El filósofo esloveno Slavoj Žižek, en 2015, en el Bookfair de Leipzig / Autor: Amrei-Marie / CC Attribution-Share Alike 4.0 International
El filósofo esloveno Slavoj Žižek en 2015, en el Bookfair de Leipzig. Autor foto: Amrei-Marie. CC Attribution-Share Alike 4.0 International.

“Esa es su paradoja”, añade Žižek. Con la perspectiva de décadas (este año conmemoramos la quinta), es necesario llevar a cabo una revisión de los eventos de mayo del 68 desde nuestro contexto y evaluar cómo estos se erigen en nuestra imaginación. Hemos hablado sobre ello con Slavoj Žižek, uno de los pensadores más influyentes del mundo.

Por Miquel Seguró

Žižek es hoy uno de los filósofos más famosos del mundo. Quizá por su llamativa apariencia y actitud, sus polémicos trabajos o sus frases lapidarias, el filósofo esloveno (nacido en Liubliana, en 1949) es uno de los más prolíficos y vendidos del género, como demuestran sus cerca de 40 libros publicados. En ellos, integra el pensamiento de Jacques Lacan con el materialismo dialéctico marxista, entre otras ideas relacionadas con la cultura popular y la actualidad. Ha sido investigador del Instituto de Sociología de la Universidad de su ciudad natal, así como profesor en instituciones como las universidades de Columbia, Princeton, Michigan y la New School for Social Research de Nueva York. Actualmente es director internacional del Instituto Birkbeck para las humanidades de la Universidad de Londres.

La primera pregunta que nos surge cuando hablamos con Žižek tiene que ver con su experiencia filosófica.

Usted es todavía hoy uno de los pensadores más populares de nuestro contexto intelectual, y ha reclamado que la filosofía debe estar incrustada y comprometida con su contexto. Respecto a mayo del 68, ¿cree que lo que ocurrió en aquellos días está relacionado con los movimientos filosóficos de su tiempo?
En cierta medida sí, pero en otro sentido no. Uno de los más conocidos grafitis en los muros parisinos del 68 era: “Las estructuras no caminan sobre las calles”. Uno no puede explicar las largas marchas de estudiantes y trabajadores del 68 en términos estructuralistas (que es por lo que algunos historiadores postulan 1968 como una fecha que separa el estructuralismo del postestructuralismo, que es, según avanza la historia, mucho más dinámico y propenso a la intervención política activa). La respuesta de Jacques Lacan era que esto, precisamente, es lo que ocurrió en 1968: las estructuras descendieron a las calles. Los explosivos eventos visibles fueron en última instancia el resultado de un cambio estructural en las bases sociales y simbólicas de la Europa moderna. Las consecuencias de la explosión del 68 prueban que estuvo en lo cierto.

El sublime objeto de la ideología, Slajov Žižek, Editorial Siglo XXI
“El sublime objeto de la ideología”, de Slavoj Žižek. Editorial Siglo XXI.

¿En qué sentido? ¿Puede precisarlo un poco más?
Lo que efectivamente ocurrió como secuela del 68 fue el auge de una nueva figura del “espíritu del capitalismo”. Este nuevo “espíritu” recuperó triunfalmente la igualdad y la jerarquía retórica de 1968, presentándose como una satisfactoria revolución liberal contra las opresivas organizaciones sociales del capitalismo corporativo y un realmente existente socialismo. El capitalismo abandonó el “fordiano” (de Henry Ford, inventor de la cadena de montaje) proceso de producción estructurado y centralizado y desarrolló una firma de organización basada en una red de trabajo fundada en la iniciativa y autonomía del empleado en su lugar de trabajo. En lugar de la cadena de mando de la jerarquía centralizada, nosotros conseguimos redes profesionales con multitud de participantes, organizando el trabajo en forma de equipos y proyectos, con el objetivo de satisfacer al cliente, y una movilización general de los trabajadores gracias a la visión de su líder.

Es decir, puede ser que las “estructuras”, el capitalismo, cambiaron su piel para adaptarla mejor a los tiempos que corrían, ¿es así? Entonces, ¿deberíamos preguntarnos qué es lo que se mantiene de dicho movimiento?
En la actual memoria colectiva predominante, entre “nuestra” idea básica del mayo del 68 y lo que se dio en París, hay una distancia crítica: lo que hacía de enlace entre protestas estudiantiles y las huelgas de trabajadores está olvidado. El verdadero legado del 68 residió en su rechazo al sistema liberal-capitalista, en un NO a la totalidad, encapsulada en la fórmula: “Seamos realistas, demandemos lo imposible”.

Los filósofos Slajov Žižek y Miquel Seguró.
Slavoj Žižek (izda.) y Miquel Seguró (dcha.).

