Los movimientos de protesta de los años 60 fueron bastante heterogéneos entre sí, pero guardaban una serie de semejanzas comunes: el rechazo al autoritarismo y a las convenciones sociales que habían estructurado a las sociedades hasta entonces.
Los movimientos de protesta de los años 60 fueron bastante heterogéneos entre sí, pero guardaban una serie de semejanzas comunes: el rechazo al autoritarismo y a las convenciones sociales que habían estructurado a las sociedades hasta entonces.

En el imaginario colectivo, las movilizaciones del mayo francés es el gran hito del 68. Pero no fue este un movimiento aislado, ni tampoco el primero, ni el último. Un cúmulo de circunstancias fueron el caldo de cultivo de las ansias de cambio de toda una generación y sus efectos habrían de hacerse visibles en muchos lugares del globo.

Mayo del 68 fue un movimiento que despierta todo tipo de reacciones. Hoy es visto desde varios puntos de vista: por un lado, como un momento épico y revolucionario de transformación social; por otro, como la historia de un estrepitoso fracaso, un chispazo que tan pronto se encendió como se diluyó en la nada.

La realidad, como suele ser habitual, parece estar en el medio de ambas visiones, siendo más compleja de lo que puede establecerse con un simple eslogan. Mayo del 68 en París no fue un suceso aislado, ni el único motor de un movimiento internacional. Fue más un accidente dentro de algo mucho más grande que afectó a varios países, bajo unas ideas que, sin ser las mismas, sí compartían ciertos puntos comunes. Unos movimientos heterogéneos, contradictorios en muchos casos, y que, como norma general, se tradujeron en lo que describió Edgar Morin: “Más que una simple protesta, pero menos que una revolución.”

“Fue más que una simple protesta, pero menos que una revolución”. Edgar Morin

Mayo del 68: fin de fiesta, de Gabriel Albiac (Ed. Confluencias)
Portada del libro “Mayo del 68: fin de fiesta”, de Gabriel Albiac (Ed. Confluencias).

Todos los sucesos llevados a cabo por estudiantes de una cuarta parte del mundo en aquella década parecían haberse cocinado en el mismo jugo. El mundo vivía en un auténtico polvorín político, con la guerra de Vietnam de fondo, el comienzo de la descolonización (y la consecuente aparición del Tercer Mundo) y la siempre presente amenaza en el horizonte de la guerra nuclear como consecuencia de la Guerra Fría. También existía un polvorín ideológico en el que convivían, abigarrados, el marxismo-leninismo, el maoísmo, el anarquismo, el pacifismo y diferentes pensamientos anticapitalistas. En buena parte, todo ello fruto del esfuerzo propagandista del socialismo, que ya poco después de la revolución de 1917 buscó transmitir una imagen positiva al mundo. Mientras millones morían dentro de sus fronteras, sus regímenes se esforzaban por mostrar otra faceta, la de una paraíso en ciernes, y para ello atraían a intelectuales de todo el mundo a auténticos cercos visuales en los que los visitantes (como Sartre y Beauvoir en Cuba) creían ver todo lo que querían, mientras, en realidad, sólo observaban lo que los líderes políticos estimaban oportuno. Y funcionó. Así, Louis Althausser “envolvió el comunismo y sus pensamientos sobre Stalin con varias capas de estructuralismo con un toque psicoanalítico (heredado de Lacan) para hacer pasar pensamientos caducos por teorías modernas” (Elorza); y Hebert Marcuse, en su Hombre unidimensional (1964), hizo predicciones respecto a las estructuras vigentes que proporcionarían un excelente trampolín para la juventud universitaria, que trataría de llevar a la práctica, sin éxito, sus conclusiones.

Una juventud formada, capaz y rompedora

Irónicamente, en muchos países la vida no era necesariamente mala. De hecho, había mejorado sustancialmente respecto a tiempos pretéritos. En muchos lugares del globo los jóvenes empezaban a vislumbrar un futuro mejor que el de sus padres y abuelos, marcados por las distintas guerras. El boom demográfico, fruto del aumento de la riqueza y el fin de los conflictos, provocó que a las universidades acudieran en masa jóvenes hijos de sectores que tradicionalmente no habían podido pisarla: pequeñoburgueses, trabajadores, mujeres, funcionarios, etc. Esto se tradujo en una juventud bien formada que brillaba por su capacidad. Les interesaba la cultura, la política, y deseaban formar parte de “algo” propio que rompiera de alguna manera con lo anterior, a pesar de que fueron precisamente esas mejoras logradas en los años previos las que les permitieron una mayor autonomía y nuevas formas de pensar, las que les dotaron con las herramientas con las que examinar sus propias condiciones.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre