¿Cómo pensar bien?

Quesada se propone mostrar que no todo pensamiento es valioso (pues también se puede pensar mal) e intenta averiguar qué es el tan manido «pensamiento crítico».
Mª Ángeles Quesada se propone mostrar que no todo pensamiento es valioso (pues también se puede pensar mal) e intenta averiguar qué es el tan manido «pensamiento crítico».

María Ángeles Quesada es especialista en filosofía práctica. Fundadora de Equánima, ha participado en multitud de espacios con el objetivo de promover el pensamiento crítico. Ha publicado recientemente La virtud de pensar. Pensamiento crítico para tiempos revueltos, un libro divulgativo de filosofía que aspira a cambiar nuestra forma de pensar y de relacionarnos con los problemas.

Por Javier Correa Román

Filosofía & co. - Copia de COMPRA EL LIBRO
La virtud de pensar. Pensamiento crítico para tiempos revueltos, de María Ángeles Quesada (Berenice).

«Nosotros, los que conocemos, somos desconocidos para nosotros mismos», afirma Nietzsche en la apertura de La genealogía de la moral. ¿Cómo es esto siquiera posible? ¿Cómo podemos los filósofos, nosotros, los que conocemos, no habernos explorado, no habernos dedicado tiempo a pensarnos? ¿Cómo hemos podido descuidarnos así? ¿Cómo es que no hemos reflexionado sobre nosotros y nuestra propia reflexión?

Con la misma actitud crítica nietzscheana, María Ángeles Quesada ha escrito La virtud de pensar, un libro que resulta fundamental para estos tiempos revueltos —como indica el subtítulo—. De forma similar a Nietzsche, afirma la autora que «no podemos dejar de pensar y, sin embargo, dedicamos muy poco tiempo a pensar sobre cómo pensamos».

Examinar la manera en que pensamos es el objetivo del libro. Quesada se propone mostrar que no todo pensamiento es valioso (pues también se puede pensar mal) e intenta averiguar qué es el tan manido «pensamiento crítico». Esto último es fundamental, ya que el pensamiento crítico es una bandera reclamada hoy en día por todo el mundo: desde los antivacunas hasta los defensores de la ciencia.

Este libro es un libro dirigido al público general. Sin embargo, esto no lo convierte en un libro fácil, en un libro prescindible o sin enjundia; y esto es así por varios motivos. En primer lugar, porque el tema que trata nos concierne a todos y se aborda con la seriedad que merece. Todos somos, de una u otra manera, desconocidos para nosotros mismos y dedicamos muy poco tiempo a reflexionar sobre nuestros pensamientos.

El segundo motivo por el que el libro, a pesar de ser un libro generalista, no es un libro cualquiera es por el gran reto que lleva a cabo. La autora se propone abordar uno de los temas más complejos de la filosofía: la reflexión sobre las condiciones del pensamiento. ¿Qué hay más difícil que escribir un libro sobre el pensamiento que se dirija a todo el mundo?

De forma acertada, el formato del libro no es el propio de los densos ensayos filosóficos. María Ángeles Quesada, con una basta trayectoria en la filosofía práctica, ha sido capaz de armar un libro con un tono ameno, dialógico, cercano a nuestra experiencia y con ejercicios. Un libro que no renuncia tampoco a la historia de la filosofía ni a la tradición de nuestro pensamiento, sino que la integra fantásticamente en el tono amable y pedagógico del libro.

Todos los seres humanos pensamos, pero apenas dedicamos tiempo a pensar sobre cómo pensamos. Cómo pensar bien o, al menos, cómo no huir de los problemas para aceptar cualquier solución es el objetivo del libro escrito por María Ángeles Quesada

La intuición que hila todo el libro es la de que pensar mejor nos hace vivir mejor, intuición que encontramos en las grandes escuelas de filosofía práctica a lo largo de nuestra historia (como los estoicos). Este objetivo sitúa el libro de Quesada en un espacio muy interesante para reclamar en nuestros días: el espacio que hay entre el antiintelectualismo de los que reniegan del pensamiento y la pedantería de una academia que se olvida de una vida que, cada vez más, se nos hace cuesta arriba.

