Montaje retrato de Henry David Thoreau, por Félix Valloton; 1896, La Revue blanche, Biblioteca Nacional de Francia;PD-old e imagen de Free-Photos en Pixabay.
Pocos filósofos han logrado influir tanto en las generaciones posteriores como Henry David Thoreau.

El filósofo Carlos Javier González Serrano repasa la vida y obra de Henry David Thoreau, padre de la desobediencia pacífica y uno de los primeros impulsores de la defensa activa de la naturaleza. Y es que, más de un siglo después, su pensamiento está hoy más de moda que nunca.

Por Carlos Javier González Serrano

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862) está de moda. Se puede ver solo con echar un vistazo al número de editoriales que han retomado el interés por sus obras y han publicado reediciones de las mismas en los últimos tiempos. Thoreau, quien durante su vida apenas traspasó las fronteras de su pueblo natal (Concord, Massachusetts), ha logrado que sus obras alcancen, con el paso de los años, el estatuto de «clásicos universales».

Si por alguna razón los escritos de este estadounidense se encuentran en plena vigencia, es por la insultante actualidad que cobran a la luz de las circunstancias que vive Occidente. Ensayos como Desobediencia civil o Una vida sin principios muestran la implicación que Thoreau adoptó a la hora de diseccionar las vergüenzas de un gobierno que no dudaba en dar carta blanca a la esclavitud, al exterminio de los indios o a guerras imperialistas. Y es que, nos interroga: «¿Acaso no hay un tipo de derramamiento de sangre cuando se hiere la conciencia?». Es esta hemorragia la que causa, poco a poco, la muerte interminable del género humano.

«No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquel que lo hace porque le gusta». Thoreau

Algunas decepciones

Con apenas dieciséis años, en 1833, Thoreau ingresa en Harvard, donde el contacto con la inmensa biblioteca de la institución modificará sus hábitos y le permitirá desarrollar los primeros gérmenes de su pensamiento. Dos años más tarde, en 1835, contrae tuberculosis, enfermedad que sufrirá durante toda su vida y que finalmente causará su muerte.

Cuando Thoreau se licencia en 1837 y abandona la disciplina de Harvard para regresar a Concord, consigue trabajo como profesor en un colegio, aunque lo acaba desechando por las presiones para ejercer castigos corporales a los estudiantes. Funda entonces una pequeña escuela privada (en la que imparte latín, griego, francés y ciencias) junto con su hermano John; pero este morirá cuatro años más tarde de manera trágica, al contraer tétanos tras cortarse con una cuchilla. La fraternal pérdida supone un duro varapalo para Henry, quien, tras un frustrado intento de rehacer su vida en Staten Island gracias a su talento literario, vuelve a Concord. «Todo en la naturaleza nos enseña que la extinción de una vida es lo que abre espacio para la aparición de otra. (…) Esta constante erosión y descomposición crea el terreno para mi futuro crecimiento», escribía Thoreau en su Diario el 24 de octubre de 1837, en una metáfora de tintes naturalistas.

«Si busca persuadir a alguien de que hace mal, actúe bien. Los hombres creen en lo que ven». Thoreau

¡Simplifica!

Un 4 de julio de 1845, Thoreau decide recluirse en una cabaña construida con sus propias manos, en la que permanecerá aislado voluntariamente durante dos años, dos meses y dos días a las afueras de Concord, en unos terrenos propiedad de su amigo Ralph Waldo Emerson a orillas del lago Walden. Un «aislamiento» relativo, puesto que en ningún momento perdería el contacto definitivo con sus conciudadanos.

Thoreau, gran observador y admirador de la naturaleza como fenómeno maravilloso (le causaba gran asombro el regular paso de una estación a otra), apunta en no pocos fragmentos de su obra que su vida se parece al recorrido de un río, «brillante sobre sus arenas, pero imposible de navegar», aunque llegada la madurez esta imposibilidad se torna apacible, casi familiar, y por ello, aquel abismo puede siquiera contemplarse, por mucho que su observación nos conduzca, al final, «a capas nunca imaginadas de profundidad».

«Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente». Thoreau

Tal fue el objetivo primordial de Henry David en su reclusión: atender el dictado oracular de Delfos, conocerse a sí mismo, desentrañar aquellas «profundidades». Como resultado de esta experiencia, Thoreau redacta Walden, la vida en los bosques, su obra más conocida. En uno de sus capítulos nos explica sin tapujos que se estableció en los densos bosques de Concord «porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido». Y es que, a su juicio, aún «vivimos de forma miserable», «acumulando error tras error y remiendo sobre remiendo».

