Unamuno: novelista trágico

Imagen de Miguel de Unamuno distribuida por Flickr bajo licencia CC BY 2.0. Le Jour ni l’Heure 6529: Joaquin Sorolla, 1863-1923, portrait, c. 1912, de Don Miguel de Unamuno (1864-1936). Museo de las Bellas Artes de Bilbao, País Vasco (España). Renaud Camus. www.renaud-camus.net/librairie/
Imagen de Miguel de Unamuno distribuida por Flickr bajo licencia CC BY 2.0. Le Jour ni l’Heure 6529: Joaquin Sorolla, 1863-1923, portrait, c. 1912, de Don Miguel de Unamuno (1864-1936). Museo de Bellas Artes de Bilbao, País Vasco (España). Renaud Camus. www.renaud-camus.net/librairie/

Quizá sea este un estupendo momento para recuperar el estudio y lectura de uno de los grandes clásicos de la literatura española, de un escritor en cuyas palabras se oyen resonar, como telón de fondo, las más hondas preocupaciones nacionales sobre el futuro del país, del pueblo. De todos los autores del 98, fue acaso Miguel de Unamuno (1864-1936) el más profundamente inquietado e incluso alarmado por los derroteros de aquella “España doliente” de fin de siglo, aquella España que se abocaba a una peligrosa disgregación en separados reinos de taifas y que, parecía, quería olvidar rápidamente su historia para asentar nuevas pero acaso frágiles bases que forjaran, también, un nuevo destino.

Escritor de temas existenciales y universales

Miguel de Unamuno, junto al tempranamente desaparecido Ángel Ganivet, expresa como nadie los estertores de una nación que pujaba por (re)encontrar su identidad. A la vez, y sobre todo, es Unamuno escritor de temas comunes, universales, “cordialmente necesarios”. El mismísimo Jorge Luis Borges dedicó al autor vasco, recién fallecido este, un artículo, “Inmortalidad de Unamuno”, en el que se refería a él como “el primer escritor de nuestro idioma”, e invitaba, como homenaje, a “seguir las ricas discusiones iniciadas por él” y a “desentrañar las secretas leyes de su alma”. El filósofo madrileño José Ortega y Gasset también dijo de él que, al cesar su voz, “temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”. Testimonios que dejan patente la importancia sobresaliente, en lo literario y en lo intelectual, del que fuera rector de la Universidad de Salamanca.

Nosotros, seres finitos con ansias de inmortalidad, hemos de bregar con nuestros semejantes en un escenario en el que lo efímero no es capaz de alcanzar la eternidad

Las novelas completas de Miguel de Unamuno recogidas en un volumen publicado por la editorial Cátedra.
Las novelas completas de Miguel de Unamuno recogidas en un volumen publicado por la editorial Cátedra.

La colección “Biblioteca Áurea” de la editorial Cátedra ha publicado, en excelente y cuidadísima edición de Juan Antonio Garrido Ardila, un imprescindible volumen en el que se recoge la obra completa de novelas de Unamuno. Algunas de sus más inolvidables historias (Paz en la guerra, San Manuel Bueno, mártir, Amor y pedagogía, Abel Sánchez, La tía Tula o Niebla) se entremezclan en esta biblia narrativa unamuniana con otras que, por diferentes razones, han calado menos profundamente en el público lector. Es el caso, por ejemplo, de la primera novela de Unamuno, a la que él mismo llamó su “benjamina”, Nuevo mundo (1896), que escribió y desarrolló a la vez que Paz en la guerra, aunque sus argumentos no tienen parecido alguno.

Es curioso que Nuevo mundo haya pasado tan desapercibida y haya sido tan escasamente comentada, si tenemos en cuenta su enjundia metafísica y biográfica, que en este caso aventaja al aspecto más novelístico o literario de esta temprana creación unamuniana. En ella es posible rastrear los temas existenciales que más inquietaban, e incluso asediaban, el alma de un todavía joven pero ya maduro Unamuno, antes de su gran crisis espiritual (y también física y psicológica) de 1897. Ese “nuevo mundo” que da título a la novela sirve de telón de fondo para anticipar al lector el despertar no sólo del protagonista de la historia, sino también y sobre todo de la de su autor. Como apunta Garrido Ardila: “Esta novela contiene y explica la progresión filosófica de Unamuno: el viaje existencial desde el catolicismo de la infancia a la apostasía inspirada por el positivismo racionalista y el rechazo posterior de este, lo cual explica y certifica que la crisis de 1897 se inicia ya, al menos, hacia finales de 1895”.

Un pie en la literatura y otro en la filosofía

En Nuevo mundo leemos, por un lado, algunas de las dudas más acuciantes y, por otro, algunas de las sentencias más firmes de Unamuno, que incluso en sus relatos, novelas y poemas mantenía siempre un pie en la filosofía y otro en la literatura. Y es que, como él mismo denunció, un pensamiento que carezca de la “carne” de la acción, de la vida en su desarrollo, no es pensamiento, sino razón estéril y muerta. Su concepto de “razón trágica”, expuesto en su ensayo cumbre Del sentimiento trágico de la vida (1912), alude en parte al hecho de que nosotros, seres finitos con ansias irreprimibles de inmortalidad, hemos de bregar con nuestros semejantes en un escenario en el que lo por lo naturaleza efímero, nuestras acciones, no es capaz de alcanzar eternidad alguna. Una trágica desesperación que, sin embargo, nos procura el único heroísmo del que somos capaces: tomar nuestras acciones como algo definitivo y, en este sentido, estar a la altura de nuestra condición, tan racional como sintiente. Y es que, como escribe Unamuno, la memoria siempre acecha, aquella memoria de la que Pericles hizo su estandarte en su célebre discurso fúnebre:

De siglo en siglo y generación tras generación ha ido el espíritu del universo, recogido de todas sus infinitas lontananzas, depositándose en el fondo del espíritu del hombre, y así es que llevamos hoy heredada toda la creación en el alma. Nada de lo que percibimos se pierde, nada se olvida, y aun lo no percibido, lo que se nos entró sin darnos de ello cuenta, desciende todo a nuestros profundos abismos, a las últimas honduras (Nuevo Mundo).

Para leer el texto completo sobre Unamuno entra aquí.

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