Sobre la superioridad, la lucha por la supervivencia y la muerte

«No tuve ninguna oportunidad real de sopesar la génesis cultural de mi falsa conciencia, pues en aquel momento el cocodrilo cambió de lugar, saltó tan rápido desde las aguas que solo vi un relámpago y me atrapó dolorosamente entre las piernas para sumergirme en el agua», escribe Val Plumwood en su artículo «Mi encuentro con el depredador». Imagen de Jonny Lindner distribuida por Pixabay.
«No tuve ninguna oportunidad real de sopesar la génesis cultural de mi falsa conciencia, pues en aquel momento el cocodrilo saltó tan rápido que solo vi un relámpago y me atrapó dolorosamente entre las piernas para sumergirme en el agua», escribe Val Plumwood en su artículo «Mi encuentro con el depredador». Imagen de Jonny Lindner distribuida por Pixabay.

Una filósofa, un paseo en canoa y un cocodrilo. Y a partir de ahí, una aventura con final dramático primero y feliz después. Dramático, por el suceso en sí; feliz, por la recuperación in extremis. Y luego preguntas, muchas preguntas, sobre el ser humano, la propia identidad, la conciencia, nuestra relación con la naturaleza, el ciclo de la vida, la lucha por la supervivencia, la muerte… Esta es la historia de la filósofa y activista australiana Val Plumwood, su encuentro con un depredador y su pensamiento.

Por Amalia Mosquera

¿Cuántas posibilidades de salir vivo crees que tendrías si sufrieras un duro ataque de un cocodrilo mientras vas atravesando un río en canoa? Imaginemos con más precisión el escenario: tú estás sentado a ras de agua, con la única protección de una ligera embarcación a tu alrededor; el cocodrilo tiene hambre, te mira fijamente y sus mandíbulas acaban atrapándote clavándose en tu cuerpo. A esa pregunta, tú y todos responderíamos, seguramente, que ante algo así tendríamos pocas o ninguna posibilidad de sobrevivir.

Agárrate al «pocas» e imagina que el cocodrilo, a pesar de todo, no acaba con tu vida y consigues salvarte, aunque quedas herido de gravedad, por supuesto. Los cuidados médicos y mucho tiempo de hospitalización y recuperación consiguen el milagro y revives. ¿Y ahora? ¿Serías capaz de volver a vivir como antes del incidente? ¿O te haría reflexionar a fondo sobre la experiencia vivida y sobre la muerte?

Quizá tu mente volvería una y otra vez a aquel lugar, a pensar y repensar la situación en la que te encontrabas entonces, sobre tu aquel yo y tus circunstancias en aquel instante, sobre tu yo de cualquier momento y tus circunstancias vitales, sobre el nosotros y nuestra relación con los otros animales, sobre el nosotros y nuestra posición en la cadena natural; quizá te haría revisar tu idea sobre las fuerzas de la naturaleza, sobre el ciclo de la vida, sobre su final…

¿Serías capaz de volver a vivir como antes del incidente? ¿O te haría reflexionar a fondo sobre la experiencia vivida y sobre la muerte?

El suceso y sus cuestiones filosóficas

Si hoy estuviera viva, la filósofa y activista ambiental Val Plumwood, especialista en antropocentrismo, no tendría que imaginarlo, porque conocía bien esa experiencia. La vivió en persona en el año 1985, cuando navegaba en canoa por el Parque Nacional de Kakadu, en Australia, su país. Hoy ya no está viva, pero no murió por aquello. Sobrevivió contra todo pronóstico –y vivió 23 años más– y ese incidente le hizo reflexionar mucho sobre la depredación y la naturaleza y sobre las respuestas culturales a la muerte.

Pudimos conocer su historia a través del libro The eye of the crocodile, que narraba lo sucedido y también las ideas filosóficas que Plumwood elaboró a partir de todo aquello. Cuando murió, en 2008, la filósofa australiana no había terminado el libro. A los textos que ella había dejado escritos se añadieron otros ya publicados que amplían la visión general de su pensamiento. Hace unos meses, en el dosier sobre los derechos de los animales que publicamos en Filosofía&co. incluimos el artículo completo Mi encuentro con el depredador, que explica detalladamente los hechos y sus reflexiones posteriores.

«Trate de mirar fijamente a ese ojo del cocodrilo que acecha desde justo por encima de la línea del agua de una marisma. ¿Detecta en él su propia humanidad? Usted le será completamente indiferente si él está satisfecho, pero será una presa lista para devorar si tiene hambre. El ojo del cocodrilo es una metáfora del mundo; no la única, pero quizá una metáfora que merece mayor atención de quienes reclaman que Dios o la naturaleza han sido concebidos para ellos y solo para ellos».
William E. Connolly, Voices from the whirlwind, In the Nature of Things (Minneapolis, University of Minnesota Press)

Así que, si el ojo del cocodrilo es una metáfora del mundo, detengámonos en él. En su ojo y en todo el animal; en el mundo que nos observa y al que observamos; en la posición del ser humano en él: en el reino animal y en el mundo; en la relación del ser humano con el resto de los animales y con la naturaleza al completo. Val Plumwood lo hizo y empezó a reflexionar acerca de la idea de la propia identidad, de la idea de ser alimento, de la idea de la muerte.

La filósofa australiana Val Plumwood fotografiada en 1990. Sean Kenan(cropped and mark removed by SarahSV). Imagen distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).
La filósofa australiana Val Plumwood fotografiada en 1990. Sean Kenan (cropped and mark removed by SarahSV). Imagen distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).

«Supongo que siempre he sido una de esas personas que ‘se pasa de la raya’. Sin duda me pasé aquel día torrencial de la estación húmeda de febrero de 1985, cuando llegué remando en mi pequeña canoa roja hasta el punto donde el río East Alligator recrece en el Stone Country de la meseta de la Tierra de Arnhem», reconocía la filósofa a modo de mea culpa en el artículo Mi encuentro con el depredador. Era el primer día del monzón, cuando las fuertes lluvias provocan grandes inundaciones que discurren río abajo.

Allí fue, «cuando la lluvia torrencial llora la reunión de cielo y tierra», donde Val Plumwood se encontró con el cocodrilo. Él ganó aquella prueba de fuerzas entre el animal y el ser humano, porque dejó a la mujer al borde la muerte, pero, sin saberlo, activó en su víctima la necesidad posterior de hacerse preguntas. «No tuve ninguna oportunidad real de sopesar la génesis cultural de mi falsa conciencia, pues en aquel momento el cocodrilo cambió de lugar, saltó tan rápido desde las aguas que solo vi un relámpago y me atrapó dolorosamente entre las piernas para sumergirme en el agua. Tampoco indagué más en la cuestión ese mismo día, después, cuando estaba tendida con graves heridas en medio de la trayectoria de una inundación que se aproximaba. Pero desde entonces he tenido muchos años para pensar acerca de estas catastróficas ilusiones y tratar de desentrañarlas».

El cocodrilo ganó aquella prueba de fuerzas entre el animal y el ser humano, porque dejó a la mujer al borde la muerte, pero activó en su víctima la necesidad posterior de hacerse preguntas

Preguntas en torno a la identidad, la naturaleza, la muerte…

Luego, con el tiempo, vinieron las preguntas. Muchas preguntas. ¿Por qué pensamos siempre en los animales como fuente de alimento del ser humano y no al revés? ¿Cómo había llegado a cometer un error tan grande, cómo no había sabido medirse a sí misma, cómo no había sido consciente del lugar que ocupaba, de su propio cuerpo? ¿Por qué hizo algo tan peligroso sin percibir el peligro que corría? «¿Había sido un error filosófico sobre la identidad, según el cual el yo es conciencia incorpórea disociada del yo proveedor de alimento en tanto que cuerpo material? –se preguntaba Plumwood en el artículo en el que relata los hechos–. ¿O era la idea de que los seres humanos son especiales, que están por encima y al margen de los demás animales?».

«El hecho de que somos alimento no es un detalle menor ni poco relevante de nuestra existencia humana: somos cuerpos jugosos y nutritivos –escribe la filósofa–. Pero, cuando me asomé a los ojos del cocodrilo, me di cuenta de que, a la hora de planificar aquel viaje río arriba, no había prestado suficiente atención a este importante aspecto, a mi propia vulnerabilidad como animal comestible. Australia es el país que cuenta con los cocodrilos más grandes, un pariente próximo de los antiguos dinosaurios, el cocodrilo de estuario o de agua salada (…) Desde tiempos inmemoriales, el cocodrilo de agua salada es un depredador de seres humanos, una criatura capaz de desplazarse tan rápido que aparece ante nuestra vista como un relámpago. Me resultó muy difícil estimar el tamaño del que me atacó, persiguió mi canoa y fijó su mirada en la mía, pues, salvo la cabeza, estaba sumergido en su totalidad bajo el agua turbia; pero estaba claro que yo le desperté mucho interés. Ahora sé que el hecho de que un animal sea capaz de causar una impresión engañosa de su tamaño en la presa que se propone atrapar también puede ayudarle a transmitir una idea menos engañosa de quién y qué es».