La solución a esta problemática la ofrece Thoreau en una carta fechada el 27 de marzo de 1848, dirigida a su amigo Harrison Blake: «Creo firmemente en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo incluso los hombres más sabios pasan sus días ocupados en asuntos triviales». El imperativo es tajante: «Simplifiquemos el problema de la existencia», diferenciemos entre lo necesario y lo superfluo. Mientras no dudamos en atajar rápidamente el hambre y la sed del cuerpo, no tenemos reparos en demorar las necesidades del alma. «Alma», una palabra que, en su opinión, ha quedado casi inservible «porque la hemos dejado en la inanición hasta convertirla en una sombra».

«No somos más que los desechos de nosotros mismos». Thoreau

Espíritus trascendentales

Paisaje de Vermont, uno de los seis estados que, junto a Maine, Nuevo Hampshire, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut, forman la región estadounidense de Nueva Inglaterra.

Cuando rondaba la veintena, Thoreau entró en contacto con la persona que más  impacto tendría en su futuro: Ralph Waldo Emerson. El filósofo, cabeza del grupo conocido como los trascendentalistas de Nueva Inglaterra, sería el hombre que el destino habría de poner en su camino para convertirse en su mentor, maestro, confidente y, ante todo, buen amigo. Tal y como demuestran las palabras que Emerson dedicó a su pupilo tras su muerte:

«Pocos en el país conocen aún al gran hijo que perdieron. Es una desgracia que dejase a medias su trabajo, que ningún otro puede acabar: es una indignidad que tan noble alma haya partido de la Naturaleza antes de haberse mostrado a sus semejantes en todo su valor (…) Se crió para no abrazar profesión alguna; nunca se casó, vivió solo; nunca fue a la iglesia; nunca votó; rehusó siempre pagar impuestos al estado; ni comió carne ni bebió vino ni conoció el uso del tabaco; y aunque era aficionado a la naturaleza, nunca usó de trampas ni de armas de fuego (…) Ningún colegio le ofreció jamás un diploma o una cátedra; ninguna academia le hizo su corresponsal o su descubridor, ni siquiera su miembro (…) Y a pesar de todo, muy pocos llegarían a poseer tan grande conocimiento de los secretos y resortes de la naturaleza (…) No profesaba respeto alguno a las opiniones de los hombres y de las corporaciones, sólo rendía homenaje a la verdad (…) Escogió, con todo el conocimiento sin duda, ser el célibe estudiante del pensamiento y de la naturaleza».

Juntos a ambos, los trascendentalistas formarían un nutrido grupo, con algunas personalidades de gran fama en su época, como  Margaret Fuller, Nathaniel Hawthorne, William W. Channing o el poeta Walt Whitman, entre muchos otros. Todos ellos trataron de ofrecer una nueva visión de la intelectualidad y la espiritualidad, centrándose en alcanzar una mayor comunión con la naturaleza y una relación más íntima y personal con Dios. Además, destacaron por su fiera defensa de la libertad individual, pues consideraban que las personas, para ser realmente ellas mismas, debían ser libres e independientes. Unas tesis que se tradujeron en posturas abiertamente contrarias a gobiernos e instituciones que, en su opinión, no sirven más que para corromper y coartar la libertad de los ciudadanos.
Henry David Thoreau sería un buen ejemplo de esa doctrina: un hombre que, tras observar que la gran mayoría de sus conciudadanos vivían bajo una infelicidad congénita, llegó a la conclusión de que ello se debía a que habían hecho una elección errónea de sus valores. De ahí que tanto él mismo como sus seguidores, decidieran crear los suyos propios, íntimamente ligados no solo a la naturaleza humana, sino a la naturaleza salvaje en sí, de la que sentía que la humanidad era parte.

El trascendentalismo fue uno de los más importantes movimientos intelectuales puramente americanos, pese a que perdió fuelle tras la muerte de sus grandes referentes. Y si bien es cierto que hoy son muchos los que desconocen las bases de este movimiento, basta investigar un poco para observar que muchas de sus enseñanzas han sido muy influyentes a lo largo de los siglos, tanto a nivel social como en las artes, la música, el cine o la literatura.

Escribir(se)

Quizás el único camino –si no salvífico, sí al menos consolador– hacia nuestra felicidad sea la aceptación de la continua e inextinguible cadena de acontecimientos que se da en el mundo, una cadena que carece de principio o fin y cuyo funcionamiento, desde el punto de vista humano, es imposible de desentrañar. Nuestra necesidad de otorgar al constante fluir de hechos una racionalidad solo se ve satisfecha cuando, desesperanzados, logramos ser conscientes de lo vano de nuestro empeño: «Quien esté más quieto será el primero en llegar a su meta», asegura Thoreau.

