La puertorriqueña Luce López-Baralt recibió el doctorado
La catedrática puertorriqueña Luce López-Baralt recibió el doctorado "honoris causa" por la Universidad Complutense de Madrid el pasado 25 de enero. Foto: Facultad de Filología de la UCM.

Y pone como ejemplo a Borges. Luce López-Baralt es catedrática de Literatura Española y Comparada en la Universidad de Puerto Rico. Es experta en misticismo y una de las mayores especialistas en San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y, en general, el Siglo de Oro español. Acaba de ser investida doctora honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid esta mujer a la que hace 50 años no se le permitió hacer un doctorado en esta universidad.

Por Luis Fernández Mosquera

La puertorriqueña Luce López-Baralt ha sido profesora e investigadora en diferentes universidades americanas, como las de Harvard, Yale, Brown, México y Buenos Aires, y en otras de Europa y Asia, pero prefirió quedarse en la Universidad de Puerto Rico y contribuir así al desarrollo de su país natal. Ha estudiado la influencia de las religiones orientales en la historia y la cultura españolas y, concretamente, en la obra de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Ha escrito más de treinta libros sobre literatura española y árabe, literatura aljamiado-morisca, misticismo y literatura hispanoamericana. Hablamos con ella en su viaje reciente a España para ser investida doctora honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid.

Empezamos por el principio: haciéndole una pregunta esencial, porque quién mejor que ella para responderla.

La primera pregunta es obvia: ¿qué es la mística o el misticismo?
La más obvia es la más difícil de todas, pues esa definición está muy disputada. Etimológicamente, “místico” proviene de la voz griega mystikos, asociada con los misterios iniciáticos y con lo secreto. Deriva del verbo myo, que significa la acción de cerrar la boca y los ojos. Esto quiere decir que el místico en el fondo es una persona ensimismada, introspectiva: un enmudecido. Ese es el sentido que tuvo el término en sus orígenes; luego ha tenido muchas más acepciones y matices… No sé si en España también, pero en Hispanoamérica la voz “místico” aplica a muchas cosas. Si alguien es remilgoso para comer, se dice “Fulano es un místico con la comida”, o “Fulano es muy delicado, es un místico”.

De manera que el término místico es elástico, pero el sentido estricto en que lo utilizamos desde el punto de vista filológico se relaciona con una persona que tiene una experiencia trascendente al margen de los sentidos, de la razón, del espacio-tiempo y del lenguaje. Y es una experiencia que dura segundos o medio segundo, pero la persona pasa a percibir una realidad que lo trasciende: el Todo, Dios, la Realidad con mayúsculas, o como lo queramos llamar. Es una experiencia de inmersión en el todo, en la cual el místico conoce cuál es la urdimbre del amor que sostiene el universo. Esta vivencia, en términos humanos, se mide en poquísimo tiempo, pero el místico siente que ha ingresado en el no-tiempo, en la eternidad.

“El término ‘místico’, desde el punto de vista filológico, se relaciona con una persona que tiene una experiencia trascendente al margen de los sentidos, de la razón, del espacio-tiempo y del lenguaje”

Se suele de hablar de una experiencia abisal. ¿Qué significa este adjetivo?
Estás usando un término de San Juan de la Cruz, que lo emplea en vez de abismal. Quiere decir que la persona ha llegado al abismo, al límite profundo de las experiencias de las que el ser humano es capaz. Él dice abisal con mucha más dulzura, pero se refiere a la experiencia avasallante de algo que te supera, que no puedes medir con las coordenadas limitadas del tiempo y del espacio.

"Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas", de Luce López-Baralt (Trotta).
“Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas”, de Luce López-Baralt (Trotta).

Usted lo explica como que el místico deja de ser…
El místico deja de ser él tal como se conoce a sí mismo dentro de estas coordenadas temporales, espaciales, de la razón y del lenguaje, en las cuales estamos inmersos, y pasa a percibirse dentro de otro tipo de realidad. Y lo que percibe en esa otra realidad es imposible de comunicar a través del lenguaje humano, por lo que el místico siempre lucha contra el lenguaje. Sabe que está derrotado ab initio, desde el principio, porque ha vivido una experiencia imposible de comunicar. Yo siempre cito un verso de José Ángel Valente que me gusta mucho sobre la experiencia mística: “El místico se debate entre la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir”. ¿Por qué? Porque a pesar de que es una experiencia intransferible, es tan avasallante que el místico siente que lo desborda, y que la tiene que comunicar. De ahí que la poesía sea un medio muy bueno en este intento de sugerirla, porque es ambivalente. Muchas veces el místico se expresa a través de dislates, como sucede en el caso de San Juan o de Ibn Arabi, o simplemente mediante exclamaciones que no tienen un sentido racional específico. El lenguaje colapsa ante una experiencia que lo trasciende del todo.

¿Cómo hace el místico entonces para comunicar su experiencia mediante el lenguaje? ¿Cuál es el resultado?
El resultado es que el místico va a transmitirte una experiencia distinta de la que él sintió, pues lo vivido queda al margen del lenguaje. Lo que sucede es que al místico se le detona el instinto artístico, ya que en la mayoría de los casos se siente impelido de decir su experiencia. No es que la vaya a comunicar, porque eso es imposible, pero va a comunicar al menos su estado de estupefacción, de asombro, de sentirse completamente avasallado ante eso que le pasó. Pero nunca lo va a poder dar a entender, como diría San Juan, distintamente, de una manera precisa. Apunta Henri Bergson, por su parte, que se trata de una experiencia que no es mensurable. Por eso, en general, el lenguaje místico suele ser poético: se expresa en verso o en prosa poética. A veces puede ser también a través de la pintura, escultura, música… Hay muchas expresiones, incluso arquitectónicas, pero en todas ellas el místico solo puede sugerir que ha atravesado un estado de conciencia distinto.

