«Toda la historia del mundo es la historia de la libertad». Albert Camus. © Ana Yael
«Toda la historia del mundo es la historia de la libertad». Albert Camus. © Ana Yael

La cuestión de la libertad ha interesado a la filosofía desde sus comienzos, incluido el grado de esta que poseemos. ¿Vivimos conforme a un plan maestro o somos nosotros los que determinamos nuestra vida? ¿Tenemos elección o solo una ilusión de elección? Cuestiones para las que la filosofía ha buscado respuestas una y otra vez y que, aún hoy, nos generan dudas.

¿Qué entendemos por libertad? ¿Qué es el libre albedrío? ¿Son lo mismo? ¿Quiénes lo han investigado y desde qué punto de vista? La libertad es uno de los temas que más ha importado a la humanidad a lo largo de su historia. Ha influido en nuestra forma de gobernarnos, en nuestra organización social, en nuestro desarrollo cultural y en un sinfín de aspectos más. Más que ninguna otra faceta de nuestro comportamiento, la historia de la humanidad es la búsqueda, de una u otra manera –en ocasiones tergiversadas– de alcanzar la libertad.

La cultura de la libertad, de Jesús Mosterín (Austral).
La cultura de la libertad, de Jesús Mosterín (Austral).

Como explica el filósofo español Jesús Mosterín en La cultura de la libertad, esta, pese a su relevancia, no soluciona ninguno de nuestros problemas. Lo cual no deja de ser curioso, pues no por ello deja de ser una cualidad absolutamente esencial sin la cual la vida no tiene sentido alguno. «La libertad es lo que constituye la condición de posibilidad de despliegue de nuestros esfuerzos y nuestras iniciativas para solucionarlos». Si no existe, nuestras alternativas vitales se reducen, nuestra creatividad se corrompe y se nos incapacita para que demos lo mejor de nosotros mismos. Sí, podemos vivir sin libertad, pero lo haremos infinitamente peor de lo que podríamos hacerlo. Nuestra evolución cultural es fruto de nuestra libertad para tomar decisiones y actuar como personas, no de la imposición de otros.

Ahora bien, antes de nada, estaría bien saber qué es lo que normalmente entendemos por libertad, en qué grado la poseemos y cuáles son sus manifestaciones. «Democracia es libertad». Pues no. Obviamente una democracia liberal tiene mucha más libertad para sus ciudadanos que una dictadura, pero de ahí a identificarlas como iguales hay un paso. La libertad no consiste en hacer lo que quiere la mayoría, sino en hacer lo que nosotros, con nuestra vida, queremos. Como explicaba el utilitarista John Stuart Mill en Sobre la libertad, una sociedad donde una mayoría tiene derecho a pisotear a la minoría será muy democrática, pero poco libre. La libertad, como concepto, es más puro y absoluto. No puede ser descafeinada.

«Toda la historia del mundo es la historia de la libertad». Albert Camus

La libertad, una cuestión filosófica

¿Quién se ha encargado a lo largo de los siglos de estudiar la libertad y plantear las distintas tesis? La filosofía. Y de todas las preguntas que se ha venido haciendo a lo largo de la historia, hay una que destaca: ¿hasta qué punto somos libres? Puede parecer un planteamiento extraño, pues la mayoría, en mayor o menor medida, siente que su vida está «en sus manos». Pero no tiene por qué ser exactamente así. Dependiendo de a quién le preguntemos, es posible que no seamos tan libres como pensamos o que no lo seamos en absoluto.

¿De qué manera nos afecta el grado de libertad que tengamos? Si nuestra existencia estuviera limitada y viviéramos conforme a un destino, ¿viviríamos mejor o peor? ¿Y al contrario? Si supiéramos a ciencia cierta que somos totalmente libres, que todo queda en nuestras manos, ¿seríamos necesariamente más felices? Nos vamos a fijar aquí en las palabras de algunos de los filósofos que han opinado sobre el tema a lo largo de la historia y que representan la mayoría de las tesis al respecto. Y nos fijaremos también en el libre albedrío, que podemos entender como la suposición de que los individuos son responsables de sus propias acciones, de que su mente consciente es capaz de controlar sus comportamientos. Por diferenciarlo de la libertad, podríamos decir que el libre albedrío conlleva la potencialidad de obrar o no hacerlo.

«Todos creen a priori que son perfectamente libres, aun en sus acciones individuales, y piensan que a cada instante pueden comenzar otro capítulo de su vida… Pero a posteriori, por la experiencia, se dan cuenta de que no son libres, sino sujetos a la necesidad. Su conducta no cambia a pesar de todas las resoluciones y reflexiones que puedan llegar a tener». Arthur Schopenhauer

Sujetos al destino

Existe un buen número de corrientes filosóficas que defienden que vivimos bajo los caprichos del destino, que podríamos definir como la cadena causal según la cual se suceden los acontecimientos. Tesis deterministas y fatalistas, principalmente, que nos arrebatan la idea de que somos libres, limitando el poder efectivo que tenemos en aquello que ocurre en nuestra existencia. Bajo esta premisa, tratar de preocuparnos o influir en lo que nos sucede tiene poco sentido, pues la vida es, ni más ni menos, lo que es y lo que debe ser en cada momento.

Más allá de la connotación negativa que solemos atribuirle, el fatalismo es la corriente de pensamiento que se refiere a la creencia de que los acontecimientos están preestablecidos. Es decir, que no dependen de nuestra voluntad. Se trata de un término que cada vez se usa menos, en favor del más famoso determinismo, donde los eventos se suceden según principios lógicos de causalidad.

La imposible conquista de la felicidad, de Arthur Schopenhauer (Biblioteca Nueva Editorial)
La imposible conquista de la felicidad, de Arthur Schopenhauer (Biblioteca Nueva Editorial).

Dentro de estas mismas corrientes hay diferentes categorías y grados. Por ejemplo, algunas corrientes creen que los sucesos no son aleatorios, sino que siguen un plan y son predecibles en buena medida. Otros, por el contrario, son menos rígidos, entendiendo que lo que está determinado por los hechos del presente es la probabilidad, por lo que aunque puede haber correlación entre el hoy y el mañana, no podemos negar que existe la posibilidad de que ocurran sucesos impredecibles. Que exista un determinismo no significa necesariamente que podamos «adivinar» el futuro.

Aunque no es la única, la más famosa de estas visiones fatalistas/deterministas en el mundo filosófico es el estoicismo, quizá por el fuerte arraigo que tuvo el movimiento durante la Grecia helenística, cuando se convirtió en la filosofía predominante de Occidente. Según las tesis estoicas, el destino no hemos de entenderlo como un impulso irracional, sino que es la expresión del orden que reina en el universo, el logos, la razón divina. El estoicismo hace hincapié en que no podemos controlar cada aspecto de nuestra vida, por lo que hemos de aceptar aquello que acontece preocupándonos únicamente de lo que sí podemos controlar. Según los filósofos de esta doctrina (Zenón, Crisipo, Posidonio, Epicteto, Séneca…), todos los acontecimientos del mundo están directamente relacionados, formando parte de un plan universal sujeto al logos.

«Cuando estamos a punto de embarcar, pedimos a los dioses vientos favorables con objeto de llegar pronto al destino (…) Amigo mío, soplará cuando le plazca, o mejor dicho, cuando le plazca al que es su amo y señor (…) Acostúmbrate a que no podemos disponer más que de lo que depende de nosotros y hemos de tomar lo demás tal cual llega». Epicteto

Es aquí donde aparece lo que nos interesa acerca de la libertad. Bajo esta tesitura, es cierto que poco podemos hacer ante lo que la vida nos pone delante, ¿verdad? Pero no es menos cierto que, por las mismas razones, nos ahorramos las responsabilidades de la vida, con lo que estas conllevan. No más preocupaciones, ni frustraciones, ni indecisión. Puesto que todo está ya escrito y nada podemos hacer para cambiarlo, nuestra vida no consiste más que en valorar aquello que sí está a nuestro alcance: cultivar nuestro conocimiento y cultura, mejorarnos como personas y vivir de la manera más virtuosa posible el hoy, el único momento que realmente podemos decir que es nuestro. Todo lo demás dejémoslo en manos de los dioses y el destino que para nosotros han decidido.

Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, de Lucio Anneo Séneca (Acantilado)
Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, de Lucio Anneo Séneca (Acantilado).

Estos valores de mejora constante, unidos a la indiferencia hacia lo externo, tienen como objetivo llegar a crear un estado de tranquilidad, seguridad, confianza y paz capaz de cambiar nuestra percepción de la vida. Quizá el secreto de la vida no sea convertir esta en una copia exacta de lo que nosotros queremos, sino en comprender que caer en ese deseo es el verdadero problema. Como muchos otros pensadores e intelectuales antes y después que ellos, los estoicos opinaban que lo que hemos de hacer es aceptar la vida tal cual es, sin tratar de adaptarla a nuestra voluntad. A la vida no le importa lo que nosotros queremos o dejamos de querer.

Estas tesis no tienen otro objetivo que aliviar la carga vital que la vida pone sobre nuestros hombros. La vida se convierte más en un viaje sin aventuras, puesto que no hemos de calcular constantemente qué paso vamos a dar, ni hemos de luchar a brazo partido con los infortunios que nos toca vivir, ni hemos de soportar esa pesada carga que es hacernos responsables de todo. Los deterministas y fatalistas, simplemente, esperan, aguantan y confían de manera imperturbable, sabedores de que esa es la única opción inteligente y la que les hace, irónicamente, más libres, pues les libera del dominio que sus propias emociones ejercen sobre ellos.

¿Responsabilidad sin libertad?

Ahora bien, ¿cómo es posible que el no tener apenas poder sobre nuestras vidas nos haga más libres? ¿Cómo nos afectaría aplicar ese código según el cual no somos responsables de nada? Imaginemos que ante un crimen el delincuente se defendiera argumentando que nada de lo ocurrido es culpa suya, que él no tiene poder alguno para cambiar lo que el destino ha establecido para él. ¿Podríamos culparlo entonces?

«Solo es libre aquello que existe por las necesidades de su propia naturaleza y cuyos actos se originan exclusivamente dentro de sí». Baruch Spinoza 

Se trata de una reflexión en la que caía Isaiah Berlin en El erizo y el zorro. Desarrollando ese planteamiento, el libre albedrío no sería más que una ilusión, fruto de nuestra ignorancia de las causas verdaderas de la cosas. «Cuanto más íntimamente relacionemos un hecho con su contexto, menos libres y responsables de sus acciones nos parecerán sus actores y menos inclinados nos sentiremos a pedirles cuentas y considerarlos culpables».

También durante los años de la Ilustración se planteó el problema, en su caso, de la mano del selecto grupo de filósofos y enciclopedistas materialistas -como Paul Henry Thiry (el baron d’Holbach) y Denis Diderot, entre otros-, que dieron una vuelta de tuerca a las tesis de los antiguos fatalistas. Para estos pensadores modernos, no somos dueños ni de nuestra voluntad ni de nuestro juicio, pues todo ello depende de la educación que hayamos recibido o de nuestra personalidad innata. Nuestra voluntad es una función corporal como las demás. Así lo explicaba Diderot en una carta en 1756: «(…) La palabra libertad es una palabra vacía de significado. No puede haber seres libres; no somos otra cosa que aquello que conviene al orden general, a la organización, a la educación y a la cadena de acontecimientos».

«No hay nadie absolutamente libre. Se es esclavo de la riqueza, o de la fortuna, o de las leyes, o del pueblo, que impide obrar con arreglo a la propia voluntad». Eurípides de Salamina

No obstante, a pesar de que sus ideas excluyen toda libertad de elección, estos filósofos fueron capaces de fundamentar la responsabilidad moral de los actos de cada uno y lo hicieron en base al bienestar del conjunto de la sociedad. Es decir, hay que condenar y castigar a un criminal, aunque no haya tenido ni voz ni voto a la hora de cometer el delito, pues es objetivamente lo justo. El castigo a lo que está mal es lo legítimo y lo moral, porque constituye la última línea de defensa de la sociedad ante los criminales. Es lo que determina el grado de orden público y lo que disuade a aquellos que piensen en hacer lo mismo.

