política, sino el que servía a la política. Sólo cambia una preposición y cambia tanto… Era el final del siglo XV y el principio del XVI y parece que algunos ­­–no todos, por supuesto, seguramente ni siquiera la mayoría, como a veces sentimos– están tardando cientos de años en entender la diferencia. La política como herramienta para reformar la sociedad. La buena política como ejemplo para crear una buena sociedad.

Para Tomás Moro, el buen gobernante no era el que pretendía servirse de la política, sino el que servía a la política

La decencia del gobernante

“Ojalá este domingo regrese la decencia. Debemos votar por ello, sería una bendición que nos ayudaría a cortar el paso al engaño, la falsedad, resultaría toda una venganza contra los prepotentes”. Lo decía el profesor Emilio Lledó el 21 de mayo de 2015 en unas declaraciones al diario El País. Se refería a las elecciones municipales que se celebraban unos días después, el 24. En una entrevista que nos concedió, Lledó explicaba este concepto: “El que se mete en política debería hacerlo desde la directriz de la decencia, un concepto tan sencillo y tan bonito como ser decente. Entregarte a los demás y no buscar los compromisos con tu propia, cerrada y a veces entristecedora individualidad y egoísmo”. Política. Decencia. Lledó lo repetía en la Cadena Ser el 17 de diciembre de aquel mismo 2015, ante las elecciones generales del día 20. “La estructura de la decencia es esencial en la política. Esta debe estar llena de hombres honestos, la política no puede renunciar a la decencia y la honestidad, que son imprescindibles (…) A fuerza de engañar a los ciudadanos, el político acaba convirtiéndose a sí mismo en mentira y se derrumba su propia mente; y cuando un hombre aniquilado política, mental e intelectualmente tiene poder, no sólo se corrompe él, sino que destruye a la ciudad y a la mentalidad de los que constituyen esa ciudad”.

Cansados y dolidos con tanta corrupción… ¿de verdad?

"Hartos de corrupción", libro editado por Herder y coordinado por Miquel Seguró, que recoge la opinión de 10 grandes pensadores actuales y 11 textos clásicos imprescindibles.
“Hartos de corrupción”, libro editado por Herder y coordinado por Miquel Seguró, que recoge la opinión de 10 grandes pensadores actuales y 11 textos clásicos imprescindibles.

“Estamos hartos, cansados, dolidos, exhaustos de tanta corrupción. Los ciudadanos asistimos impotentes e indignados a nuevos y sucesivos casos de corrupción política”, decía Miquel Seguró, doctor en Filosofía e investigador de la cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull, de Barcelona, cuando se presentó el libro Hartos de corrupción, editado por Herder, que él ha coordinado. El libro reúne 10 entrevistas a 10 pensadores actuales (filósofos, sociólogos, psicólogos, psiquiatras, economistas…) de ideologías diferentes para intentar responder con sus opiniones a la pregunta de cuál es la causa de la corrupción: el individuo, la cultura, la educación… Recoge, además, 11 textos filosóficos de autores de referencia. “Desde Platón hasta el papa todos hablan de corrupción”, dice Miquel Seguró. Ya lo decíamos al principio, la corrupción no es un invento de este siglo. Pero ahora sí parece que hay un mayor rechazo social hacia ella. Estamos hartos… ¿de verdad?

“Los ciudadanos asistimos impotentes e indignados a nuevos y sucesivos casos de corrupción política”, dice Miquel Seguró

¿Estamos hartos y exhaustos… pero mejor lo malo ya votado que lo bueno por votar? ¿Estamos hartos y exhaustos… sólo una gran minoría? ¿Los ciudadanos asistimos “impotentes”…? ¿No tenemos en nuestras manos toda la potencia para acabar con la corrupción, sea del partido que sea, sea del grado que sea, cuando estamos convocados a las urnas? ¿Qué falla entonces? ¿Los ciudadanos que voten a políticos y partidos con corrupción demostrada serían corresponsables y cómplices morales de esa corrupción?

