Un cambio en la forma de relacionarse con el tiempo supondría un cambio de objetivos revolucionario: nos devolvería la mirada y la relación con la tierra.
Un cambio en la forma de relacionarse con el tiempo supondría un cambio de objetivos revolucionario: nos devolvería la mirada y la relación con la tierra. © Ana Yael

Herederos de Walter Benjamin y su revolución de tirar del freno, diversos movimientos surgidos en las últimas décadas hacen decidido plantarle cara a la dictadura de la velocidad. La corriente slow, con sus múltiples ramificaciones, y el decrecimiento, en el campo económico, sostienen que este ritmo endemoniado no solo es insostenible, sino invivible. 

Quienes tengan pueblo, y una edad, seguramente recuerden la imagen de los viejos –porque generalmente eran ellos–, quienes se reunían en pequeños grupos sentados al sol en bancos o en piedras a hablar poco y contemplar mucho. A no hacer nada. A pasar el tiempo. A parar el tiempo más bien. Porque la imagen viene ahora a la mente en color sepia: es una imagen que remite a otra época. Sigue habiendo ancianos en pueblos y ciudades, pero hasta sus últimos rincones parecen haber llegado los centros repletos de actividades y gimnasia de mantenimiento.

¿Quién resistiría en la actualidad una de esas sesiones de inactividad? No es cuestión de edad: la ambición de llenar cada minuto de cada día con actividades variopintas afecta a todas las edades, desde los niños de infantil –y sus listas de extraescolares– hasta los ancianos y sus programas de envejecimiento activo. Y si no es una ambición, son los hechos los que cargan las agendas como un destino inexorable. De modo que no sabemos si es que no queremos o no podemos, pero el caso es que no nos estamos quietos. Antes se prefiere –si no la muerte– sí el dolor como sugería el estudio llevado a cabo en 2014 por el psicólogo de la Universidad de Virginia Timothy Wilson, publicado en Science, que aisló a personas de entre 18 y 77 años en habitaciones sin móvil, ni libro, ni ordenador, nada: a solas con el pensamiento. La experiencia resultó tan desagradable que casi un 70 % de los varones (67 %) y el 25 % de las mujeres optaron por recibir una descarga eléctrica en esos insoportablemente largos diez minutos a solas con uno mismo. La experiencia de no tener o no poder hacer nada salvo pensar resultó inasumible para muchos, que preferían estar haciendo algo, incluso si ese algo es desagradable.

Antes de quedarnos a solas con nosotros mismos preferimos el dolor (de una descarga eléctrica) como demostró un experimento del psicólogo Timothy Wilson

Más y más rápido

El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han, en Herder.
El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han, en Herder.

No es solo eso. La imposibilidad de dejar de hacer cosas coge revoluciones: hay que hacer más y cada vez más rápido. «Las prisas, el ajetreo, la inquietud, los nervios y una angustia difusa caracterizan la vida actual. En vez de pasear tranquilamente, la gente se apremia de un acontecimiento a otro, de una información a otra. Esta premura y este desasosiego…» . Y prosigue la exposición del filósofo surcoreano Byung-Chul Han en El aroma del tiempo, donde –por otro lado– sostiene la tesis de que la época de la aceleración ya quedó atrás y ahora afrontamos una atomización y dispersión temporal, a lo que denomina disincronía. Pero mientras se avanza (o no) en la percepción del diagnóstico de Han, lo que se constata a diario es la realidad de la aceleración en diversos ámbitos. En el laboral, según un informe de la Universidad Internacional de Valencia, uno de cada tres trabajadores europeos sufre estrés en el trabajo. La cifra aumenta al 50 % si hablamos de niveles directivos. También los niños, desde que son bebés, son susceptibles de sufrirlo. Pero más allá del trabajo, las relaciones familiares, amistosas, los hechos cotidianos como hacer la compra y cocinar o comer, pasando por el ocio y el amor, todo parece estar afectado por la falta de tiempo y su supuesta solución: la velocidad. Pero ha de haber algo más, porque desde hace décadas convivimos con lo multi-, lo o poli- o lo exprés sin que se haya avanzado mucho en el arte de manejar (bien) el tiempo.

