Sobre la visibilización y sus excesos

«Si queremos que visibilizar sea una acción de utilidad pública y no un simple verbo de moda, tiene que servir para algo más que dar publicidad a los damnificados por algún problema», señala Ángel Marín. Imagen a partir de un archivo Designed by Freepik (www.freepik.com)
«Para que visibilizar sea una acción de utilidad pública y no un verbo de moda, ha de servir para algo más que dar publicidad a los damnificados por algún problema», señala Ángel Marín. Imagen a partir de un archivo Freepik/freepik.com

La lucha por la visibilización es, sin duda, una hija, un producto de nuestro tiempo. Nunca antes se había puesto tanto empeño en esta tarea. ¿Por qué? Ángel Marín se lo pregunta y da algunas claves sobre este fenómeno, sus objetivos y ciertos abusos que desvían de lo verdaderamente importante: resolver los problemas que señala.

Por Ángel Marín

Antes mirábamos a alguien más o menos concreto para tratar de hacerle ver; ahora miramos a todo y a todos cuando intentamos visibilizar. Seguramente el nuevo verbo traslada también una intención más profunda: la de hacer aflorar o emerger algo, y por eso quizá está en boga. Tanto que llega a aburrir ese afán inagotable de visibilizar todo lo que nos rechina, desde la soledad o la violencia machista hasta la hipercolesterolemia y el mal de Frencken. Cualquiera diría que nos estamos volviendo ciegos. De lo contrario no se explica tanto empeño en hacer visible artificialmente lo que a simple vista, según parece, no somos capaces de ver. Eso es al menos lo que dice el diccionario sobre el verbo.

La visibilización y la resolución de problemas

Al final, ¿qué es preciso hacer visible? Por lo general, no suelen ser objetos, como sería de esperar, sino que se trata más bien de reconocer problemas. Pero en ese paso del objeto al problema entramos de lleno en terreno pantanoso, porque el concepto de problema resulta impreciso y cualquiera que sea el método de abordarlo siempre será artificial, pues difícilmente se acepta que los problemas sean algo natural. Es su excepcionalidad precisamente la que nos incomoda y nos empuja a buscar soluciones que nos devuelvan, tras apoyarnos en la verdad última, cierta tranquilidad, ya sea esta en forma de paréntesis emocional u orden social.

El afán por visibilizar parece inagotable. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Nos estamos volviendo ciegos?

En cualquier caso, a nadie se le oculta que no es lo mismo un problema matemático que uno social o doméstico. Hay campos en los que nos conformamos con identificar el problema y abrir un debate sobre posibles soluciones, mientras que en otros nada de lo que se haga tiene relevancia si el problema no acaba resuelto. Evidentemente, al primer apartado es al que pertenecen los problemas sociales. Que la identificación del problema constituya ahí el motivo central no significa que llevarla a cabo sea algo fácil. Y no porque escaseen. Quién no ha oído decir a alguien, con fingido asombro, aquello de «no veo dónde está el problema». Haríamos mal en apresurarnos a tomar a ese sujeto por ignorante y aún serviría de menos burlarnos y ofenderlo. Mejor haríamos animándolo a que confiese la verdad: lo único que pretende es desentenderse del tema.

También es cierto que, confiese la verdad o no, los problemas sociales seguirán ahí, por más que no siempre resulten evidentes. Así que, a falta de evidencias, en el caso social se hace necesario ensayar con la visibilización. Por eso hablamos de identificarlos. Eso no significa que debamos conformarnos con descubrirlos y exponerlos; hay también que asumirlos. En sí mismo esto último sería ya un reto, porque asumir el problema supone también asumir que cualquier solución que se alcance dará lugar a cambios sociales. Teniendo en cuenta en qué terreno nos movemos, ya vemos que nos hemos buscado un nuevo problema y no tan sencillo como el inicial sino de orden superior. El que cierra los ojos –«no acabo de verlo del todo», insiste– nos plantea un problema distinto, el del desinterés, al no estar dispuesto a reconocer el que le mostramos. Pero, en el fondo, lo que intuimos en su declaración es temor a que la solución traiga cambios.

Identificar una problemática social no significa conformarse con descubrirla y exponerla; hay también que asumirla

Sin embargo, nadie se plantea lo de asumir el problema en el campo de las matemáticas. En una ecuación en derivadas parciales, por ejemplo, el marco de resolución es una teoría expuesta con anterioridad, cuya fiabilidad lógica es lo único que debemos asumir. O bien conocemos la teoría o no, o sea, estamos dentro o fuera de ese marco. En cambio, en los problemas sociales, por mucho que las soluciones existan, carecen casi siempre de un marco teórico indiscutible. A lo que se aspira ahí no es a dar con una solución definitiva, sino a un debate purgante, que filtre ocurrencias y opiniones sin fundamento. Y para abrir ese debate lo primero que justamente hay que hacer es visibilizar el problema. Esta forma de abordarlo tiene además la ventaja de que nadie se molesta en adelantar una solución, puesto que resolverlo se adivina controvertido y lejano. Diríamos que, para la sociedad, la resolución efectiva de los problemas pertenece a otra fase, y quizá a otra instancia.

