Pensar la catástrofe: riesgo e incertidumbre

Simón Díez Montoya

Simón Díez Montoya es filósofo de la Universidad del Rosario (Bogotá, Colombia), profesor de la Escuela de Ciencias Humanas de la misma universidad y parte del equipo directivo de REC-Latinoamérica. En este artículo reflexiona sobre los diferentes análisis que desde la filosofía se han hecho sobre la crisis mundial del coronavirus.
Este artículo es una reflexión sobre los diferentes análisis que desde la filosofía se han hecho de la crisis mundial del coronavirus. La hace Simón Díez Montoya, filósofo de la Universidad del Rosario (Bogotá, Colombia), profesor de la Escuela de Ciencias Humanas de la misma universidad y parte del equipo directivo de REC-Latinoamérica.

Al parecer, después de la epidemiología, la disciplina más consultada en medio de la pandemia de coronavirus (o SARS-CoV-2/Covid-19) es la filosofía. Este renovado vigor por el pensamiento más alto resalta algo también sobre nuestra mundaneidad más baja: de repente, el uno y la otra quedan unidos en torno a la catástrofe. 

Por Simón Díez Montoya, profesor de Filosofía de la Universidad del Rosario

Capturados por esta afección, vamos hacia refugios hogareños en ambas esferas: de un lado, la comodidad de nuestros prejuicios y presupuestos teóricos; del otro, la familiaridad de la casa y de quienes la cohabitan. No obstante, para el pensamiento, estar a la altura de la catástrofe es justamente ahondar en el vistazo fugaz de la incertidumbre más exacerbada.

Aunque acostumbrada a meditar sobre muchos fenómenos de la vida cotidiana, la filosofía ingenuamente ignora su dominio-dependencia: se le olvida que lo que ya ha pensado en una parte no se transfiere necesariamente a lo que desea pensar en otra. La más reciente proliferación de artículos del jet-set filosófico contemporáneo lo confirma, en su tímida consideración del riesgo y en su ávida exposición del habitual aparato conceptual.

Para el pensamiento, estar a la altura de la catástrofe es justamente ahondar en el vistazo fugaz de la incertidumbre más exacerbada

Los filósofos opinan

Giorgio Agamben denuncia «las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus», al tiempo que vuelve su reflexión sobre el estado de excepción abierto por estas medidas. En una segunda incursión sugiere que «[nuestro] prójimo ha sido abolido» por las sugerencias de distanciamiento social para evitar el contagio.

Alain Badiou afirma que «la situación actual, marcada por una pandemia viral, no [tiene] nada de excepcional». A lo sumo alienta a aprovechar el confinamiento para para «trabajar en nuevas figuras de la política, en el proyecto de lugares políticos nuevos y en el progreso transnacional de una tercera etapa del comunismo».

«Bifo» Berardi rápidamente indica que el «bio-rus» del Covid-19 no es tan preocupante como sí lo es el «semiovirus» de sus efectos secundarios para la subjetividad: «[un] virus semiótico en la psicoesfera ha bloqueado el funcionamiento abstracto del sistema, mientras los cuerpos se retraen»; más aún, «[el] virus es la condición para el salto mental que ninguna predicación política podría producir».

Judith Butler no ahonda para nada en el virus mismo, sino en cómo «la desigualdad radical —que incluye el nacionalismo, la supremacía blanca, la violencia contra las mujeres, queers y personas trans—, y la explotación capitalista encuentran formas de reproducirse y fortalecer sus poderes al interior de las zonas de pandemia».

Roberto Esposito llama la atención sobre cómo la respuesta gubernamental al virus confirma unas viejas tesis biopolíticas (énfasis en la inmunidad social, la relación política-medicina y la ambigüedad emergencia/excepción).

Agamben sugiere que el «prójimo ha sido abolido» por las sugerencias de distanciamiento social para evitar el contagio

Byung-Chul Han sugiere que «[a] pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado», un pánico que le parece tan absurdo como el regreso en Europa de un paradigma inmunitario centrado en la soberanía territorial (a diferencia de la moderna biopolítica de datos en Asia).

Jean-Luc Nancy aprovecha la ocasión para reprocharle a su amigo Agamben que no se ha dado cuenta de que la excepción ahora es la regla en la forma de una extendida imbricación entre vida y técnica y reconoce que este nuevo virus «pone en duda toda una civilización».

Finalmente, Slavoj Žižek se refiere al temprano brote de coronavirus como una «obsesión» que nubla el hecho de que miles de personas se mueren a causa de otras enfermedades, incluso sugiere que «el aislamiento —y las posteriores cuarentenas— no podrán con el trabajo [de contener la epidemia]»; en un escrito posterior, se imagina un contagio ideológico adicional: «El virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del Estado-nación, una sociedad que se actualiza en formas de solidaridad global y cooperación».

Para Byung-Chul Han, «el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado», aunque no debe minimizarse el riesgo, dice

Fragilidad y antifragilidad

En toda esta colección (¡sin contar toda la glosa suplementaria a estas posiciones de base!), asombra la manera como se desestima rápidamente la incertidumbre misma atada al coronavirus para pasar a los viejos adversarios de siempre. A un costado lejano, aparece una singular excepción: Nassim N. Taleb. Este heterodoxo filósofo de la probabilidad, una suerte de Montaigne del siglo XXI, no solo está advirtiendo (junto con Joseph Norman y Yaneer Bar-Yam) sobre el riesgo pandémico del coronavirus desde el 25 de enero (cuando había apenas dos mil casos confirmados y sesenta muertes reportadas, a diferencia de hoy, 25 de marzo, que estamos con 445 000 casos confirmados y 20 000 muertes reportadas), sino que además posee toda una obra ensayística y técnica —el Incerto— dedicada a comprender la incertidumbre en la toma de decisiones. Para Taleb, el riesgo no es solamente un objeto de contemplación intelectual, sino una experiencia de su vida misma: durante 22 años fue trader de opciones en bolsa de Nueva York. Esta particular combinación de un erudito autodidacta de la incertidumbre y un tomador-de-riesgos experimentado se vuelve verdaderamente relevante en la presente coyuntura pandémica.

El corazón del pensamiento de Taleb yace en su manera de conectar una distinción real entre dos clases de riesgo y una elaboración sobre la fragilidad o antifragilidad allí implicada. Usualmente, asumimos que todos los riesgos son iguales y que solo varían por grados menores o mayores. Pero Taleb llama la atención sobre dos clases realmente diferenciadas de riesgos: los de mediocristán y los de extremistán. En mediocristán, los riesgos son moderados y frecuentes, además lo peor que puede pasar es el error (incluso uno grave). En extremistán, los riesgos son extremos y raros, pero lo peor que puede pasar es la ruina (el colapso total e irreversible de un sistema). Muchas veces creemos vivir en mediocristán sin darnos cuenta de que estamos atrapados en extremistán. Esta confusión es común y peligrosa, pues ignoramos la fragilidad o antifragilidad implicada en cada dominio.

Taleb, una suerte de Montaigne del siglo XXI, advierte sobre el riesgo pandémico del coronavirus y posee toda una obra ensayística y técnica dedicada a comprender la incertidumbre en la toma de decisiones

De acuerdo con Taleb, las vidas comparadas de un taxista y un oficinista ofrecen una buena alegoría para comprender este punto. A primera vista, la vida del taxista está llena de volatilidad: debe ganarse su ingreso cada día y está sujeto a las más diversas fluctuaciones (robos, clima, protestas, etc.). En cambio, la vida del oficinista está llena de estabilidad: tiene horario, salario asegurado, Seguridad Social, primas y vacaciones pagas. No obstante, visto más de cerca, la vida del taxista es antifrágil: no solo absorbe más rápidamente los choques (un día malo se compensa con más trabajo al día siguiente), sino que además se beneficia de sus errores (aprende sobre atajos y zonas peligrosas); en cambio, la vida del oficinista es frágil: la ausencia de choques frecuentes pequeños implica muchas veces la presencia de choques raros grandes (de repente, la empresa quiebra y todos pierden su trabajo) y la obsesión por evitar a toda costa los errores hace que cuando lleguen sean devastadores (como solucionar problemas acumulando deudas, en vez de asumir pérdidas).

Para nuestro sentido común, la vida del taxista es más riesgosa que la del oficinista; pero si consideremos la fragilidad y la antifragilidad de cada sistema, lo contrario resulta cierto. Aunque el taxista asume más riesgos, son riesgos moderados (muchos choques/errores corregibles). Los del oficinista, en cambio, son extremos (un solo choque/error irreversible). Y es justo este punto lo que revela la intuición más poderosa de Taleb: la incertidumbre no aparece o desaparece por nuestra capacidad de predecir riesgos, sino por nuestra capacidad de evaluar la exposición asociada a esos riesgos. Paradójicamente, en el mundo real, donde debemos tomar decisiones con información parcial y con el tiempo contado, la incertidumbre epistémica muestra la necesidad de la certidumbre práctica: ante riesgos extremos (en los cuales aparece la ruina como posibilidad), debemos proceder con máxima precaución.

La intuición más poderosa de Taleb: la incertidumbre no aparece o desaparece por nuestra capacidad de predecir riesgos, sino por nuestra capacidad de evaluar la exposición asociada a esos riesgos

De «como una gripe» a pandemia

Volvamos a la pandemia. En enero del año en curso, escuchamos a muchos expertos renombrados (y a muchos filósofos también) desestimar el riesgo de una pandemia de coronavirus asociando esta enfermedad a algo «menos peligroso que la gripe común». Solo hasta el 11 de marzo, ya con datos en manos (a pesar de que ese nunca ha sido el punto, como explica Harry Crane), la Organización Mundial de la Salud (OMS) declara una pandemia. ¿A qué se debe este titubeo de tres meses? En buena medida, tiene que ver con el modo indistinto de evaluar riesgos que usan los gobiernos, las organizaciones y las empresas: cálculo de probabilidades y análisis costo/beneficio con base en evidencia.

A la luz de las consideraciones de Taleb, esto es una locura: nos empecinamos calculando la probabilidad de la pandemia y evaluando el coste/beneficio sobre la economía como si estuviéramos lidiando con un riesgo moderado. Sin embargo, era posible determinar el riesgo como extremo y nuestra posición como frágil incluso al comienzo del año, sin datos suficientes y sin pronósticos concluyentes. Para Taleb, lo que importa no es la mayor o menor certeza que podamos atribuirle a la (ya real, pero en ese entonces posible) pandemia, sino la incertidumbre asociada a las consecuencias desconocidas de su realización. En otras palabras, incluso si en enero hubiéramos dicho con toda confianza que había un 99 % de probabilidad de evitar la pandemia de coronavirus, ese 1 % restante era tan potencialmente devastador (por su rápido contagio y alta demanda hospitalaria) y revelaba una fragilidad tan colosal (por su capacidad de interrumpir severamente la vida cotidiana) que aun así debimos haber atendido el peligro con sumo cuidado.

Para Taleb, lo que importa no es la mayor o menor certeza que podíamos atribuirle al principio a la pandemia, sino la incertidumbre asociada a las consecuencias desconocidas de su realización

¿Una pandemia probable o improbable?

Esta es la conclusión «talebiana» de cambiar el énfasis en la valoración de los riesgos: lo crucial está en considerar la exposición (en términos de frágil/antifrágil) y no la probabilidad (en términos de evidencia/ausencia de evidencia). No importa qué tan probable o improbable era la pandemia en enero, lo único que importaba era que si esa probabilidad no era cero se considerara la exposición a ella.

Estos meses han mostrado, en efecto, la fragilidad de nuestro sistema-mundo frente a un evento extremo: la alta eficiencia del comercio global, una vez interrumpida, resulta en desabastecimientos generales de elementos médicos (como mascarillas y equipos de protección personal) necesarios para lidiar con la pandemia; el flujo elevado de pasajeros que viajan en vuelos por todo el mundo crea una cadena de contagio mundial difícil de rastrear; las economías nacionales revelan su ausencia de redundancias para ayudas sociales en medio de la crisis, al estar tan absorbidas por las dinámicas de la economía mundial (fluctuaciones financieras y cadenas de valor internacionales); los sistemas de salud optimizados y sobrecargados de la mayoría de países se ven incapaces de lidiar con la severidad de los casos de coronavirus que requieren hospitalización y asimismo esto trae como efecto de segundo orden una alteración de todos los demás tratamientos médicos; el confinamiento obligatorio de poblaciones extensas muestra la precariedad permanente de buena parte de las masas trabajadoras del mundo (en tanto parar todo dos semanas es lo mismo que dejar de comer dos semanas) y probablemente se vuelve el punto ciego más grave de todas las medidas de mitigación/contención que dependan de cuarentenas; los efectos psicosociales imprevistos del aislamiento prolongado indican el riesgo de la aparición de problemas de salud mental asociados al encierro (ansiedad, depresión, obsesión, etc.), el aumento del abuso intrafamiliar e incluso (como pasó en China) del alza en las tasas de divorcio pospandemia.

Algunas veces, como ocurre con los riesgos moderados, podemos domesticar la incertidumbre para nuestro beneficio. Otras, como ocurre con los riesgos extremos, debemos reconocerla y domesticarnos a nosotros mismos

En últimas, el valor del enfoque de Taleb está en su comprensión de la incertidumbre. Algunas veces, como ocurre con los riesgos moderados, podemos domesticar la incertidumbre para nuestro beneficio. Otras veces, como ocurre con los riesgos extremos, debemos reconocerla y domesticarnos a nosotros mismos (al respecto, una nota: curiosamente, Taleb fue consultor del gobierno de Singapur hace unos años para aconsejarlos sobre cómo robustecer las prevenciones antipandémicas; actualmente Singapur tiene 631 casos confirmados y dos muertes reportadas a pesar de que su primer caso llegó el 23 de enero). Cada vez más, dada la incesante globalización y homogenización del sistema-mundo, tendremos que lidiar con esta segunda clase de riesgos. En esos casos, no habrá segundas oportunidades. De ahí que, justamente, la catástrofe sea el punto de partida para una filosofía, como la de Taleb, esencialmente preocupada por la incertidumbre y el riesgo.

Sobre al autor

Simón Díez Montoya es filósofo de la Universidad del Rosario (Bogotá, Colombia), profesor de la Escuela de Ciencias Humanas de la misma universidad y parte del equipo directivo de REC-Latinoamérica. Sus intereses de investigación se centran en abordajes filosóficos de problemas contemporáneos como la crisis ecológica global a partir de lecturas renovadas de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Es autor del libro Gilles Deleuze: hacia una filosofía de la individuación (2018) y actualmente escribe su tesis de Magíster en Filosofía (Universidad del Rosario) sobre una actualización de la ecosofía de Félix Guattari como filosofía ambiental.

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