Tocqueville, primer pensador de nuestras democracias globales

América», de Alexis de Tocqueville, es una obra que sigue estando, todavía hoy, de plena actualidad.
«La democracia en América», de Alexis de Tocqueville, es una obra que sigue estando, todavía hoy, de plena actualidad.

La figura de Alexis de Tocqueville fue olvidada durante buena parte del siglo XX, a pesar del valor inigualable de su obra magna, La democracia en América. Un libro en el que el pensador francés realizaría un profundo análisis comparativo en torno a la democracia no solo como sistema político, sino como forma de vida y deber moral.

Por David Cerdá, filósofo, economista y profesor

El 2 de abril de 1831, Charles Alexis Henri Clérel, vizconde de Tocqueville, veintiséis años, zarpa hacia Estados Unidos junto a su gran amigo y también magistrado, Gustave de Beaumont. Ha recibido del gobierno el encargo de redactar un informe sobre el sistema penitenciario de la joven nación. El resultado, tras nueve meses de viaje, será su primer ensayo: Del sistema penitenciario en los Estados Unidos y de su aplicación en Francia, eclipsado por su posterior e inigualable obra, La democracia en América (1840).

Cuando Tocqueville finaliza su magna obra, es diputado por el pueblo de Normandía que lleva su nombre y del que su padre había sido tres veces prefecto durante la Restauración. Su madre pertenecía a una familia noble que fue encarcelada casi al completo tras la Toma de la Bastilla; su bisabuelo, Malesherbes, un liberal insigne que fue secretario con Luis XVI, murió en la guillotina. Alexis se opone a la Revolución de 1848, también al golpe de estado de Luis de Napoleón tres años después, durante el que él mismo resultó arrestado. Había asumido brevemente el ministerio de Asuntos Exteriores y la vicepresidencia de la Asamblea Nacional durante la Segunda República (abogando por el sufragio universal); el Segundo Imperio lo retiró a sus estudios. Murió en 1859 en Cannes.

Trasplante franco-americano

La extraordinaria obra de Tocqueville es un hito de la política comparada; un «estudio de caso», diríamos hoy, de una prolijidad como no se había dado hasta entonces. La comparación es el instrumento del que se vale el autor para aproximarse a una forma política, la democracia americana, por entonces desconocida en nuestro continente. El suyo no es un empeño académico o erudito: Tocqueville rastrea en tierras americanas fórmulas trasplantables a su Francia natal.

Tocqueville estima que toda revolución es una anomalía histórica, el fruto del descontrol de las pasiones colectivas. Si no se logra, en una segunda fase, que el legislador ocupe el lugar del luchador, la libertad democrática se convierte, nos dice, en tiranía democrática

En el prólogo a la duodécima edición de su obra maestra, Tocqueville escribe: «Este libro fue escrito hace quince años, bajo la preocupación constante de una sola idea: el advenimiento inminente, irresistible y universal, de la democracia en el mundo». En su época, efectivamente, la sustitución de un sistema aristocrático por uno democrático constituía una novedad. El modelo americano es el más acabado de su tiempo, y, debido a su florecimiento en una tierra libre de cargas históricas, el más constructivo. Por el contrario, en Francia, en palabras del autor, «la democracia todavía está entretenida en derribar».

Puesto que Tocqueville siempre piensa contra sus referentes pasados, su obra es también una reflexión sobre el Ancien régime y la Revolución francesa. El autor es un observador objetivo y cabal, aunque no rehúye el oficio del intelectual de quien se espera que saque conclusiones. Así, estima que toda revolución es una anomalía histórica, el fruto del descontrol de las pasiones colectivas. Si no se logra, en una segunda fase, que el legislador ocupe el lugar del luchador, la libertad democrática se convierte, nos dice, en tiranía democrática.

Progreso irrefrenable

La idea motriz de su capital texto es el irrefrenable progreso de la igualdad. «En las aristocracia», escribe, «los seres humanos están separados entre sí por altas barreras inmóviles. En las democracias, se dividen en multitud de hilos prácticamente invisibles que se rompen a cada instante y cambian de sitio sin cesar». Esta distinta configuración social, él supo darse cuenta, tiene innumerables consecuencias. La más turbadora, a su juicio, es que, puesto que libertad e igualdad siempre compiten, el creciente peso de la segunda puede llevarnos a aceptar distintas formas de coerción, más o menos encubiertas, «propiciando que las personas prefieran la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad». Una cuestión, esta, que no ha perdido un ápice de vigencia.

Tocqueville subrayó en todos sus escritos los peligros inherentes a las dinámicas de poder, haciendo suya la legendaria frase de su amigo Lord Acton («el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente»). Fue un agudo crítico del centralismo, que tuvo por una consecuencia ineludible del hundimiento de la aristocracia. Insistió en que esta centrífuga tendencia de gobierno debía de ser tolerante con los valores del individuo, alertando sobre los peligros de las utopías colectivistas.

«En las aristocracias, los seres humanos están separados entre sí por altas barreras inmóviles. En las democracias, se dividen en multitud de hilos prácticamente invisibles que se rompen a cada instante y cambian de sitio sin cesar»

Para Tocqueville, la democracia no es solo un sistema legal mediante el cual las sociedades se organizan, sino también una cultura y una moral. De ahí que señalase a quienes se aprovechan del descuido de estos aspectos para tratar de destruir la democracia. De esta, nos dijo, hay que ocuparse, pues de lo contrario triunfan los rufianes y corre la sangre. Y ello exige que al pueblo se le instruya, que entienda que el Estado democrático no es una descomunal ventanilla de reclamaciones, sino un proyecto común que exige también sacrificios. «Conocedor de sus verdaderos intereses», escribe, «el pueblo comprendería que para aprovechar los bienes de la sociedad hay que someterse a sus cargas». Es una propuesta que se ha vuelto apremiante para los millennials, casi dos siglos más tarde: exponerlos más intensamente a la pedagogía democrática.

Con una presciencia francamente asombrosa, Tocqueville avisa sobre el efecto deletéreo que un exceso de individualismo puede tener en el estado social democrático. Liberal de fuste, no duda, pese a ello, en resaltar que la ciudadanía comporta renunciar de cuando en cuando a los propios intereses en aras del bien común. Por la misma razón, el despotismo, apunta, es consciente de que divide et impera ha de ser su divisa si desea perdurar. Y así advertía el autor sobre los déspotas que estaban por venir: «El despotismo, que en todas las épocas es peligroso, resulta particularmente de temer en los siglos democráticos».

Tocqueville contempla preocupado, como nosotros, la sociedad de su tiempo. Y lo que a él le pasma de su tiempo puede ser trasplantado, sin cambiar una coma, al nuestro:

¿Ha tenido el hombre siempre ante los ojos, como hoy, un mundo en el que nada se prosigue, donde la virtud carece de genio y el genio carece de honor; donde el amor al orden se confunde con la devoción por los tiranos y el culto santo de la libertad con el desprecio de las leyes; un mundo en el que la conciencia no arroja más que una claridad dudosa para iluminar las acciones humanas; donde ya nada parece prohibido, ni permitido, ni honrado, ni vergonzoso, ni verdadero, ni falso?

«El despotismo, que en todas las épocas es peligroso, resulta particularmente de temer en los siglos democráticos»

Mucho más que América

Pese a haber pasado a la historia merced a un libro centrado en la sociedad estadounidense, Tocqueville fue un estudioso de amplísimas miras. No solo analizó la estructura social de Rusia y el mundo político musulmán de su tiempo, así como los primeros procesos coloniales en marcha, sino que además dejó inacabado un ambicioso proyecto sobre la India. Por lo demás, se refirió en todas sus obras al continente europeo, al que empleó como ejemplo y como patrón con el que comparar.

Muchas de sus enseñanzas permanecieron ocultas durante el siglo anterior, arrumbadas por la preeminencia del análisis marxista en las ciencias políticas. Vale decir que se ha convertido en una especie de asignatura pendiente para nuestro siglo, al que siguen faltándole piezas intelectuales para entender del todo su devenir y su estado actual.

Tocqueville escribe que «un mundo completamente nuevo precisa de una ciencia política nueva». Lo que nosotros necesitamos, a vueltas como estamos con los defectos y virtudes de la democracia, sumidos en una crisis de fe respecto a sus instituciones que amenaza sepultarnos, es retomar el discurso de los pensadores políticos más clarividentes. Alexis de Tocqueville ocupa un lugar privilegiado en ese panteón. Sainte-Beuve dijo de su principal libro que «si se recorriera por completo, proporcionaría tema para el examen de todas las cuestiones capitales de la política moderna». La perspicacia sociológica de su autor lo libera del museo, haciendo de su obra un elemento de juicio valiosísimo para comprender el futuro de nuestra democracia global.

«La democracia en América», el libro

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville (Rialp)
La democracia en América, de Alexis de Tocqueville (Rialp).

La democracia en América consta de dos partes: la primera, consagrada al régimen político americano (fundamentos constitucionales, instituciones, división de poderes); la segunda, a su sociedad civil. Este libro recoge la cuarta y definitiva parte del segundo de los volúmenes, fragmento que viene a ser una especie de breviario de toda la obra, a más de leerse como si de una obra independiente y completa se tratara.

El texto quiere constituirse en puerta de entrada a una obra que no solo sorprenderá al lector por su profundidad, su agudeza y su calidad literaria, sino también por su actualidad. No es solo extraordinaria por la belleza de su escritura y la hondura de su análisis, también lo es por estar plagada de profecías que se han cumplido. Tocqueville previó que Estados Unidos se desgarraría a causa de la cuestión esclavista, que los indios serían exterminados, que Rusia y la nación norteamericana llegarían a convertirse en antagónicas superpotencias. Y nos dejó, como solo pueden conseguir las grandes obras, innumerables enseñanzas sociopolíticas para nuestro tiempo y los que vendrán.

Prefacio de La democracia en América, de Alexis de Tocqueville. Rialp, 2109. Traducción: David Cerdá.

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