Los retos de la filosofía en tiempos de incertidumbre: Alicia García Ruiz

Retos_ Alicia García Ruiz

¿Cuál es el principal reto de la filosofía, o sus principales retos, en estos tiempos de zozobra, inseguridad e incertidumbre en todo el mundo?

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Alicia García Ruiz. Filósofa española

Alicia García Ruiz es licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona, doctora en Romance Languages and Literatures por la Johns Hopkins University (USA) y en Ciencias Políticas y Sociología (Universidad de Granada). Es profesora de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid y en el máster de Teoría y Crítica de la Cultura en el mismo centro, miembro del grupo de investigación filosófica Hermes, en la citada universidad, de la Comisión de Universidades de la Red Española de Filosofía y de la Junta directiva de la Sociedad Académica de Filosofía. Fue profesora de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y profesora en el máster de Pensamiento Contemporáneo y Tradición Clásica, profesora invitada en el Master in Political Science y el Posgrau Socialdemocracia: Políticas Publicas i Nous Riscos Socials de la misma universidad.

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«Responder a una pregunta de una vastedad tan enorme inquieta a quien escribe estas líneas, principalmente por la responsabilidad de intentar dar una respuesta mínimamente satisfactoria. Casi todos los filósofo-as nos encontramos más cómodos en el ámbito de plantear preguntas que en el papel contrario. No obstante, esta sección constituye una oportunidad de aportar una breve reflexión al momento histórico tan duro que atravesamos, lo cual, dados los estallidos tan viscerales e irreflexivos que vivimos en la actualidad, no es mucho, pero tampoco es nada, especialmente para quien está deseoso de ayudar y demasiado a menudo no sabe cómo.

Sin mayores pretensiones, me parece que el papel de la filosofía como reflexión que aspira a intervenir de modo relevante en la vida pública es el de elaborar una cierta mirada interpretativa sobre el mundo, intentando abstraer y categorizar hechos, rasgos y procesos que nos resulten de utilidad para mejorar el desafío siempre abierto de vivir en común. Durante todo este tiempo, a mi juicio, se ha hecho evidente la ceguera en la que vivíamos colectivamente como sociedades ante la fragilidad de la vida.

«Ningún ser humano se basta a sí mismo, toda vida es dependiente de una red de apoyo. Entramos en el momento histórico de superar modelos éticos abstractos e individualizantes para entrar de pleno en el horizonte ético de la relacionalidad, de los cuidados, porque es la ética que corresponde a una consideración ontológica adecuada a la realidad de nuestro ‘ser en común’, de nuestro ser siempre con otros»

Tanto el trabajo de los sanitarios como el de otros sectores básicos injustamente retribuidos e invisibilizados ha salido de modo súbito a la luz en un modo que es precisamente muy filosófico: en ausencia de todos los presupuestos que nos impedían ver la importancia de la labor crucial que desarrollan para el sostenimiento de la vida, desde su dimensión primaria más fundamental, el cuerpo, hasta las tareas de logística sin las cuales los cuerpos no pueden sobrevivir.

Pienso que la gran lección que hemos aprendido durante la pandemia y que no deberíamos volver a olvidar es la de la centralidad de la Vida, con mayúsculas, y la intrínseca relacionalidad que esta entraña. El carácter irrenunciablemente somático de la vida y su condición relacional son dos cuestiones sepultadas por siglos de pensamiento descorporeizado e individualista que ahora retornan con una inédita potencia, como una colosal interrogante. Y, tal como abordé en mi libro Impedir que el mundo se deshaga, nos fuerzan a replanteamientos radicales en tres órdenes de consideraciones, entrelazados entre sí.

El primer orden, ontológico, nos fuerza a la afirmación de que el fenómeno de la vida excede los marcos tradicionales de su reconocimiento, marcos de percepción que lo han hecho depender durante siglos de la arbitrariedad de lo que se entendía o no como vida merecedora de tal nombre. Hoy, al igual que sucedía con la vida de los esclavos, considerada sacrificable por no ser plenamente humana, algunas vidas son ya tan precarias, tan vulnerables, tan supuestamente prescindibles que ni siquiera se percibe su explotación o su desaparición. ¿Son simplemente cuerpos, estadísticas? ¿Se puede poner precio a esas vidas o, por ejemplo, a los medicamentos que servirían para salvarlas? No, son cuerpos que importan, como ha afirmado con implacable sencillez Judith Butler.

Y esto nos lleva a un replanteamiento en el siguiente nivel, ético, en el que también la pandemia nos desafía. Ningún ser humano se basta a sí mismo, toda vida es dependiente de una red de apoyo y sostenimiento de la misma, como nos han hecho ver certeramente las éticas del cuidado. Entramos en el momento histórico, por tanto, de superar modelos éticos abstractos e individualizantes para entrar de pleno en el horizonte ético de la relacionalidad, de los cuidados, precisamente porque es la ética que corresponde a una consideración ontológica adecuada a la realidad de nuestro ‘ser en común’, de nuestro ser siempre con otros.

«Hoy debemos replantearnos como Vida, cumpliendo de algún modo aquel proyecto foucaultiano de hacer la ‘ontología de nosotros mismos’. Es nuestra tarea más urgente: vida común, interdependiente, frágil y relacional. Lo que nunca hemos dejado de ser, aunque habíamos dejado de verlo»

Para finalizar, entraríamos en el último replanteamiento radical, de orden político. A mi juicio, sólo a partir de hacernos cargo de los dos anteriores niveles con todas sus consecuencias, estaremos en condiciones como sociedades de promover la articulación de políticas públicas sobre el horizonte de una igualdad compleja y real, respecto a la cual no sólo se formulen unos derechos en abstracto, sino que se diseñen marcos normativos sensibles a las capacidades reales y cotidianas para ejercerlos. Como señalara Simone Weil en La persona y lo sagrado, el derecho abstraído de los cuerpos cuyo daño ha de evitar es el reino de la norma del lenguaje y del poder de la palabra.

Pero la justicia va más allá de los dispositivos jurídico-políticos sobre los que categorizamos los cuerpos. Weil los llamó, con plena consciencia y atención, ‘carne sagrada’. Nosotros hoy debemos replantear esta intuición de Weil y replantearnos como Vida, cumpliendo de algún modo aquel proyecto foucaultiano de hacer la ‘ontología de nosotros mismos’. Replantearnos como Vida es nuestra tarea más urgente: vida común, interdependiente, frágil y relacional. Lo que nunca hemos dejado de ser, aunque habíamos dejado de verlo. Es hora de volver a mirar el mundo de nuevo, esta vez con la atención debida».

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