Los sueños rotos de Tristana

Galdós publica en 1892 «Tristana», una novela hasta cierto punto atípica porque plantea de forma explícita no ya la situación social de la mujer, sino su emancipación, su independencia del hombre. Sus personajes —Tristana, don Lope, Horacio, el doctor Muquis...— retratan la sociedad y el machismo de la época.
Galdós publica en 1892 «Tristana», una novela hasta cierto punto atípica porque plantea de forma explícita no ya la situación social de la mujer, sino su emancipación, su independencia del hombre. Sus personajes —Tristana, don Lope, Horacio, el doctor Muquis...— retratan la sociedad de la época y su machismo.

Este 2020 se cumplen cien años de la muerte de Benito Pérez Galdós. En esta semana de la mujer, recordamos al escritor español, uno de los principales representantes de la novela realista del siglo XIX, a través de Tristana, una de sus protagonistas femeninas, maltratada por un hombre. Atención, alérgicos al spoiler que no hayan leído la obra: deténganse aquí. En este análisis se revela incluso el final.

Por Luis Fernández Mosquera, filólogo

El feminismo entra en España en la segunda mitad del siglo XIX, introducido, entre otras, por la escritora Emilia Pardo Bazán. La importancia de esta corriente en la novela de la época es imposible de exagerar. Incluso autores de ideas o comportamientos francamente machistas, por ejemplo, con respecto a la propia Pardo Bazán, como Clarín, analizan con una gran carga crítica en sus obras la situación social de la mujer y, en concreto, la hipocresía del matrimonio burgués más habitual en la época, que presupone, como se ve en La Regenta, de Leopoldo Alas, o en Fortunata y Jacinta, de Galdós, que el hombre tenga cuantas amantes desee y la mujer no.

La novela de adulterio, de hecho, se convierte en un subgénero fundamental en el realismo europeo (Madame Bovary, Anna Karenina o las obras ya mencionadas en España), en parte por razones ideológicas (los escritores realistas tienden a ser muy críticos con su sociedad) y en parte por razones sociales o comerciales (una parte muy importante del público lector es femenino).

Sometida a un tirano

Tristana, de Galdós (Austral).
Tristana, de Galdós (Austral).

En ese contexto, Galdós publica en 1892 Tristana, una novela hasta cierto punto atípica porque plantea de forma explícita no ya la situación social de la mujer, sino su emancipación, su independencia del hombre. Galdós narra la historia de Tristana, una chica de diecinueve años que queda huérfana y es acogida por don Lope Garrido, un viejo conocido a quien su madre la encomienda poco antes de morir. Don Lope es «un Tenorio ya decadente», incapaz de resistir la tentación de seducir a Tristana, que cae fascinada por los embelecos del viejo galán apenas a los dos meses de llegar a su casa.

El hechizo dura poco y Tristana, asqueada por la vejez de don Lope y la inmoralidad que supone haberse aprovechado de su inocencia, empieza a tomar conciencia de que vive, en realidad, sometida a un tirano que no la deja salir a la calle si no es acompañada de su criada, Saturna, y la trata como a un objeto de su propiedad: «Le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda de ropa, sin que nadie se la pudiera disputar».

Tristana alberga desde entonces sueños de independencia, pero comprende desde el primer momento que sus proyectos son casi imposibles porque depende de don Lope (y esta es la gran novedad que introduce Galdós en el tratamiento de este asunto) para su sustento económico: «¿Y de qué vive una mujer no poseyendo rentas?», se pregunta en una conversación con Saturna, que le responde crudamente: «Solo tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro (…) o… no quiero nombrar lo otro. Figúreselo». Galdós apunta, desde una perspectiva sorprendentemente moderna, la causa última de la subordinación de la mujer al hombre: su incapacidad económica, la imposibilidad de ganarse su propio sustento.

Tristana comprende desde el primer momento que sus proyectos son casi imposibles porque depende de don Lope para su sustento económico, y esta es la gran novedad que introduce Galdós en el tratamiento de este asunto

Tristana, «el gobierno de la casa» y la independencia

Evidentemente, esta incapacidad es el fruto del sistema social del siglo XIX, que reserva a las mujeres la carrera de ama de casa y las priva de toda educación que no esté encaminada a formarlas para esa tarea: «El objeto principal de su educación es formar una buena esposa y madre, y una inteligente directora del gobierno interior de la casa», se podía leer en una revista femenina en 1846. La denuncia de la nula instrucción de las mujeres es constante en Galdós (y en Pardo Bazán) y aparece también en boca de Tristana: «Mi pobre mamá no pensó más que en darme la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz de francés y qué sé yo… tonterías»; nada, en todo caso, que le permita «ser independiente con [su] honrado trabajo».