¿Hasta que punto somos libres? El problema del determinismo, de Ted Honderich (Tusquets).
¿Hasta qué punto somos libres?, de Ted Honderich (Tusquets).

Mucho antes de que los materialistas franceses llegaran a esa conclusión ya hubo quienes plantearon soluciones a la problemática de la responsabilidad bajo el determinismo. Crisipo de Solos (279 a. C.–206 a. C.), auténtico artífice del éxito del estoicismo como movimiento, entendió que la clave de todo el problema está en que el destino está personalizado por la individualidad de cada uno, de manera que la respuesta a sus impulsos depende por entero de la esencia de quien lo recibe. De la misma manera que dos bolas de billar pueden moverse de manera distinta ante un golpe, un hombre puede actuar de una forma concreta al impulso que ejerce sobre él su destino, mientras que otro reaccionará de otro modo. Crisipo, por tanto, mantiene la libertad para los humanos en tanto que seres racionales. No podemos modificar el curso de los acontecimientos, pero somos completamente responsables de la manera en que los sufrimos y de cómo reaccionamos ante ellos. Veremos más adelante que esta cuestión no solo no está resuelta, sino que sigue de máxima actualidad entre algunos científicos actuales, como Sam Harris o Steven Pinker.

La fe y el libre albedrío

Lo mismo que ha sucedido en la filosofía, también las religiones se han planteado la cuestión de cuánta libertad tenemos o de si, directamente, la tenemos. Algunas creencias invitan a sus fieles a ponerse «en manos de Dios», de manera que acepten la suerte que la divinidad, sea la que sea, ha dispuesto para ellos. Aunque incluso dentro de una misma religión podemos encontrar importantes diferencias. Por ejemplo, entre los cristianos, los calvinistas sostienen que el ser humano carece de libre albedrío, que su existencia está predestinada. Otras corrientes protestantes se oponen al determinismo, pues opinan que, si bien Dios sabe en todo momento qué va a suceder, también ha otorgado libertad a los seres humanos. Esto aparece también entre algunos de los grandes teólogos de la iglesia católica (tanto San Agustín como Santo Tomás dedicaron buena parte de su trabajo a la cuestión), que, aunque abrazan la idea de que poseemos libre albedrío, no creen que exista separado de la gracia divina.

«¿Es que el alfarero no tiene poder sobre el barro para hacer de una misma masa una vasija, bien sea para usos nobles, bien para usos serviles?». San Pablo (Romanos, 9:21)

También las religiones orientales se han ocupado del tema. En el taoísmo, el denominado Wu-Wei nos invita a actuar en sintonía con el Tao y su dinámica de opuestos, buscando siempre el camino de menor resistencia, que es una actitud parecida a la que ya hemos visto antes: aceptar lo que viene, tanto en prosperidad como en desgracia, y ocuparnos menos de influir en los acontecimientos y más en actuar del modo correcto en cada momento. Visto de ese modo, bien podría ser una posición similar a la de los determinismos que hemos visto.

El combate por la libertad, de Denis Diderot (Proteus)
El combate por la libertad, de Diderot (Proteus).

También podemos encontrar posiciones intermedias, como la del budismo, que ofrece una receta de equilibrio entre causalidad y libertad. En el caso de que no existiera la primera, la existencia sería un absoluto caos en constante cambio, sin orden ni concierto. Ante tal panorama, la vida tendería a estancarse, pues sin reglas a las que atenerse sería imposible mejorar, adquirir virtudes, excelencia, habilidades, etc. Pero ese bloqueo también se daría en el caso contrario, pues ante una existencia completamente predeterminada, sin libertad, nada tendría importancia ni sentido. Ni el esfuerzo, la experiencia, la voluntad o la práctica tendrían repercusión alguna. Un genio en una determinada materia o un deportista de élite lograrían tal condición sin trabajo alguno o sudor por su parte, por su condición de «predestinados». Ambas posturas parecen sospechosas a los budistas, de manera que entienden que la realidad toma elementos de ambos escenarios: gracias a que tenemos libre albedrío y gracias a que existe la causalidad, podemos desarrollarnos conforme a nuestras aspiraciones.

