Pau Luque (Barcelona, 1982) es graduado en Derecho y máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento por la UPF, y actualmente es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Pau Luque (Barcelona, 1982) es graduado en Derecho y máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento por la UPF, y actualmente es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México.

A Pau Luque, nacido en Barcelona y residente en Ciudad de México, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, le interesa la relación entre filosofía, literatura y moral. Su libro Las cosas como son y otras fantasías, Premio Anagrama de Ensayo, reflexiona sobre la moralidad en el arte y es un elogio a la facultad imaginativa, sobre todo en la creación literaria. «Quizá en literatura la imaginación se expresa a través de hechos, tramas y narrativas y en filosofía, mediante ideas y entidades más abstractas», nos dice.

Por Julieta Lomelí

La filosofía es literatura en potencia, pero creación pura en acto; se abre siempre en la encrucijada de narrar historias, de comentar ideas ajenas y propias, de encontrar un sentido, desde la poiesis de la escritura, un sentido sustancial y humanista de la vida.

Pero si el filósofo se mantiene en su obsesión de correr a los poetas de su república, por envenenar con quimeras y sentimentalismos al reino de la «razón», antes de condenarlos al exilio, arrojémosles unos cuantos libros de literatura, para ver si alguno de ellos, en una meditada metamorfosis, pueda darse cuenta de las cercanías y las fronteras compartidas entre la filosofía y ese terruño arrendado por eso que él cree no contiene nada de su faena.

Recordemos algunos filósofos que hacían de su ensayística algo muy cercano a la poesía, por ejemplo, George Steiner o el recién ángel exiliado de este mundo, Roberto Calasso. Steiner, por su parte, diría que es en la nación de las palabras, en esa patria sin capital fija, en la que «se funden la filosofía y la literatura, donde pleitean la una con la otra en forma o en materia, [ahí es donde] pueden oírse los ecos del origen».

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Las cosas como son y otras fantasías, de Pau Luque (Anagrama).

En este paraje en el cual conviven literatura y filosofía me encontré un nuevo libro: Las cosas como son y otras fantasías. Moral, imaginación y arte narrativo, de Pau Luque (Barcelona, 1982), investigador en Filosofía del Derecho en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Baste aquí enfatizar que Pau Luque, aparte de ser un prometedor escritor, lleva ya una década dedicado principalmente a la encomienda —quizá impuesta por alguna musa lejana— de escribir filosofía del derecho desde el paraje analítico y el espíritu lógico de analizar leyes y morales, lo cual vuelve muy interesante —o quizá paradójico para muchos— verlo merecer el 48º premio de ensayo convocado cada año por la editorial Anagrama.

Imagino con una metáfora simple que la filosofía sigue caminando como el cangrejo, extrayéndose a su pasado más ancestral, al ese pretérito poético que a pesar de todo sigue evocando en su sentido contemporáneo. Y aunque la frondosa copa de sus ramas hagan hoy de la filosofía un cuento lógico, eso no hará desaparecer sus raíces más sólidas arraigadas no sólo en el jugueteo retórico y estético, sino también en un paraje atemporal que oscila de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás, en el eterno retorno de una vida nueva, de una voz joven que se ufane por traer la verdad desde distintos estilos y promesas literarias, como ahora lo hace Pau Luque con Las cosas como son y otras fantasías. Con él tuve el placer de conversar.

Su libro me ha fascinado, no he podido abandonarlo hasta que terminé de leer la última letra. Pero también debo advertirle al lector —sin la pretensión de cometer spoiler— que es una obra poco ordinaria, porque goza de un humor fino, de una ironía que me recuerda mucho a aquella de un par de filósofos griegos representativos tanto del cinismo como del escepticismo. En sus letras leo un elegante sentido del humor que pone en tela de juicio la seriedad del ejercicio teórico y académico. ¿O estoy leyendo de más? ¿Qué función cumple la ironía en tu labor literaria? ¿Es terapéutica?
El humor y la ironía, además de tener virtudes inherentes, tienen virtudes instrumentales. En mi caso, o en el caso de la manera en que yo entiendo la tarea ensayística, sirven para ser compasivos con el lector. Trato temas muy serios y muchas veces traigo malas noticias para el lector. Así que comunicarlas con cierto humor e ironía es ser compasivo con el lector. Se trata de un equilibrio frágil, porque si uno se pasa con el humor, o lo hace demasiado obvio, o usa la ironía para distanciarse no sólo de lo que se dice, sino del lector, entonces es muy probable caer en una especie de escritura frívola, que es un tipo de escritura que es cualquier cosa menos compasiva.

