Valentía y libertad: volver a un sano estoicismo

En «Sobre la felicidad», escribió Séneca, representante de la filosofía estoica, que «la virtud es algo elevado, excelso, soberano, invencible e infatigable: el placer es bajo, servil, deleznable, caduco». Diseño hecho a partir de imagen de Gordon Johnson en Pixabay.
En «Sobre la felicidad», escribió Séneca, representante de la filosofía estoica, que «la virtud es algo elevado, excelso, soberano, invencible e infatigable: el placer es bajo, servil, deleznable, caduco». Diseño hecho a partir de imagen de Gordon Johnson en Pixabay.

Envuelta en un trajín continuo y engorroso de sobreexposición a redes sociales, información y noticias de toda índole, la sociedad en su conjunto parece haberse abocado a una acaso inevitable vorágine que la expone al nerviosismo y a la hiperacción constantes, lo que, a su vez, provoca un elenco muy variado de actitudes que van desde la ira y la indignación, pasando por ligeros enfados o estados de irritación, hasta llegar a la más peligrosa de las indiferencias. Un conjunto de conductas que sólo puede entenderse desde el prisma de una sociedad acelerada, que no se toma el tiempo necesario para pensar qué está ocurriendo, cómo y por qué, a diferencia de la filosofía estoica de la Antigüedad. Y, sobre todo, si esa constante provocación social responde a algún criterio o interés que se oculta deliberadamente a la población.

Para mantener dichos talantes, el individuo medio suele parapetarse tras excusas y pretextos más o menos baldíos e insulsos; por ejemplo, se suele argumentar que resulta inevitable ser vapuleados por tan ingente aluvión de comunicaciones en un entorno diseñado para que la ciudadanía no pare mientes en su situación. En este sentido, alguien como Jean-Paul Sartre nos indicaría que estamos actuando de mala fe, dado que las circunstancias y pasiones no nos arrastran, sino que somos nosotros quienes nos dejamos —o no— arrastrar por ellas. El valiente se hace valiente y el cobarde se hace cobarde, defendía el autor francés: «Usted es libre, elija, es decir, invente». En nosotros reside la capacidad para oponernos al torrente de estímulos que sólo en primera instancia resulta forzoso o inapelable. La capacidad, o mejor dicho, la potencia que permite eludir estas disposiciones no es ni más ni menos que la libertad.

El valiente se hace valiente y el cobarde se hace cobarde, defendía Sartre: «Usted es libre, elija, es decir, invente»

Séneca y su filosofía estoica

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Sobre la felicidad, de Séneca (Escolar y Mayo).

Si rebuscamos en la historia de la filosofía y nos remontamos al primer siglo de nuestra era, encontramos a un pensador que, al contrario de lo que suele considerarse, también estuvo expuesto al dolor, el sufrimiento y el descrédito. Se acostumbra a pintar a Séneca como un autor acomodado que predicó más allá de sus posibilidades, aunque se olvida, por otra parte, que —entre otros muchos avatares— fue desterrado bajo una sospecha (seguramente falsa, con visos de acusación soterradamente política) de adulterio. Una experiencia traumática, la de abandonar la propia tierra, que duró ocho años y tras la que volvió a Roma restablecido nada menos que como tutor educativo del futuro emperador Nerón. Ya antes, siendo apenas un niño, tuvo que huir con una tía a Egipto por hallarse bajo sospecha de ser vegetariano (práctica prohibida en aquel tiempo). Fue finalmente el propio Nerón, su antiguo discípulo, quien exigió al filósofo darse muerte cuando le piensa conjurado con Pisón.

La obra de Séneca fue muy amplia, aunque apenas nos han quedado algunos residuos de ella. Sin embargo, lo que ha perdurado nos permite hacernos una idea de su pensamiento, que interpreta y enriquece libremente los dictados clásicos del estoicismo griego. Al contrario que la herencia de Grecia, o en paralelo, los clásicos latinos encontraron mayor placer y provecho en intentar dirigir convenientemente la vida de los hombres y mujeres de carne y hueso que en el afán por ahondar en lo teórico y lo especulativo. Séneca —al igual que un siglo después Marco Aurelio— se enclava en esta tradición que, sin dejar de atender a los grandes temas legados por la herencia griega, se toma muy en serio la tarea de poder guiar y encauzar la existencia de la ciudadanía para que alcance una vida buena.

En el estoicismo latino la ética adquirió una relevancia superlativa. Una ética que se arremolinó en torno al ideal del sabio, es decir, de quien es capaz de entender el funcionamiento de la naturaleza (conocimiento científico) y, por añadidura, puede guiarse eficaz, virtuosa y felizmente en su propia existencia. La figura que se opone al sabio no es tanto la del ignorante (que desconoce los mecanismos naturales y no se sabe guiar entre semejantes) como la del insensato, es decir, aquel que, conociendo lo mejor, opta por lo peor. Así, escribía Séneca en Sobre la felicidad que «la virtud es algo elevado, excelso, soberano, invencible e infatigable: el placer es bajo, servil, deleznable, caduco y su lugar apropiado y domicilio son los burdeles y las tabernas».

Pero sería injusto —e incorrecto— catalogar a Séneca como un mero predicador de moralina. El filósofo oriundo de Córdoba estuvo firmemente convencido de que el sumo bien y la felicidad no sólo residen en el alma del ser humano, sino que la fundan y engrandecen. De ahí que todas sus aspiraciones las veamos culminadas en una tarea ineludible: la formación del sabioindividuo virtuoso que acomoda su actitud a los designios del Destino y contrapuesto al vulgo, es decir, aquellos sujetos que se dejan llevar por los impulsos sensibles sin atender a la guía de la razón. Resulta sencillo y apetecible hacernos criados del placer o de las emociones del momento, pero, a la vez, no hay nada que nos haga menos libres.

Séneca estuvo firmemente convencido de que el sumo bien y la felicidad no sólo residen en el alma del ser humano, sino que la fundan y engrandecen

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De la cólera, de Séneca (Alianza).

Es en este punto en el que quizá resulte conveniente retomar la vía senequiana para repensar nuestro presente. En su poco conocido opúsculo sobre la cólera instaba a sus lectores de esta forma: «Contempla los cimientos, apenas reconocibles, de nobilísimas ciudades: las asoló la cólera; contempla las soledades a lo largo de muchas millas desiertas sin poblador: las vació la ira». Y más adelante: «Nada hay más violento que las rivalidades: las granjea la cólera; nada hay más calamitoso que la guerra: hacia ella prorrumpe la cólera de los poderosos; pero también la cólera de la plebe y de los individuos particulares es una guerra sin armas y sin ejércitos». Cualquiera diría que Séneca veía venir las desavenencias propias de cualquier día en Twitter.

Séneca vivió sujeto a numerosos arbitrios ajenos, pero siempre encontró la manera de reconducirse hasta que no tuvo más remedio que avenirse a los designios del despótico Nerón. El camino senequiano nos insta a permanecer alerta y en actitud calmada contra las afrentas de individuos empeñados en azorarnos y nos invita a mantenernos firmes en la decisión de emplear la razón para pensar antes de actuar. Pues «es el alma quien nos hace ricos; ella nos sigue al exilio y, en medio de las soledades más ásperas, cuando encuentra cuanto es bastante para sostener al cuerpo, ella misma abunda y disfruta de sus propios bienes». Que el tribunal de nuestras acciones sea nuestro propio juicio, que no seamos espoleados por los afanes ajenos: que la razón predomine frente a tanta sinrazón.

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