Animales que parecen personas, personas que parecen animales

Apenas en las primeras tres páginas de la novela, se nos describe el cuidado de Azarías hacia el Gran Duque, su búho, al que reserva siempre alguna pieza de caza o, al menos, algunos gorriones cazados con atención y paciencia. Diseño hecho con una imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay.
Apenas en las primeras tres páginas de la novela «Los santos inocentes», de Delibes, se nos describe el cuidado de Azarías hacia el Gran Duque, su búho, al que reserva siempre alguna pieza de caza o, al menos, algunos gorriones cazados con atención y paciencia. Diseño hecho con una imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay.

Este 17 de octubre se cumplen cien años del nacimiento del escritor Miguel Delibes. El retrato de la realidad social y la denuncia de las condiciones de vida de las clases más humildes son dos constantes en su obra. En sus libros reflejó el arriba y abajo de su época y de España y su Castilla natal. Y su amor por la naturaleza. En Los santos inocentes plasmó como nadie la relación de los humanos con los animales.

Por Luis Fernández Mosquera

Los escritores Miguel Delibes y Francisco Umbral mantuvieron durante décadas una amistad que reflejaron en las cartas que se cruzaban. Luciano López y Araceli Godino las han recopilado y están editando un libro con esta correspondencia que la editorial Destino publicará el próximo año. En una de las cartas que Umbral le envía a su amigo en 1968, le dice: «Te reprochan ser un reaccionario porque defiendes al hombre de campo frente a la civilización industrial y Marcuse y otros vienen a darte la razón. Lo tuyo no es una vuelta al arado romano, sino a la persona, que en el campo se perfila y en las grandes ciudades se pierde». Y Delibes le responde: «Tu teoría respecto a la intención de mi obra, el retorno del hombre a la naturaleza para reencontrarse, es una teoría inteligente y, además, es cierta».

Amor o desprecio hacia los animales

Los santos inocentes, de Delibes (Austral).
Los santos inocentes, de Delibes (Austral).

Delibes y su amor por la naturaleza, en toda su amplitud, que ha reflejado en sus obras. En Los santos inocentes, los personajes pueden dividirse en dos grandes grupos según las relaciones que establecen con los animales: por un lado, los que empatizan con ellos; por otro, los que muestran indiferencia o incluso desprecio. En el primer grupo sobresale Azarías. Marginado por su discapacidad intelectual, Azarías es todo un paradigma de ternura e instinto maternal/paternal con los animales, para él únicos compañeros que le tratan de igual a igual, sin desprecio, lástima ni recelo. Basta ver cómo, apenas en las primeras tres páginas de la novela, se nos describe su cuidado hacia el Gran Duque, su búho, al que reserva siempre alguna pieza de caza o, por lo menos, algunos gorriones «atrapados con liga en la charca», es decir, cazados con atención y paciencia.

Azarías mima a sus «milanas» (sus aves de caza), que le toman «espontáneo afecto», e incluso se comunica con ellas como con confidentes. Cuando le cuenta al Gran Duque uno de esos episodios que llama «correr el cárabo», este «enderezaba las orejas y tableteaba con el pico, como si lo celebrara». Puede decirse que las milanas son la principal razón de ser de Azarías y para él, al contrario que para los dos señoritos de la novela, que se ofrecen a regalarle otro pájaro tras sus respectivas muertes —«qué lo mismo da un pájaro que otro», le dice el señorito—, no son objetos intercambiables, sino seres individuales y diferenciados.

«Tu teoría respecto a la intención de mi obra, el retorno del hombre a la naturaleza para reencontrarse, es una teoría inteligente y, además, es cierta», le escribe Miguel Delibes a Francisco Umbral

Capaz de imitar el ulular del búho y el graznar de la grajeta para comunicarse con ellos, Azarías es el mejor ejemplo de complicidad con los animales, pero no es el único personaje humano que tiene una especial cercanía con ellos. Paco, el Bajo, sirviente del cortijo y asistente del señorito Iván en las partidas de caza, está muy pegado a la naturaleza —huele la caza— y tiene una relación muy estrecha con los animales, constantemente reforzada con animalizaciones, por parte del narrador: se le compara, por ejemplo, con «un braco» y con un genérico «perro más fino».

