El filósofo y doctor en ingeniería y química Pere Ruiz Trujillo ha escrito «Ética de las nanotecnologías», en la colección «Éticas aplicadas» de Herder Editorial. En este libro ofrece un repaso pormenorizado de esta novedosa disciplina que parece llamada a cambiar el mundo tal y como lo conocemos.
El filósofo y doctor en Ingeniería y Química Pere Ruiz Trujillo ha escrito «Ética de las nanotecnologías», en la colección «Éticas aplicadas» de Herder Editorial. En este libro ofrece un repaso pormenorizado de esta novedosa disciplina que parece llamada a cambiar el mundo tal y como lo conocemos.

Charlamos con el filósofo, ingeniero y químico Pere Ruiz Trujillo sobre una de las disciplinas que más cambios traerán a nuestro mundo en las próximas décadas: la nanotecnología. ¿Cuáles son sus secretos y qué beneficios/costes traerá bajo el brazo?

Por Jaime Fernández-Blanco Inclán

Las nuevas tecnologías han sido uno de los elementos más dinámicos de las últimas décadas de nuestra historia. Y pocos dudan de que los avances a punto de llegar no harán sino acrecentar esa tendencia. En ese contexto, una de las ramas que más posibilidades ofrecerá es la de las nanotecnologías, la manipulación de materiales a escala nanométrica, para muchos, la siguiente gran revolución técnica de nuestro tiempo.

Para entender mejor tanto lo bueno como lo malo de lo que va a llegar, el filósofo y doctor en Ingeniería y Química Pere Ruiz Trujillo ha escrito Ética de las nanotecnologías, en la colección Éticas aplicadas de Herder Editorial, libro en el que ofrece un repaso pormenorizado de esta novedosa disciplina que parece llamada a cambiar el mundo tal y como lo conocemos.

Hablamos con Ruiz Trujillo para que nos dé más detalles de estas asombrosas tecnologías y para que nos ofrezca algunas claves para comprender no solo cómo se adaptarán a nuestras vidas, sino también cómo hemos de enfocarlas a la hora de entenderlas y darlas a conocer a los demás.

Ética de las nanotecnologías, de Pere Ruiz Trujillo.
Ética de las nanotecnologías, de Pere Ruiz Trujillo (Herder).

Las nanotecnologías, como usted explica en el libro, son el comienzo de una revolución que afectará a nuestra vida en múltiples ámbitos. Más allá de las promesas de ciencia ficción que algunos ven en el horizonte, ¿qué avances reales veremos en las próximas décadas?
Antes de empezar me gustaría dejar claro que no deberíamos considerar la capacidad transformadora de una determinada tecnología como un factum. El imperativo tecnológico nos dicta que todo lo que puede hacerse debe acabar haciéndose, pero una de las tareas de la ética es, precisamente, hacer que ese supuesto imperativo deje de ser categórico. Todo lo que puede hacerse debe acabar haciéndose… solo si nosotros (y no la propia tecnología) así lo decidimos y de la forma que nosotros decidamos.

De todas maneras, tras esta aclaración, intuyo que lo que la pregunta espera como respuesta es un listado de posibles desarrollos, de algún modo espectaculares, y en los que el papel de la nanotecnología sea reconocible. No me gusta, en general, entrar en el juego de la espectacularidad de aplicaciones concretas, porque de alguna manera se corre el riesgo de perder de vista lo esencial. Pero, por otro lado, es normal que queramos imaginarnos o visualizar ejemplos para salir, ni que sea por un momento, de la abstracción.

«El imperativo tecnológico nos dicta que todo lo que puede hacerse debe acabar haciéndose, pero una de las tareas de la ética es, precisamente, hacer que ese supuesto imperativo deje de ser categórico»

En este sentido, hay que decir que la nanotecnología es tan transversal y puede ser aplicable a tantos campos que probablemente nos la encontraremos hasta en la sopa. Por destacar solo unos pocos ejemplos de posibles aplicaciones en las que se piensa y que es muy probable que veamos, se habla de los computadores cuánticos, basados en cúbits o qbits, cuyo principio de funcionamiento es diferente de los bits en los que se basan los ordenadores «convencionales» y que podrán resolver problemas que estos últimos, simplemente, no pueden resolver; o de dispositivos electrónicos minúsculos para diferentes finalidades, como los denominados lab-on-a-chip, que, una vez implantados en el cuerpo, serán capaces de medir, analizar y controlar diferentes parámetros biológicos de manera continua, e incluso transmitir datos de nuestro estado a nuestro médico; tejidos «inteligentes», con los que se fabricarán prendas que nos refresquen cuando tenemos calor y nos calienten cuando tenemos frío, con nanosensores conectables inalámbricamente a nuestro smartphone que capten energía solar y cinética, resistentes a impactos y que, además, no sea necesario lavar porque no se manchan (repelen la suciedad) ni huelen mal (evitan el crecimiento bacteriano); biomateriales para el campo de la medicina regenerativa; recubrimientos ultralisos capaces de reducir de forma dramática el rozamiento de las superficies con el aire, con la consiguiente reducción de consumo energético y/o incremento de velocidad de unos vehículos, que además serán mucho más ligeros; nanomateriales extraordinariamente transparentes y autolimpiables para fabricar ventanas, gafas o lentes de contacto en los que, además, se podrá visualizar información; filtros contra la contaminación; potabilizadoras de agua portátiles; células fotovoltaicas mucho más eficientes que las actuales; baterías con mucha más capacidad y mucho más ligeras; infinidad de aplicaciones médicas… En fin, para no querer entrar en el juego de las aplicaciones espectaculares creo que ya es suficiente. Pero no todo es tan bonito. También es posible que veamos, por ejemplo, armas mucho más eficaces. Y no está tan claro que la eficacia, referida a las armas, sea algo siempre deseable.

Por otro lado, para reflexionar desde la ética es importante distinguir entre lo que realmente supone una novedad «revolucionaria» y lo que es un paso dentro de un avance gradual. No es que el avance gradual no merezca reflexión, pero es una reflexión diferente. De hecho, muchas de las aplicaciones y los beneficios que se prevén para las nanotecnologías están asociados a cuantificadores (más, aumentar, incrementar, disminuir) aplicados a conceptos ya existentes (resistencia, velocidad, potencia, dureza). Por ejemplo, si hablamos de obtener materiales más ligeros y más duros y resistentes, podemos pensar en las espadas de Damasco y en los nanotubos de carbono que hicieron de ellas algo legendario ya hace siglos. O si nos referimos a fármacos que son más eficientes gracias al desarrollo de nanovectores capaces de llevar precisas dosis de un principio activo de manera muy selectiva a células enfermas y de dejar en paz a las otras, nos vienen a la cabeza las estrategias farmacológicas contra el cáncer que se llevan practicando desde hace años, cada vez con más éxito. Como tampoco parece que estemos pensando en nada realmente nuevo si pensamos en fabricar dispositivos electrónicos cada vez más pequeños y potentes. En todos estos casos, y en otros muchos, estamos ante avances que no son, en un sentido estricto, tan «revolucionarios».

«Para reflexionar desde la ética es importante distinguir entre lo que realmente supone una novedad ‘revolucionaria’ y lo que es un paso dentro de un avance gradual»

Como muchos otros pensadores, usted advierte de los problemas éticos o morales que se pueden derivar de la implantación libre de las nanotecnologías. Sin embargo, una regulación que no estuviera coordinada a nivel internacional tampoco sería especialmente útil, ¿no cree? ¿Nos plantean los avances en las tecnologías emergentes la necesidad de construir un código ético mundial?
Ciertamente. La pertinencia de una ética global se hace muy patente en un mundo dominado por la tecnología. Esto ya se empezó a ver durante el siglo XX, en el que la humanidad tuvo que vivir acontecimientos terribles, de una magnitud que hubiera sido impensable sin la ayuda del componente técnico. A eso hay que sumarle el descubrimiento de que, contra lo que creíamos, no todo lo que le hacemos a la naturaleza es reversible. Ya en pleno siglo XXI, con el auge de las nuevas tecnologías y con el retroceso definitivo de los grandes relatos, esa pertinencia se convierte en necesidad. Si tenemos en cuenta que esas nuevas tecnologías no son compartimentos estancos sino que convergen entre sí, esa ética debería ser, además, transversal. Tiene poco sentido hacer éticas completamente independientes para las diferentes nuevas tecnologías y para las diferentes actividades dentro de una misma tecnología. De lo que se trata es que la reflexión sea global en el sentido geopolítico, pero también en el sentido de extenderla a toda la cadena de valor y a las diferentes tecnologías emergentes.

Por otro lado, no debemos confundir la ética con un «código ético». Un código ético puede ser muy útil y, de hecho, puede ser uno de los resultados de la reflexión ética. Pero la ética no se debe reducir a una especie de manual de instrucciones para resolver las dudas que vamos teniendo ante los conflictos morales. La idea de ética responde más a una actitud reflexiva que a un conjunto de normas recogidas en un código. Por eso, y para un contexto contemporáneo como del que hablaba, resulta interesante la idea de una ética que mire hacia valores compartidos, que investigue las virtudes que se deben cultivar para hacer bien determinadas actividades y que haga todo eso con vistas a unos fines que puedan ser aceptados por todos aquellos que puedan resultar afectados por esas actividades. En eso consiste, precisamente, la idea de ética aplicada. Y está claro que debemos tener siempre presente la prudencia, especialmente ante la incertidumbre a la que nos enfrentamos con determinadas tecnologías.

De todas maneras, no va a ser fácil. Ya estamos viendo lo complicado que resulta ponernos de acuerdo, incluso con cosas con tanto consenso como puede ser el cambio climático.

«No debemos confundir la ética con un ‘código ético’ (…) no se debe reducir a una especie de manual de instrucciones para resolver las dudas que vamos teniendo ante los conflictos morales»

Comenta usted en el libro que los medios son (somos), en parte, culpables de no ofrecer al gran público —por lo general, no especializado— información rigurosa acerca de las tecnologías emergentes. ¿Cuál es, en su opinión, el aspecto fundamental de las nanotecnologías que todo el mundo debería tener presente?
En el paradigma tecnocientífico moderno prima la operatividad. Las cosas existen en tanto que nos permiten actuar sobre la realidad. Y aunque, según Aristóteles, «todos los hombres desean, por naturaleza, saber», la ciencia básica, la que «solo» nos sirve para conocer el mundo, parece no tener hoy ningún valor si no es que acaba desembocando en alguna «aplicación práctica». Todo tiene que servir para algo.

Los medios de comunicación, y no solo ellos, no escapan a ese paradigma y es habitual que se centren en los «avances que veremos». Vosotros mismos habéis preguntado en primer lugar en ese sentido (y yo he respondido). Si a eso le sumamos la predisposición de la sociedad contemporánea al entretenimiento, tenemos lo que tenemos. Los medios deberían controlar de alguna manera esa tendencia al clickbait: hablar de futuras aplicaciones espectaculares y de soluciones seguras para todos los problemas para atraer con ello la atención del gran público puede ser, hasta cierto punto, normal. Pero los medios, y también la industria y los propios investigadores, deberíamos ser rigurosos, actuar con responsabilidad y matizar siempre las afirmaciones que hacemos. Deberíamos hacer un esfuerzo para intentar no definirlo todo exclusivamente en función de sus aplicaciones industriales.

En el caso de las nanotecnologías, además de aquellos atributos que pueden darnos una idea sobre su naturaleza, como el tamaño de los objetos o las sorprendentes propiedades basadas en efectos cuánticos, quizás el aspecto que todos deberíamos tener en cuenta es su carácter facilitador. Las nanotecnologías van a ser importantes, sobre todo, desempeñando un papel de capacitadoras de otras tecnologías. Pero, aunque pueda parecer que esto les quita cierto glamur, no debemos considerarlo como algo menor, ya que puede resultar decisivo para el desarrollo de diferentes campos, entre los cuales, algunos tan novedosos e importantes como la genética, la inteligencia artificial o la robótica. Las nanotecnologías van a proveer a estas y otras tecnologías de herramientas sin las cuales su avance sería mucho más complicado o imposible.

«En el caso de las nanotecnologías, quizás el aspecto que todos deberíamos tener en cuenta es su carácter facilitador»

Dentro de lo que conocemos como transhumanismo, se juntan una serie de tecnologías que prometen cambiar nuestra forma de vida, siendo las nanotecnologías uno de sus representantes más prometedores. ¿Qué otras herramientas cree usted que van a plantear debates similares?
La ideología transhumanista aprovecha las promesas de las nuevas tecnologías para imaginar una realidad futura en la que los seres humanos superan su propia humanidad o, por usar su lenguaje, se transcienden a sí mismos y llegan a un estadio, digamos, poshumano. De lo que se habla es, prácticamente, de la creación de  una nueva especie. Las tecnologías a las que quizás se hace más referencia en la literatura transhumanista se suelen resumir con las siglas NBIC (nano-bio-info-cogno). También se habla a menudo de ellas como de tecnologías convergentes.

Nanotecnología, biotecnología, tecnologías de la información y ciencias cognitivas forman la combinación básica de campos tecnológicos que más invitan a pensar en eso que se ha venido en llamar «mejoramiento humano (human enhancement). La verdad es que parece lógico y, hasta cierto punto inevitable caer en la tentación de pensar en utilizar la potencia tecnológica que nos puede ofrecer la suma de esas tecnologías para alcanzar cosas que solo podíamos imaginar y que estaban reservadas a los dioses o, por supuesto, a los superhéroes: capacidades sobrehumanas, inmortalidad… Pero, cuando estamos hablando de «mejorar el ser humano» (o de «aumentarlo», como llaman en el mundo francófono a esta idea) más allá de ciertos límites, también parece lógico pararse a pensar muy seriamente en ello. Se trata de algo que puede afectar de manera radical a la humanidad en su conjunto, incluidas las generaciones futuras, y de forma irreversible. No se limita a una cuestión de libertad individual o de autonomía personal. Hay que hablar nuevamente de prudencia y también de responsabilidad. Debemos ser cautelosos y responsables ante la incertidumbre, pero también a la hora de analizar la posibilidad real de determinados escenarios; no todo lo que se afirma parece realmente posible, según la evidencia científica disponible. Y es necesaria la prudencia también a la hora de adoptar posturas extremas. Entre el desmesurado optimismo tecnófilo y el «no a todo» del conservadurismo tecnófobo hay mucho espacio. Es ahí donde, en mi opinión, debe situarse la ética.

La mayoría de nosotros, que no tenemos conocimientos directos respecto a los avances nanotecnológicos, pensamos en ellos como algo «aún por llegar». Sin embargo, usted comenta en el libro que ya hay nanotecnologías implementadas y que, de hecho, se emplean ya en algunas industrias. ¿Podría darnos más detalles al respecto?
Existen diversos «inventarios» de productos nanotecnológicos. Quizás el más importante, y en todo caso el primero en aparecer, es el del norteamericano Wilson Center, en colaboración con el Project on Emerging Nanotechnologies Center, aunque también hay trabajos en ese sentido en el ámbito europeo. En él se recogen alrededor de 2.000 productos de consumo ya presentes en el mercado, en los que, de una manera u otra, interviene la nanotecnología.

«Definimos la nanotecnología en función de determinados márgenes de tamaño, como el de los cien nanómetros. Una definición de este estilo puede ser útil a la hora de legislar, pero nos dice poco sobre en qué consiste realmente eso de ‘ser nanotecnológico’».

Tal vez la principal dificultad a la hora de hacer una lista de productos de este tipo es la falta de una definición de consenso. ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de nanotecnología? ¿Qué tiene que tener un producto para que pueda ser considerado «nanotecnológico»? De hecho, el principal criterio de inclusión que utiliza el Wilson Center para su inventario, aunque no el único, es la declaración de los propios fabricantes. No parece el mejor de los criterios. Por eso dedico un capítulo del libro a reflexionar sobre la importancia de trabajar con definiciones adecuadas para cada propósito. Las definiciones más comúnmente utilizadas definen la nanotecnología casi exclusivamente en función de determinados márgenes de tamaño de los objetos, como el de los cien nanómetros. Una definición de este estilo puede ser útil, por ejemplo, a la hora de legislar, pero, contra lo que podría parecer, nos dice poco sobre en qué consiste realmente eso de «ser nanotecnológico». Porque, entre otras cosas, hay que recordar que no tenemos ninguna evidencia de que exista un límite inferior fijo de tamaño a partir del cual aparezcan nuevas propiedades. Así pues, ¿qué significa que un producto sea nanotecnológico? Mi propuesta apunta a que una definición para el propósito de la reflexión ética debe estar fundamentada en algo con una existencia más real que una simple convención, y cualquier rango concreto de tamaños que ofrezcamos para definir lo nanotecnológico será una convención.

En cualquier caso, esos inventarios sí que nos ayudan a hacernos una idea del interés de la industria y del mercado. Según los datos, y siempre asumiendo los límites que nos impone la falta de estandarización que comentaba, los nanomateriales más utilizados actualmente, aunque no los únicos, son los óxidos de titanio, de silicio o de zinc; las nanopartículas de plata y los nanomateriales de carbono, como los nanotubos o el grafeno. Lo que se pretende aprovechar son, entre otras cosas, las propiedades antimicrobianas y sus especiales características como recubrimientos protectores de superficies o en el mundo de la cosmética y la salud, como es el caso, por ejemplo, de algunos protectores solares. De todas maneras, la mayoría de productos de consumo que ya existen en el mercado pertenecen a sectores tan diversos como el cuidado personal, textil, cosmética, hogar, automoción, transporte, material deportivo, jardinería, electrónica o, incluso, alimentación. O sea que parece que ya podríamos empezar a encontrarnos la nanotecnología, literalmente, hasta en la sopa. Aunque eso solo es el principio.

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1 COMENTARIO

  1. En esa contienda la ignorancia es total y las posibilidades infinitas. Seguramente que hayamos emprendido un camino desconocido y apasionante, ¡ojalá! que conduzca hacia una utopía sabia.

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