Pido perdón por empezar a escribir este texto periodístico sobre Simone de Beauvoir en la primera persona que detesto para estos casos. Hay dos motivos. Uno es un buen arranque que, lástima, exige la primera persona: se trata de una anécdota personal. El otro es un argumento en mi descargo: el existencialismo es y será siempre y para siempre una filosofía de uno y de la actitud de ese uno frente al mundo, y de su compromiso y de su manera de decir y hacer la verdad y de todo lo demás, pero empezando (y casi acabando) siempre por uno.
Pues bien, esa una que soy tiene por casa una postal antigua que traje de algún viaje de juventud a París, colocada delante de algunos lomos de libros. Muestra a una pareja de ancianos sonrientes de aspecto cordial: “¿Son tus abuelos, mamá?”, me preguntó hace años ya mi hija mayor. Me vino una carcajada que me impidió responder: eran Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Tampoco hubiera sabido qué responderle. Obviamente no son mis abuelos –y me alegré por ello, pensando librarme así de alguna probable explicación futura sobre cómo era eso de que lo de los “abuelos” tenían amores necesarios y no contingentes–, pero tampoco estaba tan segura de no compartir cierto aire de familia con esos dos cuyas obras he leído y disfrutado, cuyas ideas he asimilado en cierto modo, en cuyo pensamiento me he educado y cuya lucha he aprendido y, en ocasiones, hasta compartido. Fin del apartado en primera persona.













Deja un comentario