Paul Celan: la poesía de la palabra quebrada

Poesía de Paul Celan sobre foto: Alexander Polzin «Hommage à Paul Celan», Jardín Anne Frank, París, de Guilhem Vellut, Flickr.
Paul Celan (Reino de Rumania, 1920-París, Francia, 1970). Poesía de Paul Celan sobre foto: Alexander Polzin «Hommage à Paul Celan», Jardín Anne Frank, París, de Guilhem Vellut, Flickr.

Se cumplen cien años del nacimiento de uno de los poetas más desgarradores del siglo XX, Paul Celan, nacido el 23 de noviembre de 1920 y fallecido, a causa de su suicidio, en 1970, hace cincuenta años. Doble aniversario que nos obliga a detener nuestra atención en este poeta de la palabra quebrada.

Por Carlos Javier González Serrano

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¿Quién soy yo y quién eres tú?, de Gadamer (Herder).

Como explica el filósofo Hans-Georg Gadamer en su libro ¿Quién soy yo y quién eres tú?, que dedica al poeta, «los poemas de Paul Celan nos llegan… y nosotros no damos con ellos. Él mismo entendía su obra como una ‘botella arrojada al mar’; siempre hay alguien, este o aquel, que encuentra el envío y lo recoge, convencido de haber recibido un mensaje…, pero ¿qué mensaje?».

Tal vez sea este el gran enigma que nos legó este poeta de la palabra quebrada, del mensaje innombrable, de lo imposible por decir. Cuando el horror se hace presente, cuando se patentiza en la realidad, sus huellas apenas pueden ser sentidas y mucho menos dichas, relatadas. La palabra se queda corta y apenas queda el balbuceo, débil pero necesario, para protestar por lo que nunca debería, debió o deberá existir. También Gadamer comparte esta opinión en el libro citado: «En sus últimos libros de poesía, Paul Celan se acerca cada vez más a ese silencio sin aliento que es el enmudecer en la palabra convertida en críptica».

«Los poemas de Paul Celan nos llegan… y nosotros no damos con ellos. Él mismo entendía su obra como una ‘botella arrojada al mar’; siempre hay alguien, este o aquel, que encuentra el envío y lo recoge, convencido de haber recibido un mensaje…, pero ¿qué mensaje?». Hans-Georg Gadamer

El propio Celan escribía en sus textos en prosa, publicados en Trotta: «Sueño según reglamento para balas de fusil: Yo soy una calavera humana y taladro un ojo de cañón». Y apuntalaba: «Buscar la certidumbre en la incertidumbre». La palabra se hace disparo que hiere, pero causa una herida que no sangra, porque el lenguaje es inoperante para referirse a realidades inaccesibles para el concepto, que queda invalidado frente a la enormidad de lo real. Se busca una seguridad en lo que, por sí mismo (la vida, nuestra humana existencia), carece de explicación, de fundamento.

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Compañeros de viaje, de Moratiel (Fórcola).

Toda la obra de Celan está presidida por este desfondamiento irreprimible. Como apunta Virginia Moratiel en su libro Compañeros de viaje (Editorial Fórcola), ese desfondamiento arrasa «hasta producirse su total hundimiento en lo absurdo y, como consecuencia, un corte abrupto con la idea de racionalidad». A eso mismo se refiere Paul Celan cuando escribía con ingenio: «Derribaron las columnas de la sabiduría y construyeron el templo de la razón».

Una razón que, a juicio de Celan, invirtió sus papeles. Si en la antigua Grecia estaba asociada, justamente, con el cuidado de sí y de los demás, en el siglo XX esa razón se radicaliza al determinar los cánones de lo que se puede y no se puede hacer, no en aras del cuidado mutuo, sino del interés de ciertas élites políticas que determinan «lo válido» en términos antropológicos. El nazismo no fue sino el máximo exponente y la más terrible radicalización de la razón, traducida en campos de concentración (perfectamente organizaciones, racionalizados) y en una brutal clasificación (racionalizada) de los humanos: aquellos que sirven y los que han de ser servidos. Una denuncia que, en filosofía, llevaría a cabo con brillantez años más tarde la pensadora Hannah Arendt en su monumental Los orígenes del totalitarismo (Alianza Editorial) y que, más cercana a nuestros días, también analizaría Elisabeth Roudinesco en Nuestro lado oscuro (Anagrama).

