¿Es el transhumanismo la solución a los problemas de la humanidad? La gran baza que tiene el transhumanismo es que se trata de un movimiento de transformación social y política que está basado en la esperanza. © Ana Yael.
¿Es el transhumanismo la solución a los problemas de la humanidad? La gran baza que tiene el transhumanismo es que se trata de un movimiento de transformación social y política que está basado en la esperanza. © Ana Yael.

El transhumanismo nos ofrece cientos de promesas dignas de la ciencia ficción, que, en principio, mejorarán nuestra vida hasta límites insospechados. Sin embargo, ¿son esos cambios realmente posibles? ¿Y deseables? ¿Dónde está la línea que separa la realidad de la fantasía? ¿A qué nos enfrentamos la humanidad como especie en las próximas décadas?

Ya hemos analizado las posibilidades que puede tener para el futuro de la humanidad el transhumanismo. Sus promesas, su visión como movimiento filosófico, como religión laica, además de algunos de los inventos que, ya hoy, se ciernen sobre nosotros.

Ahora bien, aparte de todas estas posibles ventanas que nos abre el transhumanismo, es necesario hacernos unas cuantas preguntas al respecto. Como toda actividad, esta ha de partir de un pensamiento previo, cuanto más razonado y prudente, mejor. De manera que vamos a tratar de analizar las diferentes posturas que existen en torno a todo esto y hallar algún tipo de línea de actuación que habrá de ser tenida en cuenta en las décadas que siguen.

Como explicaba el filósofo Francesc Torralba en el diario El Periódico, la gran baza que tiene el transhumanismo es que se trata de un movimiento de transformación social y política que está basado en la esperanza. Mientras que otras filosofías nos abocan a la hecatombe, nos dicen que el mundo actual no es más que desencanto y que no es posible creer en nada, el transhumanismo nos dice que hay salida, que está cerca, que tenemos futuro. Se trata de un mensaje poderosísimo, como podemos apreciar en múltiples aspectos de la vida.

Una salvación laica

A alguno esto le sonará religioso, y es que es exactamente eso. Una salvación laica para nuestro mundo que busca conseguir que nos convirtamos en hombres mejores, pero a través de la técnica. El problema que se nos plantea es si, tras esa mejora, seguiremos siendo hombres como tal u otra cosa diferente.

Mientras que otras filosofías nos abocan a la hecatombe, el transhumanismo nos dice que hay salida, que tenemos futuro como especie

No faltan quienes ven en esta concepción del transhumanismo algo parecido a una secta, pero sería por su parte un error de bulto, simplemente fijándose en las figuras que se adhieren a esta filosofía. No se trata de cuatro merluzos con aspiraciones futuristas. Dentro del transhumanismo hay hombres de talla mundial, auténticos pesos pesados de las ciencias en sus respectivos campos. Ahí están, por ejemplo, Marvin Minsky (padre de la inteligencia artificial), Eric Drexler (pionero en el campo de la nanotecnología), Hans Moravec (gurú de la robótica), etc.

!!–privado–!!

Si bien en el pasado se ha desconfiado de las transformaciones tecnológicas, especialmente entre aquellos que no pudieron ver sus resultados, no es menos cierto que la mayoría de ellas han sido profundamente buenas para la humanidad. Charles Dickens criticaba mucho la revolución industrial, pero él no pudo ver el tremendo avance que supuso para el mundo en apenas un siglo: aumento de la esperanza de vida, creación de riqueza que capacitó a las sociedades para que se establecieran nuevas clases sociales, inventos asombrosos que mejoraron la sanidad y la calidad de vida, transportes increíblemente veloces, duplicación de la demografía y un larguísimo etcétera.

La nanotecnología, la robótica, la inteligencia artificial y la biología sintética, son algunos de los avances que desarrollarán el transhumanismo en los próximos siglos.
La nanotecnología, la robótica, la inteligencia artificial y la biología sintética son algunos de los avances que desarrollarán el transhumanismo en los próximos siglos.

