Marcelo Pakman es psiquiatra y psicoterapeuta por vocación, y filósofo por elección.
Marcelo Pakman es psiquiatra y terapeuta de formación, pero filósofo y pensador por pasión.

Las consecuencias que ha traído consigo el coronavirus en todo el planeta no nos permiten trazar un mañana claro, ni siquiera a corto plazo. Hablamos con Marcelo Pakman, psiquiatra y pensador argentino, autor de A flor de piel. Pensar la pandemia, que cree que los mitos movilizados por la pandemia continúan ocupando un lugar central en ella y en el comportamiento humano.

Por Julieta Lomelí

Me gusta pensar la complejidad del mundo desde una metáfora, como un lienzo lleno de matices, de trazos que no pueden ser comprendidos a primera vista. Me gusta imaginar en ese lienzo atiborrado de sentido que es la vida, como una enorme pintura puntillista, creada en algún modo por cierto orden de cosas, pero al mismo tiempo, por millones de motivaciones humanas que se contraponen unas a otras, provocando que sea necesario entender el cuadro a partir de la mirada especializada que aporta cada disciplina, pero también desde una conexión de todos esos pequeños aportes.

La transdisciplinariedad habrá de ser como la brocha que va uniendo el sentido en una pintura, habrá de ser la mirada panóptica que nos ayude a unir los puntos y entender el sentido de este enorme lienzo, la vida. A esta mirada integral es a la que ha venido apostándole a lo largo de su sólida trayectoria intelectual y práctica Marcelo Pakman, psiquiatra y terapeuta de formación, pero filósofo y pensador por pasión.

A flor de piel. Pensar la pandemia, de Pakman (Gedisa).
A flor de piel. Pensar la pandemia, de Pakman (Gedisa).

El autor ha escrito A flor de Piel. Pensar la pandemia (Gedisa 2020), libro en el que expone ese espíritu mítico que el ser humano conserva desde la Antigüedad hasta nuestros días, y cómo las interpretaciones derivadas de ello —una comprensión sesgada de lo que sucede en realidad—han complicado la respuesta eficaz frente a la pandemia derivada por la covid-19.

Pakman, con una escritura estilística, desenreda lo que él cree ha sido el nudo conductual de la crisis sanitaria que actualmente atravesamos: volvernos seres de creencias míticas y mágicas, alejados de la ciencia, que confirman teorías y prácticas irracionales, mismas que ponen en riesgo la integridad, la salud y la vida ante un escenario pandémico.

En su nuevo libro, el autor delinea las características de este «homos absconditus», o este hombre que se esconde de la virulencia de un mal que aún la ciencia no ha podido conocer del todo. Por lo que no guía sus acciones —como era usual previo a la pandemia— al «conditus», al estado teleológico, a la existencia que mira hacia una completud, que se encamina a la terminación de proyectos. Sino que este «homo ab-sconditus» ha suspendido su cotidianidad para protegerse del virus.

El «homo absconditus» no deja de confundir la realidad con el mito, y el mito con pseudociencia, creyendo que podría, incluso, negociar con el virus, brincarse cualquier medida de protección, enfermarse, y aun estando en muy malas condiciones, sobreponerse a la muerte

Es ahí, en esa pausa, escribe Pakman, en donde «la vida se encuentra entre paréntesis para ser retomada en un futuro incierto. Esta temporalidad interrumpida acompaña, no de forma casual, la desvitalización y la abstracción que caracterizan a la aspiración a que se nos garantice no sólo protección razonable, sino, más allá de la misma, la de poder evitar nuestra exposición constitutiva en tanto seres fisico-químico-biológicos. Una aspiración mágico-mitológica que aparenta seguir, aunque más bien funda, a nuestros propósitos racionales». El «homo absconditus» no deja de confundir la realidad con el mito, y el mito con pseudociencia, creyendo que podría, incluso, negociar con el virus, brincarse cualquier medida de protección, enfermarse, y aun estando en muy malas condiciones, sobreponerse a la muerte.

Sobre su último libro y esta crisis sanitaria que actualmente atravesamos tuve la oportunidad de dialogar con el psiquiatra Marcelo Pakman.

Resulta intrépido que usted sea médico psiquiatra y prefiera, en algún sentido, ese lado de la filosofía más abierto a la ontología, al existencialismo, a la literatura, a la ética —la filosofía continental—, y no la que ha nacido a partir del giro lingüístico, la filosofía analítica que a veces quisiera ser parte de lo que ella no es, volverse segundona de las ciencias positivas. Empero, también la «filosofía continental y clásica» en ocasiones tiende a no querer considerar mucho lo cotidiano, volviéndose una disciplina completamente despegada de la actualidad. Usted ha logrado mantener el justo medio entre esos discursos que se preguntan por lo que no es del todo visible a la mirada —por sentidos y valores— y se construye la mayor parte de las veces mediante argumentos emitidos desde subjetividades muy particulares, a veces muy excéntricas, como las de los filósofos; al mismo tiempo ha sido crítico frente al reduccionismo de las ciencias, y los discursos posteriores al giro lingüístico en los cuales sólo se reconoce como valido lo empíricamente contrastable, y desarrollado a partir del rigor científico: ¿qué podemos hacer para que la filosofía no desaparezca, cómo podemos «actualizarla» para que no se diga que está colmada de reflexiones que se leen muy irracionales y anacrónicas para este siglo? ¿Nos puedes explicar cómo ha logrado renovar la filosofía y apropiarla a tu labor psiquiátrica y terapéutica?
En mi trabajo de los últimos quince años he entendido que la filosofía, o mejor dicho, las filosofías, en plural, son en principio un modo de reflexionar libremente sobre cualquier tema sin atenerse a limitaciones de ningún orden y con la voluntad de saber más de los problemas humanos. Pero también su horizonte está limitado a prácticas sociales que suceden dentro de dispositivos micropolíticos hechos de saberes y relaciones de poder sumados a una subjetividad (aspectos que estudió Foucault). Estas fuerzas tienden a domesticar el pensamiento y las prácticas que están en su base calificando el excursus filosófico del terapeuta como impertinente e indisciplinado, por ambos lados, para así bloquear ese encuentro entre terapia y filosofía. Por ejemplo, para ciertos filósofos no soy un filósofo profesional y eso me debería inhabilitar lo bueno es que los escritos de filosofía desde la Grecia clásica hasta ahora son de venta libre y su estudio no está prohibido a nadie—. Por otro lado, para ciertos terapeutas pareciera que, al estudiar filosofía, dejo el campo de la terapia y lo que conceptualizo y reflexiono para esta, ellos prefieren reconocerlo con otro nombre, o hacer como que no existe.

Pero esta frontera micropolítica puede limitarse a su vez si la filosofía se vuelve parte de un evento que dinamice sus conceptos a la luz de las situaciones singulares con las que nos vemos en lo cotidiano, al mismo tiempo que dinamiza a las psicoterapias. Lacan fue un estudioso de la filosofía, Freud también. Igualmente, los psiquiatras, antes de convertirse en técnicos especializados en neurotransmisores, se consideraban intelectuales de una práctica social. Esta unión de un campo concreto de prácticas, como las psicoterapias con las filosofías, tiene la oportunidad de dinamizar a ambas y de hacer de todo ello un evento. Así como hay quienes están en contra de trabajar de dicha manera, también hay colegas y gente joven de diversas disciplinas y líneas alrededor del mundo que sí construyen su labor desde la perspectiva a la que soy afín.

«Lacan fue un estudioso de la filosofía, Freud también. Igualmente, los psiquiatras, antes de convertirse en técnicos especializados en neurotransmisores, se consideraban intelectuales de una práctica social. Esta unión de un campo concreto de prácticas, como las psicoterapias con las filosofías, tiene la oportunidad de dinamizar a ambas y de hacer de todo ello un evento»

No es una Revolución, pero sí un evento singular ante el cual las pequeñas comunidades profesionales cambian sus prácticas habituales, integrando este encuentro a lo que venían haciendo con anterioridad, a la par de cambios importantes para que sea factible. Se da así un trabajo de «composibilidad» (ese término de Leibniz y de Spinoza que recordaba Deleuze), de hacer posibles la práctica terapéutica junto a la práctica filosófica, así como unir tales al resultado en curso de ese encuentro con lo que ya veníamos haciendo en el pasado. Por eso me dejo empapar por mis intereses filosóficos, que son de larga data y persistentes en mi vida, junto a mi reflexión sobre las psicoterapias, para contribuir a ese encuentro así como algún otro entre las psicoterapias y las ciencias. Esta manera de trabajar facilita y alimenta mi formación médica, no solo en términos de sus contenidos y descubrimientos, sino también de su postura epistemológica en el campo del saber.