“El místico siempre lucha contra el lenguaje. Sabe que está derrotado desde el principio, porque ha vivido una experiencia imposible de comunicar”

¿Cuál es la arquitectura mística?

Le pedimos a Luce López-Baralt algún ejemplo de arquitectura mística y nos da dos. “Te doy dos ejemplos en los que parecería que algo más poderoso que la razón humana inspiró ciertos edificios, aunque muy posiblemente el arquitecto no actuó movido por una experiencia mística, sino por un paroxismo artístico, por una intuición estética inexpresable por vías racionales. Aunque es algo muy personal, te diré los monumentos que me han sacudido de manera especial”.

“Uno es el Taj Mahal, que, como sabes, es el gran monumento funerario que hizo Shah Jahan a su amada Mumtaz Mahal. Yo lo he visto, y la experiencia que tuve al contemplarlo fue semejante a la que me produce la Fantasía coral de Beethoven o una obra de arte (pintura, poesía) que arranque una exclamación de sorpresa involuntaria. Recuerdo que había un muro enorme de madera frente al Taj y cuando se abrieron aquellas puertas, yo no pude reprimir un grito de emoción, porque sabía que había algo sobrehumano en la simetría, en los cambios de luces, en la armonía infinita de aquellas líneas arquitectónicas… Es un edificio que podría parecer que suscita experiencias más profundas que las puramente humanas”.

“Otro es un edificio que no existe ya: el recibidor del palacio de Medina Zahara, en la Córdoba califal, que solo conocemos por poemas de los siglos XI, XII y XIII. El palacio tenía, según la leyenda, un recibidor real con cúpulas giratorias talladas en piedra, de manera que el sol se filtraba por los orificios según la cúpula giraba. Entonces la luz iba inflamando las paredes, que eran de azulejos de distintos colores, y ese color en movimiento, siempre rotando, se reflejaba en una fuente de mercurio, con un surtidor que hacía oscilar el reflejo cromático suavemente. Ese color en movimiento paulatino y eterno, se sabe, o al menos las leyendas lo dicen, sorprendió enormemente al rey Ordoño, cuando fue a visitar a Abderramán III. Tanta fue su sorpresa que se desmayó en el recibidor. Bueno, puede ser una leyenda o una crónica falsa, pero se non è vero, è ben trovato. Te hablo de esto porque parece una experiencia mística, en el sentido de que remeda una experiencia de dinamismo que se repite eternamente, pero siempre con variantes nuevas. En ese sentido es una experiencia dinámica que puede resultar semejante a la experiencia mística”.

Sobre la experiencia mística, usted suele decir que los místicos sienten que Dios está más dentro de ellos que fuera.
El místico descubre algo que es abismalmente sencillo, pero que, sin embargo, suena muy dramático. En ese momento en que aborda el conocimiento infinito desde otro plano de conciencia, descubre de súbito que “¡Yo buscaba a Dios afuera (a Dios o al Amor, o como lo queramos llamar) y resulta que todo el tiempo estaba dentro de mí!”. Todos tenemos esa Belleza y ese Amor sin límites dentro, pero al místico le llega un momento en que se le abre una metafórica ventana y se da cuenta de ello. San Agustín se refirió a ello, pues es una verdad eterna para todos los místicos: “Noli foras ire, in te ipsum redi; in interioris homine habitat veritas”, “No quieras ir fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre (del ser humano) habita la verdad”. Te doy otro ejemplo, esta vez oriental: la leyenda del Simurg. Simurg quiere decir Pájaro Rey en persa. Todos los pájaros del planeta deciden ir a buscar a su Pájaro Rey, por lo que emprenden un vuelo de cientos y cientos de años; pero es un vuelo tan arduo que poco a poco van muriendo, ya no pueden seguir la empresa de una búsqueda tan ardua. Pero algunos siguen y siguen buscando hasta que quedan nada más que treinta pájaros. Y llegado el momento en que están en el umbral mismo del palacio del Pájaro Rey, les acontece la epifanía: descubren que ellos mismos son el Pájaro Rey que tanto buscaban. En persa suena mejor, porque Simurg significa a la vez “Pájaro Rey” y “treinta pájaros” (si-murg). Es el hallazgo de que lo buscabas fuera está dentro de todos nosotros.

“Dos ejemplos de arquitectura mística: uno, el Taj Mahal; al verlo no pude reprimir un grito de emoción, había algo sobrehumano en la simetría, en la armonía infinita de sus líneas… El otro ya no existe: el recibidor del palacio de Medina Zahara, en la Córdoba califal, que solo conocemos por poemas de los siglos XI al XIII”

Cuando el Génesis dice que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, no es porque Dios tenga barba o sea antropomórfico, es que nosotros somos divinales también, somos infinitos como Dios, estamos hechos del mismo amor infinito. Alfred Lord Tennyson, el gran poeta inglés, explicó así este misterio: “La lección de la experiencia mística es de una seguridad central: el reino está dentro”. Y en el Corán, Alá dice: “Estoy más cerca de ti que tu vena yugular”. No se trata de buscar al Buda fuera de uno, sino de encontrar la budeidad dentro de ti. Todos tenemos ese gran secreto guardado en el hondón del alma, pero al místico solo se le abre la ventanita interior de repente y descubre que “somos Dios”. La frase es de San Juan de la Cruz: “Somos Dios por participación”. San Juan le pone su apellido, teológicamente muy cauto, ¿verdad?, para no caer en el panteísmo, pero todos tenemos dentro el Amor con mayúsculas.

Habla siempre de la experiencia mística en términos de amor y armonía, pero uno podría pensar que es algo más caótico, más avasallante, como ha dicho antes.
Es las dos cosas. Descubrir que tienes el Amor total dentro, que no hay diferencia con eso que observas, es una experiencia tan extraordinaria que es avasallante. Y sí, la experiencia mística no es estática, sino infinitamente dinámica: por eso santa Teresa, con su estilo directo, aludía a la “baraúnda” de cosas que supo en el seno de Dios, que constituían todos sus secretos y manifestaciones reveladas de manera inmediata y simultánea.

"Luz sobre luz", de Luce López-Baralt (Trotta).
“Luz sobre luz”, de Luce López-Baralt (Trotta).

Tengo entendido que usted habla también por experiencia propia. Me pregunto si ha encontrado alguna contradicción entre el estudio teórico y la experiencia propia.
Bueno, yo esto nunca lo dije durante cuarenta años, pero un día sentí de repente la necesidad de decir mi propia experiencia mística y escribí un libro de poemas sobre ella, Luz sobre luz. De modo que ya no puedo negarlo, y estoy escribiendo otro libro sobre la vivencia extática ahora. Es muy difícil hablar sobre algo tan íntimo, pero sí te puedo decir que una vez me ocurrió a mí esta experiencia entendí muchísimo mejor lo que yo había estudiado de los místicos desde el punto de vista teórico y literario.

Me gustaría preguntarle por el resultado de la experiencia mística, porque los místicos, pese a lo que se pudiera pensar, no suelen volverse fundamentalistas ni fundar nuevas religiones. ¿Cómo es que ese conocimiento les lleva más bien a profundizar en su religión?
Los místicos reaccionan de maneras diversas, pero, si hablamos de algo tan banal como las estadísticas, se sabe que los místicos no suelen ser rebeldes frente a su religión, lo que hacen es entenderla muchísimo mejor. Por cierto que esto es muy difícil, porque la experiencia mística es infinita y es como trasvasar a través de un embudo muy estrecho esa gran Verdad revelada a la religión dogmática y eclesial que los espirituales suelen practicar. Pero ahora entienden, eso sí, las grandes verdades que toda religión implica y que intenta reflejar a menudo con desvalimiento. Yo he hablado con muchos místicos en mi vida, y las personas que han tenido esa experiencia son enormemente libres en su vivencia íntima. Pocos han sido rebeldes y han fundado nuevas religiones como Swedenborg, el místico sueco, pero sí te aseguro que los místicos suelen muy libres en su vida interior, porque han tenido una experiencia que no se puede domesticar con ningún dogma ni discurso religioso racional. La alta dirección espiritual, siempre decididamente privada, daría fe de lo que te digo. Y por eso la mística es muy buena base para el diálogo interreligioso, porque puedes entender que una persona de otra religión tenga una experiencia similar de Dios y lo respetas en sus propios términos, pues sabes qué está venerando en el fondo. Todos los místicos hollan un mismo terreno, visitan un mismo país sobrenatural, por así decirlo. En lugar de dejarte separar por dogmas racionales, te unes a él porque lo reconoces como hermano. Literalmente, como hermano, no como un ser “equivocado” que haya que conducir y convertir a tu propia verdad religiosa.

“Los místicos suelen ser muy libres en su vida interior, porque han tenido una experiencia que no se puede domesticar con ningún dogma ni discurso religioso racional”

¿Eso les hace entonces heterodoxos?
No necesariamente, aunque sí es cierto que toda religión institucionalizada suele desconfiar de los místicos, porque después de su experiencia extática llevan dentro una libertad de tal amplitud que pueden ser malinterpretados, y han solido serlo: Teresa fue perseguida y obligada a encender en fuego sus libros, San Juan fue acusado de no sé cuántas irregularidades teológicas, incluso post mortem, Ibn Arabi fue perseguido a su vez, Hallach fue crucificado, ¡y ay si seguimos añadiendo nombres!

Claro, no siempre es fácil aprender a distinguir un místico auténtico, de buena fe, de una persona que está perturbada en sus facultades racionales, o que tiene experiencias suprarracionales inducidas por estupefacientes. De ahí que todo director espiritual tiene que ser alguien que sepa hilar muy fino, porque el místico auténtico es una persona muy sana que se relaciona con los demás amorosamente.

"El sol a medianoche. La experiencia mística: tradición y actualidad", de Luce López-Baralt (Trotta).
“El sol a medianoche. La experiencia mística: tradición y actualidad”, de Luce López-Baralt (Trotta).

Sin embargo, usted no rechaza la explicación psicoanalítica de la experiencia mística.
Es que hay varias, esa explicación está muy debatida. Jung, por ejemplo, aceptaba la validez de la experiencia de tipo suprarracional, de modo que con su escuela no hay problema. Freud es más complicado. Freud pensó que la experiencia mística, oceánica, era una regresión patológica a la niñez o incluso al momento prenatal, cuando el niño estaba muy protegido en el vientre de la madre y unido a ella. Entonces la experiencia de sentirse unido a un gran Todo era, según el padre del psicoanálisis, un modo de regresión. Aunque dijo esto, no exploró a fondo la experiencia mística, teniendo en cuenta todos los aspectos de la psique humana que estudió. Otros psicoanalistas que lo siguieron también estaban muy en contra de considerar auténticas las experiencias místicas.

Ahora bien, Freud está siendo revisado en muchos sentidos, y hay muchas escuelas psicoanalíticas que cuestionan sus ideas negativas sobre el éxtasis transformante. En el Instituto Psicoanalítico de Boston, por ejemplo, la doctora Ana María Rizzuto y el doctor W. W. Meir proponen que el psicoanálisis es una disciplina técnica que no tiene la facultad de decidir cuál es la realidad, qué existe y qué no existe en el orden de lo real. Eso le incumbe a la ciencia, a la filosofía, a la religión. Si un paciente llega a la oficina del psicoanalista y le dice “He tenido una experiencia de Dios”, el psicoanalista no le puede decir “Usted está loco porque eso no existe”, pues entonces su disciplina se convierte en filosofía, en ciencia o en religión; pero el psicoanálisis es simplemente una técnica de análisis para ayudar a la persona a vivir en armonía con sus facultades psíquicas. El psicoanalista, en todo caso, podrá ayudar a la persona a descubrir si esas experiencias son nutritivas para su psique, si le hacen mejor persona, o si, por el contrario, son realmente patológicas, porque ha padecido una alucinación paranoica, un delirio, o el trance estuvo inducido por drogas.