“Por un lado, la corrupción forma parte de nuestra naturaleza, de lo que somos, del ser humano –nos explica Miquel Seguró–, pero no todas las sociedades y en todos los sistemas se tienta tanto al ser humano para que sea corrupto. Si entendemos la corrupción como disposición para sacar provecho propio, corrupción puede ser todo; si tiene que ver con la función pública o política, entonces se circunscribiría mucho más a las personas que tienen cargos públicos o políticos. En este caso es más grave. Si tu función es gestionar los intereses de la comunidad y tú antepones tus intereses a los de la comunidad, estás traicionando la confianza que ha puesto en ti ese pueblo al elegirte o depositar en ti esa responsabilidad. Lo que haces es minar la confianza de tus ciudadanos, estás minando la responsabilidad propia del político e hipotecando la posibilidad de hacer cosas al servicio del bien común. A mí siempre me ha sorprendido que en la mayoría de los casos uno es corrupto cuando ya tiene su vida solucionada: altos cargos, personas que pertenecen a oligarquías socioeconómicas que vienen de un pasado fuerte y tienen seguramente un futuro también fuerte, personas que pertenecen a la familia real… ¿Cómo puede ser? Yo creo que tiene que ver con la idea de impunidad que había antes: como el sistema está cerrado, es impermeable, yo lo hago, tú también, yo te tapo, tú me tapas… Pues no, las cosas ya no funcionan así, y para mí esto está muy bien, aunque obviamente existe el riesgo de hartar, de empacharnos y que ya nos dé igual si son 25 o son 30”.

Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, opina en el libro Hartos: “La corrupción política consiste en la utilización de recursos públicos para beneficio propio, en dar prioridad al interés privado sobre el interés público que debiera ser el objetivo de la buena política (…) Pero lo peor es que se propague el sentimiento de que la política es un engaño y de que no hay forma de limpiarla de prácticas indebidas. Cuando la corrupción es noticia de cada día, no hay aliciente ninguno para generar compromiso ciudadano, para evitar las corruptelas individuales, que tientan a todo el mundo y que se materializan en usar fraudulentamente los servicios públicos, en evadir impuestos, en no cooperar con las tareas de gobierno y administración pública”. El riesgo: vuelvo a votar a los míos, aunque sean corruptos, porque la corrupción es inherente a la política, imposible acabar con ella.

Para Francesc Torralba, filósofo, teólogo y director de la cátedra de Ética de la Universidad Ramon Llull de Barcelona, “la corrupción de una parte no debería afectar al todo, pero se tiende a generalizar, con lo que también el político honesto es puesto en entredicho, las instituciones justas son discutidas y la consecuencia final es la deserción del ciudadano del espacio público”, opina en Hartos.

La corrupción se crea, se instala, se expande, hasta se asume (“todos lo hacen”) y aún está por ver si se destruye

Vale, digamos que no todos los políticos nos engañan y que no nos engañan todo el rato. Vale, pues, que los ciudadanos seamos engañados una vez. Eso es fácil. ¿Pero dos? ¿Y tres? ¿Y cuatro?… “Un político no puede convivir con la mentira, con la falsedad, manteniendo la idea de la tradición de la filosofía política que dice que la política es un saber imprescindible, la más arquitectónica de las ciencias porque lo compone todo. No caben en ella la indecencia, la inmoralidad, la mentira. Me sorprende que, siendo conscientes de esa indecencia, se vote a los indecentes. Y este análisis está aún por hacerse”, comentaba en la Ser Lledó. Y suena tan evidente. “La indecencia corrompe al político y corrompe también a la sociedad”.

¿Estará ahí la clave de todo? ¿Será un círculo sin fin que se retroalimenta: tú me votas, yo me corrompo, tú te corrompes, tú entonces me vuelves a votar…? La corrupción se crea, se instala, se expande, hasta se asume (“todos lo hacen”) y aún está por ver si se destruye. Pero nos afecta a todos, no sólo a los corruptos. “Nos afecta tanto, y de tantas maneras, que tal vez la pregunta podría ser planteada a la inversa y mantendría todo su sentido: ¿en qué no nos afecta?”, se pregunta el filósofo y político Manuel Cruz –es portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados– en Hartos de corrupción. “Cuando la corrupción se institucionaliza y se hace general, termina capilarizándose y llegando a todos los niveles de la vida social. Todos hemos escuchado a nuestro alrededor a personas que excusaban pequeñas corruptelas con el argumento de que si las mayores estaban permitidas, carecía de importancia cualquier desmán que estuviera por debajo”.

Si, como dice Emilio Lledó, lo verdaderamente importante, antes incluso que la libertad de expresión, es la libertad de poder pensar sin estar manipulados, ¿la extensión y asunción de la corrupción como un mal inherente a la política no supone una manipulación y, por tanto, podría impedir expresarse en las urnas libremente?

“La indecencia corrompe al político y corrompe también a la sociedad”, dice Emilio Lledó

La política debe hacer al hombre mejor

Veinticuatro siglos antes, Aristóteles –al que el profesor Lledó nombra en tantas ocasiones– había dicho que la política era una tarea para hombres decentes. Para Aristóteles la política tenía un fin ético, que era hacer al hombre más feliz y mejor. Más feliz, sí, pero no sólo en un sentido material por lo que una buena política repercuta en el bien del ciudadano, sino espiritual. Y subrayemos, importante, lo de mejor. La misma idea que le había transmitido su maestro Platón. Política y moral caminando juntas. Platón proponía en La República, el compendio de su filosofía, la figura del rey-filósofo como el gobernante en un estado ideal para que todo funcionara. Heredó de su maestro, Sócrates, la idea de que no se puede hacer el bien si no se sabe qué es el bien. Por eso, el gobernante debe haberse educado desde pequeño en todo tipo de conocimientos y saberes, incluyendo la virtud. Para Platón, sólo deben llegar a dirigir la sociedad los más capacitados moral e intelectualmente, los filósofos. ¿Pero esto evitaría la corrupción?

Virtud o no virtud, he ahí el dilema

Para Maquiavelo (1469-1527), la virtud es un bien público, no privado. Es obligación del político anteponer siempre el bien público al privado. Maquiavelo distingue entre dos tipos de virtudes: virtud política y virtud moral. La virtud política corresponde al gobernante y está en sus actuaciones para preservar el bien del Estado. La virtud moral se aplica a los ciudadanos por los valores que emplean en sus actos. Maquiavelo aconsejó la prudencia a todos los que estén en puestos en los que haya que tomar decisiones y evitar todo lo que les haga ser dignos de menosprecio. “El hecho de pasar de particular a príncipe presupone o virtud o fortuna”, escribe en El Príncipe.

Por virtud, Maquiavelo entiende las cualidades que un buen dirigente debe tener para serlo. Entre ellas, la sensatez, el valor y la capacidad de sobresalir entre el resto de los ciudadanos. Pero, ojo, porque para Maquiavelo la virtud no es una cualidad inamovible e inherente al gobernante, sino que esta también depende del exterior, de las circunstancias, de los acontecimientos. Porque virtud es también la capacidad de proporcionar estabilidad, orden y de conducir a los ciudadanos por el mejor camino en épocas difíciles. Dice en El Príncipe: este “tiene que ser tan prudente que sepa evitar la infamia de aquellos vicios que le arrebatarían el estado y guardarse, si es posible, de aquellos que no se lo quiten: pero, si no fuera así, que incurra en ellos con pocos miramientos. Y aún más, que no se preocupe de caer en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el Estado; porque si consideramos todo cuidadosamente, encontraremos algo que parecerá virtù (…)”. La virtud entendida también como necesidad de actuar (sea de la forma que sea) para conseguir el objetivo de canalizar los desórdenes. ¿Es esto una virtud? ¿El fin justifica los medios? Bueno, en realidad él nunca escribió esta famosa frase que la historia le ha adjudicado y se trata más bien de un pensamiento deducido por analistas posteriores, en concreto, según parece, por Napoleón. Pero digamos que hoy nos llevaría bastante cerca de esa visión tan extendida de que todo vale, incluso mirar para otro lado al votar, si “los que roban son los míos, que, por supuesto, son los que mejor van a gobernar. Y, además, en todos los partidos hay corrupción, ¡no tendríamos a quién votar!”. El mal menor, vaya. Pero ¿es la corrupción un mal menor? No. Y los ciudadanos, al menos en teoría, estamos muy hartos de ella.