Pero quizá la prueba más fehaciente que tenemos de que dichas transformaciones han sido buenas, es que son muy pocos, por no decir ninguno, cuando se les pone ante dicha elección, los que no renunciarían a esas mejoras. Pongámonos a vivir una temporada en mitad del monte, sin ninguno de los aportes de la técnica, viviendo como si fuéramos animales, y pronto echaremos de menos a nuestros médicos, a nuestros ingenieros, a nuestros arquitectos, a nuestros científicos. La ciencia es un factor cultural decisivo para la historia.

Esto se ha traducido en un enorme interés por las investigaciones transhumanistas, especialmente en la biología sintética, ya citada en otras partes de nuestro dosier. Dados los enormes beneficios que, para nosotros, parece tener esta tecnología, los partidarios de fomentarla crecen constantemente.

Miedo al cambio

Ahora bien, también existen los temores, y cuentan con un numeroso grupo. La opción que parece contentar a más gente es que esto se lleve a cabo pero con el mayor cuidado posible. Una investigación moderadamente regulada, que no ahogue su desarrollo, pero que tampoco le quite la correa. Tan esperanzadores como peligrosos pueden ser los nuevos descubrimientos. Sólo hace falta pensar en posibles formas de bioterrorismo, o el impacto medioambiental que podría tener la liberación de organismos sintéticos diseñados con características especiales en un laboratorio. Es necesario, por tanto, tener una visión de conjunto y a largo plazo.

Otro de los grandes errores que debemos evitar es perder el norte y alejarnos de la realidad que pisamos. Lo cual se refiere a moderar nuestras promesas al respecto, que, en la actualidad, están excesivamente infladas en ciertos ámbitos. Si tenemos metas irreales, lo más probable es que se conviertan en incumplimientos de promesas, esperanzas insatisfechas y predicciones terroríficas, de manera que podríamos también perder el impulso del movimiento, frenándolo en seco. Y no se trata de un tema sin importancia, habida cuenta de que para este año se calcula que las investigaciones transhumanistas pueden estar rondando los 12.000 millones de euros.

Hemos de plantear la cuestión en profundidad, igual que haríamos con cualquier acción relevante para nuestro futuro. Tanto o más importante que si “podemos hacerlo” sería analizar primero si “debemos hacerlo”. ¿Por qué deseamos todas estas transformaciones? ¿No es la vida suficiente tal y como es hoy? ¿Son realmente deseables las promesas que nos ofrece? ¿Son realmente mejoras? ¿Para catalogarlas de semejante manera no sería necesario antes poder explicar claramente cuál es el fin que vamos a luchar por conseguir?

Pongamos por ejemplo el objetivo de alargar la vida humana indefinidamente. ¿Queremos ser inmortales? La vida «normal» –por llamarla de alguna manera– no es precisamente un camino de rosas en la mayoría de los casos. Está plagada de sinsabores, de sufrimiento y aburrimiento. Y, si tenemos suerte, tendrá igual o más placer y alegría. Pero no podemos decir que eso sea la norma. Siendo francos, ¿querríamos una vida de 200 años? Puede que ni regalada…, aunque no criticaríamos a alguien que así la quisiera para sí mismo. Pero no deja de ser algo preocupante que nadie parezca haberse hecho la pregunta de si una vida eterna, más que una bendición, sería una verdadera maldición. Una vida sin fin podría perfectamente conducirnos a un zigzagueo vital sin propósito o sentido, lo que terminaría por acabar con la identidad propia de la persona. ¿Queremos eso?

Antes de preguntarnos: “¿Podemos hacerlo?”, tendríamos que preguntarnos: “¿Deberíamos hacerlo?”

Y no sólo eso, ¿nos hemos parado a pensar en lo que significaría para nuestro mundo a nivel demográfico y medioambiental? A duras penas la Tierra soporta a los aproximadamente 7.000 millones de habitantes humanos que en ella viven. ¿Qué consecuencias tendría que ninguno de ellos –o más concretamente, de los que están por venir– muriera? Si ecológicamente ya somos una hecatombe en los tiempos que corren, ¿cómo evitaríamos el desastre de multiplicarnos aún más? ¿Podemos desarrollar algún tipo de tecnología que haga posible tanto el mejoramiento de la especie como la supervivencia del planeta? ¿Deberemos regular la procreación? ¿Aceptará la naturaleza, o nuestras sociedades, tales medidas de control? La historia ha demostrado en numerosas ocasiones que no atiende a reglas humanas, y que, cuando se despereza, nos demuestra rápidamente lo frágiles y minúsculas que son nuestras expectativas.

¿Nuestra desaparición como especie?

Otro de los aspectos menos analizados del llamado mejoramiento humano es que lleva, indefectiblemente, a la creación del posthumano. Es decir, a nuestra desaparición como especie. Sí, se nos dice que es un paso hacía algo mejor, más longevo y mejor condicionado para vivir en la Tierra, pero no deja de ser algo preocupante que se apueste de esta manera por nuestra autoaniquilación. Por otro lado, para los defensores del mejoramiento radical, mantenernos estáticos no sólo es un error, sino que es un imposible. Aferrarnos a nuestra condición actual sería lo mismo que si nuestros antepasados simiescos hubieran tomado la decisión voluntaria de negar la existencia al homo sapiens.

También habría que analizar el impacto que algunas de estas mejoras podrían suponer. Imaginemos por un momento que llegáramos a crear seres humanos con un cociente intelectual miles de veces superior al de los genios de hoy. Podría ser un avance inconmensurable…, pero también un fruto monstruoso y del todo imprevisible. ¿Dónde trazamos la línea? ¿En qué punto hemos de apostar más por la prudencia y menos por la temeridad?

¿Estamos listos para los cambios que el transhumanismo promete? ¿Qué consecuencias tendrá para el mundo una humanidad mejorada?
¿Estamos listos para los cambios que el transhumanismo promete? ¿Qué consecuencias tendrá para el mundo una humanidad mejorada?

Algunos pensadores ya se han ocupado de ello. Nicholas Agar, en Truly human enhacement, hace una apuesta por recuperar, en este sentido, la ética aristotélica: la virtud se encuentra en el justo medio. De esa manera, se hace un llamamiento a una cierta moderación en cuanto a transhumanismo se refiere, alcanzando mejoras significativas, pero no arriesgadas apuestas extremistas.

Ya en su día el filósofo español José Ortega y Gasset afrontó el tema de la técnica, afirmando que el ser humano hace uso de esta para reformar la naturaleza a su gusto. Pero existe un grave peligro, plenamente vigente hoy, y es este: ¿Qué riesgos corremos cuando, en lugar de usar nuestra tecnología para reformar la naturaleza y hacerla más acorde a nosotros, la usamos hacia nosotros mismos para adaptarnos a los diferentes entornos? ¿Es esa su función verdadera?

La profecía tecnológica de Ortega 

Antonio Diéguez, en su libro Transhumanismo, nos recuerda uno de los trabajos menos reconocidos pero más interesantes para el tema que nos ocupa de José Ortega y Gasset: Meditación de la técnica. En esta obra, Ortega explica lo que indicábamos: que la técnica es la apertura a nuevas posibilidades de hacer una vida humana. Es decir, que mediante ella el ser humano adapta su medio a sus necesidades, creando así un mundo nuevo, humanizado, en el cual habitamos realmente. Y esto es relevante pues, de ser así, no tienen sentido esas solicitudes de “volver a la naturaleza” que proponen algunos, más que nada porque nunca ha existido esa naturaleza pura, intocada, para nosotros.

El ser humano no ha vivido en la naturaleza como tal, sino que siempre la ha manipulado, en mayor o menor medida, para adaptarla a sí mismo: “La técnica es la reformadora de la naturaleza”. Similar posición que defiende el alemán Peter Sloterdijk, para quien la tecnología no es otra cosa que la verdadera productora de humanos: “Si hay hombre, es porque la tecnología lo ha hecho evolucionar a partir de los pre-humanos”.