Animales como seres intercambiables

Otro grupo de personajes —que se corresponde casi exactamente con el de los personajes de clase alta— no siente ninguna empatía hacia los animales. En este grupo destaca, por encima de todos, el señorito Iván. Este entiende a los animales como trofeos —«no hay cosa que más me joda como que me birlen los pájaros que yo mato»— con los que puede ganar y perder prestigio y estatus social, como cuando, inmediatamente después de su primera gran actuación como cazador y con solo dieciséis años, exige a Paco, con el que se ha criado, que le hable de usted. Los animales son para el señorito Iván, al contrario que para Azarías, seres intercambiables que se diferencian fundamentalmente por su tamaño o por la dificultad de su captura y con los que no establece ninguna relación más allá de dispararlos y abatirlos.

Este reparto de empatías y antipatías no afecta solo a las relaciones de los personajes con los animales, sino también a las relaciones entre los propios personajes. En general —sin apenas excepción—, los personajes más empáticos con los animales lo son también con las personas, mientras que los personajes que podemos llamar antipáticos, los que no sienten ningún afecto por los animales, no lo sienten tampoco hacia las personas. Hay aquí un fondo social, ya que son los pobres quienes mejor tratan a seres humanos y animales. En su estudio de la novela, Domingo Gutiérrez, autor de Claves de Los santos inocentes, interpreta que «la integración de Azarías en la familia de Paco revela (…) que, a pesar de las penurias, es más posible el amor entre los humildes que entre los adinerados». Los adinerados parecen tener dentro de su propia clase y de su misma familia relaciones tirantes y llenas de deslealtades.

En Los santos inocentes, el señorito Iván entiende a los animales como trofeos con los que puede ganar y perder prestigio y estatus social

Así pues, los personajes que hemos llamado empáticos, sobre todo Azarías, ven a los animales como si fueran personas. Veamos dos de los muchos ejemplos que hay en el texto: cuando Azarías entierra al Gran Duque, dándole un trato —y en cierto sentido atribuyéndole una trascendencia— propia de una persona, y cuando se conmueve como una madre cuyo hijo abandona la casa familiar al echar a volar la grajeta: «La miraba con lagrimones colgados de los ojos, como reconviniéndola por su actitud; no estaba a gusto conmigo, decía».

En cambio, la visión de los personajes antipáticos es exactamente la contraria: en muchas ocasiones ven y tratan a las personas como si fueran animales y las comparan con ellos: «Paco, el Bajo, al decir del señorito Iván, tenía la nariz más fina que un pointer»; para don Pedro, el Périto, Paco «no tiene más alcances que un guarro»; al romperse Paco la pierna, el médico le dice al señorito Iván: «Tú haces lo que te dé la gana, tú eres el amo de la burra».

Estas son comparaciones, pero también hay casos en los que el desprecio no es de palabra, sino de comportamiento. Los ejemplos, de nuevo, son muy numerosos: el despido de Azarías por el señorito de la Jara, que alega que Azarías está viejo cuando él mismo solo tiene un año menos y ambos han envejecido juntos; el desprecio del señorito Iván a Azarías justo después de matar a su segunda milana: «Será imbécil», o la actitud del señorito Iván cuando Paco se rompe la pierna al caer de un árbol en una partida de caza: la primera reacción es insultarle —«¡Serás maricón, a poco me aplastas!»)—; la segunda, despreciar su lesión —«¡Ah, bueno, si no es más que eso…!»—; y, por último y de forma continuada, preocuparse no por Paco, sino por sí mismo, que se ve sin secretario, y obligarle a volver a la cacería sin estar curado haciéndole sentirse «íntimamente culpable» y provocándole una nueva fractura. Le trata con todo desprecio, desafecto y frialdad, interesado únicamente —como el señorito de la Jara hace con Azarías— por su utilidad, es decir, como se podría esperar que hiciera con un coche o una escopeta. De hecho, les parece impensable tratarlos como personas: «Se obstinan en que se les trate como a personas y eso no puede ser», dice vehemente el señorito Iván. Es la actitud opuesta a la de Azarías y, aún más, a la de Paco y la Régula al cuidar de este y acogerle en su casa: los señoritos desprecian a las personas cuando ya no les son útiles, pero ellos, los pobres, las acogen aunque solo traigan inconvenientes. En algunas ocasiones, como contrapunto, las comparaciones con animales se aplican también a los personajes de clase alta, pero en estos casos suele apuntarse un carácter agresivo, depredador; por ejemplo, el señorito de la Jara da «una carcajada, como el cárabo, que al Azarías se le puso la carne de gallina».

Cuando Azarías entierra al Gran Duque, su búho, le da un trato y le atribuye una trascendencia propia de una persona. Y cuando echa a volar la grajeta, se conmueve como una madre cuyo hijo abandona la casa familiar

El crimen y la crítica ecológica

La relación que cada personaje establece con su entorno natural —simbolizado aquí en los animales, pero más amplio en una lectura atenta de la obra— es fundamental para entender su papel en la novela o, mejor dicho, en la sociedad que aparece en la novela. Los personajes pobres —Azarías y Paco, el Bajo, sobre todo— tienen una relación muy estrecha con el campo, en el que viven integrados, los animales que viven en él o los olores que dejan como rastro, mientras que los personajes ricos —el señorito Iván de manera destacada, pero también sus compañeros de caza— parecen más bien ocupantes hostiles, colonos en el paisaje natural; conciben la naturaleza como algo que existe para que ellos lo puedan utilizar a su antojo para su diversión. Simbólicamente, los pobres pasan la mayor parte de su tiempo en el campo; los señoritos están mucho más frecuentemente dentro de casa, y casi solo salen al aire libre para cazar.

Una actitud irrespetuosa hacia la naturaleza corresponde con una actitud irrespetuosa hacia las personas; una actitud cercana o cariñosa hacia los animales se corresponde con una mayor bondad hacia los seres humanos. Esta es una idea importante en la novela y, en general, en la producción de Miguel Delibes que podemos resumir así: una buena y auténtica relación con la naturaleza es condición para una buena relación con los seres humanos. El episodio que más claramente refleja esta indisolubilidad es la muerte de la segunda milana a manos del señorito Iván, que ofende a la naturaleza al matar gratuitamente y sin ningún esfuerzo a uno de sus seres y a la vez a los hombres en la figura de Azarías. Y nos preguntamos: ¿cuál es «el crimen» que da título al último capítulo de la obra? ¿El asesinato del señorito Iván a manos del Azarías o si el asesinato de la milana por el señorito Iván? Leyendo con cuidado la novela, todo parece indicar que el verdadero criminal —al menos en asuntos naturales, pero, como hemos visto, estos tienen unas inseparables consecuencias sociales— es el señorito Iván y que su muerte, ahorcado por Azarías, es el castigo por su olímpico desprecio hacia personas y animales. Un castigo justo desde la óptica de Azarías, porque es de sus milanas de quien obtiene las mayores satisfacciones y el trato más humano, mientras que del señorito Iván no ha tenido más que desprecios, burlas o indiferencia en el mejor de los casos. ¿Con qué derecho, entonces, mata el señorito Iván a su «milana bonita»? Y, desde el punto de vista de Azarías, ¿por qué debería valer más la vida del señorito Iván que la de la milana cuando esta es la más humana de los dos?

Los personajes pobres de la novela tienen una relación muy estrecha con el campo y los animales; los ricos parecen más bien ocupantes hostiles, colonos en el paisaje natural

Se ha señalado una «crítica ecológica» que completa y matiza la evidente carga de denuncia social de la obra. Esta crítica ecológica es, en definitiva, la crítica al desprecio a la naturaleza, que toma forma de agresión no solo en la muerte de la milana, sino cada vez que se caza, y que lleva aparejada, como si fueran dos caras de la misma moneda, un mismo desprecio a «los santos inocentes», a los hombres humildes que viven en consonancia con la naturaleza y son respetuosos con ella y con sus semejantes. El retrato y la denuncia de las condiciones de vida de estos y el contraste con la pretendida superioridad intelectual de los señoritos o de los modernos urbanitas (El disputado voto del señor Cayo) es una constante de la obra de Delibes, que funde así el amor a la naturaleza y el dolor por el alejamiento de ella que comporta la vida moderna (El camino) con la denuncia social. Los santos inocentes, además de ser una de sus mejores novelas, es posiblemente el ejemplo más perfecto de esta relación.

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