«La tesis fundamental de Ironía On es la del origen político de la ironía», explica el profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid Santiago Gerchunoff. Es el autor de Ironía On, publicado por Nuevos cuadernos Anagrama.
«La tesis fundamental de Ironía On es la del origen político de la ironía», explica el profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid Santiago Gerchunoff. Es el autor de Ironía On, publicado por Nuevos cuadernos Anagrama.

En esta entrevista, afirma Santiago Gerchunoff que percibir cierto malestar con lo irónico fue una de las cosas que le llevó a escribir este ensayo; «percibirlo y comprenderlo y hasta compartirlo en parte». En Ironía On, Gerchunoff pincha y disecciona la burbuja de la ironía que las redes sociales han favorecido y se ríe un poco de todo ello (aunque en el fondo está retriste, dice).

Por Juan Miguel Contreras

Santiago Gerchunoff es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Se doctoró con una tesis dedicada a la filósofa alemana Hannah Arendt, en cuyos agradecimientos habla de sí mismo como de «alguien con ganas de discutirlo todo». Peleón declarado, por tanto, tiene un pasado de librero en Madrid, donde fundó la librería Muga, en Vallecas. Yendo un poco más hacia atrás, lo encontramos llegando a esta ciudad en 1997, pero donde comenzó todo fue Buenos Aires, donde nació, en 1977. Escribe ensayo y crítica cultural a menudo en forma de colaboraciones en diversos medios. Actualmente es profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid y editor en la editorial de ensayo Clave Intelectual. Ironía On, formando parte de los Nuevos cuadernos Anagrama, es su primer (y esperado) libro.

Postulas que la ironía es necesaria en toda argumentación que es hecha pública, y por tanto susceptible de ser confrontada con otra. ¿La ironía no sería tanto esa contrarréplica, sino un intento de desenmascarar cierta impostura?
No diría que la ironía es «necesaria» en toda argumentación pública, lo que digo es que en una conversación pública más o menos libre, tarde o temprano surgirá la ironía. Y sí, surgirá como un límite, como un señalamiento puramente negativo a los múltiples argumentos en pugna, todos ellos con pretensiones de verdad.

«En una conversación pública más o menos libre tarde o temprano surgirá la ironía»

¿La ironía, por la propia naturaleza masiva de la comunicación pública en redes sociales, no corre el riesgo de verse sepultada por el ruido y acabar siendo entendida como ese anciano algo cascarrabias y ocioso que, apoyado en una valla, critica al currante deslomándose (o no) al sol?
Sí, ese que describes es uno de los semblantes de lo irónico que se percibe con fuerza en el discurso decadentista que abomina de la conversación pública de masas actual. Percibir ese malestar con lo irónico fue una de las cosas que me llevó a escribir el ensayo; percibirlo y comprenderlo y hasta compartirlo en parte. Pero tenía la sensación, y de eso se trata el libro, de que había algo más profundo que esa caricatura en la persistencia y riqueza de la ironía en nuestro discurso público. Investigar la historia, desde la Antigüedad hasta hoy, de los diversos rechazos y malestares frente a la irrupción pública de la ironía fue la manera de descubrir esa profundidad que superara a la caricatura de la ironía como fuerza incivilizada.

«Percibir cierto malestar con lo irónico fue una de las cosas que me llevó a escribir el ensayo; percibirlo y comprenderlo y hasta compartirlo en parte»

Hoy la conversación se ha multiplicado y la ironía se ha popularizado como «el arma del humildemente ignorante contra el ignorantemente poderoso». Sobre el papel, la ironía «sólo reacciona ante aquello de lo que el adversario se jacta», siendo un antídoto contra el farsante. ¿Cómo definir entonces al farsante en el escenario público? O dicho de otro modo, ¿qué distingue a un socrático de un sofista arrogante?
Nada, nada los distingue. Todos podemos ser por momentos eirôn y por momentos alazon, por momentos humildes y por momentos jactanciosos, no se trata de bandos ni nada parecido. Por eso es ridícula la idea de que la «ironía» pueda ser de pronto de derechas, patrimonio de la derecha. La ironía no es exclusiva de nadie.

El juego del «eirôn»: hacerse el tonto

El término ironía lleva en su corazón al eirôn, el personaje del teatro clásico griego que se hace pasar por tonto. Surge por oposición al alazon, el presunto listo, al que baja los humos. En la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, aparece esta figura y se traduce como el jactancioso, aquel que «se atribuye prerrogativas que no le corresponden o, en su mayor medida, de las que dispone; en tanto que el que disimula niega las facultades que posee o las atenúa». Este es, según Aristóteles, el juego del eirôn y el alazon.

Y desde el lado contrario, ¿qué diferencia al eirôn del simple trol, o es inevitable su identificación en la comunicación pública de masas?
Es inevitable su identificación. Obviamente no siempre y no en todos los sentidos. Hay gente a la que esto no le gusta, pero la función más relevante de la cultura pública no es tanto el saber como la crítica. Y la crítica en el sentido antiguo del término, es decir, como el poder de condenar lo que el otro dice sin tener nada que decir que lo reemplace. La ironía es negatividad pura, yo no quiero maquillarlo.

Ironía, democracia y política

Ironía On, de Santiago Gerchunoff, en Nuevos cuadernos Anagrama.
Ironía On, de Santiago Gerchunoff, en Nuevos cuadernos Anagrama.

Al igual que la ironía, como el humor, en el plano personal denota cierto grado de inteligencia, en el social se convierte en uno de los indicadores del grado y la calidad democrática de un sistema. Cuando se critica la ironía en el discurso público, subyace la intención de borrar toda ambigüedad. El totalitarismo –ha dicho Gerchunoff en alguna ocasión– no es más que eso, el triunfo de la literalidad absoluta. Por eso los regímenes totalitarios no solo no se han llevado bien con el humor, sino que lo han perseguido de forma expresa. La democracia, entonces, necesita de la ironía para seguir funcionando. Ese es uno de los argumentos más poderosos de Ironía on, el carácter político de la ironía: sin ironía no hay libertad, sin libertad no hay ironía.

«Sí, la tesis fundamental del libro es la del origen político de la ironía, la de su surgimiento originario espontáneo en la conversación pública en el agora ateniense. Lo de que ‘sin ironía no hay libertad y sin libertad no hay ironía’, creo que lo dijo un amigo periodista, yo no me atrevería. Podría aceptarlo, pero aclarando que no hay una relación causal del tipo gracias a la ironía hay democracia. Lo que digo es que el hecho de que la ironía brote, que aparezca, es un signo de que se está en un ámbito de conversación pública más o menos libre».

Tengo un amigo que es un fanático de Frank Zappa; hablándole de su libro, le comenté que señalaba que la contracultura de los 60 y 70 ejerció la ironía para desenmascarar las ilusiones del capitalismo de posguerra, y que fue en los 80 cuando el paradigma irónico se vio sepultado y fagocitado por el propio sistema, convirtiéndose él mismo en un patrón de consumo. Aplaudió con entusiasmo la primera parte de la argumentación, pero no así la segunda. Me soltó, con mucha ironía, «pero si Zappa en los ochenta fue el Sócrates estadounidense». Lejos de invalidar su argumento, que creo que es lo que pretendía, pienso que este se veía refrendado. ¿Qué le contestaría usted?
Jajaja. Bueno, creo que entiendo lo que quiere decir ese amigo, y no se trata de que lo irónico haya sido fagocitado en el sentido de «vencido». Más bien su expansión fue tan grande a través del paradigma televisivo, la ironía fue incorporada tan universalmente por el discurso televisivo, que lo cubrió todo, permeó a toda la sociedad. Esta masificación de la ironía agobió a intelectuales como David Foster Wallace que la veía como una enfermedad, como signo no de vitalidad pública, sino de decadencia cultural y moral.

«La ironía fue incorporada tan universalmente por el discurso televisivo que lo cubrió todo, permeó a toda la sociedad», hasta resultar incluso agobiante para algunos…

Afirma que si el «proceso de masificación de la conversación pública politiza a nuestra sociedad, al mismo tiempo también la ironiza». Creo que con ello sitúa el lugar propio de la ironía como el motor de toda discusión dialéctica para no caer en eso que llama «melancolía de la verdad».
No diría que es el motor (el motor es el placer de intercambiar información, de aparecer frente a los demás, el anhelo de verdad, la voluntad de poder quizás), sino más bien su límite, la conciencia de la propia contingencia de los conversadores. La melancolía de la verdad es justo lo contrario, la ilusión de que debe existir un régimen de verdad pública unívoca posible, acuerdos definitivos, conversaciones terminadas sin ironía.

La «melancolía de la verdad»

Con este término, en Ironía on se designa un supuesto malestar hacia la conversación pública de masas por parte de tecnófobos, totalitarios y de quienes, en el fondo, suspiran por una verdad incólume que borre todo disenso. Como afirma el autor Santiago Gerchunoff, se trata de la añoranza de un régimen de verdad objetiva, una idealización mítica y peligrosa incompatible con la democracia.

¿Esa «melancolía de la verdad» fue lo que buscaba Platón o era lo que quería superar?
Platón creía que la democracia era lo contrario a un régimen de verdad (un régimen de apariencias) y por eso la trituró conceptualmente.

Una de las grandes sorpresas de su libro, y de ahí su importancia, es que quien lo lee intuye por qué los temas de la filosofía siguen siendo los mismos que hace 26 siglos. Y también las frases… ¿«Solo sé que no sé nada» fue la mayor ironía de Sócrates?
Bueno, la ironía fue su apuesta de vida, una apuesta filosófica tan extrema, la del saber del no-saber, que sostenerla hasta el final lo llevo hasta la muerte. Somos sus herederos, para mal y para bien.

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