«Haga lo que nadie más puede hacer por usted. No haga otra cosa». Thoreau

El diario (género que Henry cultivará durante toda su vida), y en general la escritura, adquiere en nuestro protagonista los tintes de un mecanismo mediante el cual el tiempo se hace consciente de sí mismo… a través de las palabras. Unas palabras que no hacen más que buscar una fórmula adecuada para plantear una definición certera de la existencia: «Qué vida nos han dado los dioses, circundada de dolor y placer», suspiraba el autor. Esta vida es «demasiado extraña para el pesar, y también demasiado extraña para el regocijo. A ratos parece superficial, aunque intrincada como un laberinto cretense, y luego, de nuevo, es un abismo intransitable», escribía Thoreau el 27 de marzo de 1842.

Desobedece… con cabeza

Es conocido que, en 1846, Thoreau pasó una noche encarcelado tras negarse a pagar sus impuestos. Su conciencia le impedía estar de acuerdo con la política imperialista y belicista del gobierno estadounidense. Lo que el Estado debería fomentar es el respeto por la justicia, y no por la mera ley. La obligación que Thoreau toma para sí, una máxima que siempre seguirá, es la de adoptar el derecho de «hacer en cada momento lo que crea justo».

«Si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, ningún gobernante ni reformador inepto podrá coaccionarle». Thoreau

La ley no nos hace más justos, asegura Henry David, e incluso atenderla sin más puede convertirnos a diario en «agentes de la injusticia». En esta sociedad de incesante movimiento no hacemos otra cosa que trabajar, y de hecho «no es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos». No hay nada más opuesto a la reflexión, a la filosofía ni a la poesía que este «incesante trabajar». Estas ideas quedan fantásticamente plasmadas en la novela gráfica de Maximilien Le Roy que acaba de publicar Impedimenta: Thoreau. La vida sublime.

Thoreau aboga por una «revolución pacífica», una formulación que inspiraría más tarde a personalidades como Gandhi o Martin Luther King, una revolución iniciada por la decisión de dejar de pagar los impuestos, por ejemplo, que permiten que el Estado cometa viles «actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes». Toda una llamada a actuar movidos por nuestros propios principios y la percepción de lo justo, con el objetivo de cambiar las cosas y las relaciones entre seres humanos. «Lo que tengo que hacer –afirma en Desobediencia civil– es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno».

Las obras clave de Thoreau

Walden, la vida en los bosques, de Henry David Thoreau (Errata naturae).
Walden, la vida en los bosques, de Thoreau (Errata naturae).

Walden, la vida en los bosques: la obra maestra de Thoreau en la que narra, con todo lujo de detalles, su experiencia de reclusión en los bosques de Concord durante más de dos años. En ella diserta sobre los libros, la soledad, los sonidos de la naturaleza, la moral, la política e incluso sobre agricultura y jardinería. «Vivimos demasiado rápido», explica mientras remite al lector a un singular interrogante: «¿Por qué debemos vivir con tanta prisa y desperdiciando nuestras vidas?»

El Diario, de Henry David Thoreau (Capitán Swing).
El Diario, de Thoreau (Capitán Swing).

Diarios: En ellos encontraremos al Thoreau más íntimo y personal, al individuo que traza, poco a poco, un camino vital en el que la literatura y la reflexión se enseñorean como vórtices mareantes a través de los que el ser humano puede encontrar la paz que la vida, en su desnudez, nos arrebata en tantas ocasiones.

Una vida sin principios, de Henry David Thoreau (Godot).
Una vida sin principios, de Thoreau (Godot).

Los ensayos: Thoreau impartió numerosas conferencias a lo largo de su carrera de escritor, que más tarde cobraron la forma de escritos cerrados. Los más conocidos son Desobediencia civil, La esclavitud en Massachusetts, la Apología del capitán John Brown (figura clave del abolicionismo) y Una vida sin principios. En ellos plantea Thoreau sus propuestas filosóficas y vitales de una manera estructurada, pero siempre cercana y accesible.

Cartas a un buscador de sí mismo, de Henry David Thoreau (Errata Naturae).
Cartas a un buscador de sí mismo, de Thoreau (Errata Naturae).

Cartas a un buscador de sí mismo: Errata naturae publicó en 2012 las misivas que Thoreau dirigió a su corresponsal y amigo, un año mayor que él, Harrison Blake. Estos documentos recogen las inquietudes que acechaban día a día a Henry David, que intenta «apartar nuestro insignificante yo» del medio para dar con lo más original de sí mismo. «No temo exagerar el valor y el significado de la vida –confesaba a Blake–, sino más bien no estar a la altura de la ocasión que la vida representa». Una de las obras más íntimas de nuestro protagonista y que combina, en un mismo volumen, las opiniones y tesis de Thoreau en temas como el trabajo, el amor, el sexo, la política, la moral o la alimentación.

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