Respecto al contenido del libro, y entrando en materia, ¿es que se puede pensar mal? Esta es la primera pregunta que nos asalta cuando leemos el libro de Quesada. ¿No es el pensamiento un valor por sí mismo? ¿La disputa no es entre los necios, que no ejercen la capacidad del pensamiento, y aquellos que sí la ejercen? Como bien muestra la autora, no.

Con acierto, Quesada no aspira simplemente a que los seres humanos pensemos, sino a que pensemos bien. La racionalidad no es un valor en sí misma porque hay formas de pensar que nos atan más que nos liberan. Un ejemplo de racionalidad que, para ella, no es equivalente al pensamiento crítico es la racionalidad instrumental —tan imperante en nuestros días— la racionalidad que se encarga de escoger medios para alcanzar determinados fines.

La racionalidad instrumental es la racionalidad económica y científica, la racionalidad que reina en nuestras sociedades. Pensar en cómo llegar a una fiesta, es decir, pensar si coger el metro o el autobús, es, sin lugar a duda, pensar; pero ¿podemos llamar a eso pensamiento crítico? La respuesta de la autora es un rotundo no.

Veámoslo con un ejemplo. Las personas que afirman que la Tierra es plana no son gente irracional que no piense. De hecho, en sus argumentaciones —más o menos— usan silogismos y defienden sus conclusiones. Su problema es, más bien, que no piensan de forma crítica.

El pensamiento crítico tiene como objeto no tanto los distintos medios para alcanzar un fin, sino la disputa racional entre los distintos fines (¿ir a una fiesta o cuidar de nuestra abuela?). La racionalidad por la que apuesta Quesada es una racionalidad crítica —lo que la sitúa en la parte más digna de nuestra historia del pensamiento— y, además, una racionalidad que no desdeña la emoción, sino que apuesta por integrarla en el pensar humano.

El pensamiento crítico no es pensamiento instrumental que discuta los mejores medios para un determinado fin. El pensamiento crítico es, más bien, una racionalidad de los fines, de los valores, de las metas de nuestras acciones

Sin embargo, la apuesta de la autora de imbricar razón y emoción puede entrar en problemas con su objetivo principal de alcanzar un buen pensar. ¿No es pensar bien una de las mayores aspiraciones del tradicional racionalismo férreo, aquel que despreciaba las emociones? ¿Cómo seguir con la esperanza de un pensar claro, crítico e iluminado dando paso al que ha sido, al menos para este racionalismo, su enemigo: las emociones?

En cambio, el mayor acierto del libro probablemente sea la apuesta de la autora por un pensamiento que problematiza y dialoga. Un diálogo que, desde Sócrates, sabemos que es la estructura básica del pensamiento, pues pensar es siempre pensar-con-alguien. Y es que el monólogo de la razón, y la historia es un claro ejemplo, produce monstruos.

De Sócrates pasamos a Deleuze. Para Quesada, como para el pensador francés, pensar es problematizar, el arte de saber hacer preguntas. Para cometer tal objetivo, y de ello se da buena cuenta en el libro, es necesaria la pausa, el detalle, el esmero. Condiciones de las que carecemos en nuestra sociedad vertiginosa.

Esta diagnóstico de nuestra sociedad abre preguntas, en nuestra opinión, insuficientemente tratadas por el libro: ¿cómo pensar en esta sociedad consumista? ¿Cómo pensar si no podemos siquiera conciliar nuestra vida laboral con el ocio? La perspectiva social del pensar, aunque mencionada en algunas líneas, falla al no tener el espacio principal que merece: si siempre pensamos con alguien, la lucha por el pensamiento crítico es una lucha por un cambio social.