¿Para qué podría servirnos la filosofía en esta crisis particular de la pandemia?
El encuentro entre filosofía, ciencia y prácticas sociales como la psicoterapia para pensar e intervenir en la vida cotidiana es particularmente importante en estos tiempos pandémicos, porque la pandemia es un fenómeno híbrido. Una configuración que no está hecha solo de virus y sistemas inmunitarios, sino también de las respuestas humanas al mismo, sumadas al nivel intermedio entre lo que estudia la ciencia a nivel elemental y lo que estudia la terapia sistémica a nivel de las relaciones humanas. Y debemos incorporar a ese nivel intermedio que es la experiencia viva con sus cualidades y sus texturas los qualia de la filosofía medieval, así como los mitos que se han movilizado como una variable poderosa de la configuración de la pandemia. Por ejemplo, mitos de sacrificio de los más pobres y expuestos, verdaderos aquelarres que aparecen encubiertos por la racionalidad que supuestamente rige las conductas ante el virus. Este es un aspecto central en mi libro sobre la pandemia.

En los enormes retos por venir que nos plantea el futuro, ante esta que seguirá siendo la década del covid —porque no parece haber pronto una época postcovid—, un tiempo en el cual las secuelas de quienes han enfermado, e incluso han «sanado» de la infección provocada por el virus en el pasado, serán los enfermos y muertos precoces del mañana, debido a las evidentes carencias del sistema sanitario y del conocimiento parcial del mecanismo del virus. Frente a este desalentador, doloroso y pesimista escenario, ¿cómo imagina, en términos prácticos, una revolución a la racionalidad sociopolítica futura?
No hay que apresurarse a profetizar una revolución ni un cataclismo, pero es bueno tener como un horizonte la necesidad de cambios a muchos niveles: sociales, culturales, psicológicos y políticos. El intento de reconstituir todo como estaba estará siempre presente, incluso aquello que no ha funcionado, si el precio se considera aceptable, y hablar de precios es una constante en una sociedad que ha hecho de todo una mercancía; mientras se pueda mantener una semblanza de racionalidad, los mitos seguirán siendo efectivos en la vida cotidiana. La racionalidad sola no bastará para introducir cambios, ya que hay una contracara obscena (una expresión de Eric Santner tomada por Zizek) de tipo mágico-mítica funcionando.

Usando la expresión de Jean-Luc Nancy para hablar de lo que el mito hace, pero no de lo que deberíamos hacer con él: hace falta pues recuperar el capital imaginario y sensual secuestrado en esos mitos e interrumpirlos. Para interrumpir efectivamente al mito, creo yo que habremos de confrontar las singularidades de la situación que no admiten entrar en una clasificación, pero que permiten desarrollar la sensibilidad y la racionalidad en direcciones menos abstractas, más unidas con la vida, como lo es la racionalidad cuando surge en el infante sin habla. Dando así lugar al nacimiento de intervenciones que cuestionen al estereotipo y lo consabido.

«La pandemia es un fenómeno híbrido. Una configuración que no está hecha solo de virus y sistemas inmunitarios, sino también de las respuestas humanas al mismo, sumadas al nivel intermedio entre lo que estudia la ciencia a nivel elemental y lo que estudia la terapia sistémica a nivel de las relaciones humanas»

