Pensar el psicoanálisis hoy

Javier Correa Román

Para el psicoanálisis, la mente tiene un trasfondo oculto a sí misma, una parte inconsciente que requiere ayuda de un terapeuta para salir a la luz. Imagen de Geralt (extraída de Pixabay, CC).
Para el psicoanálisis, la mente tiene un trasfondo oculto a sí misma, una parte inconsciente que requiere ayuda de un terapeuta para salir a la luz. Imagen de Geralt (extraída de Pixabay, CC).

Integrante del selecto grupo de filósofos de la sospecha, Sigmund Freud sentó las bases de una nueva concepción de la psique humana. Una forma de concebir la mente y sus entramados que puso en el centro lo oculto, lo velado, lo inconsciente. Criados en la larga sombra del maestro, muchos de los grandes pensadores del siglo XX han sido influidos por el psicoanálisis: Marcuse, Fromm, Žižek¿Tiene sentido hoy seguir alargando una sombra que, quizá, no da más de sí? ¿Tienen razón los críticos al desechar por completo un paradigma, el psicoanalítico, que consideran absolutamente desfasado y clínicamente ineficaz?

Por Javier Correa Román

Un debate abierto

El psicoanálisis es una teoría psicológica que investiga el contenido de la mente y busca comprender su funcionamiento. Es, además, un método clínico, en la medida en que pretende, a su vez, tratar los malestares psicológicos de los pacientes que acuden a consulta. Sigmund Freud (1856-1939) es el padre del psicoanálisis, pero la larga lista de nombres que ha engrosado sus filas y sus escuelas (como Lacan, Klein o Jung) hace que sea una injusticia textual mencionar únicamente al maestro.

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Psicoanálisis al alcance de todos, de Antoni Talarn (Herder).

A pesar de la buena salud de la que gozó a lo largo del siglo XX, las críticas al psicoanálisis han ido sucediéndose desde distintos ámbitos y centrándose en distintos puntos. El machismo intrínseco a muchos de sus postulados, la acusación de ciertos sectores científicos al psicoanálisis de pseudociencia o las polémicas en campos psicológicos concretos como el autismo o la esquizofrenia han hecho que el psicoanálisis esté en el punto de mira intelectual. Los defensores más acérrimos defienden fervorosamente su escuela, mientras que los más moderados buscan actualizar un legado que cuenta ya más de un siglo en sus espaldas. Los críticos, en cambio, pelean por expulsarlo de las facultades y que sea reconocido como una pseudoterapia.

Ante tal panorama, Antoni Talarn —doctor en psicología y psicoterapeuta— ha escrito Psicoanálisis al alcance de todos, publicado por Herder Editorial. Un libro corto y con ánimo divulgativo cuyo objetivo es doble. Por un lado, Talarn trata de introducir y divulgar la teoría psicoanalítica entre todas aquellas personas ajenas al campo de lo inconsciente. Así, se busca ampliar la base, dar a conocer, mostrar la historia de una escuela, a través de un relato riguroso, documentado y con tono pedagógico.

Pero, además, el libro tiene como objetivo fundamental defender a la disciplina de las críticas vertidas desde otros campos de la psicología o desde otras disciplinas científicas. Divulgar, sí, pero sin hacer oídos sordos a la crítica. Mostrando, más bien, el desarrollo histórico y la actualidad de un paradigma que ha recorrido mucho camino desde que Freud escribiera sus primeros textos. Demostrar, en fin, que las críticas caen en el anacronismo, pues centran su blanco en escritos y teorías que los propios psicoanalíticos dicen haber superado y actualizado con nuevas corrientes y discípulos.

Con este artículo, y aprovechando la publicación del libro, pretendemos hacernos eco del doble objetivo de esta obra: dar a conocer, estando de acuerdo o no, un paradigma que ha marcado el pensamiento del siglo pasado y, a la vez, ampliar el debate sobre sus límites para que este tenga mayor recorrido. Surcaremos de esta manera el libro sin prejuicio alguno, examinando la defensa, claramente divulgativa, que hace un psicoanalista como Talarn de su propia disciplina. En resumen, en este artículo pretendemos dar espacio a las legítimas defensas de la disciplina y mostrar, una vez expuestas estas, los problemas sin resolver que siguen azuzando al psicoanálisis.