En uno de sus paseos con Saturna, Tristana conoce a un joven pintor, Horacio, del que se enamora por su carácter romántico y soñador, que le hace ver en él un compañero que podrá entender sus proyectos e ideas contrarios a las convenciones sociales. Tristana y Horacio viven un feliz idilio escondiéndose de don Lope en el estudio del pintor. Sin embargo, Horacio, que se repone de su tristeza por el amor de Tristana, empieza a mostrarse más convencional de lo que ella imaginaba y acaricia la idea del matrimonio, que Tristana rechaza con decisión como una amenaza a su autonomía: «Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro (…) No veo la felicidad en el matrimonio (…) No sabré amar por obligación; solo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin límites». Esta idea, por cierto, es irónicamente aprendida de don Lope.

Opresor, maltratador

Planteado el conflicto, la novela toma repentinamente otro camino. Horacio vuelve a su pueblo en Levante reclamado por su tía doña Trinidad y los dos amantes se entregan a una relación epistolar en la que vamos descubriendo cómo Horacio se convierte progresivamente en un complaciente burgués que encuentra ahora cómodo placer en todo lo que antes le resultaba mediocre y poco elevado y Tristana tiene que inventarle como un soñador ideal para poder seguir queriéndolo. Pero de repente Tristana sufre una enfermedad agresiva que fuerza a amputarle la pierna. Su discapacidad sobrevenida simboliza y causa al mismo tiempo su dependencia total de don Lope, ahora ya no solo económica, sino para los aspectos más cotidianos de su existencia.

«El objeto principal de su educación es formar una buena esposa y madre, y una inteligente directora del gobierno interior de la casa», se podía leer en una revista femenina en 1846

Detengámonos en don Lope, un personaje con respecto al cual Galdós huye de todo maniqueísmo y evita los juicios de valor. Con respecto a la seducción de Tristana y a la forma como la trata, no hay dudas de que Galdós desaprueba firmemente su comportamiento, como muestra el hecho de que constantemente se refiera a Tristana como «la esclava de don Lope», «la pobre esclava» o «su víctima».

Don Lope es, ciertamente, un opresor, un celoso controlador, un maltratador en una palabra. Sin embargo, la obra refleja que el donjuanismo es su única tacha, y aun puede notarse cierta simpatía por su rechazo a plegarse a las convenciones sociales contradiciendo su credo particular (algo característico de la figura del donjuán). Por lo demás, Galdós lo presenta como generoso, buen amigo de la madre de Tristana y casi podría decirse que, paradójicamente, buen padre (cuando actúa como tal y no como marido) para Tristana. La relación entre los dos es complejísima. Tristana le tiene miedo (se dice explícitamente), lo odia y siente asco hacia él y, al tiempo, no puede dejar de quererle como a un padre: «Si borrase la palabra amor de nuestras relaciones (…) yo le querría (…) como se quiere a un buen amigo, porque él no es malo, fuera de la perversidad monomaníaca de la persecución de mujeres». Tristana no deja de reconocerse en el desprecio por las convenciones sociales, y especialmente por el matrimonio, de don Lope, que ha podido llevar por ser hombre la vida independiente y libre que ella quiere para sí.

Cuando Tristana pierde la pierna, la relación entre los dos se hace todavía más compleja. Don Lope sigue siendo el depredador que la deshonró con solo diecinueve años y la controla como un marido celoso, pero ahora se presenta también como su salvador y se desvive por cuidarla, se entristece hondamente por la melancolía de Tristana («¡Pobre muñeca con alas! (…) ¡Pobre alma mía, adorable chicuela…!») y está atento a cumplir todos sus deseos y atender sus más mínimas necesidades: «Ni un momento se separaba de ella, dando ejemplo de paternal solicitud, con extremos cariñosos que rayaban en mimo». Al final de la novela se terminarán casando por la Iglesia como condición para recibir una donación de unas primas de don Lope, pero a esas alturas ya da igual: solo es la formalización del matrimonio en que, a todos los efectos, ya viven. Irónica y tristemente, a Tristana la vemos agradecida al ‘sincero amor paternal’ de su maltratador.