El punto medio

Esta visión equilibrada nos lleva a preguntarnos: ¿no hay en la filosofía algún movimiento que busque un punto intermedio también? ¿Ningún autor ha creído en una cierta coexistencia entre el libre albedrío y el determinismo? ¿Que reconozca que buena parte de nuestra existencia depende de lo que hacemos y decimos, pero también que acepte que existen procesos en los que nos vemos envueltos que afectan a nuestra vida y de los que no podemos escapar? Pues sí, los hay.

Un ejemplo sería el siempre polémico Nicolás Maquiavelo. El estadista y filósofo político florentino optó por una decisión salomónica: sí, somos libres… pero poco. Buena parte de nuestra vida depende de las elecciones que hagamos en ella, pero no exclusivamente. La influencia que tiene la fortuna en nuestra existencia es innegable y haríamos mal en cuestionar su cuota de poder.

Ahora bien, para Maquiavelo esto no es una excusa para caer en teorías absurdas y alejadas de la realidad. Si queremos solucionar los problemas y retos que esta nos plantea, la única manera posible es teniendo un conocimiento cierto y verdadero de ella, y eso implica aceptarla tal y como es, aunque no sea de nuestro agrado lo que encontremos. Una tesis que casa bien con las teorías que Maquiavelo plasmó en su famosa obra El príncipe, donde pintó un retrato de la política más bien hostil e inmoral.

«Es mejor saber lo que son las propias cadenas que cubrirlas de flores». Jean-Jacques Rousseau 

También el filósofo español José Ortega y Gasset pareció tirar por la calle de enmedio en Unas lecciones de metafísica, entre otros ensayos. Sí, es cierto, podemos tomar decisiones con relativa libertad. Es algo que la vida nos permite. Pero de la misma manera que tenemos libertad para hacer elecciones, no tenemos la posibilidad de no hacerlas. Estamos obligados a ello, porque incluso cuando no hacemos una elección, estamos haciendo una. Tenemos libertad, pero limitada desde su mismo origen. Somos libres, pero entre unos márgenes. Ese es el mensaje que encierra el raciovitalismo orteguiano: no puedo ser independiente del contexto en el que me toca vivir, pero eso no implica que seamos un mismo ente.

La responsabilidad de ser libres

Hemos visto que a lo largo de la historia han sido muchos los pensadores que han cuestionado nuestra capacidad de actuar con libertad. Ahora es el turno de aquellos que creen firmemente en ella. Teorías que hacen al hombre total y absolutamente responsable del curso que toma su vida y que, si bien no niegan el peso del contexto en el que tiene que vivir para su desarrollo, sí lo hacen respecto a ideas como el destino o los dioses. Para estos hombres y mujeres, nuestra vida no está prefijada por ninguna ley universal desconocida, ni podemos apelar a la buena voluntad de algún ente metafísico para que nos ayude a resolverla. Es nuestra, exclusivamente. Estamos solos. Para bien y para mal.

«Somos libres, libres como barcas perdidas en el mar». John Dos Passos

Y ahí precisamente se observan diferentes apreciaciones de la cuestión. Algunas corrientes ven en esa libertad sin cortapisas una verdadera bendición, ligando a tal condición todo lo que de humanos tenemos. La libertad, entendida como la piedra angular de nuestra naturaleza, la facultad primaria que vertebra lo que somos.

El miedo a la libertad, de Erich Fromm (Paidós).
El miedo a la libertad, de Erich Fromm (Paidós).