«¿Había sido un error filosófico sobre la identidad, según el cual el yo es conciencia incorpórea disociada del yo proveedor de alimento en tanto que cuerpo material? ¿O era la idea de que los seres humanos son especiales, que están por encima y al margen de los demás animales?». Val Plumwood

Entre la posibilidad real y la extrañeza, el conocimiento y el desconocimiento –o no-reconocimiento por no haberse enfrentado antes a una circunstancia así–, Val Plumwood se plantea y al mismo tiempo se responde a la pregunta clave: ¿por qué? «Por supuesto que, de un modo difuso y abstracto, yo sabía que esas cosas sucedían, que los seres humanos eran animales y que, en ocasiones –raras veces–, son devorados como los demás animales. Sabía que yo era alimento para cocodrilos; que mi cuerpo, como el suyo, estaba hecho de carne. Pero, al mismo tiempo, no lo sabía, lo rechazaba de plano», escribe la filósofa.

«De algún modo, el hecho de ser alimento para otros no parecía real; al menos, no en el sentido en que me lo parecía ahora, mientras estaba en la canoa bajo el golpeteo de la lluvia mirando a los hermosos ojos moteados de oro del cocodrilo. Hasta ese momento, sabía que yo era alimento del mismo modo difuso y abstracto que sabía que yo era un animal, que era mortal. A la hora de la verdad, el conocimiento abstracto se vuelve concreto. De repente, vislumbras con muda estupefacción que tu propia muerte, de la que solo sabes que es una desconocida imprecisa y lejana, se yergue ante ti con todos sus aterrorizadores detalles y en tecnicolor y te deja sin aliento e incrédula ante la idea de que alguna poderosa criatura pueda ignorar tu condición especial y tratar de comerte».

Incredulidad existencial y ética

Y de pronto enfrentarse cara a cara con la muerte. La muerte de uno mismo. La muerte inesperada. La muerte sorpresiva y traicionera. «Cuando te enfrentas a tu fin, percibes con intensidad que la vida es mucho más valiosa de lo que pensabas y que deberías haber prestado mucha mayor atención a preservarla. El arrepentimiento provocado por la inminencia de la muerte estaba allí, pero había algo más, mucho más que arrepentimiento», reflexiona Plumwood.

«En el momento en que quedé atrapada en aquellas poderosas mandíbulas tuve una sensación muy intensa de que había algo profunda e increíblemente equivocado en lo que estaba sucediendo, una especie de error de identidad. Mi incredulidad no era simplemente existencial, sino ética; aquello no estaba sucediendo, no podía estar sucediendo. ¡El mundo no era así! Aquella criatura estaba quebrantando las normas, estaba absolutamente equivocada, manifiestamente equivocada al pensar que yo podía quedar reducida a alimento. Como ser humano, yo era mucho más que alimento. Reducirme a alimento era una negación de lo que yo era y un insulto a mi persona. ¿Iban a ser sacrificadas todas las demás facetas de mi ser a este uso carente de discernimiento? ¿Iba a quedar destruida mi compleja organización para que se me pudiera ensamblar de nuevo como parte de ese otro ser? Rechazaba semejante acontecimiento con tanta indignación como incredulidad. ¡Era una ilusión! No solo era injusto, ¡era irreal! No podía estar sucediendo».

«Cuando te enfrentas a tu fin, percibes con intensidad que la vida es mucho más valiosa de lo que pensabas y que deberías haber prestado mucha mayor atención a preservarla». Val Plumwood

¿La superioridad humana?

Quizá lo equivocado en el pensamiento de Val Plumwood era una idea equivocada en tantos pensamientos: que el ser humano es superior al resto de los animales y siempre está en un posición por encima de ellos. Si lo es, ¿qué estaba pasando? ¿Cómo era posible que un ser inferior estuviera ganando aquella batalla? ¿Cómo era posible que un ser superior se estuviera convirtiendo en alimento del inferior? ¿Acaso no dicen las reglas de la naturaleza que el camino es a la inversa? ¿Acaso se estaban derrumbando las leyes naturales? ¿O es que esas leyes naturales nunca habían existido en realidad, solo existían en la mente humana?