Antoni Talarn ha escrito Psicoanálisis al alcance de todos para divulgar la teoría psicoanalítica y defenderlo de sus críticas. En este artículo se pretende recoger este debate, dar voz a los defensores y mostrar lo que todavía queda por resolver

Herencias fructíferas del psicoanálisis

En primer lugar, y antes de examinar las herencias, es conveniente aclarar qué es exactamente el psicoanálisis. Siguiendo a Talarn, a nivel teórico es importante destacar:

  1. «La noción de conflicto psíquico. Los síntomas que los pacientes experimentan no se deben ni al azar ni a un proceso biológico descompensado. Se deben a emociones y situaciones experimentadas que no han sido adecuadamente procesadas por el individuo».
  2. «Las resistencias, que son, tal como decíamos, dificultades que el paciente encuentra para asociar libremente, recordar… Este fenómeno pone a Freud sobre la pista de la represión».
  3. «Los mecanismos de defensa. Sistemas que utiliza la mente, de modo automático, para rebajar los niveles de tensión emocional que le resultan excesivos. El ejemplo que aquí hemos visto es el de la represión»
  4. «La noción de inconsciente».
  5. «La importancia de los traumas infantiles. Aunque Freud les restara importancia, hoy día sabemos de su tremendo efecto sobre el psiquismo de quien los padece».

En cuanto al método, cree Talarn que lo fundamental es:

  1. «La asociación libre, sistema que permite al paciente expresarse con la máxima libertad y al terapeuta, escuchar con una actitud libre de prejuicios y connotaciones morales».
  2. «La importancia de la comprensión y la explicación de las vivencias del paciente para una captación cabal de la esencia y las causas de su malestar».
  3. «La importancia de la alianza terapéutica entre paciente y terapeuta, es decir, la relevancia de la relación entre ambos miembros del encuentro».
  4. «El concepto de interpretación, que permite emitir hipótesis sobre lo que le sucede al paciente y sus razones más profundas».

Dicho esto, el punto principal, a nuestro parecer, que mantiene la vigencia del psicoanálisis es relativamente sencillo: la idea de una mente con recovecos, de un laberinto con partes invisibles. Un laberinto donde solo escuchamos —a lo sumo— el eco de una voz traumatizada. Lejos quedan los sueños ilustrados de una mente diáfana, semitransparente, que todo lo puede y que, cuando se gira sobre sí misma, conoce sin sorpresa la esquina más oculta de su último razonamiento. ¡Fuera emociones! ¡Fuera deseos! ¡Eso solo contamina la razón!, parecieron gritar los ilustrados. El mayor logro del psicoanálisis es, sin duda, disipar estas ingenuas ilusiones ilustradas.

En el núcleo del psicoanálisis se encuentra la idea de conflicto psíquico. En palabras de Talarn: «Los síntomas que los pacientes experimentan no se deben ni al azar ni a un proceso biológico descompensado. Se deben a emociones y situaciones experimentadas que no han sido adecuadamente procesadas por el individuo»

En este sentido, y todavía contrario a la Ilustración y su rebosante optimismo en la razón pura, es altamente interesante el punto psicoanalítico de que los objetos internos de nuestra mente son figuras deformadas por emociones y fantasías, en vez de percepciones reflejas de un mundo exterior. Nuestra mente no es cámara fotográfica, sino siempre mirada de alguien. Una persona que, en su mirar, arrastra afectos y traumas. Frente a la confianza moderna en la representación a-problemática y en la epistemología como ciencia primera, aparece un psicoanálisis que muestra que no somos cámaras capaces de inmortalizar el afuera, sino simples mortales cuyos miedos dibujan lo que vemos.

Además, la apuesta psicoanalítica por la hermenéutica (esto es, por la interpretación como paradigma explicativo), lejos de ser fuente de relativismos o presentar problemas de verificación, supone un acierto en la comprensión sobre cómo funcionan las ciencias humanas (como la historia o la antropología). La verificación científica de las ciencias naturales no encaja con la realidad de un ser humano que se estudia a sí mismo, a sus iguales o a su historia. Frente a los detractores del método interpretativo, es casi más problemático defender la cientificidad de la psicología que subsumirla en un método interpretativo.