Sin embargo, hace unas semanas hubo una masiva demostración en España con motivo del 8 de marzo. ¿Fue un fenómeno nuevo? ¿Cómo lo interpreta usted?
Cincuenta años después de los eventos de mayo del 68 en París (y en otras partes), el tiempo ha terminado reflejando similitudes y diferencias entre la liberación sexual y el feminismo de los 60 y los movimientos protesta que florecen hoy día. Sólo una imagen: recuerde cuántas de las celebridades acusadas de acoso sexual, comenzando con Harvey Weinstein, reaccionaron públicamente alegando que buscarían ayuda en la terapia –¡un gesto de lo más desagradable!–. Sus actos no son casos de patología personal, sino expresiones de la predominante ideología masculina y las estructuras de poder, y eso es lo que debería cambiar.

Mis chistes, mi filosofía, Slajov Žižek, editorial Anagrama
“Mis chistes, mi filosofía”, de Slavoj Žižek. Editorial Anagrama.

Lo que ha sucedido es que la emancipación sexual de la mujer (su aceptación en la vida social como seres sexualmente activos con total libertad e iniciativa) ha sido mercantilizada: cierto, las mujeres ya no son percibidas como objetos pasivos del deseo masculino, pero su sexualidad aparece ahora (a ojos de los hombres) como una disposición permanente a estar abiertas a comprometerse en interacciones sexuales. En estas circunstancias, decir “no” no es una mera autovictimización, sino que implica el rechazo frontal a esta nueva forma de subjetivación de la mujer.

¿Cree usted que estamos ante el germen de un nuevo cambio de los anhelos hacia una transformación social y una justicia colectiva?
Como he dicho en otras ocasiones, mi punto de partida es siempre pesimista. Por una simple razón: el que es pesimista no tiene expectativas de ningún tipo. Eso significa que, de cuando en cuando, puedes sorprenderte con algo que parece romper la cadena de sucesos. En este sentido no pierdo de vista nunca a Hegel. Hegel tuvo que vivir en un mundo postrevolucionario (tras la Revolución francesa de 1789) que había visto cómo la revolución que había levantado tanta expectación, pronto alcanzó su propia perversión: la guillotina. Aun así, Hegel comprendió que su legado había sobrevivido, y que la revolución, aunque insatisfactoria, era todavía una posibilidad. Ese fue su triunfo final. Lo mismo ocurre hoy con el comunismo y el colapso total que ha sufrido en los últimos años. Ese en ese sentido que puedo decir que soy hegeliano: hemos de oponer el comunismo al capitalismo salvaje.

Al hilo de lo que usted dice, y, para terminar, este año es el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx. ¿Que queda del marxismo hoy día? ¿En qué medida puede estimular la transformación social?
Le responderé indirectamente. A estas alturas, la izquierda ha caído demasiadas veces en el juego de mantener un pequeño juego dialéctico con el sistema, y así se ha conformado con barnizar, discretamente, su estructura de poder (solidaridad, estado de bienestar, etc.). Esto es lo que se conoce como “izquierda liberal”. Pues bien, esto es justamente su tumba.

Sobre la violencia, Slajov Žižek, Editorial Planeta.
“Sobre la violencia”, de Slavoj Žižek. Editorial Planeta.

“Revolución” es una manera de estar en el mundo, por eso debe ser permanente. Al mismo tiempo, debe asegurarse que las personas que han salido a la calle perciban que se dan cambios, que aquello por lo que se han movilizado en efecto se ha producido o está en vías de hacerlo. Esto exige un cierto grado de ruptura simbólica en la propia revolución, un estado dialéctico interno que no cesa. En este punto no tenemos que ser fetichistas de la democracia, porque muchas veces es una forma aterciopelada de sofocar la dinámica revolucionaria. La revolución debe revolucionar una y otra vez, y esa es su paradoja: habla de la posibilidad de algo nuevo, diferente, pero también de una esperanza que no sabe exactamente cómo encontrar.

En este sentido, la figura de Marx podría ser todavía un punto de inspiración. Sobre todo si, como digo, aceptamos que la realidad revolucionaria implica un proceso de transformación que permanentemente tensiona el contexto, su realidad. Con todo, la situación no es fácil, porque la victoria de la derecha en Occidente deja a la izquierda en una situación paradójica: en este punto del siglo XXI es precisamente ella quien protege la decencia moral del espacio público.

2 COMENTARIOS

  1. “La decencia moral del espacio público en la izquierda….”, pudiera ser, entonces es que su revolución ya no va a revolucionar nada.

  2. Bién por Zîzêk.La dialèctica es la única forma de canvio.Y ahora que la izquierda se ha convertido en izquierda liberal es del todo necesaria .
    Pongamos el capitalismo i el socialismo en lucha para poder pasar a una nueva síntesis i a esta una nuava antítesis y así sin tregua.

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