Efectos contraproducentes

Pero las diferencias no acaban ahí. Mientras en la ciencia la visibilización exige combinar intuición y método, en el terreno social suele andar sobrada de dramatismo. Lo saben bien los publicistas, cuyos recursos son aprovechados sin reservas para hacer el problema bien visible. Apelar a la gravedad y la urgencia es un modo bastante común de llamar la atención de las personas hacia un problema desapercibido. Como consecuencia, la visibilización social de los problemas toma un rumbo bien distinto del que guía a los científicos. De entrada adquiere evidentes tintes de denuncia. Y esto sucede a pesar de los desvelos de pensadores marxistas como Althusser, afanados en destacar el carácter científico de sus contribuciones. Con ellas se apuntaba como objetivo final la obtención de una teoría sólida, conducente a solucionar los problemas sociales de desigualdad e injusticia instaurando un nuevo orden social. A su amparo, hemos visto crecer las ciencias sociales y la sociedad ha asistido y participado en la denuncia y movilización frente a problemas que venían de larga data.

Apelar a la gravedad y la urgencia es un modo bastante común de llamar la atención sobre un problema, pero pasarse puede implicar el efecto contrario

Por desgracia, pese a ese despegue teórico y años de activismo, los problemas siguen lejos de resolverse. Puede que esos problemas no sean ahora tan acuciantes, porque lo cierto es que son cada vez más los que no los quieren ver. Habría que preguntarse si, a tal efecto, lo que se propaga no es algo parecido a una nube, a un humo artificial que impide verlos. Hay pruebas razonables como para creer que sectores de los medios intentan evitar la visibilización de estos problemas, o sea que buscan hacerlos invisibles. Basta recordar el controvertido caso de la emergencia climática, pero hay más. Tan viciado llega estar el ambiente en que se debate que mucha gente acaba siendo insensible a todo. Como regla general, sigue pasando que el problema es sobre todo de quien lo sufre. Los demás se desentienden y hay quienes piensan incluso que en el tema que se les cita no hay nada que resolver. Todo esto nos hace ver que la dinámica de los problemas sociales difiere radicalmente de la de los científicos. Reclamar soluciones inapelables no parece lo mejor cuando muchos ni siquiera aciertan a ver el problema. Ampliar el círculo para que más gente tome conciencia de su existencia, aunque no lo sufra, debería ser el primer y más modesto reto.

También hay quien lucha de forma más o menos descarada por la invisibilización. ¿Ejemplo? La emergencia climática

Más dudas merecen las técnicas de propaganda empleadas en la tarea. Multiplicar los problemas hasta el punto de crear una especie de universo problemático sobre nuestras cabezas no es algo que ayude a ver claro. No olvidemos que se trata de ayudar a abrir los ojos y hacer ver las cosas. Puede suceder entonces que las propuestas más luminosas no sean las más importantes, sino las dotadas de mayor presupuesto o las más comerciales, que el neón se coma a las estrellas. Puede que se contamine también el sentido de los propios problemas sociales visibilizando como tales cuestiones menores o particulares. Una cosa es tener problemas, respaldados por la ciencia y compartidos con otras muchas personas, y otra cosa distinta es crearlos con propósito comercial. Es posible que la proliferación de visibilizaciones responda a esa corriente.

Visibilizar no es resolver

Volviendo a su origen, la visibilización debería buscar ganar partidarios que presionen a las autoridades para que aborden los problemas. Mal vamos si solo se pretende atraer «clientes», porque así es probable que muchos acaben por no distinguir entre problemas reales o imaginarios. No tenemos más que fijarnos en la sospechosa expansión en el campo de las patologías para entenderlo.

Despejar el universo problemático de esas falsas luminarias es una parte del reto, pero lo verdaderamente importante viene después, porque ¿de qué sirve ver si no somos capaces en alguna medida de resolver? Por sí sola, la maniobra de visibilizar para atraer voluntades peca de cierto adanismo ingenuo. Del mismo modo que creemos que algo existe desde el momento en que le damos nombre, podemos creer que un problema puede ser resuelto si somos capaces de visibilizarlo. Si como contraejemplo de lo primero tenemos los unicornios, ya podemos pensar que visibilizar problemas sociales no nos asegurará su pronta solución.

¿De qué sirve ver, hacer ver o visibilizar si no somos capaces en alguna medida de resolver?

Una vez más volvemos a la solución: ahí es donde está el verdadero reto. Desde luego que aumentar el número de los que asumen el problema favorece que las instancias superiores escuchen el clamor. Sabemos, sin embargo, que estas remiten y dejan a otras más técnicas la resolución, con sus propios tiempos y objetivos, y muchas veces actuando con opacidad absoluta. Razón de más para sospechar que las decisiones atraviesan ahí una cámara oscura de la que cualquier cosa puede salir. Si queremos que visibilizar sea una acción de utilidad pública y no un simple verbo de moda, tiene que servir para algo más que dar publicidad a los damnificados por algún problema. No podemos quedarnos en maniobras de propaganda, en elecciones estratégicas o en analíticas interminables. Tenemos que ver en primera persona que los pasos que se dan conducen a liquidar el problema, o cuando menos a aliviar a los que lo sufren. Eso también sería visibilizar. Si sabemos del problema, tenemos que constatar que se avanza hacia su resolución. Ese es el importante reto que se impone tras la visibilización.

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1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo. Trabajo en una televisora y siento muy de cerca lo expuesto por el autor. Soy seguidora de este sitio, aunque no siempre puedo leer íntegramente pues al no tener una cuenta me quedo con las ganas, especialmente con los dossier. Pero agradezco todo lo que me aportan. Saludos desde Cuba y éxitos en este hermoso y edificante proyecto.

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