La gran diferencia entre un místico y un perturbado mental o un drogadicto la enunció Santa Teresa, pero la han adoptado también teóricos como William James: “Por sus obras los conoceréis”. El místico regresa de su experiencia transformado, más armonizado, y por eso, se vuelve mejor persona. No solo se trata de personas que hagan grandes cosas como reformar órdenes religiosas o redimir países socialmente atormentados, como intentaron hacer Catalina de Siena o Ernesto Cardenal, sino sencillamente de ser mejores personas, que ayudan a los demás, que intentan comprenderlos, amarlos instintivamente. El esquizofrénico, o el que tiene cualquier otra patología mental, regresa de la experiencia con su psique totalmente desorganizada, hecha polvo, escindida, y sus experiencias no son fructíferas para nadie, se vuelve incluso una persona antisocial, se encierra en sí mismo. El místico, en cambio, es un ser de instintos sociales sanos, entiende mejor cuál es su rol en de la vida. Hay un dicho hindú: “Después de la iluminación, a seguir lavando los platos”, es decir, a seguir haciendo lo que tú haces. Pero mejor, porque entiendes por qué lo haces.

“El místico regresa de su experiencia transformado, más armonizado, se vuelve mejor persona. El que tiene una patología mental regresa de la experiencia con su psique totalmente desorganizada”

Al estudiar literatura española, la mística siempre viene después de la ascética. Está la vía purgativa, la vía iluminativa y la unitiva.
[Se ríe]

¿Esto de la vía purgativa es necesario…?
[Se ríe] Me hace tanta gracia… porque eso de las vías en el fondo consiste en fórmulas generales, mapas sinópticos para entender algo de cómo podría ir la cosa en el camino del alma… Pero en general el alma nunca va estricta o únicamente por ahí. Ernesto Cardenal, que es muy chistoso, me decía: “Yo no entiendo a Santa Teresa nada, ese vademécum que ella tiene de las vías yo no lo entiendo, no sé qué es eso”. Bueno, si lees con cuidado a la santa la vas a entender, pero hay que saber que se sirve de esta teoría de las vías para aclarar a los lectores los posibles pasos que puede dar hacia Dios. Los místicos de todas las religiones se suelen servir de estas estructuras teóricas para ayudar a dirigir almas, porque muchos místicos son monjes o monjas o religiosos, pero ese camino por lo general no se suele cumplir así. Esos caminos pueden darse sin etapas, o darse al revés del camino teórico sugerido. No sé si te interesa que te explique qué es eso de cada vía para ponerlo un poco al día…

Sí, por favor.
La vía purgativa… Yo aborrezco el término, que suena a darse latigazos… Es espantoso, nunca lo concibas así. Bien entendida, la vía purgativa, incluso en su forma primitiva de darse latigazos, usar silicio, irse a un convento o mantenerse célibe, es para concentrarse, es para concentrar la mente en la vida del alma. Punto. Hay gente que concentra mucho mejor fuera del monasterio que dentro, o haciendo el amor y no siendo célibe. Ejemplo dramático: el cristiano piensa que la mejor manera de concentrar en Dios es ser célibe; el musulmán, en cambio, cree en el matrimonio y no piensa que impida la vida espiritual. Había un maestro sufí que, antes de orar, de hacer oración profunda, hacía el amor con su esposa, porque decía que quedaba entonces muy tranquilo, satisfecho, libre de distracciones, y concentraba mejor en Dios. Célibe o haciendo el amor, la idea es la misma, concentrar, y lo que cambia dentro de cada la cultura religiosa es la manera de lograrlo. Esa es la vía “dizque” purgativa.

La iluminativa que la sigue es, literalmente, el momento de la experiencia mística, para quien le sea dado tenerla. Esa es la etapa jubilosa que cantan los poetas. La noche oscura del alma, que sigue a continuación, no necesariamente le acontece al contemplativo, es parecida a una depresión profunda, pero distinta, porque siempre es muy fructífera. Quien le pasa pierde la fe, entra en sequedad y duda, y la siente como una etapa horrible, pero siempre sale de ahí más fuerte, más aleccionado.

Después viene la llamada vía de matrimonio espiritual o vía unitiva. Puede sorprender el término, porque si el místico ya ha tenido la experiencia de Dios, ¿por qué tiene que venir otra etapa? Es muy sencillo. Es el momento en que el místico asume de lleno lo que le pasó. Hay personas que pueden tener una experiencia mística, pero no la asumen, no la dan por suya ni la abrazan, o no la comprenden del todo, como le pasó a Borges, y entonces la experiencia no fructifica del todo. Cuando tú asumes que eso te pasó a ti y te das cuenta de que el amor subyace al universo, entonces ya nada te separa de eso, ya no hay duda posible. Eso hace que la experiencia fructifique: esa es la vía unitiva. Y pasan muchas cosas raras: al místico ya no le gusta rezar vocalmente, no le gustan los ritos exteriores… pero se vuelve absolutamente amoroso para con los demás.

“Borges tuvo dos experiencias místicas; hablé con él en cuatro ocasiones sobre ello. Hablaba con una nostalgia, con una angustia de no poderse expresar adecuadamente sobre lo sucedido… Decía: ‘Ojalá me sea otorgado otra vez tener la experiencia antes de morir’”

¿Los místicos agnósticos qué particularidades tienen?
Borges es el ejemplo clásico. Él tuvo dos experiencias místicas y estoy convencida de que no bromeaba porque hablé con él en cuatro ocasiones sobre ello, porque hablaba con una nostalgia, con una angustia de no poderse expresar adecuadamente sobre lo sucedido… Decía: “Ojalá me sea otorgado otra vez tener la experiencia antes de morir”, y lo decía con una verdad retratada en el rostro… Creo que no pudo entender bien por qué a él le pasó esto. Su temperamento era de búsqueda y de duda y no pudo encajar estas experiencias abismales dentro de su propia religión católica heredada, que nunca practicó mucho. A Borges, eso sí, le interesaban mucho los temas religiosos: el budismo, la cábala, el sufismo y un largo etcétera de expresiones espirituales. Entonces tiene esas experiencias, que fueron experiencias místicas tradicionales en las que se sintió fuera del tiempo y comprendió de súbito el universo. Insistía en que era una experiencia intransferible, pues el lenguaje no la puede comunicar adecuadamente. ¿Cómo explicarle, decía él, a alguien que no haya probado el café, el sabor del café? Y creo que su obra entera, que a fin de cuentas es un intento por decir el absoluto, puede entenderse en cierto modo como literatura mística. Ahí están El Aleph, El Zahir, Mateo, XXV:30. Este último texto, me confesó, lo consideraba como el texto en el que más se había acercado a transmitir la experiencia mística.

Después supe que a Borges le importó tanto la experiencia vivida que fue a un monasterio budista en Kioto y habló con el maestro, que le dijo: “Usted tuvo la experiencia del satori, de la iluminación. Yo la he tenido también y por eso le entiendo”. Y entonces Borges decide ir durante un año a explorar allí su experiencia por el método del koan, que consiste en que el maestro te da un acertijo, como un chiste o un disparate hermético, para que tú lo vayas descubriendo y logres así profundizar en tus grandes verdades espirituales. Pero a Borges tuvo cáncer justo antes y ya nunca pudo volver al monasterio en Japón.

Eso te da una idea del misticismo agnóstico. Quiere decir que Borges nunca estructuró sus vivencias dentro de una religión. Bueno, pues muy bien, eso no era lo de él. Pero sí, se puede ser agnóstico y haber tenido una experiencia mística auténtica.

Permíteme darte un ejemplo de otra persona. Cuando yo estuve en Harvard, en el Center for Middle Eastern Studies, tuve un compañero estupendo, experto en psicoanálisis y sufismo, es decir, en el misticismo islámico. Mi amigo era musulmán, nacido en Nairobi. Y entonces dimos en hablar de nuestros temas, imagínate, qué compañero de oficina tan extraordinario tuve. Y me dijo que había tenido varias experiencias místicas de joven y que habían sido tan importantes que se había recluido cuasi monacalmente para explorarlas durante años. Hasta que un día se dijo: “Estoy privilegiando solo este aspecto de mi ser y descuidando otros, como mi vida intelectual y mi vida sentimental”. Entonces se psicoanaliza y decide que, aunque las experiencias místicas fueran el centro de su vida (porque a quien le pasa ya es el centro de su vida), tenía que explorarse al completo como ser humano. Terminó haciendo un doctorado, se casó, escribió libros y hoy es un intelectual célebre… Y ha sido, me dice, un ser humano mucho más completo, diciéndole sí a la vida y explorando todos sus dones y talentos personales.

“El místico es una persona enormemente introspectiva, su vivencia requiere mirar hacia dentro de su propio ser”

Usted es especialista en la mística española. ¿Qué particularidades tiene, si es que las tiene?
Todas las tradiciones místicas de cada país son especiales, pero de la mística española llama la atención en primer lugar que se concentra en una etapa histórica, en el siglo XVI.

"La literatura secreta de los últimos musulmanes en España", de Luce López-Baralt (Trotta).
“La literatura secreta de los últimos musulmanes en España”, de Luce López-Baralt (Trotta).

¿Por qué se da justo entonces?
Por varios motivos. En primer lugar, porque se da el prodigio de que hay varios genios que nacen a la vez, como la generación poética del 27. Eso es pura carambola, pero después las circunstancias históricas los juntan. Pensemos en el caso de San Juan, Santa Teresa, Orozco, Ana de Jesús, fray Luis de León; todas estas personas extraordinarias se unen por muchas razones. La primera, que todos han tenido una experiencia en común, la experiencia mística, o al menos la han estudiado muy a fondo. Pero hay otras razones. Si tú te fijas en la historia de la mística europea, los grupos místicos hacen eclosión más bien en la Edad Media: santa Hildegarda, santo Tomás de Aquino, san Francisco… son medievales. Y España no tiene grandes místicos medievales, salvo Raimundo Lulio, que estaba muy arabizado, por cierto. Y en el Renacimiento, cuando ya apenas hay místicos en Europa, en España se dan y conviven todos juntos. Y más allá del misterio de por qué todos nacen a la vez, ¿por qué florecen ahora? Hay algo que vio Américo Castro que me parece muy interesante. El místico es una persona enormemente introspectiva, su vivencia requiere mirar hacia dentro de su propio ser. ¿Por qué los españoles, desde filósofos como Juan Luis Vives o teólogos como fray Luis de León hasta místicos como San Juan y Santa Teresa, miran hacia dentro todos a misma la vez? Porque casi todos eran conversos, o al menos, vivían en una época donde toda heterodoxia era sospechosa. Cuando tú estás en los márgenes, cuando eres heterodoxo casi por obligación, cuando te excluyen, en general, tus conflictos son tales que te ensimismas, te aíslas. Ese ensimismamiento es producto de una crueldad social y religiosa, pero es muy útil para la vida interior. Fíjate: fray Luis, converso; Teresa, una judía que todo el mundo sabía que lo era; san Juan, converso también, aunque no está documentado más allá de duda, todo parece indicar que lo era, y así sucesivamente. Se ha estudiado mucho la literatura introspectiva en la época, no necesariamente mística, pero que explora el alma, como La Celestina, por ejemplo. Fernando de Rojas era converso, y eso también lo lleva a mirar hacia dentro, a explorar el alma a fondo como no se había hecho antes en las letras españolas. Eso ocurre en España en el siglo XVI porque los conversos tienen graves conflictos interiores por el cambio de religión al que se ha expuesto su familia y, como respuesta, se ensimisman.

Esto nos lleva al otro gran tema de su obra. Usted escribió un artículo titulado “La matizada occidentalidad de España”. ¿Qué quiere decir esta expresión?
Es una expresión de Francisco Márquez Villanueva, mi gran amigo. Mi artículo es muy deudor de Américo Castro, de Miguel Asín Palacios… mis grandes antepasados en el pensamiento comparatista hispanosemítico. España para mí es el país más fascinante de Europa, siempre lo he dicho, y por eso lo estudio con una pasión que no me ha dejado nunca. España tuvo una historia única en el contexto de Europa, y se formó como nación sosteniendo un diálogo entre cristianos, moros y judíos, es decir, entre tres religiones, razas y lenguas, tres maneras de ser. Todo ello tiene que dar como resultado que España tenga una occidentalidad matizada. El resultado final del diálogo entre las castas que constituían la nacionalidad de la Península, como todos sabemos, es que gana la occidentalidad cristiana, que asfixia a las otras castas a culturas que habían ayudado a constituir la hispanidad. Pero, de todas maneras, quedan rastros, quedan matices y huellas de esas culturas, tan ricas.

“España para mí es el país más fascinante de Europa. tuvo una historia única y se formó como nación sosteniendo un diálogo entre cristianos, moros y judíos, es decir, entre tres religiones, razas y lenguas, tres maneras de ser”

Los hispanoamericanos sabemos mucho de confluencia de razas, de lenguas, de estructuras religiosas y de distintas maneras de pensar, por lo que me fue muy fácil estudiar las teorías de Américo Castro, con las que me sentí rápidamente identificada. Cuando lo leí, que fue tardísimo porque no se solía estudiar en España, empecé a ver que tenía un punto de razón. Para un hispanoamericano, acostumbrado a la confluencia de culturas, es muy fácil de aceptar, pues nos resulta obvio, y no lo sentimos como algo “incómodo”. ¿Cómo va a ser de otro modo? Por ejemplo, un cordobés, que tiene la mezquita encima (aunque la llame catedral), o un granadino, que tiene que convivir con la Alhambra, ¿cómo es posible que se sacuda de la cultura islámica que también ayudó a forjar sus ciudades?

Esa mezcla de culturas da la impresión de estar muy asumida en el arte, donde nadie duda por ejemplo del estilo mudéjar, pero en la historia de la literatura es una cuestión discutidísima. ¿Por qué ocurre esto?
Ay, esa es una pregunta que daría lo que no tengo por contestarte de una manera cabal. Paco Márquez Villanueva decía: si en España hay monumentos islámicos o judíos, como Santa María la Blanca, y topónimos como Guadalquivir –si eso pasó–, ¿lo otro como no iba a pasar? ¡Qué cosa! Es más fácil aceptar un monumento, pero lo otro, la huella literaria, que es igualmente evidente… No sé qué pasa, por qué a un español común le puede ofender más pensar que Santa Teresa pudiese estar contaminada de islam o de judaísmo que el hecho de que Santa María la Blanca esté allí en Toledo. ¿Por qué es eso? No sé si es más fácil, estoy pensando en voz alta, decir: “Bueno, estos monumentos están ahí, son edificios muertos, pertenecen a otra época” que reclamar como españoles a pensadores o escritores que tengan las mismas huellas judías o islámicas. Si los siete castillos de Teresa son musulmanes, que en su origen lo son, eso quizá la haría menos “española” para muchos. Quizá incomode más el hecho de que autores considerados como representantes de la hispanidad más maciza puedan estar “contaminados” con huellas semíticas que la presencia de edificios árabes o judíos. Al verlos se puede pensar que era una presencia aislada, y que no “contaminó” a los cristianos occidentales. Pero la cultura y la historia no se comportan como sucesos “químicamente puros”: el diálogo siempre existe.

¿Cree entonces que en España tenemos mal asumida la mezcla de culturas?
Yo quiero tanto a este país que me daría mucha pena decirlo así, pero quizás no lo ha tenido muy bien asumido. Pero te voy a decir por qué. Quiero tanto a España que la entiendo, entiendo a la gente que se fanatiza totalmente en contra de lo que estamos hablando. Puedo entender el dolor de esas personas, porque a nadie le gusta ser distinto. A muchos españoles les gustaría ser “macizamente europeos” y que nadie les cuestione su europeidad. Sabe mal cuando a España le dicen “África empieza en los Pirineos” o “Spain is different”, porque a nadie le gusta ser distinto. ¿Verdad que en la escuela sabe mal si uno es cojo, o es bizco, o es mucho más inteligente que el resto, o es brutísimo? Es el mismo mecanismo, a uno le gusta pertenecer. Si te cuestionan tu pertenencia, te sientes extraño e incómodo y quieres, no ya pertenecer, sino archipertenecer, y desarrollas una actitud a la defensiva: “Yo soy supereuropeo”, y los moros fuera, y los judíos, ni digamos. Y se niega algo que a un hispanoamericano le parece maravillosamente natural y a mí personalmente lo mejor que tienen ustedes, la diversidad cultural, la riqueza del diálogo intercultural… Pero yo entiendo la expresión de dolor e incomodidad histórica: hay que ponerse en los zapatos ajenos. Y esa parte de España que se “incomoda” yo la abrazo también, porque es parte de ella. Lo que no quita para que mi obra sea una obra de reconciliación, de intentar entender a España en su totalidad, pero eso incluye entender también sus rencillas, ¿por qué no aceptarlas como parte de su idiosincracia nacional?

Yo he pensado con los años lo siguiente. Américo Castro publicó sus grandes libros en Argentina y en México –en América–, donde nos sentimos más cómodos con todo esto de la hibridez y mestizaje cultural. Américo, por cierto, se llama así porque nació en Brasil. Cuando llegó de niño a España la miraría con cierta distancia, y la distancia es muy buena para entender a un país. Yo también tengo distancia con España, aunque al mismo tiempo me une todo a ella: la lengua, la sangre, la cultura, las costumbres…, pero la separación del Atlántico me da la distancia necesaria. Y por ello mismo Américo Castro creo que entendió la complejidad cultural de su país mucho mejor. Imagínate, un niñito brasileño que llega a Granada, ¡a Granada además! Y esta experiencia infantil habría de fructificar en su pensamiento tras la Guerra Civil. Él pensó que el odio entre hermanos era tanto que tenía que venir de antiguo, que España tenía una vieja carga emocional aun no bien resuelta.

“Como decía Lacan, tú lees un libro, pero el libro te lee a ti. Y es obvio que cada uno pone también algo de sí mismo al interpretar un libro”

Usted estudió también la literatura aljamiada. ¿Qué encontró en la literatura aljamiada?
Encontré todo un mundo sumergido que no me esperaba. Mientras Descartes escribía el Discurso del método allende los Pirineos, en España había todavía unos señores escribiendo el castellano en caracteres árabes. Se supone que jamás pudiese estar ocurriendo algo así en pleno siglo XVI. Cervantes se sorprendió tanto como yo ante la literatura de los moriscos que hizo una broma gorda con su literatura secreta. Cuando el “segundo autor” dice que encontró la historia del Quijote en Toledo escrita en árabe y buscó un morisco para que se la tradujera, y ya, inmediatamente, aparece el morisco. Y dice: y si buscara un traductor “de una lengua mejor y más antigua, lo hallara”; es decir, que también se toparía en el Alcaná de Toledo con un judío que supiera hebreo. Todavía a la altura del siglo XVII, nos dice Cervantes, estaban estas minorías secretas pululando por España.

Yo me asombré de descubrir todas estas alusiones oblicuas de Cervantes porque, cuando estudié el Quijote, no se mencionaba nada de esto: no se tocaba ni con una larga vara. Pero existían los manuscritos aljamiados del siglo XVII y XVII en las bibliotecas de la Península: era algo que se sabía desde el siglo XIX. Sin embargo, ¿crees que nos decían algo de ello? Mucho menos se relacionaba el espinoso tema con Cervantes. Para nada. Así que yo de pronto me encontré que, tan tarde como en el Siglo de Oro, con Garcilaso, fray Luis y Quevedo escribiendo, España cuenta con una gran riqueza de textos escritos en caracteres árabes, pero en español. Estamos una vez más ante ese mestizaje cultural tan difícil de asumir. Yo, por mi parte, quedé enamorada de ese gran secreto que estaba a ojos vista para el que lo quisiera ver. ¡Qué misterioso es este país! Me llevé una sorpresa inmensa. Ya no puedo leer el Quijote con los ojos inocentes de otrora.

"Asedios a lo indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante", de Luce López-Baralt (Trotta).
“Asedios a lo indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante”, de Luce López-Baralt (Trotta).

También ha dicho usted que el Quijote le provoca un vértigo similar al que le provoca San Juan.
Sí, aunque esto es muy subjetivo, claro. Como decía Lacan, tú lees un libro, pero el libro te lee a ti. Y además, es obvio que cada uno pone también algo de sí mismo al interpretar un libro. Pero intento decirte en qué consiste mi intuición. Tú te sitúas ante un autor o un texto y sientes un sobrecogimiento como si estuvieras ante algo sagrado, porque tú sabes instintivamente que ese texto te está diciendo algo tan profundo, tan rico, tan polivalente y tan insondable que no lo acabas de poder entender, y sabes que te tomará toda la vida y que no lo podrás agotar, porque la polivalencia de ese texto es abismal. Y eso es lo que yo intuyo leyendo a San Juan, al que le he dedicado toda una vida de enamorada, y sé sin embargo que todavía no lo voy a terminar de entender, y también me pasa igual leyendo a Cervantes. Cervantes es de una complejidad tal, de unas contradicciones tales, que tampoco acaba nunca. Además, el contexto de Cervantes lo conocemos muy mal, lo hemos leído desde una serie de coordenadas estrictamente occidentales como la pastoril, la bizantina… mucho Ariosto, mucho Sannazaro, mucho Renacimiento europeo… Estamos podridos de grecorromanismo, como decía Márquez Villanueva, y no nos acordamos de que Cervantes vivió en Argel cinco años y que era, por más, muy consciente de la presencia morisca en su tierra y del proceso de expulsión masiva de esta minoría. Cuando yo me metí en su etapa argelina, ahí empecé a descubrir claves cruciales para entender su obra.