Pese a hablar de lo mismo en los mismos términos, sí es famosa la reflexión de Martin Heidegger, el cual afirmaba que el hombre no habita “en el mundo” como tal. La naturaleza nos es tremendamente hostil, no nos sentimos a gusto en ella. Sólo nos sentimos cómodos en ella cuando vamos reconfigurándola a nuestro gusto. En ese sentido, la humanidad no se conforma con estar en el mundo, sino que quiere estar bien, y para alcanzar dicho fin, sólo puede hacerlo mediante la técnica.

Mediante la técnica el ser humano ha adaptado su entorno a sí mismo, no al revés

Del mismo modo han opinado muchos otros filósofos que, como Ortega, sostienen que somos escritores de nuestra propia vida, un proyecto que vamos creando todo el tiempo a medida que vivimos. De manera que el debate transhumanista parece resuelto a favor: no hemos de temer a la técnica, pues es realmente la manera que tenemos de vivir en el mundo.

La visión de Ortega y Gasset                                                                                 

"Ensimismamiento y alteración, Meditación de la técnica y otros ensayos", José Ortega y Gasset (Editorial Alianza).
«Ensimismamiento y alteración. Meditación de la técnica y otros ensayos», José Ortega y Gasset (Editorial Alianza).

Menos famosa de lo que debiera si atendemos a su interés, la filosofía de José Ortega y Gasset respecto a la técnica y su función en nuestra vida queda recogida en Ensimismamiento y alteración. Meditación de la técnica y otros ensayos, el libro, publicado por Alianza Editorial, en el que el gran filósofo español recogió todas sus reflexiones en torno a esta cuestión, destacando la importancia que tiene la misma a la hora de reorganizar y adaptar el mundo que nos rodea a la condición humana.

Para Ortega, la base de la técnica es la adaptación del entorno a nosotros, los seres humanos, y no al contrario, como algunos han podido pensar. Sin embargo, hay algo que la técnica no puede proporcionarnos, y es un sentido para nuestra vida. Esa clave no la tiene, así que no puede dárnosla. Tendremos que buscarlo en otra parte.

Estos temas de los que se ocupó Ortega y Gasset están perfectamente relacionados con el transhumanismo que nos ocupa, así que recomendamos la lectura de este libro a quienes se sientan atraídos por él y sus posibles consecuencias.

Los problemas del querer

Ahora bien, el mismo Ortega nos avisa del riesgo de abusar de la técnica, poniendo sobre los hombros de esta todas nuestras expectativas. El desarrollo tecnológico puede hacer nuestra vida más larga o más fácil, pero no puede dotarla de contenido. No puede darle sentido. Esa es una responsabilidad que únicamente nosotros hemos de cargar.

El más grave problema de hoy es que la técnica nos ofrece un sinfín de posibilidades, pero nosotros seguimos igual que hace milenios en múltiples aspectos. Por ejemplo: nuestra capacidad de desear. Esta no ha cambiado un ápice. No ha experimentado avance alguno. Es decir, tenemos una fabulosa tecnología, pero no tenemos ni la más remota idea exacta de que para qué queremos usarla. No podemos crear un proyecto vital con ella porque no puede darnos un objetivo, y puesto que ni siquiera sabemos qué es lo que queremos, no tenemos hacia dónde apuntar con ella.

Tenemos una tecnología maravillosa… pero no un objetivo claro al que aplicarla

Teniendo esto en cuenta, hemos de estar en guardia frente a uno de los sentidos que algunos han querido dar a todo esto, que no es otro que el “esfuerzo puro”. El querer alcanzar la grandeza por la grandeza. Si el transhumanismo se desarrolla simplemente para ver de qué somos capaces, puede que lo mejor sea que paremos ahora mismo y nos hagamos unas cuantas preguntas. Caer en eso podría llevarnos a buscar imposibles, y el mejoramiento, en lugar de “algo” dirigido a darnos una vida mejor, ser una simple herramienta en la batalla que mantiene nuestro ego contra nuestros límites biológicos.