En este sentido, el libro corre un peligro similar al que corren muchos libros de autoyuda: enfocar el problema en el individuo, centrando en él tanto los problemas como las soluciones. Pero ¿somos tan libres? ¿Podemos cambiar nuestro pensamiento libremente? Decía Guattari que el individuo son cajas de resonancia de todas las líneas —sociales— que convergen en él. ¿Por qué centrarnos en el hueco de la caja y no en los hilos que nos conforman?

Que su aproximación sea individual no quiere decir que no haya en el libro una tematización social. De hecho, el diagnóstico social de Quesada es bastante original. A la «sociedad de la solución» en la que vivimos, basada en la resolución y la racionalidad instrumental, contrapone Quesada la «sociedad de la pregunta», una sociedad que sabe vivir el problema, que sabe habitarlo.

Con Sócrates, Quesada cree que todo pensar es siempre un pensar dialógico, pensar con un otro. Con Deleuze, que el núcleo de la filosofía o el pensamiento crítico no es la solución, sino la capacidad de plantear preguntas, de problematizar

¿Es que nuestra sociedad no sabe habitar los problemas? Quesada cree, con bastante atino, que no. El ejemplo que ella da es muy preciso y acertado: basta ver nuestro colapso ante la muerte de familiares (problema irresoluble y que sabemos de antemano) para darnos cuenta de las dificultades que tenemos para tratar aquello que no tiene solución. La sociedad de la pregunta, utopía filosófica del libro, se caracteriza por saber habitar la pregunta, que es siempre un problema.

Por último, es importante destacar otro logro del libro: la idea de cuerpo y alma —o mente, si se quiere— no son dos entidades separadas. Por este motivo, el problema que debemos habitar no es nunca un mero problema intelectual. El problema que pensamos es siempre nuestro problema (y esta concepción le dedica la autora un epígrafe entero). Resuenan las palabras de Foucault: «¿Qué valdría el encarnizamiento del saber si no hubiera de asegurar más que la adquisición de conocimientos y no, de un cierto modo y tanto cuanto se pueda, el extravío de quien conoce?».

Conclusiones

En resumen, el libro de María Ángeles Quesada es un libro ambicioso y, por eso, de sumo valor. Un libro socialmente necesario que pretende, en un contexto lleno de bulos y negacionistas de la ciencia, apostar por el pensamiento crítico.

Entre sus múltiples aciertos hay que reconocerle sacar, una vez más, la filosofía de la academia. ¿Cuántos académicos pueblan sus discursos con apelaciones a cambios sociales y a que las personas de a pie deben acercarse con filosofía? Sin embargo, ¿cuántos lo hacen con una forma y un discurso accesible para aquellos mismos a los que, supuestamente, se dirige? Quesada busca (y consigue) una coherencia entre el discurso y la práctica que, por desgracia, es menos común de lo que nos gustaría.

El libro es, además, tremendamente actual. Si hace unas décadas pensábamos que cuando tuviéramos toda la información se acabaría la necedad, hoy, en la época de la información, nos hemos dado cuenta de que lo crucial no es la información, sino cómo relacionarnos con ella. En otras palabras, no es que hoy no pensemos, sino que no pensamos bien. La mayoría de los fenómenos políticos de nuestro tiempo beben, de una u otra forma, de esta situación. Quesada, con valentía, se hace cargo del gran reto de nuestro tiempo.

Asimismo, su estilo es atractivo y adecuado para el público y su temática: el lenguaje es sencillo pero preciso y, además, el libro se acompaña de ejercicios prácticos. Un formato muy similar a los libros de autoayuda que María Ángeles Quesada rescata y adapta. Aunque, quizá, sea la similitud con los libros de autoayuda el desfiladero más peligroso por el que anda el libro.

En fin, La virtud de pensar llega, como bien dice el subtítulo, en tiempos revueltos, tiempos que denostan la pausa para reflexionar y que abrazan soluciones simples y facilonas. Reclamar el buen pensar no es un lujo de una clase ociosa, sino que hoy —más que nunca— es el principal reto de nuestra sociedad.

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