Val Plumwood en el centro de la imagen, distribuida por Flickr bajo licencia creative commons 2.0 Genérica (CC BY-SA 2.0).
Val Plumwood en el centro de la imagen, distribuida por Flickr bajo licencia creative commons 2.0 Genérica (CC BY-SA 2.0).

«En el momento de aquella conmoción, cuando mi conciencia conoció la amarga certidumbre de su fin, vislumbré por primera vez el mundo ‘desde fuera’, desde fuera de la narración del yo, ese lugar donde todas las frases empiezan con ‘yo’», escribe Plumwood. «El individualismo liberal moderno nos enseña que somos propietarios de nuestras vidas y nuestros cuerpos: desde el punto de vista político, somos la empresa que gestionamos, y desde el punto de vista de la experiencia, aparecemos como la obra dramática que narramos, escribimos, representamos con nuestros actos y/o leemos. Como hiperindividuos que somos, no debemos nada a nadie (…) Calificados de excepcionales al mismo tiempo como especie y como individuos, nosotros, los seres humanos, no podemos ser ubicados en la cadena alimentaria del mismo modo que los demás animales. La depredación de seres humanos es monstruosa, una excepcionalidad y objeto de represalia extrema».

Somos alimento 

Ser alimento y pensar que podemos servir de alimento para otros, reflexiona Plumwood, no es fácil. Pero es la manera más elemental de imaginarnos a nosotros mismos a través de una visión ecológica y mirarnos de igual a igual con el resto de las especies animales, en contraposición al pensamiento tradicional dominante de que los seres humanos somos distintos, superiores, a los demás animales y que no podemos ser alimento. «Se trata sencillamente de volver a concebir nuestra posición en términos más igualitarios», dice la filósofa. «La reconceptualización de nosotros mismos en términos ecológicos presenta muchas facetas, pero una de las más fundamentales consiste en empezar a pensar en nosotros mismos en términos de la utilidad que tenemos para los demás elementos de nuestros ecosistemas, del mismo modo que los demás componentes. Uno de los aspectos más básicos es empezar a pensar en nosotros mismos –con humildad– como alimento para otros».

La negación de que las personas somos alimento para otros animales se refleja en muchos aspectos de nuestra muerte y de nuestras prácticas funerarias, reconoce Plumwood en su relato Mi encuentro con el depredador. El ataúd inaccesible si no se abre, oculto bajo tierra, y la lápida inamovible tapando la sepultura para impedir que algo nos desentierre impiden que el cuerpo humano se convierta en alimento para otras especies. «Nos negamos a conceptualizarnos a nosotros mismos como seres comestibles y nos resistimos incluso a devolver nada a la tierra que nos alimentó».

«El individualismo liberal moderno nos enseña que somos propietarios de nuestras vidas y nuestros cuerpos. Como hiperindividuos que somos, no debemos nada a nadie. Los seres humanos no podemos ser ubicados en la cadena alimentaria del mismo modo que los demás animales»

«Ser alimento para otros animales sacude nuestra imagen de dominio humano, en tanto que comedores de otros por los que, a su vez, nunca podemos ser comidos, ni siquiera ser concebidos en términos comestibles –escribe Plumwood–; tomamos, pero no damos nada y justificamos esta disposición unidireccional mediante la concepción occidental tradicional del derecho humano a utilizar a otros seres terrenos aduciendo que está validado por una especie de orden de meritocracia racional en el que los seres humanos emergen en la cúspide. Dejando al margen el canibalismo, los seres humanos ni siquiera deben ser conceptualizados como comestibles no ya por otros seres humanos, sino tampoco por otras especies».

El planteamiento de la filósofa es que el imaginario de alimento/muerte es un elemento fundamental para imaginarnos a nosotros mismos desde el punto de vista ecológico como miembros de una comunidad terrena con mayor igualdad natural.

«La problemática occidental de la muerte —donde el yo esencial es espíritu despojado de cuerpo— plantea un falso dilema entre la continuidad, incluso la eternidad en el ámbito del espíritu, y el concepto materialista reduccionista de la muerte como final absoluto de la historia del yo material y encarnado. Ambas alternativas de este dilema nos imponen un precio terrible: la alienación de la tierra en el primer caso y la pérdida de sentido y continuidad narrativa del yo en el segundo».

*Puedes leer el artículo completo de la experiencia de Val Plumwood, relatada por ella misma, aquí, suscribiéndote a Filosofía&co. por solo 1€ al mes.

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