La mente que dibuja, a grandes trazos, el psicoanálisis es, entonces, una razón que anda a tientas con acciones cuyo origen desconoce. Con razón, y este era el pensamiento de Freud, supone esto una humillación histórica después del heliocentrismo y la teoría de la evolución de Darwin. Nuestro optimismo retrocede inevitablemente: no solo si somos esto o lo otro, sino que es dudable, incluso, que podamos saber lo que somos sin ayuda externa. Sin embargo, las zonas oscuras de la mente no son desconocidas, sino que los caminos inconscientes de nuestra intimidad pueden conocerse o intuirse a partir de sus efectos, a partir de nuestras acciones (y reacciones). Y pueden, además, descifrarse con la ayuda de un terapeuta.

La teoría de Freud supuso la tercera gran humillación del ser humano. Primero descubrimos que no éramos el centro del universo. Con Darwin, descubrimos que no somos ontológicamente distintos de los animales. Con Freud, el ser humano se dio cuenta de que sus acciones tienen motivos que desconoce

Siguiendo con la herencia fructífera de la teoría psicoanalítica, su tematización de los impulsos destructivos (como la pulsión de muerte) es también un alejamiento fresco y renovador de la anquilosada herencia cristiana que rezuma nihilismo en todas sus esquinas. Incluso filósofos ateos, como Spinoza y su célebre conatus, han bebido del mismo paradigma cristiano que entiende que el ser lucha por mantenerse en su ser y que la destrucción solo puede darse bajo malas relaciones o malos encuentros, pero nunca formar parte de la esencia que nos (con)forma. La pulsión de muerte muestra, en cambio, la destrucción que recorre todo organismo vivo.

Por otro lado, una de las críticas, dice Talarn en el libro, que más se le achaca al psicoanálisis es su «obsesión con el sexo». El sexo en el psicoanálisis es problemático por varios motivos. En primer lugar, porque Freud y sus discípulos, como diremos más adelante, pensaron el sexo de una forma completamente despolitizada y no atendieron a las dinámicas patriarcales que le atraviesan. Pero, además, porque dan una importancia desmedida a los impulsos y vivencias sexuales del paciente en relación con otros ámbitos de su existencia.

Antoni Talarn, como realiza con otras críticas, muestra que estas solo tienen sentido para el psicoanálisis del siglo XIX, pero que no aplican para las distintas escuelas que han ido surgiendo a lo largo de los 150 años de existencia. Es verdad, dice, que el sexo es un componente fundamental de nuestra existencia, pero también lo es el ambiente laboral, las relaciones familiares y nuestra situación socioeconómica. 

Otra de las críticas comunes al marco psicoanalítico es su excesiva fijeza en la infancia. Aunque, como señala Talarn, no es del todo así —y más con las distintas escuelas y avances—, esta crítica es, si lo pensamos con detenimiento, un punto a favor del propio método psicoanalítico, pues el psicoanálisis escapa del excesivo adultocentrismo que recorre muchas escuelas psicológicas.

El psicoanálisis no supone únicamente un paradigma epistemológico relativamente acertado, sino que también incluye conceptos y herramientas útiles para la práctica del psicoterapeuta como la condensación y el desplazamiento

En fin, el psicoanálisis, como argumenta divulgativamente Talarn, no supone únicamente un paradigma epistemológico relativamente acertado, sino que también incluye conceptos y herramientas útiles para la práctica del psicoterapeuta. Algunos de estos conceptos son la condensación (proceso por el cual una misma idea puede representar varios aspectos de la realidad) o el desplazamiento (proceso por el cual una imagen aparentemente poco relevante puede tener un valor afectivo enorme para un sujeto). Ambas son dinámicas psíquicas tremendamente interesantes que puede funcionar muy bien para una teoría de los afectos y son herramientas útiles para pensar, incluso, una ontología de las imágenes y del discurrir del sentido.

Por último, creemos que otro aspecto positivo del psicoanálisis es que habita la contradicción, que vive en una razón que dice una cosa y hace otra, o una razón que hace directamente dos cosas distintas. Es decir, psicoanálisis no cree en una razón pura que esté enferma, como tampoco postula en un exceso de funcionalismo despreciando la mente y sus complejidades. El psicoanálisis es capaz de pensar la mente del ser humano con todas sus grietas y sombras.

Posibles críticas

Pero, y con la misma humildad con la que Talarn escribe su libro de defensa del psicoanálisis, es importante mantener la crítica a ciertos aspectos del método y teoría psicoanalítica que, si bien han podido limarse en contadas escuelas o personajes, todavía tienen un peso relevante en la teoría psicoanalítica en general.

Uno de esos aspectos criticables es la concepción psicoanalítica de la mente (todavía) en términos representativos, como si se tratase de un teatro donde distintas vivencias van deslizándose. Deleuze, en su crítica, lo llamó «el sucio teatrillo familiar», por la importancia que daba, además, a todo lo acontecido en la familia. Según el pensador francés, el inconsciente no es un teatro, y mucho menos un melodrama familiar, sino más bien una fábrica de deseos. El inconsciente en la teoría deleuziana no es representativo, es enteramente productivo.

Volviendo al sucio teatrillo familiar, como denunció el psicoanalista Reich —lo que muestra, por otro lado, lo lejos que se encuentra el psicoanálisis de conformar un todo homogéneo—, un problema fundamental de los estudios freudianos es la naturalización que lleva a cabo de la familia nuclear burguesa con el complejo de Edipo. Freud extrae una vivencia muy particular de la burguesía occidental y la naturaliza, elevándola a teoría fundamental de la conciencia.

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Por otro lado, la concepción familiar y teatral, huelga decirlo, lleva al psicoanálisis a desfiladeros políticamente conservadores al inclinar exageradamente la balanza sociedad-individuo hacia el segundo polo. Es cierto que autores como Fromm o Jung politizaron o incluyeron a la sociedad, respectivamente, en sus estudios psicoanalíticos, pero incluso cuando uno lee estos análisis emerge un regusto de insuficiencia política.

El deseo en el psicoanálisis, además, se entronca con la tradición filosófica occidental que concibe al deseo como una falta, como una ausencia, como un vacío en un individuo hueco. Esta concepción se contrapone a otras, como la que se encuentra en autores como Nietzsche o Spinoza, que comprenden al deseo como la fuerza creadora del ser humano que en realidad es, como la energía que nos (re)mueve.

La concepción psicoanalítica de la mente la asemeja a un teatro por donde se deslizan distintas vivencias. Los problemas que la filosofía contemporánea achaca al paradigma representativo no dejan indemne al psicoanálisis

En otro orden de cosas, la disposición tópica de la mente humana en tres niveles, ello, yo y superyó, es altamente insuficiente. Según esta cartografía de la mente, y resumido sucintamente, el ello representa los instintos y las pulsiones más profundas, el superyó representa la moral social y el yo representa el resultado tensionado de esta pugna. Esta tríada se apoya, en realidad, en una dicotomía naturaleza/cultura altamente discutible y muy superada en la filosofía contemporánea.

Además, el psicoanálisis tiene un tufo patriarcal del que, a pesar de los esfuerzos de las últimas décadas por parte de algunas de sus autoras, cuesta desprenderse. Ejemplo de ello en la teoría psicoanalítica clásica son la preeminencia de la figura paterna, la «fase fálica», el complejo de Edipo, la histeria… El anclaje de parte de sus presupuestos a concepciones sexistas es, sin lugar a dudas, un lastre inasumible en el psicoanálisis del siglo XXI.

Talarn, en el libro mencionado, y con el tono crítico del que hace gala, a pesar de su apuesta por el psicoanálisis, señala otros problemas propios del marco psicoanalítico, como por ejemplo el problema de su fundamentación. El problema de la fundamentación refiere al hecho de que la mayoría de los términos del psicoanálisis (lívido, pulsión de muerte, complejo de Edipo etc.) no son falsables, es decir, no hay experiencia imaginable que pueda demostrar su inexistencia. Esto es así porque estos términos se presuponen y son aplicables a todas las experiencias humanas. Lo explica mejor el autor en referencia a la pulsión de muerte:

«Y, en segundo lugar, porque la idea de la existencia de un instinto de muerte es indemostrable en sí misma. Se justifica en un argumento circular: destruimos a partir de su acción y existe porque destruimos».

Por último, y como apunte final, la idea base del psicoanálisis de hacer consciente al paciente lo que está inconsciente, de revelar con su interpretación la profundidad oculta de una mente que es incognoscible para sí misma, presupone de base una superioridad epistémica que, en principio, es cuanto menos discutible. ¿No es ligeramente soberbio pensar en desvelar las entrañas traumáticas de una persona y negarle, al mismo tiempo, esta capacidad a ella misma?

El tufo patriarcal de muchos conceptos psicoanalíticos clásicos enturbia fuertemente la herencia recibida. Histeria, fase fálica o complejo de edipo son algunos ejemplos de esta ignomiosa lista

Conclusiones

En fin, el libro de Antoni Talarn es un libro excelente principalmente por una razón: es una obra de divulgación e introducción que no pretende convencer al lector, engañarle u ocultarle las críticas que permean el psicoanálisis. Talarn presenta de forma honesta estas críticas y se esfuerza con ahínco, huelga decirlo, en responder a la mayoría de estas acusaciones. Por ejemplo, y respecto a la crítica feminista, el autor traza una genealogía feminista dentro de la escuela psicoanalítica que buscaría limpiar el rancio aire patriarcal que desprenden los escritos freudianos. En la página 103, por ejemplo, leemos:

«Adler fue el primero de los psicoanalistas que trató temas de educación y que consideró la influencia de la sociedad en los trastornos mentales. Así, por ejemplo, opinaba que la tendencia a la neurosis de las mujeres no se debía a la envidia de pene —un más que discutible concepto freudiano—, sino a la preeminencia del varón en la sociedad. Su visión de la técnica y de la relación paciente-terapeuta también era muy diferente a la sostenida por Freud; mucho más igualitaria, por así decirlo».

Así, siendo honestos y haciendo justicia a las conclusiones del libro, debemos concluir que el psicoanálisis no es un movimiento estanco y que criticar al paradigma psicoanalítico por los escritos de Freud es de una rigurosidad endeble y de una miopía intelectual importante. El psicoanálisis, como toda corriente de pensamiento, evoluciona, tiene discrepancias y se corrige en su devenir histórico.

Entonces, ¿en qué punto está ahora mismo el psicoanálisis? Quizá la parte más fresca del mismo, y la que más recorrido tiene, sea el intersubjetivismo y el análisis relacional, una corriente del pensamiento psicoanalítico. Cerramos el artículo con un resumen de sus postulados, pretendiendo salvar al final las semillas que, quizá sí o quizá no, germinen fructíferamente en este siglo:

«1. Renuncia a los contenidos psíquicos pretendidamente universales como base de la psicopatología —el complejo de Edipo o las etapas de desarrollo de la libido, por ejemplo—. Más que referir la personalidad o la patología a grandes principios teóricos, estos autores prefieren explorar la subjetividad de cada persona.
2. La subjetividad de cada cual influye en todas sus acciones, también en las teorías que defiende y en cómo practica el psicoanálisis. Por lo tanto, se hace necesario estudiar las reacciones de paciente y terapeuta como una unidad, como la respuesta de dos mentes en relación. Así pues, el resultado de una terapia no depende sólo de las cuestiones técnicas, sino también de las peculiaridades del terapeuta y del tipo de relación entre terapeuta y paciente.
3. El campo de estudio no es el paciente aislado, sino el campo intersubjetivo entre el paciente y sus primeros cuidadores —sin descuidar sus relaciones actuales—. Es en este campo intersubjetivo en el que se fraguan los principios organizadores inconscientes: formas de relación que organizan la experiencia consciente e inconsciente del niño. Lo que organiza la mente, la personalidad y la salud mental o la psicopatología son las relaciones con los otros, especialmente con los padres».

Sobre el autor

Javier Correa Román (Madrid, 1995) es escritor y graduado en Filosofía por la Universidad de Educación Nacional a Distancia (UNED). Actualmente realiza el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid sobre las relaciones entre el bien y la belleza. Su último libro se titula Estética y emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común.

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