Recuerdo una frase de Kant que dice que «la inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar». A mí me gustaría pensar que esa inteligencia de la cual habla Kant es más bien un tipo de resiliencia para soportar la incertidumbre. La inteligencia como la capacidad adaptativa que logra un individuo tener, o no, frente a los tiempos que le ha tocado vivir. Sin embargo, en su libro más reciente, A flor de piel, hablas de «los excluidos», de quienes me he acordado en estos momentos, sobre todo al considerar el desabasto y la desigualdad de los servicios sanitarios, y sobre todo, de las vacunas: los países que han pagado por desarrollarlas y conseguirlas serán los primeros en erradicar la pandemia, mientras que los demás seguirán alimentando los cementerios. ¿Quiénes cree que son y serán ahora «los excluidos», en esta nueva época, en la década de la campaña de vacunación mundial más grande de la historia?
La incertidumbre está presente, pero aún se deben tomar decisiones y en general se toman guiadas por nuestra razón y nuestros mitos, siguiendo las huellas de las grandes disparidades sociales que se profundizan. Lo excluidos tenderán a ser los de siempre, pero eso se renueva también con cada decisión, de allí la necesidad de una crítica permanente junto a una poética de lo singular, que cuestione la permanente creación de líneas que separan a los «normales» de los «anormales», como lo hablaba Foucault. De los que se hacen dispensables en la sociedad del cálculo en la que vivimos: los inmunocomprometidos, los ancianos, los inmigrantes, los pobres, etcétera. Será necesario romper la magia de creer que esas divisiones se pueden mantener sin que los «normales» paguen un precio, porque la pandemia es un fenómeno que no da lugar a esa división. No se pueden crear espacios para gente inmune, porque el solo hecho de imaginarlo sería pensar en un fenómeno autoinmune de la sociedad que excluye a una parte de sí misma. Gregory Bateson solía citar a San Pablo al decir: «Dios no puede ser burlado». Entendiendo ese nombre de «Dios» como una ecología que no se puede recortar a nuestra voluntad. Si el mercado de valores y la economía capitalista idealmente se autorregulan, solo lo hacen con intervenciones semiocultas que aseguran un funcionamiento conservador, en el cual las únicas revoluciones consisten en enriquecimientos de los que ya poseen grandes capitales financieros. Por lo que también habrá que pensar en un mercado ecológico que nos sostiene y en el cual será necesario ocuparse de intervenir sin que la política que promueve la intervención sea la especialidad de un partido verde.

Pareciera que al menos el último año el futuro ha quedado cancelado, porque la pandemia causada por el SarsCov2 no nos permite trazar un futuro claro, ni siquiera a corto plazo. El virus muta, los semáforos epidemiológicos cambian de forma abrupta, las muertes o los contagios no logran ser del todo predecibles, mientras que muchas de las estadísticas fueron superadas por esta amenaza invisible pero devastadora en muchos sentidos. Ante este vertiginoso —y a la vez lento— correr del tiempo, ¿qué ha cambiado en tus ideas o conclusiones desde que publicó su libro en formato digital en julio de 2020? Hoy, casi un año después de su aparición, ¿ha tenido alguna nueva idea al respecto?
Creo que el único futuro cancelado es el de lo previsible y controlable que va en contra de la singularidad de los eventos. Me llama la atención que los mitos movilizados por la pandemia han sido poco mencionados, pero continúan ocupando un lugar central en el fenómeno pandémico y en la dinámica de los comportamientos humanos, que parecen enigmáticos si no entendemos que hay una guerra callada y mítico-mágica en juego.

En las últimas elecciones de los Estados Unidos, más de setenta y cuatro millones de personas votaron por Trump, el expresidente que mentía cada vez que habría la boca, e incluso negaba la existencia del covid-19. Muchos de los votantes no eran tontos o desinformados, y tampoco es que no supieran de la existencia de la pandemia, sino que viven secretamente en guerra y en una guerra hay otra lógica tanática, permeada por un juego en el que se tolera que muera mucha gente y sostenida en autoengaños como: «no me gusta este país con gente que no merece estar aquí», «morirán los otros», «mi jefe es un héroe y si muero será por una causa justa», «se cuida a los débiles, los anormales, los enfermizos», etcétera. Dichos prejuicios son motivos clásicos del deslizamiento hacia el fascismo en colusión con la realidad pandémica.

«Participamos en reuniones en el otro lado del planeta mientras que el olor es el de nuestra habitación, y el contacto es con el metal de un artefacto que nos permite terminar la comunicación con un dedo mágico que elimina todo lo que no nos gusta. Todo esto ha amplificado aún más la realidad mágica y mítica que vivimos»

También se ha consolidado en este tiempo una vida que se ha virtualizado, en la cual no nos tocan, y si no queremos, existe la posibilidad de que no nos vean cuando hablamos online. Participamos en reuniones en el otro lado del planeta mientras que el olor es el de nuestra habitación, y el contacto es con el metal de un artefacto que nos permite terminar la comunicación con un dedo mágico que elimina todo lo que no nos gusta. Todo esto ha amplificado aún más la realidad mágica y mítica que vivimos. Esta se ha reforzado y será necesario interrumpirla con una militancia extendida que engarce la ecología con políticas de lo real y singular. Será necesario una economía al servicio de esa política y una poética del sentido que no esté más al servicio de teorías puramente culturalistas que nos alienan de nuestro ser biológico y fisicoquímico, en nombre de la omnipresencia de un lenguaje ilusoriamente.

Dosieres exclusivos, podcasts, libros de regalo, descuento en otros y en más productos… Haz clic aquí.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre