“Luces de bohemia”: caricatura y pensamiento

Izda., portada de
Izda., portada de "Luces de bohemia", de Ramón del Valle-Inclán, editado por Akal. Dcha. arriba, "Los borrachos o El triunfo de Baco", de Velázquez. Dcha. abajo, "Duelo a garrotazos", de Goya.

Luces de bohemia es uno de los libros esenciales de Ramón del Valle-Inclán. A principios del siglo XX, el escritor gallego inaugura el esperpento, un subgénero literario que retrata la realidad deformándola o desnudándola. Amargura, crueldad y humor en una obra de teatro que deja al descubierto la sociedad de la época. 

Por Luis Fernández Mosquera, filólogo

Año 1920. Madrid. Max Estrella, enfermo y ciego, y su amigo don Latino recorren sus calles y, de paso, la realidad de la sociedad española. La bohemia, el hambre, la miseria, la situación política, los héroes deformados al reflejarse en los espejos cóncavos. La caricatura, como suele pasar, no oculta, sino que retrata la verdad. Repasamos el pensamiento que hay en las páginas de Luces de bohemia de la mano de algunos de sus textos más destacados.

“La tragedia nuestra no es tragedia”

¡Qué decir de esta frase, quizás la más famosa de la obra que nos ocupa y de su autor! Esta paradoja es la base para entender Luces de bohemia, para entender a Valle-Inclán y, si este no estaba equivocado, para entender la historia española… y quizás el presente español. Podemos intentar resumirlo así. Es indudable que la historia española es trágica: no hay más que pensar en los autos de fe, la expulsión de los judíos y de los moriscos, el reinado de Fernando VII, la Guerra Civil… Y sin embargo, si miramos estos episodios de cerca, algo falla desde el punto de vista estético, como si pese al enorme dolor que provocaron les faltase altura trágica. Un auto de fe es espantoso, horrible, trágico, pero si uno de los hechos “probados” que en él se castigan es que “vino [al Aquelarre de Zugarramurdi] una moza francesa […] que era grande bailadora, y en el baile daba unos saltos tan altos como son altos los tejados, y unas castañetas que sonaban mucho a maravilla”, lo cierto es que es difícil reprimir, al menos, una sonrisa. Un rey autoritario, reaccionario y cruel como Fernando VII es trágico, pero si adorna su historia con los gritos de “¡Vivan las caenas!” y recibe el pronunciamiento de Riego con la alegre sentencia “Marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”, la cosa empieza a ser tragicómica.

Entender Luces de bohemia para entender a Valle-Inclán y, si este no estaba equivocado, para entender la historia española… y quizás el presente español

Visto así, parece como si la historia española fuera “una deformación grotesca” de lo que se supone que es una tragedia: algo serio, solemne, elevado, elegante, trascendental. Así lo vio Valle-Inclán (aunque no solo él, como enseguida veremos), que pensó que, entonces, que cualquier obra que pretendiese reflejar fielmente la realidad española tenía que tener algo de deformación grotesca, tenía que convertir la tragedia clásica (Edipo, Antígona, Hamlet) en algo más parecido a la tragedia española, que fuese a la vez trágico y ridículo, que mezclase lo elevado con lo absurdo: “Mi estética actual –dice en Luces de bohemia– es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas”.

“Los héroes clásicos han venido a pasearse al callejón del gato”

La idea del espejo cóncavo se la sugirieron a Valle los dos espejos que hay en el callejón del Gato (oficialmente Calle de Álvarez Gato) de Madrid (España). En la famosísima escena XII de Luces de bohemia, donde desarrolla las bases estéticas del esperpento, el protagonista de la obra, Max Estrella, y su inseparable (aunque miserable) don Latino llegan dando tumbos a esta pequeña calle del Barrio de las Letras. Los dos espejos, cóncavo y convexo, reflejan sus imágenes, pero deformadas, absurdas. Max imagina entonces a los héroes clásicos frente a los mismos espejos. Si Edipo se mirase en el espejo cóncavo, se reflejaría un gigante extrañamente delgado, imposible de tomar en serio. Si Antígona se mirase en el espejo convexo, se reflejaría una robusta enana; perdería toda su grandeza trágica al clamar por el enterramiento de su hermano. Pues bien, esa es para Valle-Inclán la imagen de los héroes (a falta de un nombre mejor) de la tragedia española: la enana gritona es a Antígona lo que Fernando VII es a Macbeth o lo que Carlos II es a Edipo, y si se quiere dar cuenta de ello, hay que hacerlo en el callejón del Gato:

Max: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

Don Latino: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!

Max: España es una deformación grotesca de la civilización europea.

Don Latino: ¡Pudiera! Yo me inhibo.

Max: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas […] Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.

Don Latino: Nos mudaremos al callejón del Gato.

Max Estrella y su inseparable don Latino llegan dando tumbos al callejón del Gato, del Barrio de las Letras de Madrid. Dos espejos, cóncavo y convexo, reflejan sus imágenes, pero deformadas, absurdas. Max imagina a los héroes clásicos frente a los mismos espejos

Sorprendentemente, no fue Valle-Inclán el primer artista español que tuvo esta idea. Aunque sin teorizar sobre ello, el mismo procedimiento parece seguir Velázquez en algunos cuadros como La fragua de Vulcano o El triunfo de Baco. Es desconcertante ver al apuestísimo Apolo entre esos herreros tan feos y desaliñados, y ver a Baco, tan sensual, entre poco menos que mendigos, como si las categorías de lo apolíneo y lo dionisiaco no tuviesen sentido aplicadas a España, como si en España solo hubiese fealdad y desaliño, cutrez, por decirlo con una palabra castiza.

El propio Valle-Inclán lo aplica también, por supuesto. En la escena IV de Luces de bohemia, por ejemplo, la policía municipal detiene a algunos de los poetas que celebran en ese momento una reunión por escándalo público. El capitán de los “équites municipales” o “soldados romanos”, que se llama Pitito, y Max Estrella mantienen este diálogo:

El capitán Pitito: ¡Mentira parece que sean ustedes intelectuales y que promuevan estos escándalos! ¿Qué dejan ustedes para los analfabetos?

Max: ¡Eureka! ¡Eureka! ¡Eureka! ¡Pico de Oro! En griego, para mayor claridad, Crisóstomo. ¡Señor Centurión, usted hablará el griego en sus cuatro dialectos!

El capitán Pitito: ¡Por borrachín, a la Delega!

Max: ¡Y más chulo que un ocho! Señor Centurión, ¡yo también chanelo el sermo vulgaris!

Al parecer, en esto se queda un centurión en España. Incluso un poeta y una ninfa (incluso Jesús) son grotescos en esta visión esperpéntica de España:

La Lunares: Pálpame el pecho. No tengas reparo… ¡Tú eres un poeta!

Max: ¿En qué lo has conocido?

La Lunares: En la peluca de Nazareno. ¿Me engaño?

Max: No te engañas

La Lunares: Si cuadrase que yo te pusiese al tanto de mi vida, sacabas una historia de las primeras. Responde: ¿Cómo me encuentras?

Max: ¡Una ninfa!

La Lunares: ¡Tienes el hablar muy dilustrado! Tu acompañante ya se concertó con la Cotillona. Ven. Entrégame la mano. Vamos a situarnos en un lugar más oscuro. Verás cómo te cachondeo.

El mismo proceso de “héroes deformados” parece haber seguido antes Velázquez en cuadros como La fragua de Vulcano o El triunfo de Baco. Es desconcertante ver al apuestísimo Apolo entre herreros feos y desaliñados, y a Baco, sensual, entre poco menos que mendigos, como si en España solo hubiese fealdad y desaliño

“Una superación del dolor y la risa”

Así pues, la tragedia española no es tragedia, sino esperpento, esa deformación grotesca, caricaturesca de la verdadera tragedia. Esto significa que en España habrá tanto dolor (por lo que hay de tragedia) como risa (por lo que hay de comedia, de caricatura). Este es un gran invento español, la tragicomedia, pero es anterior a Valle-Inclán. Sean cuales sean las razones que hicieron que la tragicomedia naciese en España hasta convertirse poco menos que en el género nacional en el siglo XVII –y seguro que tienen algo que ver con el análisis de Valle–, la tragicomedia barroca era, sencillamente (sencillamente pero también nada menos), una mezcla de elementos trágicos y de elementos cómicos, como en La vida es sueño o El caballero de Olmedo. Lo que propone Valle es más bien una fusión de los elementos trágicos y cómicos (eso es propiamente lo grotesco) de manera tal que se anulen unos a otros, provocando, como él mismo dijo, “una superación del dolor y la risa”. La comicidad nos hace reír y lo trágico hace que la sonrisa se nos hiele en la boca, aunque sin abandonarla: es tan imposible reírse como lamentarse. Por ejemplo, esta descripción del Infierno en la escena II, algo así como Dante paseando por el callejón del Gato:

Max: […] La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones […]

La vida misma, si la miramos con los ojos de Valle-Inclán, nos da sobrados ejemplos. En Egipto, por ejemplo, a la muerte del papa copto, durante la capilla ardiente se sienta su cadáver en un trono ceremonial. Las fotos, que se pueden encontrar en internet, son ciertamente esperpénticas. En España, posiblemente podamos encontrar unas cuantas noticias esperpénticas todas las semanas en la sección de política que nos hielen la risa en la boca.

Pero para conseguir este efecto literariamente es necesario tomar algunas precauciones para lograr un distanciamiento suficiente entre el lector o espectador y los personajes, que tienen que importarnos tan poco como si fueran títeres. Como Orson Welles en El tercer hombre, hay que mirar a las víctimas de la tragedia (del esperpento) desde arriba; solo de este modo es posible sentir la suficiente indiferencia por ellos como para que la parte cómica del esperpento surta su efecto:
“Pica Lagartos deja los secretos con el chaval, y en dos trancos cruza el vano de la tasca. Por el cuello del carrik detiene al curda en el umbral de la puerta. Don Latino guiña el ojo, tuerce la jeta, y desmaya los brazos haciendo el pelele”.

Si Edipo fuera un muñeco, no sería un personaje trágico, sino ridículo y, como mucho, esperpéntico. Si don Latino, en lugar del cicerone o del equivalente del Virgilio dantesco, es “el perro” de Max Estrella (la animalización de los personajes es un recurso que Valle emplea habitualmente con este propósito), su periplo por la noche madrileña pierde gran parte de su grandeza trágica, si no toda.

“El esperpentismo lo ha inventado Goya”

Valle-Inclán defiende que el esperpentismo no es una simple opción estética, sino una característica peculiar de la historia española y que, por tanto, es posible encontrarlo en representaciones de la realidad nacional anteriores en el tiempo. En su opinión, el primer autor en que es posible encontrar algo muy similar al esperpento que él mismo practica es Goya (lo más seguro es que al escribir esto estuviese pensando en las famosas pinturas negras o en los Caprichos de la Guerra). Desde luego, es un ejercicio muy interesante y revelador comprobar cuántas de las características del esperpento hasta aquí apuntadas pueden verse en cuadros como la Romería de san Francisco o el Duelo a garrotazos: solo bajo una óptica esperpéntica puede comprenderse la pelea de esos dos gigantes a garrotazos como dos vulgares gañanes.

Es un ejercicio interesante y revelador comprobar cuántas de las características del esperpento pueden verse en cuadros como la Romería de san Francisco o el Duelo a garrotazos, de Goya: solo bajo una óptica esperpéntica puede comprenderse la pelea de esos dos gigantes a garrotazos

Sin embargo, lo cierto es que es posible rastrear en épocas anteriores, al menos desde el Barroco, los orígenes del esperpento. Hemos hablado ya de algunas obras de Velázquez, pero sin duda el autor que ejerció una mayor influencia en la formación del esperpento valleinclaniano fue Quevedo, que manejó en muchas ocasiones un registro estético muy similar a lo que Valle denomina “esperpento”. Valga como ejemplo la famosa descripción del dómine Cabra en El buscón:

Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán que dice, ni gato de perro de aquella color. Los ojos, avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos; tan hundidos y obscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aún no fueron de vicio, porque cuestan dinero; las barbas, descoloridas de miedo de la boca vecina, que , de pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos  y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate, largo como avestruz, con una nuez tan salida, que parecía que se iba a buscar de comer, forzada de la necesidad; los brazos, secos; las manos, como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de media abajo, parecía tenedor, o compás con dos piernas largas y flacas; su andar muy despacio; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro; la habla hética; la barba grande, por nunca se la cortar por no gastar; […] Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él; conjuraba los ratones, de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba; la cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado, por no gastar las sábanas; al fin, era archipobre y protomiseria.

Del mismo modo, el esperpento no terminó con Valle, sino que tuvo una notable influencia en gran parte del cine crítico de posguerra, por ejemplo en películas de Berlanga como Plácido o El verdugo, que siguen fielmente la propuesta de una tragedia ridícula en que consiste el esperpento. (Y con seguridad podrán encontrarse hoy obras que aprovechen en mayor o menor medida la estética esperpéntica).

Si el esperpento ha tenido tanta presencia en el arte español, antes y después de la formulación teórica de Valle-Inclán, quizás esto dé la razón al escritor gallego. Quizás el esperpento no sea una cuestión de estilo, sino una cuestión de España.

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