El secreto de Einstein, el gran genio

"Vemos el universo ordenado y obedecemos ciertas leyes, pero solo las entendemos levemente". Einstein (1879-1955).

Como todos los que saben muchos, Albert Einstein pensaba que sabía muy poco, razón por la que pasó la mayor parte de su vida tratando de conocer más y mejor el mundo que le rodeaba. Y en buena parte lo logró. ¿Cuál era el secreto de su éxito? Se acaban de cumplir 140 años de su nacimiento.

Por Jaime Fdez-Blanco Inclán

"Einstein: el genio de la luz", Jorge Alcalde (Vegueta)
“Einstein. El genio de la luz”, de Jorge Alcalde (Vegueta).

La realidad, curiosa y suspicaz, era para Einstein una de las claves del aprendizaje y el desarrollo. Pero había algo más, algo que el científico compartió con su hijo Hans Albert en una carta del 4 de noviembre de 1915 (publicada por elconfidencial.com un siglo después) relacionada con sus clases de música: “Toca lo que te guste, aunque la profesora no te lo asigne. Esa es la mejor manera de aprender, cuando estás haciendo algo con tal disfrute que no te das cuenta de que el tiempo pasa”.

Ese era el gran secreto de una de las mentes más privilegiadas en la historia de la humanidad: divertirse. Nunca alcanzaremos nuestro máximo nivel, ni llegaremos al límite de nuestra capacidad o a nuestros mayores logros, si no disfrutamos de lo que hacemos. El aburrimiento –por útil que sea la labor que realizamos–, la frustración o cualquiera que sea la emoción que sintamos al respecto, terminarán entorpeciendo nuestra labor y todo por la sencilla razón de que aun el mayor de los esfuerzos no puede beneficiarse de nuestra capacidad como lo hace nuestra pasión.

Vemos, pero entendemos levemente

“Estamos en la posición de un niño que entra en una biblioteca llena de libros en muchos lenguajes diferentes. El niño sabe que en esos libros debe haber algo escrito, pero no sabe qué. Sospecha levemente que hay un orden misterioso en el ordenamiento de esos libros, pero no sabe cuál es. Esa debería ser la actitud de los seres humanos más inteligentes hacia Dios. Vemos el universo maravillosamente ordenado y obedecemos ciertas leyes, pero solo las entendemos levemente”. Albert Einstein.

¿Una virtud marginada?

Puede que para más de uno sea una obviedad, pero no lo es en absoluto a poco que uno se fije en nuestro comportamiento a nivel social. En demasiadas ocasiones, nuestro código moral se ha sustentado en que el esfuerzo es una virtud que consiste únicamente en luchar contra nosotros mismos y ser capaces de vencer nuestra voluntad y nuestros deseos más inmediatos. De ahí que se midiera el logro en función de los sinsabores, los sufrimientos y los sacrificios necesarios para su consecución.

"Tao Te Ching", de Lao Tsé (EDAF)
“Tao Te Ching”, de Lao Tsé (EDAF).

Eso, como es lógico, parece dejar fuera de “lo virtuoso” cualquier actividad que implique un goce o una satisfacción. ¿Quién tiene más mérito, aquel que trabaja duramente durante ocho horas en algo que odia por la sencilla razón de que está obligado a hacerlo, o aquel que trabaja diez o doce en aquello que ama? ¿Por qué no cuenta como esfuerzo o no se le reconoce valor alguno a poner nuestras capacidades al servicio de una pasión honrosa? ¿Por qué sufrir es loable y disfrutar no?

Sucede con esta faceta –la del éxito como consecuencia natural de disfrutar de lo que hacemos— lo que tan bien fue visto por los taoístas hace más de 2.500 años: cuando hay esfuerzo, cuando algo nos cuesta, es porque hay fricción entre la acción y nuestra voluntad; y, si hay fricción, no puede haber fluidez. Y sin fluidez… es que algo falla. Forzar un empleo, forzar una relación, forzar un actitud, no suele augurar un buen final, porque es muy probable que tal actividad no sea acorde a nuestra naturaleza; a nuestra verdadera naturaleza, que puede no ser la que pensábamos.

Aquello que va en concordancia con nuestra naturaleza (o conforme al Tao, concepto que definió Lao Tsé), es lo adecuado, siempre y cuando sea una actitud moral (si lo que nos pide el cuerpo es beber hasta morir, es obvio que se trata de un mal camino). Lo que nos gusta, lo que nos divierte, lo que nos hace disfrutar y nos hace levantarnos de un salto por las mañanas. Y precisamente por esa razón podemos llegar a ser brillantes en esas actividades, porque ese enfoque nos permite darlo todo. Nadie puede rendir al 100% en algo mientras su mente solo puede pensar en abandonar o escaquearse.

“Triunfó el que consiguió unir lo útil con lo agradable”. Horacio

"Analectas", Confucio (Biblok)
“Analectas”, Confucio (Biblok)

También el otro gran sabio chino, Confucio, observó este fenómeno: “Busca un trabajo que te guste y no tendrás que volver a trabajar en toda tu vida”. Hemos deformado el significado de las palabras y ensombrecido nuestro lenguaje. Eliminando la posibilidad de que sean virtuosas aquellas actitudes que hacen la vida digna de ser vivida y convertido en deseables aquellas que hacen de existir un infierno, ¿qué podemos esperar?

Por ello es tan importante, más allá de opiniones de terceros o de lo que sería lo más prudente, conocernos bien a nosotros mismos, saber qué es lo que nos gusta de primera mano, sin influencias externas. Como dijo el poeta romano Horacio, “triunfó quién consiguió unir lo útil con lo agradable”. Eso es lo que hemos de buscar, pero sin olvidarnos de incluirnos a nosotros mismos, entendiendo que disfrutar de algo no mengua nuestro esfuerzo ni es algo condenable. Más bien al contrario, es la única manera de llegar a ser excelentes.

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