“La literatura del Siglo de Oro está escrita bajo censura. Los escritores están diciendo cosas para consumo de los censores, señores muy torpes que siempre estaban ahí. Si dicen algo que suena heterodoxo, a continuación lo contrarrestan con una afirmación ortodoxa para que le perdonen el primer ‘desliz'”

Pero, sobre todo, me impresionan las contradicciones y paradojas cervantinas. Cervantes te dice que los moriscos son estupendos, que qué pena que los echáramos… y de momento te das cuenta de que hace el morisco Ricote maldiga a su propia raza. Y ahí viene el otro gran condicionante de su literatura, que no debemos olvidar. Toda la literatura del Siglo de Oro está escrita bajo censura, y si no te conviertes en un detective y aprendes a leer el lenguaje oblicuo de “sordomudos” que crea la censura, no entiendes nada. Los escritores están diciendo cosas para consumo de los censores, que eran señores muy torpes, pero que siempre estaban ahí, así que los escritores se muerden la lengua y, si dicen algo que suena heterodoxo, a continuación lo contrarrestan con una afirmación ortodoxa para que le perdonen aquel primer “desliz”. Cuando Cervantes afirma y a la vez se desdice de sus ideas, a veces parece que estuviera loco, pero lo que hace es saltear la censura.

Pero, además, a Cervantes lo asiste una magia interior, un duende, que yo te diría que solo lo puedo comparar con el duende de Lorca, a quien adoro. Federico tiene una dimensión de ambigüedad, de genio en estado febril, de juglar antiguo y mágico… Estos gigantes de la ambigüedad tienen algo especial que no tienen otros grandísimos y complejísimos escritores como Quevedo, por ejemplo, que como satírico es más unívoco. Esa ambigüedad de los otros es la que me enamora.

Pero déjame que te diga algo de Federico. Yo conocí a todos sus amigos, a Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso, Guillén. Mira las cosas que decían, lo que son obras hirvientes de ambigüedad y de pasión, de magia y de misterio en el sentido más alto. Salinas estaba en una fiesta de amigos y de momento decía “Federico está a punto de llegar”; era tan mágico que se sabía cuándo iba a llegar. Y Jorge Guillén decía: “Cuando estaba Federico no hacía ni frío ni calor, hacía Federico”. Guillén decía que una de las experiencias más altas de su vida había sido escuchar a Federico recitar sus versos. Federico tenía duende, y para mí Cervantes y San Juan también.

Doctora amoris causa 

¿Qué significa para usted el reconocimiento del doctorado honoris causa de la Universidad Complutense?, le preguntamos a López-Baralt. Y nos responde: “Tiene un significado inmenso, tanto académico como afectivo. Para mí es un doctorado amoris causa porque me lo da la Complutense, mi antigua alma mater. Me lo han dado otras universidades, pero para mí este grado significa más de lo que significó con seguridad para otros colegas que lo han recibido, desde Einstein a Jane Goodall. Yo estudié aquí, en la Facultad de Filosofía y Letras, hace exactamente cincuenta años. La burocracia era tal que nunca se pudieron arreglar mis convalidaciones en el Ministerio de Educación. Me llevó Dámaso Alonso en persona, y yo pensaba que con ese enchufe se me resolvería inmediatamente todo… No sucedió así. Yo vi a Dámaso salir humillado, cabizbajo, después de mucho grito y debate y nunca lo pude lograr en aquel momento. La burocracia de aquella época era de una crueldad… Y yo me soñaba doctorar aquí, pero eso no se me logró. Y eso se me ha quedado grabado. Yo hice todos los estudios doctorales en la Complutense con profesores fabulosos como Pepe Hierro, Carlos Bousoño, Alonso Zamora Vicente. Y se me quedó la ansiedad, a mí que soy muy seria en los estudios, de no haber completado ese grado, y aunque luego hice el doctorado en Harvard, nada menos, para mí era como si no tuviese realmente mi doctorado, y sentía como si tuviese que hacer otro. Así que la emoción que me da recibir al fin ese grado, que tenía que haber sido mío hace tanto… Para mí implica un gran amor vivir esa experiencia, así que yo lo traduzco como un doctorado amoris causa”.

Por último, dijo usted hace dos años que había dos libros que tenía la necesidad espiritual de escribir. ¿Podemos saber cuáles son?
Ya cumplí, me puedo morir casi casi [se ríe]. Es muy gozoso porque yo en el momento de morir le puedo decir a Dios tranquilamente: “Papá Dios, hice lo que yo vine a hacer a este mundo”. Uno ya está publicado, es Luz sobre luz. Me tomó mucho trabajo atreverme a publicarlo, lo tuve siete años descansando. Me vino a borbotones, de sopetón, yo nunca pensé que iba a escribir poesía, aunque mi escritura suele ser muy poética en mis estudios académicos. Me lo detonó la necesidad de expresar la experiencia, y de súbito se me impuso todo este torrente de versos y empecé a escribir casi como si fuera un dictado. Luego, claro, lo he pulido, lo he corregido, lo he dado a leer a otros. Pero el pudor que da exhibir tu alma es espantoso, es un sacrificio porque yo soy, para las cuestiones de mi vida espiritual, terriblemente privada y yo sabía que a partir de ahí yo ya no me podía esconder más. Y durante, no sé…, cuarenta años, no lo dije y no lo dije y estudié vicariamente a todos los místicos porque ellos hablaban por mí. Y saqué del clóset a muchos místicos para que hablaran de ello, como a Ernesto Cardenal; incluso con Borges también hablé mucho de sus experiencias… pero yo, callada. Y entonces, al escribir ese libro, pasé mucha vergüenza porque la gente iba a saber que experimenté una experiencia mística y nadie es digno, nadie, de esa gracia. Y mi identidad iba a estar mucho más expuesta, pero lo hice y me dio una gran paz. Tuve una suerte también inesperada porque el libro fue muy bien recibido: hay estudios sobre el libro, el compositor Sánchez Verdú escribió música coral usando partes del libro… Me ha dado una cantidad de alegrías…

Y el otro ya también lo he escrito, aunque no está publicado, está reposando. Es sobre la misma experiencia, pero en prosa y usando una imagen, un símbolo fundamental para ayudar a comunicarla.

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