Un cambio en la forma de relacionarse con el tiempo supondría un cambio de objetivos revolucionario: nos devolvería la mirada y la relación con la tierra.
Un cambio en la forma de relacionarse con el tiempo supondría un cambio de objetivos revolucionario: nos devolvería la mirada y la relación con la tierra. © Ana Yael

Herederos de Walter Benjamin y su revolución de tirar del freno, diversos movimientos surgidos en las últimas décadas hacen decidido plantarle cara a la dictadura de la velocidad. La corriente slow, con sus múltiples ramificaciones, y el decrecimiento, en el campo económico, sostienen que este ritmo endemoniado no solo es insostenible, sino invivible. 

Quienes tengan pueblo, y una edad, seguramente recuerden la imagen de los viejos –porque generalmente eran ellos–, quienes se reunían en pequeños grupos sentados al sol en bancos o en piedras a hablar poco y contemplar mucho. A no hacer nada. A pasar el tiempo. A parar el tiempo más bien. Porque la imagen viene ahora a la mente en color sepia: es una imagen que remite a otra época. Sigue habiendo ancianos en pueblos y ciudades, pero hasta sus últimos rincones parecen haber llegado los centros repletos de actividades y gimnasia de mantenimiento.

¿Quién resistiría en la actualidad una de esas sesiones de inactividad? No es cuestión de edad: la ambición de llenar cada minuto de cada día con actividades variopintas afecta a todas las edades, desde los niños de infantil –y sus listas de extraescolares– hasta los ancianos y sus programas de envejecimiento activo. Y si no es una ambición, son los hechos los que cargan las agendas como un destino inexorable. De modo que no sabemos si es que no queremos o no podemos, pero el caso es que no nos estamos quietos. Antes se prefiere –si no la muerte– sí el dolor como sugería el estudio llevado a cabo en 2014 por el psicólogo de la Universidad de Virginia Timothy Wilson, publicado en Science, que aisló a personas de entre 18 y 77 años en habitaciones sin móvil, ni libro, ni ordenador, nada: a solas con el pensamiento. La experiencia resultó tan desagradable que casi un 70 % de los varones (67 %) y el 25 % de las mujeres optaron por recibir una descarga eléctrica en esos insoportablemente largos diez minutos a solas con uno mismo. La experiencia de no tener o no poder hacer nada salvo pensar resultó inasumible para muchos, que preferían estar haciendo algo, incluso si ese algo es desagradable.

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