La mejor apuesta: prudencia y conocimiento

Nos guste o no nos guste, la realidad es que vivimos en un mundo frágil, con tendencia al desequilibrio. Y que somos una especie imperfecta que paga sus errores muy caros (el tiempo dirá si ya excedimos el crédito que se nos permitía). Por ello, es primordial que, en el tema del transhumanismo, vayamos con pies de plomo. Se han de evitar los juicios generales y las sentencias definitivas, tanto en un sentido como en otro: ni las condenas absolutas ni las alabanzas globales.

No deja de ser curioso que un tema que tantísimo puede afectarnos es, realmente, bastante desconocido. Todo el mundo, cuando se interna en el transhumanismo, queda fascinado por él, por sus promesas y posibilidades, pero al mismo tiempo es un fenómeno bastante ignorado fuera de su selecto círculo. Siendo como es una carta en la que toda la humanidad puede jugarse su futuro, sería necesaria bastante más información al respecto, así como un aumento del interés de los individuos particulares en el desarrollo de este movimiento que tan tremendo impacto puede tener en la historia. Hemos de conocer qué es, a qué se dedica, en qué punto se encuentra, cuáles son sus objetivos a largo plazo y cuáles son sus logros a corto plazo.

El transhumanismo ha llegado y lo cierto es que apunta a ser un tema central en las próximas décadas. Permaneced atentos: la revolución de la especie humana está a punto de empezar.

Propuesta de código ético

Un grupo internacional de 50 filósofos, antropólogos e ingenieros ha elaborado un documento con un código ético que debería regular la relación que las personas tengamos con los robots y la inteligencia artificial.

El documento surgió a raíz de la gran cantidad de interrogantes que se planteaban al instalarse ya de forma permanente en nuestras vidas las tecnologías avanzadas, los drones, los coches autónomos sin conductor –ya hemos visto cómo pueden provocar accidentes e incluso acabar con la vida de los peatones–, las casas inteligentes, el big data… Rafael Calvo y Dorian Peters, de la Universidad de Sydney (Australia), explican que los investigadores tuvieron que enfrentarse a preguntas como ¿pueden tener consecuencias morales las decisiones tomadas por sistemas amorales? Interesantísimo debate. Y esta es sólo una de las miles de cuestiones que surgen.

El estudio ha sido auspiciado por el Instituto de ingenieros eléctricos y electrónicos, la mayor organización de este tipo, que cuenta con más de 420.000 miembros de 160 países diferentes. Pero en su elaboración han participado profesionales de otros muchos campos. Sociólogos y economistas analizaron cómo afecta el desarrollo digital a los colectivos más desfavorecidos; juristas estudiaron aspectos como la privacidad y la seguridad en la red; médicos y psicólogos investigaron qué consecuencias puede tener en nuestra salud física y mental.

La conclusión a la que han llegado, o, mejor dicho, las conclusiones, pueden resumirse en estas cuatro ideas clave:

1 La tecnología debe proteger y mantener a salvo los derechos humanos en todo momento, siempre y por encima de todo.

2 Se debe dar prioridad a la conservación del bienestar del ser humano.

3 Hay que exigir responsabilidad y transparencia a quienes diseñan, desarrollan y aplican las novedades tecnológicas.

4 Desde el mismo inicio hay que prever que los riesgos por un mal uso de aparatos y equipos queden minimizados.

Sigue leyendo… Transhumanismo: la filosofía del siguiente paso de la humanidad (Parte 1)

Sigue leyendo… Cíborgs: en el origen del transhumanismo (Parte 2)

Sigue leyendo… Antonio Diéguez: «Las posibilidades de la biología sintética son abrumadoras» (Parte 4)

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre