El filósofo alemán Karl Robert Eduard von Hartmann nació y murió en Berlín (febrero 1842-junio 1906). Diseño hecho a partir de imagen de Store norske leksikon de dominio público.
El filósofo alemán Karl Robert Eduard von Hartmann nació y murió en Berlín (febrero 1842-junio 1906). Diseño hecho a partir de imagen de Store norske leksikon de dominio público 1.0.

En 1869 apareció publicado uno de los best seller más exitosos de la historia del pensamiento. Se trataba de un libro escrito por un joven barbudo de apenas veintisiete años, un outsider filosófico de ascendencia schopenhaueriana, que permitió que su autor viviera de las rentas el resto de su existencia. Es la Filosofía de lo inconsciente, de Eduard von Hartmann, cuya edición antológica española, a cargo de Manuel Pérez Cornejo, podemos leer por primera vez en Alianza Editorial.

Por Carlos Javier González Serrano

Ya escribió Ludwig Marcuse que «los grandes pesimistas fueron utopistas sin remedio». Algo que, sin duda, queda mostrado en la figura y en la obra de Karl Robert Eduard von Hartmann (1842-1906), filósofo de biografía plagada de accidentes y problemas de salud, pero de la que extrajo, igualmente, los mayores réditos intelectuales.

Comencemos por la conclusión, a la que apunta Manuel Pérez Cornejo en la introducción del volumen (de más de 700 páginas) que completan esta edición antológica de la Filosofía de lo inconsciente: «Frente al budismo resignado de Schopenhauer y la renuncia desesperada de Mainländer o Bahnsen, Hartmann afirmaba que este mundo, aun siendo rematadamente malo, es el mejor de los posibles, y por tanto, nuestros esfuerzos por mejorarlo son una garantía de aproximación a la redención final».

En Hartmann, pues, se da un intento por aunar los preceptos fatalistas del más convencido pesimismo y, por otro, el legado del idealismo clásico alemán. Es Eduard von Hartmann una bisagra filosófica original e irrenunciable en la que los sistemas de Schopenhauer y Hegel acaban por abrazarse. En Hartmann se combina el pesimismo al respecto de la felicidad humana (posiblemente, inaccesible, quimérica) y el optimismo sobre el progreso cultural humano. Incluso si no pudiéramos ser dichosos en esta vida, sostiene Hartmann, podríamos crear un mundo cultural y moralmente mejor a través de un esfuerzo continuo y consciente.

Hartmann afirmaba que este mundo, aun siendo rematadamente malo, es el mejor de los posibles, y por tanto, nuestros esfuerzos por mejorarlo son una garantía de aproximación a la redención final

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Hartmann, el investigador

Filosofía de lo inconsciente, de Hartmann, edición de Pérez Cornejo (Alianza).
Filosofía de lo inconsciente, de Hartmann, edición de Pérez Cornejo (Alianza).

Aunque Eduard von Hartmann se sintió pronto interesado por la filosofía, guardó, al igual que el maestro Schopenhauer, una profunda aversión por las maneras pedantes y alambicadas de escribir y pensar propias de la Academia; por eso, en primera instancia y a pesar de su impulso intelectual, se decidió por la carrera militar, que finalmente tuvo que abandonar a causa de ciertas lesiones graves. En 1864, cinco años antes de la publicación de su gran obra, Hartmann pedía la licencia definitiva para entregarse a la libre investigación.

Como cuenta Pérez Cornejo, «a pesar de la frustración experimentada, el joven oficial retirado no desesperó y se propuso sustituir la disciplina de las armas por la disciplina intelectual», pues buscó refugio en lo único que le quedaba: el pensamiento, tarea a la que se encomendaría el resto de su vida con notable pasión, aun cuando su estado de salud fue agravándose paulatinamente. Y apunta el traductor: «Una vida marcada por la desilusión, la enfermedad y el sufrimiento no podía sino desembocar en una concepción pesimista de la vida».

Ahora bien: ¿qué pesimismo? Hartmann aceptó el monismo metafísico de Schopenhauer (existe una voluntad como cosa en sí), pero rechazó su quietismo o resignación. Para rechazar esta visión, insistió en que debemos concebir el absoluto en términos dinámicos y teleológicos, es decir, no como algo que ya existe de una vez para siempre de una determinada manera, sino como un proceso histórico de desarrollo gradual. En este sentido, cada individuo participa en este proceso evolutivo y permite que el absoluto venga a la existencia a través de nuestras propias acciones.

Es decir, nuestras acciones cuentan, y mucho, a la hora de evaluar el modo en que la esencia del mundo se manifiesta. Lo absoluto sólo puede llegar a ser mediante las acciones finitas de los individuos. Nuestras acciones, por tanto, tienen una repercusión fundamental en el mundo. De ahí la importancia del sistema hegeliano para Eduard von Hartmann. El quietismo de Schopenhauer no sirve para dotar al individuo de su debida responsabilidad: el sentido de nuestra vida está por construir y participamos del desarrollo evolutivo del Todo.

Es cierto, argumentó Eduard von Hartmann, que el mundo se constituyó alógicamente a partir de un impulso primigenio, de la voluntad, pero justamente por eso, como explica Manuel Pérez Cornejo, los esfuerzos del ser humano «deben tender a educar a las generaciones sucesivas en el pesimismo, para fomentar en ellas el anhelo de paz y el deseo de superar las pasiones violentas; y, por otro lado, fomentar la comunicación entre todos los pueblos, a fin de elevar al mismo tiempo el nivel de sus conciencias».

El pesimismo de Hartmann es un humanismo esperanzado. Quizá no sea posible alcanzar la felicidad en un mundo gobernado por una fuerza irracional, pero sí podemos aminorar el dolor mediante el control de nuestras pasiones más desenfrenadas

El mundo, siempre en construcción

En sus conclusiones, esta Filosofía de lo inconsciente nos invita a considerar el mundo en su aspecto dinámico, es decir, no como algo que existe de una vez para siempre y de una determinada manera, sino como un proceso siempre en construcción y en paulatino desarrollo histórico. Por eso, y esta es la nota original del pesimismo esperanzado de Eduard von Hartmann, cada individuo tiene en sí mismo la responsabilidad de participar activamente en tal desarrollo: nuestras acciones pueden tener un efecto determinante en el mundo, y aquí se encuentra la auténtica nota característica de nuestra dignidad. Asumir nuestra responsabilidad para con el mundo.

«Considérese que la loca vanidad del hombre va tan lejos que le llega a parecer bien querer aparentar ser feliz, más que serlo realmente, de manera que cada uno disimula cuidadosamente dónde le aprieta el zapato, y por eso busca hacer ostentación de un bienestar, una satisfacción y una felicidad que no posee en absoluto.»

La clave de este pesimismo «optimista» reside en la confianza que Hartmann deposita en nuestra acción individual, que puede convertirse en acción conjunta, a la hora de alcanzar una mejora moral del ser humano que, a su vez, pueda derivar en acción comprometida para paliar o evitar el sufrimiento ajeno. El pesimismo de Eduard von Hartmann es, así, un humanismo esperanzado. Quizá no sea posible alcanzar la felicidad en un mundo gobernado por una fuerza irracional, pero sí podemos aminorar el dolor mediante el control de nuestras pasiones más desenfrenadas, que tienen que ver con nuestro egoísmo natural.

Y así, como nuestro autor desea, «la humanidad llegará con el tiempo, en su promedio, a un punto de inteligencia y a una cosmovisión que ahora sólo poseen las personas instruidas». Quizá la educación nos conduzca a desentrañar (dolorosamente) el secreto pesimista por antonomasia, es decir, que la vida está llena de infortunios y que su desarrollo es vacuo, pero, por otro, con ello lograremos redimirnos mediante un desarrollo cultural que nos permitirá hacer del mundo, mientras el mundo dure, un lugar mejor. Al menos, soportable.

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1 COMENTARIO

  1. Excelente articulo. Demasiado impresionante con ese devenir dialectico PESIMISMO VS OPTIMISMO; CONCILIACION DE OPUESTOS O CONTRARIOS PARA LOGRAR LO IMPOSIBLE; MILAGROSO; PRODIGIOSO. ESO ES » LA FILOSOFIA DEL INCONCIENTE»; cuyo autor KARL ROBERT EDUARD VON HARTMAN es un OUTSIDER. SUPER HOMBRE; SUPERDIOS; SUPERFILOSOFO. EXTRATERRESTRE.

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