«El humor y la ironía, además de tener virtudes inherentes, tienen virtudes instrumentales. En mi caso, o en el caso de la manera en que yo entiendo la tarea ensayística, sirven para ser compasivos con el lector»

Admiro el éxito que tiene al envolvernos en sus palabras y después hacernos caer como lectores en las trampas del discurso erudito; al mismo tiempo que deja muy bien caracterizado —o, mejor dicho, caricaturizado— en su libro a esos eruditos. Un ejercicio muy bien logrado y muy divertido. En este sentido, ¿qué piensa de esa ardua labor de los eruditos de ‘buscar la verdad’, o de creerse ‘verdades’? La realidad, la verdad, ¿qué es todo eso? 
No tengo problemas con la gente, erudita o no, que «busca la verdad». En realidad, me da más miedo la gente que cree permanentemente que la razón está de su lado. Lo que ocurre es que yo creo que el ensayo no consiste en «buscar la verdad». Hay disciplinas que pueden intentar eso y seguramente lo pueden hacer mejor que el ensayo. Yo entiendo el ensayo como algo más digresivo, como algo destinado no a persuadir, sino a mantener despierto al lector. En cuanto a qué es la realidad o la verdad, no sé qué decir, y supongo que por eso me dedico al ensayo.

Cuéntenos más de este Doppelgänger [el doble o sosias malvado de una persona] que ha nacido en su último libro. ¿Cómo un filósofo de rigor que escribe sobre Filosofía del Derecho desde la analítica logra construir un mundo paralelo, un discurso literario alejado del universo académico y del paliativo estilo del paper
El mundo académico tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como ocurre, en general, y ya se me perdonará la obviedad, con todos los mundos interesantes. Entre las malas, o al menos entre las que a mí me gustan menos, está una despersonalización a la hora de escribir. Hay esencialmente un único estilo a la hora de escribir papers. Y si uno tiene inquietudes literarias, el mundo académico puede ser constrictivo. Supongo que de ahí viene, al menos en parte, el impulso para escribir de otra manera, aunque no estoy nada seguro de que, en el fondo, los temas de Las cosas como son y otras fantasías sean muy diferentes de los temas que abordo al hacer filosofía analítica. Es sólo una cuestión de mirada.

Las cosas como son y otras fantasías es un elogio a la facultad imaginativa, sobre todo, en la creación y narrativa literaria, y se me ocurre la pregunta del millón: ¿qué sucede con la filosofía y sus aspiraciones de alejarse del estilo literario? ¿En qué pensaría qué radica la distancia —si es que la hay— entre el ensayo filosófico y el ensayo literario y la forma de usar la imaginación en ambos? 
Supongo que la distancia nació en algún momento por alguna exigencia, digamos, intelectual o moral. Pero con el tiempo y, sobre todo, con la profesionalización académica de la filosofía y de la literatura se burocratizaron los compartimentos y ensancharon de forma un tanto artificiosa esa distancia. No sé si la imaginación se usa diferente en filosofía y en literatura. Me inclino por pensar que no. Pero, en todo caso, lo que sí creo es que, aunque no se use de forma diferente, sí se expresa de manera distinta en filosofía y en literatura, en el sentido de que quizá en literatura la imaginación se expresa a través de hechos, tramas y narrativas y en filosofía la imaginación se expresa mediante ideas y entidades más abstractas que los hechos y las tramas.

¿Nos puede explicar qué es eso que ha llamado en su libro el «arte himenóptero»? 
Es una metáfora para hablar de la imaginación. La idea es que hay diversos mundos posibles y lo que los une es una sustancia golosa y adictiva: la miel de la imaginación. Quienes cultivan esa miel hacen arte himenóptero.

«Hay disciplinas que pueden intentar ‘buscar la verdad’ y seguramente lo pueden hacer mejor que el ensayo. Yo entiendo el ensayo como algo más digresivo, como algo destinado no a persuadir, sino a mantener despierto al lector»

¿Cuál es para usted la función —tanto individual, para el creador, como colectiva, para el espectador— del arte?
Tengo que decir que, desde mi punto de vista, es un poco oscilante. A veces soy muy escéptico, y otras lo soy un poco menos. A veces diría simplemente que el arte no tiene ninguna función. Otras, en cambio, creo que si tiene alguna función tiene que ser la de expandir nuestras consciencias, la de incomodar y sugerir la simpleza de nuestra manera de mirar el mundo. Los que creen esto último, que es lo que me pasa a mí ahorita, creen que el arte tiene algún propósito moral o político. Y estoy convencido de que si te desagrada esta última conclusión pero te agrada lo de que el arte expande nuestras consciencias, entonces el problema no lo tienes con que el arte tenga propósitos morales o políticos, sino con el fetiche que se proyecta sobre las palabras «moral» o «política».

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