Aseguraba Celan que siempre estuvo «corroído por lo insoñado»: su vida, tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, comenzó a ser pensada bajo el signo de un sueño que no puede ser soñado, bajo el signo de la imposibilidad. El sueño de lo mejor, o incluso el sueño de algo posible que no desgarre las entrañas, se ha roto, ha quedado fracturado: no el sueño mismo, sino la posibilidad de soñarlo.

«Buscar la certidumbre en la incertidumbre». La palabra se hace disparo que hiere, pero causa una herida que no sangra, porque el lenguaje es inoperante para referirse a realidades inaccesibles para el concepto, que queda invalidado frente a la enormidad de lo real

Y resulta curioso que, tras los acontecimientos vividos en la Europa del primer tercio de siglo XX, tras haber vivido la muerte de sus padres (que fueron deportados a un campo de exterminio por su origen judío)…, Celan eligiera la lengua de quienes fueron sus verdugos para escribir gran parte de su obra a partir de 1952. Virginia Moratiel lo cuenta con palabras inmejorables: «Su objetivo fue realizar una deconstrucción de lo poético, quebrando la linealidad rítmica, sintáctica y semántica, para crear una lengua que reflejase la fractura del tiempo progresivo y lineal», y pretendió «poner de manifiesto la dimensión espectral de un presente en situación de duelo, que lucha contra el olvido y, a la vez, abre a una temporalidad diferente todavía por realizar: la de la utopía».

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Microlitos. Aforismos y textos en prosa, de Celan (Trotta).

Es cierto que Celan confesaba estar «corroído por lo insoñado», pero también suspiraba por «hacer emerger el monte de la vida». Esa vida que queda viva bajo los escombros de la ruina, y que, allá donde persista, persistirá igualmente un indómito y testarudo impulso esperanzado. Por eso la palabra es en Celan un hálito, un susurro que, más que decir, indica o señala: no para denunciar, sino para hallar una débil pero contumaz luz en una inmensa oscuridad, a veces absorbente. Porque, como escribía, «llorando te abres las venas; llorando las cierras de nuevo». Como apunta en el poema que dedicó al poeta Hölderlin, «tan solo balbucir y balbucir», haciendo alusión a la locura en que quedó inmerso el vate romántico.

Así también explica Gadamer en la obra citada y editada en Herder que ese «monte de la vida» al que Celan se refiere «somos nosotros, con la totalidad de nuestra experiencia amontonada». Un montón, literalmente, de carne, que no solo quiere vivir, sino que —en términos aristotélicos— quiere vivir bien. Eso es lo común a todos nuestros nombres: que pueden ser dichos, que podemos ser llamados a lo mejor, porque lo peor ya ha sucedido, ya ha tenido lugar, y nuestra existencia ha sido —como escribía Celan— «oprimida por los números», por esa razón tirana y clasificadora que no entiende de vida biográfica, sino de pura vida «amontonada».

Por eso la poesía y el oscuro ánimo de Celan desembocan, finalmente, en un humanismo: «Quien se transforma quiere devenir otro». Es decir: quien ha renacido en esta vida ya nacida sabe que el otro no es un tú ajeno, sino un yo transformado, diferenciado sin más por accidentes fenoménicos. Y explica Gadamer a este respecto: «El yo, sin asfixiarse bajo el creciente montículo o monte de la vida que aquí se levanta, sigue siempre activo y en busca: de ver y de claridad, aun siendo ciego como un topo».

Quien ha renacido en esta vida ya nacida sabe que el otro no es un tú ajeno, sino un yo transformado, diferenciado sin más por accidentes fenoménicos

Una ceguera que Celan quiso poner de manifiesto para hermanar espíritus a través de la palabra quebrada, de una filosofía poética imposible de desarrollar, una filosofía del balbuceo y el susurro. Ante la experiencia del mal hay poco que decir: la herida se cuenta a sí misma en su dolor; y el dolor no ha de ser dicho ni narrado, sino confesado a través de un grito, en un anhelo, mediante un verso roto. Pero no, no a través de la razón. La más bella palabra, al fin y al cabo, siempre será aquella «de la que el silencio fue a aprender de ella». Salir a flote, quizá, sea solo cuestión de quitar capas…:

A través de los rápidos de la melancolía
pasando junto al
espejo pulido de las heridas:
por allí son conducidos a flote los cuarenta
árboles descortezados de la vida.

Cristal de aliento, de Paul Celan

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