"El gobierno de las emociones", de Victoria Camps, editado por Herder.
“El gobierno de las emociones”, de Victoria Camps, publicado por la editorial Herder.

“Que conocer el bien implica practicarlo fue una hipótesis socrática que pasó por buena hasta que Aristóteles se dio cuenta de lo equivocada que era”, escribe Victoria Camps en el libro El gobierno de las emociones (editado por Herder). “Es erróneo pensar que el sabio es bueno porque conoce el bien y que el malo lo es porque es ignorante y desconoce dónde está el bien. La realidad desmiente a cada instante tal afirmación”. “Los desvergonzados actúan impunemente con la esperanza de que su culpa no les será imputada. No sienten vergüenza ninguna porque tampoco la ley les merece ningún respeto”, dice Victoria Camps.

¿Cada sociedad tiene los políticos que se merece?

“Afirmar que cada sociedad tiene los políticos que se merece puede ser un poco desesperanzador en el sentido de que ya tenemos suficientes problemas como para encima asumir que la corrupción de nuestros políticos también es culpa nuestra –señala Miquel Seguró–. Es exagerado, yo no lo comparto, pero sí que es verdad que no todas las culturas tienen el mismo nivel de corrupción. A finales de 2014 se publicó un índice de la percepción de la corrupción; España ocupa el puesto 37 de un total de 150 posiciones. Los españoles entendemos que la percepción es grave, pero no mucho peor que en otros países. Esto tiene que ver con la cultura en la que se da. Una de las posibles razones de esto está en la educación de las sociedades. Países donde el individuo tiene una responsabilidad mucho mayor que el colectivo, hace que cada persona decida qué hace frente a dilemas de este tipo; en otros donde la responsabilidad es más comunitaria la culpa siempre es del otro (el Estado, los políticos, la Iglesia…), nunca es de uno mismo. En la medida que todos nos responsabilicemos, las cosas irán mejor. Si yo cumplo mi parte y cada uno cumple la suya… Todos estamos en el mismo barco, todos somos corresponsables de la eficacia y la sostenibilidad del sistema. Para mí la corrupción tiene que ver con la libertad humana: si nos da la gana de generar un sistema mejor y más justo, lo haremos. Si no queremos porque en el fondo mi parcela queda protegida, el sistema de la corrupción y la desigualdad tiene para años y años”.

Algo humano, demasiado humano

Escribe Miquel Seguró en la presentación del libro Hartos de corrupción: “Estamos hartos y lo queremos expresar, para que nadie nos pregunte en un futuro ¿por qué no hicisteis algo? Hay mucho más en cuestión que el dinero robado. La corrupción pone en peligro el futuro mismo de toda sociedad democrática, por eso no nos podemos quedar callados. La palabra es la única arma que poseemos. Puede que no nos lleve a ningún sitio; puede que a los corruptos no les importen las palabras, pero, por favor, al menos no renunciemos a ellas. Por lo menos digamos alto y claro que no hay derecho, que ya está bien, ¡que estamos hartos! (…) Sabemos que el problema de la corrupción no es nuevo, pero nos preguntamos: ¿De dónde viene? ¿Quién tiene la culpa? ¿Se puede superar? Ojalá fueran ellos, “los que mandan”, el origen de todos los males. Y sin embargo la corrupción parece ser algo “humano, demasiado humano”. La corrupción se muestra como las caras de una moneda: tiene que ver tanto con la estructura del poder social y sus sombras como con la ambigüedad antropológica que cada uno de nosotros representa. Lo uno sin lo otro es impensable”.

2 COMENTARIOS

  1. Estoy desesperado buscando respuestas a las causas que han generado niveles tan altos de corrupción en mi país. Como erradicar a los politicos corruptos sin tener que caer en manos de otro corrupto.

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