Otros, por otra parte, observan a la libertad con un mayor resquemor, con una mirada más sombría. Son aquellos que, si bien se saben libres, creen que eso no se traduce en algarabía y oportunidades, sino que, muy al contrario, nos sume en la más amarga melancolía, cuando no en abierta desesperación. Estamos completamente solos y eso no puede ser más que terrorífico. Implica que hemos de crear nuestros valores, nuestros principios, nuestra metodología. Que los seres humanos no podemos acogernos a un manual de instrucciones ni a una deontología que nos llegó de los cielos, sino que hemos de crear todo eso nosotros para así poder vivir… y se trata de una trabajo que nos queda muy grande.

Un ejemplo de esta última visión es la que nos legaron algunos filósofos existencialistas, que veían que esa responsabilidad vital necesariamente implica una auténtica condena –como ya vimos en la primera parte de este dosier–, pues bajo esa tesitura hemos de hacernos cargo de todo lo que existe y existirá en nuestra vida. Lo bueno y lo malo, los errores y los aciertos, los éxitos y los fracasos, la alegría y la pena, el placer y el dolor. Cada paso, cada decisión y cada elección tienen el potencial de guiar nuestra vida en una dirección u otra, y todas ellas tienen un único responsable: nosotros mismos. Eso transforma la libertad en un yugo, que nos hace vivir sujetos a un terrible vértigo y una sensación de absoluta tensión. Jean-Paul Sartre fue capaz de resumirlo perfectamente en uno de sus acertados aforismos: «El hombre está condenado a ser libre».

Del mismo modo, existen otras corrientes filosóficas que hacen una lectura mucho más esperanzadora de la libertad, como sería el caso del objetivismo, para el cual ser libre es una responsabilidad insalvable, cierto, pero también algo esperanzador y digno de celebrarse. Como en el poema de William Henley, la responsabilidad que conlleva ser libre significa que «soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma». Nuestra vida bajo esta perspectiva se abre por completo. No hay más límites para nuestra vida que aquellos que nosotros pongamos. Como en el caso anterior, todo depende de nosotros mismos, de nuestras aspiraciones, nuestro esfuerzo y nuestra pericia. Podemos hacer que nuestra existencia sea lo que queramos que sea, y además, puesto que somos los únicos responsables, también se torna en un ejercicio de saludable independencia: nadie tiene poder sobre nosotros más allá del que queramos otorgarle. Los factores son los mismos, pero el producto es otro.

La vida, de esta manera, se observa de un modo diferente, llena de ilusión y posibilidades. No importa si la situación que nos toca vivir es horrible o si el futuro pinta negro: nosotros tenemos la última palabra. No podemos llorarle a nadie, ni podemos pedir arrodillados que nos salven, ni necesitamos hacerlo. Todo corre de nuestra cuenta. Llevamos las riendas y eso es algo que nada ni nadie puede cambiar.

No es fácil ser libre

Como vemos, la cuestión de la responsabilidad es interesante y determinante a la hora de afrontar el tema de la libertad. Todo el mundo dice que quiere ser libre, pero cuando asoma la responsabilidad, en muchos casos ese deseo parece difuminarse. Queremos ser libres y conducir nuestro coche, pero no tener que hacernos cargo del volante. Que nos dejen ir sin correa, pero que nos auxilien si nos perdemos. Que se nos permita cometer errores, pero que otro se haga cargo de resolverlos. Queremos vivir con red de seguridad, pero evitamos afrontar una cruda posibilidad: que la vida no sea un circo y no haya red que valga. Sin medias tintas.

«La libertad supone responsabilidad, por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto». George Bernard Shaw

Reconocer la responsabilidad sobre la propia vida es el primer paso que hemos de dar para lograr la libertad. De la misma manera que vivimos aceptando el resto de las normas de la naturaleza, hemos de aprender a convivir conforme a ella. No podemos diluir la responsabilidad y ser libres. Hemos de hacer la elección que la misma libertad nos permite. Aunque quizá la gran pregunta es otra: ¿queremos realmente ser libres?

¿Porque el mundo me ha hecho así?