el trabajo, las relaciones personales, los hechos cotidianos, el ocio y el amor parecen estar afectados por la falta de tiempo y su supuesta solución: la velocidad

Es uno de los problemas capitales, hoy y siempre, de la filosofía, pues ¿de qué hablamos cuando hablamos de velocidad? De lo mismo a lo que nos referimos cuando alguien está muy enfermo o es muy mayor: se le acaba el tiempo, se le acaba la vida. En eso consiste esta, en tener un tiempo determinado y ver lo que uno es capaz de hacer de él y con él. A finales del pasado año se viralizó un texto de María Unanue titulado Por qué no veo a mis amigas en respuesta a una campaña navideña (y ñoña) de las que instan a recuperar «lo importante» por esas fechas, como por ejemplo ver a quienes significan algo en nuestras vidas. Unanue no veía a sus amigas porque el trabajo ocupaba mucho y porque, cuando no es el trabajo, lo demás también empuja con sus exigencias, y si ya es difícil manejarse con los tiempos propios, como para intentar sincronizar los de un grupo de amigos… «La vida no existe», escribía Unaue en una de las capturas de Whatsapp que ella misma ofreció para explicar cómo se gestó aquel texto viral. Se dice con mucha ligereza «no tengo tiempo», pero de lo que se habla realmente es más serio: «No tengo vida».

La revolución del freno

Al borde del siglo XX, Jean Baudrillard unió la idea del fin de la historia –esa otra manera de decir «tiempo» a la que le venían dando vueltas diversos pensadores, con Fukuyama a la cabeza, desde que Hegel la pusiera en circulación en la Fenomenología de la Historia– con la de velocidad. En La ilusión del fin, escribe: «(…) cabe suponer que la aceleración de la modernidad, técnica, incidental, mediática, la aceleración de todos los intercambios económicos, políticos, sexuales, nos ha conducido a una velocidad de liberación tal que nos hemos salido de la esfera referencial de lo real y de la historia».

La dialéctica en suspenso, de Walter Benjamin (LOM ediciones).
La dialéctica en suspenso, de Walter Benjamin (LOM).

Desorientación, confusión, incertidumbre, desvarío… Esos nombres parecen irle bien a la época contemporánea, aunque a saber si esta percepción –desde dentro– no acompaña a todos y cada uno de los periodos de la historia. En previsión del gran carnaval contemporáneo, a mediados del siglo pasado, un pensador genial tuvo una idea revolucionaria. Apenas se atrevió a formularla. Fue un atisbo, un destello, unas líneas dispersas en textos como el titulado Calle de sentido único o las notas sobre el concepto de historia que acompañan a sus Tesis sobre el concepto de historia. En ambas obras hablaba de la catástrofe del progreso y de la revolución como frenada. Literalmente, en la versión que ofrece La dialéctica en suspenso. Apuntes sobre el concepto de historia que siguen a las Tesis sobre el concepto de historia, se lee: «Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia universal. Pero tal vez ocurra algo totalmente distinto. Tal vez las revoluciones son el gesto de agarrar el freno de seguridad que hace el género humano que viaja en ese tren».

Benjamin tenía serias dudas respecto al término de progreso. Sería difícil no tenerlas en vista de la vida y el tiempo que le tocó vivir (murió en Portbou, Girona, intentando escapar de la persecución de los nazis). Compartía con Adorno la inquietud y la crítica a la concepción lineal, continua y continuada de la historia. En realidad, en lo que no cree es en el futuro: si hay esperanza, si hay progreso verdadero, este ha de venir del pasado. Hay que frenar, hay que parar, es la enseñanza revolucionaria que deja Benjamin.

«Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia (…) Tal vez las revoluciones son el gesto de agarrar el freno de seguridad que hace el género humano que viaja en ese tren». Walter Benjamin

Decrecimiento: menos producción y más tiempo

Heredero de Benjamin y de esta concepción de la revolución y el progreso, el decrecimiento es un movimiento político, económico y social del que se habla desde hace algunas décadas. Su propuesta es la de disminución regulada y controlada de la producción económica con el objetivo de establecer un nuevo equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos. Dicho de otro modo, el decrecimiento consiste en bajar las revoluciones en general, tanto de la economía y las relaciones del sistema productivo como de uno mismo y las relaciones sociales.

Como punto de partida temporal se puede citar la década de los 70 y las tesis del matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, quien renegaba de lo que se enseñaba en las facultades de economía porque simplificaba la realidad, cuando no la tergiversaba. Negaba que el hombre estuviera determinado por la búsqueda de su propio beneficio y defendía que la economía era una rama de la biología.

El decrecimiento consiste en bajar las revoluciones en general, tanto de la economía y las relaciones del sistema productivo como de uno mismo y las relaciones sociales

Otra economía es posible

José Luis Sampedro. Un renacentista en el siglo XX, por Andrés Sorel, en Debate
José Luis Sampedro. Un renacentista en el siglo XX, de Andrés Sorel (Debate)

Hablando de enfoques económicos alternativos, en esa misma época –quizá incluso un poco antes–, en España se encontraba José Luis Sampedro defendiendo la economía como parte de las ciencias sociales con un enfoque aglutinador, inclusivo. Una economía de márgenes, donde cupieran todos aquellos excluidos por la sociedad: ellos también son economía.

Como recuerda Andrés Sorel en el libro que acaba de publicar Debate titulado José Luis Sampedro. Un economista en el siglo XX: «No se cansó de repetir que este desarrollo es in-sos-te-ni-ble. Con el crecimiento de la población mundial, la contaminación del medio ambiente y el consiguiente deterioro de la Tierra, unidos a los avances tecnológicos al servicio de la voracidad capitalista, es inviable mantener este proceso, no ya por siglos, ni siquiera por décadas».

También en esa época, las polémicas revisiones de la medicina, la educación y, sobre todo, del consumo voraz realizadas por el pensador austriaco Ivan Illich –quién, además, le dio al movimiento el icono del caracol– también se encuentran entre los antecedentes intelectuales del decrecimiento, así como diversas aportaciones de los filósofos André Gorz o de Cornelius Castoriadis. Pero quizá el mayor exponente de la corriente sea el francés Serge Latouche. En 2003, este pensador y economista francés publicó en Le Monde Diplomatique el artículo titulado Por una sociedad en decrecimiento, con carácter claramente fundacional. En él se decía: «El decrecimiento pasa por abandonar el objetivo insano y absurdo del crecimiento por el crecimiento. No se trata de crecer en negativo, de retroceder para avanzar (…). Para acceder a una sociedad en decrecimiento es necesario salir de la economía. Esto significa cuestionar la hegemonía de la economía sobre nuestra vida y volver a tomar las riendas de ella en la teoría y en la práctica, pero, sobre todo, dentro de nuestras cabezas. Una condición previa es la feroz reducción del tiempo de trabajo impuesto (…)».

«El decrecimiento pasa por abandonar el objetivo insano y absurdo del crecimiento por el crecimiento». Serge Latouche

A fin de cuentas (y al final del día) resulta que es a lo que más tiempo dedicamos: al trabajo y a todo lo que está relacionado con él, ya sean reuniones, viajes… Incluso para quienes carecen de él, la búsqueda de trabajo se ha convertido en una actividad a tiempo completo exigida por diversos mecanismos y entidades de control social. Pero al final de la vida, resulta que no son los asuntos laborales sino otros más personales los que parecen importar más. No solo eso; es que según la enfermera y escritora australiana Bronnie Ware, que trabajó muchos años en cuidados paliativos, el hecho de trabajar mucho o demasiado está en el segundo de los cinco principales pesares que tienen las personas en su lecho de muerte.

Lamentando haber trabajado tanto…

Los cinco mandamientos para tener una vida plena, de Bronnie Ware, en la editorial DeBolsillo
Los cinco mandamientos para tener una vida plena, de Bronnie Ware, en la editorial DeBolsillo

El libro de Bronnie Ware se tradujo en España como Los cinco mandamientos para tener un vida plena en un intento por alejar el mal fario que pueden tener palabras como muerte o moribundos en los titulares. El resultado es que no sabes de qué va la cosa, al contrario que el original: The top five regrets of the dying, los cinco principales arrepentimientos de los moribundos. Ahí sí que está todo claro. Y serían, según los testimonios recopilados por la autora:

1. No haber tenido el coraje de vivir una vida propia, en vez de la que otros esperaban de mí.
2. Haber trabajado tanto, tanto tiempo, con tanto empeño…
3. No haber sido capaz de expresar mis sentimientos.
4. No haber pasado más tiempo con los amigos y la familia.
5. No haberse permitido o atrevido a ser algo más feliz

«La democracia lleva tiempo»

Tiempo para la vida, en Ediciones del Genal, de Jorge Riechmann
Tiempo para la vida, en Ediciones del Genal, de Jorge Riechmann.

En España, Carlos Taibo, con toda una serie de libros dedicado al decrecimiento, y Manfred Linz con otros como Vivir (bien) con menos, son los máximos exponentes de esta corriente que aboga por la responsabilidad y la autocontención. En esa línea, Jorge Riechmann (coautor del libro anterior junto con Joaquim Sempere) ha subrayado específicamente el rasgo del decrecimiento que mejor le sienta a este dosier y lo ha desarrollado en el texto: Tiempo para la vida. La crisis ecológica en su dimensión temporal. Allí escribe: «La falta de tiempo (por el culto a la velocidad, la aceleración de los ritmos, la compartimentación de la vida cotidiana, la dilatación de los trayectos que se recorren cada día en las aglomeraciones urbanas, la centralidad del trabajo asalariado y de un ocio mercantilizado, etc.) se ha convertido, en los países del Norte rico del planeta, en algo así como una enfermedad cultural –que tiende a contagiarse al mundo entero–. Un dicho africano señala que todos los blancos tienen reloj, pero nunca tienen tiempo».

Que la crisis de tiempo está en la base del desastre ecológico –«muchos de sus conflictos se explican así: no tenemos tiempo para una agricultura sustentable, un sistema razonable de transporte»– y que la sostenibilidad pasa por una nueva forma de relacionarse con el tiempo son dos de las tesis principales que se exponen en esta obra. Pero, además, Riechmann lleva su análisis a lo puramente político y establece una relación muy jugosa entre democracia y tiempo. «La democracia lleva tiempo, mucho tiempo. El tiempo necesario para el contraste de pareceres, el uso público de la razón, el debate libre, la formación de consensos, la revisión de las decisiones, la exigencia de responsabilidades: la calidad de estos procesos es incompatible con la prisa. Las sociedades donde la gente no tiene tiempo no pueden permitirse la democracia».

Jorge Riechmann recuerda en Tiempo para la vida el proverbio africano: «Todos los blancos tienen reloj, pero nunca tienen tiempo»

Mandar y obedecer son ceremonias rápidas, súbitas, eficaces…, se dice ahora; justo ahora, cuando la eficacia es el criterio irrefutable. Si vivimos en la sociedad de la prisa, en la que nadie tiene tiempo para nadie ni para nada…, ¿en qué nivel de diálogo se desarrolla nuestra vida personal? ¿En qué nivel de democracia está nuestra sociedad? Cualquier actividad que arañe un segundo al mantra de «el tiempo es oro» y se lo sume a «el tiempo es vida» redundará en una mayor soberanía personal y vital, en una mayor democracia social también. Así, debatir y aunar en vez de despachar; pasear en vez de correr; tren (o nada) en lugar de avión; reparar en vez de comprar; pero comprar y cocinar en vez de pedir a domicilio son ya actitudes de resistencia ante la crisis de velocidad y los conflictos personales, sociales, ecológicos o laborales derivados de ella.

Decrecimiento, cuéntame un cuento…

Otro crecimientoesposibel

Como toda teoría, filosofía, corriente o movimiento –como se quiera denominar–, el decrecimiento también tiene sus parábolas. Quizá la que mejor lo ilustra es la del apacible pescador mexicano que se encuentra en el muelle con un norteamericano que le pregunta por el pescado que lleva en su cesta y por el tiempo que le llevó pescarlo. Al norteamericano no le debió parecer suficiente el tiempo y le sugirió que pasara más tiempo pescando. Le preguntó, además, a qué dedicaba el resto del tiempo. «Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, me echo una siesta con mi señora, voy todas las noches al pueblo donde tomo vino y toco la guitarra con mis amigos… Tengo una vida plena y ocupada», contestó el mexicano. El otro hombre interviene y le aconseja: «Deberías emplear más tiempo en la pesca. Con los ingresos podrías comprar un bote más grande y luego varios botes, tendrías una flota y podría abrir una factoría. No necesariamente en este pueblo, mejor en Ciudad de México e incluso en Nueva York. Tendría que cotizar en bolsa para hacer realmente mucho dinero y entonces, ya sí, podrías retirarte a un pueblo en la costa donde dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con tus hijos, echar una siesta con tu mujer, ir todas las noches al pueblo a tomar vino y tocar la guitarra con tus amigos». Buen viaje y feliz rodeo, entonces, para el americano. El mexicano había llegado sin moverse.

En este contexto de intentar parar, de hacer algo en contra del apremio y sus imposiciones, el movimiento slow surge como aglutinante del variadísimo marco de respuestas posibles. Riechmann habla de él en el texto mencionado y Carl Honoré lo convirtió en best seller en el libro titulado Elogio de la lentitud.

Principio de placer

Hasta ahora el efecto de la velocidad ha sido la sensación de ser vaciados de un tiempo y vueltos a rellenar de citas y obligaciones con la consiguiente expulsión de la propia vida, del dominio de la propia vida. El primer paso hacia su recuperación sería bajar las revoluciones, pero hay algo más. Algo más ambicioso que deja atrás la mera cuestión de la velocidad. Se trata de placer.

Elogio de la lentitud, de Carl Honoré, en RBA
Elogio de la lentitud, de Carl Honoré, en RBA

«La vida es demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad», escribía el escritor y ambientalista estadounidense Edward Paul Abbey y la recupera el periodista Carl Honoré en el libro donde investiga las extensiones del movimiento slow. Que hablamos de necesidad se ve al examinar los datos de las patologías vinculadas al estrés y la ansiedad, también la incidencia de la depresión por no poder llegar a las expectativas; se ve también cuando se contemplan las islas de plásticos que colonizan los océanos; las cantidades de comida desperdiciada, de ropa desechada; cuando se va la energía en un atasco… Pero cuando hablamos de lo que nos llevamos a la boca o de acariciar lo que está en juego es el placer. Y hasta en esas esferas de intimidad también ha llegado la cultura de la prisa.

Honoré recuerda que en no pocas ocasiones, sobre todo en épocas pasadas, el atractivo de la comida –y, en consecuencia, lo que se publicitaba– no era nada que tuviera que ver con aquello que le es propio como el sabor o los nutrientes. Se llamaba la atención sobre el poco tiempo que se tardaba en prepararla o lo fácil que era: «Dos minutos al microondas y listo». La comida hace posible el mundo de lo instantáneo y lo soluble. El precio ya se conoce: «No es ninguna coincidencia que las naciones más rápidas sean también a menudo las que cuentan con un mayor número de obesos entre su población. En la actualidad, hasta un tercio de los estadounidenses y una quinta parte de los británicos padecen obesidad patológica».

Más que de lentitud, el movimiento slow habla de equilibrio, de retomar el control de la propia vida y, de paso, ganar en placer

El fenómeno de la comida lenta habla de sostenibilidad en cuanto a las materias primas (locales y de temporada); de los procesos, que privilegian las recetas tradicionales; y de las maneras: ¿qué es eso de los turnos en los restaurantes? La comida se extiende lo que se necesite, y cuanto más, mejor. Como declara el manifiesto de la comida slow: «La firme defensa de un sereno placer material es la única manera de oponerse a la locura universal de la vida rápida… Nuestra defensa debería comenzar en la mesa, con comidas lentas». Y en la cama, porque hasta la esfera más íntima también ha llegado la cultura del apremio. El cansancio y la escasez de tiempo vuelven a ser excusas o razones «para practicar el sexo con rapidez». Pero, como se muestra en cada una de las esferas que Honoré va repasando por sus viajes a la búsqueda de la lentitud, lo más difícil siempre está en el interior, en valores y comportamientos asumidos sin cuestionamiento. En este terreno, por ejemplo, señala Honoré: «Nuestra cultura apresurada nos enseña que llegar al destino es más importante que el mismo viaje, y al sexo le afecta la misma mentalidad de llegada».

Esperar: el tiempo de la basura

Fue el antropólogo francés Marc Augé el que acuñó el sugerente término de no-lugares para aquellos donde no pasa nada: lo único que pasan son seres intercambiables que no añaden nada al lugar ni el lugar a ellos. Seres que transitan por estaciones, aeropuertos, autopistas, habitaciones de hotel sin pasado ni futuro. Seres que son puro presente y un número de carné, un billete, un localizador por toda identidad. A las estancias en esos lugares le corresponde un no-tiempo, un tiempo fallido, desperdiciado, donde la mentalidad de llegada que cerraba el epígrafe anterior cobra su expresividad máxima. ¿Quién no se ha desesperado cuando retrasaban un vuelo, cuando el tren no salía, cuando la habitación no estaba lista a la hora convenida? Entonces la cultura y la enfermedad de la prisa se transforma en las de la ira: «La rabia flota en la atmósfera: rabia por la congestión de los aeropuertos, por las aglomeraciones en los centros de compras, por las relaciones personales, por la situación en los puestos de trabajo, por los tropiezos en las vacaciones, por las esperas en el gimnasio… Gracias a la celeridad, vivimos en la era de la rabia», se lee en la introducción de Elogio de la lentitud. Honoré tituló a esta primera parte La era del furor.

A las estancias en los no-lugares que salpican la modernidad le corresponde un no-tiempo, un tiempo fallido, desperdiciado, una espera que se ve como algo injusto e intolerable

Pero hay algo más. Algo más profundo en el hecho de esperar, de lo que la ira es solo la manifestación más visible por explosiva. Es la incertidumbre –con el miedo que esta provoca– la que llama a la puerta, y por eso es intolerable. En la era de la programación milimétrica, no solo queremos saber y prever todo lo que nos va a pasar, es que queremos que nos pase a su hora. Y eso quizá no es compatible con la vida.

El tiempo regalado, de Andrea Köhler, en Capitán Swing.
El tiempo regalado, de Andrea Köhler, en Capitán Swing.

Además del miedo y del desamparo, acompaña a los periodos de espera cierta sensación de injusticia, de modo que «si condenar a esperar es una maldición, el que condena nos tiene en su mano», sentencia la periodista y escritora Andrea Köhler en El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera, donde reflexiona sobre este fenómeno. Y prosigue: «La espera es impotencia, y que no estemos en situación de modificar este estado es una humillación que hace tambalearse el mundo. Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce (…) es esa pasividad, la sensación de ser condenado, lo que nos provoca el dolor y la vergüenza de la espera».

Y ¿qué son las cárceles sino lugares donde se espera? En esas instituciones el tiempo no obedece a los imperativos del calendario exterior; ese tiempo normalizado y normativizado por periodos de trabajo o estudio y vacaciones, estaciones o cambios de temperatura no existe. Cada interno tiene el suyo, el que marca su fecha. Y el castigo es la espera: es la unidad de medida de la pena, de la gravedad de los hechos que los llevaron a estar allí. Algo de esa sensación se contagia a los de fuera, a los externos –¿se les podría llamar externos?– cada vez que somos condenados a esperar por algún imprevisto. El sentimiento de la espera como castigo, más allá de los plazos, une a internos y externos.

Personajes que esperan

Ilustración de El Proceso, de Kafka, de David Zane Mairowitz y Chantal Montellier
Ilustración de El Proceso, de Kafka, de David Zane Mairowitz y Chantal Montellier (Sinsentido).

Estas nociones que el ensayo trata de aprehender y fijar saltando de un pensador a otro, de una época a otra, están ya en la literatura, especialmente en la del autor que fija la entrada en la modernidad, los nuevos tiempos veloces: Kafka los contrarresta con personajes que aguardan y argumentos que son espera pura… hasta la desesperanza final. La metamorfosis es la historia de un personaje transformado en un insecto repulsivo que espera recuperar su forma y vida anterior de la misma manera mágica e inexplicable en que se vio convertido en un bicho. Al final toma conciencia de que eso no volverá a pasar, se resigna, deja de esperar. En El proceso, Josef K es arrestado por una razón desconocida y espera tener acceso a la justicia para saber de qué se le acusa y poder defenderse así. No ocurrirá. Como tampoco encontrará la puerta de entrada a la Ley el hombre de campo que espera junto al guardián en el relato Ante la ley: «El hombre de campo no había previsto aquellas dificultades (…). El guardián le da un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí pasa días y años». En El castillo, el agrimensor K trata de llegar al castillo donde se supone que están los responsables que gobiernan el pueblo. Esa es su espera y su esperanza. Los argumentos de Kafka rebosan días de espera repletos de incomodidades, torpezas, imprevistos que no hacen sino prolongarla, subrayarla, inflarla hasta taparlo todo o hacerlo explotar.

«El hombre de campo no había previsto aquellas dificultades (…). El guardián le da un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí pasa días y años». Ante la ley, de Franz Kakfa

Pero, si hablamos de esperar y de libros hay uno, que es la biblia de todos ellos. Lo es desde el mismo título: Esperando a Godot. En la inmortal obra de teatro de Samuel Beckett, dos personajes charlan sobre cosas intrascendentes mientras esperan a un tal Godot. No se sabe quién es, ni para qué quieren verlo, ni mucho menos cuándo aparecerá. En escena, espera pura; tiempo puro que pasa. ¿Y mientras? Una obra de teatro.

Vladimir: Y ahora ¿qué hacemos?
Estragón: Esperamos
Valdimir: Sí, ¿pero mientras esperamos?

El teatro pasa mientras los personajes de la obra esperan. La vida, mientras salen los espectadores y se vuelven a reunir con sus esperas y sus esperanzas.

Esperar como fin

¿Nadie espera bien? En este cenagal donde parecen estar insertos los que esperan ¿nadie tendrá palabras a favor de la espera? En el mencionado libro El tiempo regalado, Andrea Köhler se fija en los niños, en el comentario sobre ellos que hizo Wilhelm Genazino en su ensayo Der gedehnte Blick (La mirada extendida): «Los niños son los que mejor esperan porque aún no recelan (de la espera), porque todavía no la ven como algo culturalmente falto de valor». Para ellos, esperar no es el tiempo de la basura ni un tiempo muerto, sino simplemente otra posibilidad de seguir jugando. La teoría es bonita y la operación parece sencilla, también para los adultos. Consiste, básicamente, en centrarse en ese tiempo como objetivo, más que en lo que vendrá después; convertirlo en el fin, en vez de en el medio. La aplicación ya es otra cosa, sobre todo cuando hay niños de por medio y, por ejemplo, un viaje de seis horas en coche: los padres conocerán la sensación –y el miedo– que produce la pregunta: «¿Cuándo llegamos?» nada más cerrar las puerta del coche.

Para los niños la espera no es tiempo de la basura, sino tiempo neutro que pueden (re)llenar con sus juegos. Esa es la clave de esperar bien

El cerebro lento y la vida rápida

En 2002, el Premio Nobel de Economía que concede la Academia sueca fue para un psicólogo: Daniel Kahneman (junto con el economista Vernon Smith). El jurado destacó en su veredicto lo novedoso «de haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre». Casi diez años después, en 2011, aparecía el libro de Kahneman Pensar rápido, pensar despacio, donde se plasman varias de sus conclusiones. Entre ellas, la dicotomía existente entre dos modos de pensar antagónicos y complementarios que habitan en el cerebro. A grandes rasgos, el primero sería un sistema de respuesta rápida, instintiva y de predominio emocional. En el segundo, la velocidad se reduce: se trata de un modo de pensar más lento, de carácter deliberativo que incluya relaciones lógicas. Las respuesta elaboradas con el primer tipo de pensamiento son útiles, necesarias para la supervivencia, pero no son acertadas en todas las ocasiones. El pensamiento lento reclama su sitio a la hora de tomar decisiones complejas, resultado de procesos deliberativos y sopesar de forma consciente las primeras respuestas.

A todo esto que pasa en el cerebro se le añade el entorno, un contexto de increíbles avances en los formatos y velocidad de las comunicaciones como jamás se pensó que fuera posible. Pues bien, ¿qué pasaría si ese entorno de estímulos acelerados, demandante de respuestas inmediatas, acabara influyendo y decantando la evolución y estructura del cerebro? Es la hipótesis que plantea el estudio del reputado científico italiano Lamberto Maffei, director largos años del Instituto de Neurociencias de la CNR (el Consejo Nacional de Investigación de Italia), en el breve ensayo titulado Alabanza de la lentitud, publicado por Alianza.

Alabanza de la lentitud, de Lamberto Maffei, en Alianza
Alabanza de la lentitud, de Lamberto Maffei, en Alianza

En esta obra comienza fijando sus puntos de vista al hilo de la división entre pensamiento rápido y lento. Para Maffei, el primero «se extiende, quizá de un modo algo impropio, a funciones nerviosas muy sencillas (…) vinculadas a la supervivencia». Se trata de reacciones automáticas o semiautomáticas.
El segundo, el «sistema lento, es propio de los animales superiores (…) es obviamente consciente y no solo un producto de la evolución biológica, sino más bien de la evolución cultural». En un contexto como el actual, ante la exigencia de velocidad que exige lo digital, el sistema de pensamiento rápido se ve privilegiado y se usa de forma masiva. La relación causa-consecuencia la extrae Maffei y la expresa así: «En este proceso de automatización, el hemisferio derecho –aunque también otras estructuras, como la amígdala– desempeña un papel muy superior al del hemisferio izquierdo. Habrá que recordar que las propiedades temporales del hemisferio izquierdo, el lingüístico, son evolutivamente más tardías en comparación con los automatismos y las propiedades del hemisferio derecho. Esto significa que podríamos asistir a un retroceso en el tiempo; es decir, a un cerebro que tiende a emplear funciones más primitivas porque se beneficia de ellas para la sociabilidad característica del mundo globalizado y para la necesidad de dar respuestas rápidas, con la idea emocional y fideísta de optimizar el tiempo porque es dinero, negocios, etc. Se daría la paradoja de que la globalización, último estadio de la vida civilizada, produciría una involución cerebral».

A fuerza de usar más los mecanismos de respuesta más veloces del cerebro, según Lamberto Maffei se podría dar lugar a una «involución cerebral»

Y se moja; advierte a continuación de los peligros que esta involución puede suponer. Habla del consumismo como «hijo del pensamiento rápido». Un hijo muy querido y hasta mimado por la economía y la política, pues en buena parte dependen de él. Habla del presente continuo, donde no importan ni se atiende al pasado ni al futuro. No hay recuerdo, ni prospección, dos actividades de pensamiento puro. En lugar de esto, Maffei habla de «anorexia de las ideas y, por desgracia, de comportamientos que en otros tiempos se consideraban éticos y civilizados». A falta de ejercitarlo, el hemisferio del ritmo lento pude atrofiarse a favor de las estructuras nerviosas del otro, más rápido. «El éxito evolutivo de los hombres rápidos traería la desaparición de todos los actos considerados inútiles, como la contemplación, la poesía y la conversación por el placer de charlar». Aunque no la menciona expresamente, en ese saco de disciplinas inútiles la filosofía siempre tendrá un puesto de privilegio. ¿Será la velocidad el enemigo imprevisto que acabará con ella? No, mientras haya alguien dispuesto a pensar en calma sobre ella, sus estragos y consecuencias. Y nombres no parecen faltar: en ese artículo ya se cuentan alguno de los más señalados.

Sigue leyendo… ¿Cómo encontrar el ritmo de vida adecuado? (Parte 1)

Sigue leyendo… ¿Cómo afectan a la mente la vida rápida y el estrés? (Parte 2)

Sigue leyendo… Manuel Cruz: «Vivimos tomando como ideal de vida la sucesión de intensidades» (Parte 4)

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