En Free will, el filósofo y neurocientífico estadounidense Sam Harris niega la posibilidad del libre albedrío y rescata la polémica sobre la libertad y la capacidad de decisión de cada uno.

Free will, de Sam Harris (Simon and Schuster inc.)
Free will, de Sam Harris (Simon and Schuster inc.).

«¿Por qué lo hiciste? ¿Alguna vez te lo has preguntado?», así comienza la reseña que The Washington Post dedicaba al libro de Sam Harris Free will (libre albedrío). Para saber cuáles eran las tesis que el famoso y polémico neurocientífico defiende en su libro, uno puede leer la obra –la opción más recomendable y que apenas nos llevará dos tardes, pues son poco más de 80 páginas–, o simplemente mirar la portada:  las letras, suspendidas como títeres, aparecen sostenidas por los hilos que manejan las crucetas. Lo que sugiere esa imagen es lo que defiende el libro: no existe el libre albedrío, «es una ilusión”» dice literalmente el autor. «No construimos nuestros deseos y apetencias. Pensamientos e intenciones emergen de causas desconocidas de las que no somos conscientes y sobre las que no tenemos control». La biología predispone y dispone. A menudo creemos al revisar nuestro pasado que en ese momento pudimos haber hecho otra cosa, tomado otra decisión; no es así.

Harris se apoya en su propia experiencia como neurocientífico y en experimentos de los colegas. La tecnología ha permitido, por ejemplo, demostrar que el cerebro toma decisiones (hay actividad cerebral) antes de que seamos conscientes de las mismas y los científicos son capaces de predecir y acertar en un 80% lo que una persona va a hacer antes de que lo haga. La teoría apunta hacia un determinismo radical y socialmente molesto, pues obligaría a revisar nuestro sistema judicial basado en que cada uno es responsable de sus actos, como ya hemos visto.

Porque ¿es lo mismo el caso de alguien que asesina porque tiene un tumor que le afecta a cierta parte del cerebro que otro que asesina a pesar de sus impolutas biografía y biología? Una sociedad que evalúa resultados dice que sí; Harris (y cierto sentido común) dice que no. La pirueta se ha completado, y de sentir cierto miedo a la teoría que propugna el científico -una sociedad sin ley donde uno haga lo que le venga en gana esgrimiendo la razón/excusa de que «el mundo le ha hecho así»-, se ha pasado a una comunidad que tenga en cuenta las razones previas de los comportamientos. El resultado sería un mundo más compasivo, bondadoso y empático, donde, por cierto, no hay lugar para la igualdad porque cada uno es quien es y llega con su pasado y su configuración cerebral.

¿Dónde queda entonces la libertad? ¿En qué consiste? Harris no niega su existencia. Le concede una tregua, un resquicio por donde puede entrar, si no la capacidad de decisión, sí de actuación. Dice que no decidimos lo que decidimos –pues de eso se encarga la biología–, pero sí podemos hacer (o no) aquello que decidimos.  Nada nuevo, por otro lado,  como hemos visto. Schopenhauer, en Fundamento de la moral, dijo exactamente lo mismo con otras palabras: «No cabe hacerse ilusión alguna: la ley de causalidad no conoce ninguna excepción […], y ninguna verdad es más cierta que esta, que todo cuanto ocurre, sea pequeño o grande, ocurre necesariamente por completo. Con arreglo a ello, en cada momento dado, el estado global de las cosas está firme y exactamente determinado por lo que le acaba de preceder». Lo que sí es nuevo, y de agradecer a Harris, es volver sobre los inextinguibles temas clásicos y comprobar cómo no han perdido ni gota de su complejidad, de su actualidad y, por ello, de su poder de seducción y discusión.

Sigue leyendo… La poderosa libertad para los filósofos (Parte 1)

Sigue leyendo… Berlin y Arendt, nuevas ideas para la libertad en el siglo XX (Parte 3)

Sigue leyendo… Claus Dierksmeier: «El amor es un buen ejemplo de libertad cualitativa» (Parte 4)

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