Con respecto a la seducción de Tristana y a la forma como la trata, Galdós desaprueba el comportamiento de don Lope; se refiera a Tristana como «la esclava de don Lope», «la pobre esclava» o «su víctima»

La novela se cierra con la presentación de la nueva vida del matrimonio. Tristana, abandonó sus anteriores inquietudes artísticas y ahora distribuye su tiempo entre la iglesia y «una nueva afición: el arte culinario en su rama importante de repostería». Don Lope, viejo y con sus facultades mentales en acelerada decadencia, encuentra un placer desconocido en su pequeño corral cuidando de sus árboles y celebra «chupándose los dedos» con los pasteles de Tristana el nacimiento de los primeros pollos. «¿Fueron felices uno y otro?», se pregunta Galdós en la última frase: «Tal vez».

Una guerra perdida sin presentar batalla

La novela termina con la derrota sin paliativos de los dos protagonistas, que renuncian a sus ideas y sus sueños de independencia para ser admitidos por la sociedad y poder llevar una vida tranquila hasta el fin de sus días. La humillación es tanto mayor cuanto el requisito que se les pide es precisamente la institución que siempre quisieron evitar, el matrimonio.

Es inevitable señalar que son la necesidad de dinero y la moral religiosa los dos elementos que determinan la claudicación de ambos; precisamente los dos pilares de la sociedad contra los que don Lope había construido su particular moral (heredada, a su manera, por Tristana): «Los verdaderos sacerdotes —decía don Lope unos años antes criticando al clero católico— somos nosotros, los que regulamos el honor y la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos de la maldad, de la hipocresía, de la injusticia… Y del vil metal». Es una crítica de clara influencia krausista al carácter poco caritativo, poco evangélico, de la Iglesia, que aparece como una institución burguesa; el desenlace de la novela, cuando Tristana y don Lope son literalmente chantajeados para casarse por la Iglesia, subraya esa misma crítica.

Por otra parte, el desenlace resulta especialmente amargo porque no es tanto una derrota como una rendición, ya que los personajes, por necesidad, por falta de energía o por ambas razones, renuncian a presentar batalla e intentar vivir por sus principios. Don Lope acepta el matrimonio sin rechistar y Tristana, tan soñadora durante toda la novela, olvida definitivamente cualquier proyecto de mayor altura que el rezo y la repostería.

«Los verdaderos sacerdotes —decía don Lope— somos nosotros, los que regulamos el honor y la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos de la maldad, de la hipocresía, de la injusticia… Y del vil metal». Una crítica al carácter poco caritativo, poco evangélico, de la Iglesia, que aparece como una institución burguesa

Crítica de Pardo Bazán y Clarín

Este final anticlimático provocó una cierta polémica literaria tras la publicación de la obra en 1892 que ha seguido apareciendo de distintas formas en los análisis contemporáneos. Generalizando un tanto, podemos distinguir dos posturas ante el final, simbolizadas por las críticas de Pardo Bazán y Clarín, respectivamente. La escritora gallega lamenta que Tristana sea derrotada sin presentar batalla y cree que en el transcurso de la novela se pierde el tema de la emancipación de la mujer, «relegada a último término; puede decirse que suprimida». La historia, dice, «se desenlaza por medio de un suceso adventicio, de una fatalidad física, análoga a la caída de una teja o el vuelco de un coche». Falta, en su opinión, la rebelión heroica de Tristana contra las convenciones sociales; falta altura trágica en su derrota, como si Galdós diese por hecho que la humillación de Tristana era el único final posible. Una opinión parecida debió de tener Buñuel, que en su adaptación cinematográfica cambió el final para que Tristana matase a don Lope o al menos acelerase su muerte.

Por otra parte, puede entenderse, como Clarín, que es precisamente en la ausencia de una rebelión heroica donde radica la mayor carga trágica de la novela: «El final, el cómo acaba todo aquello, me parece a mí lo mejor del libro; lo más natural de veras, lo que más se parece a la tristeza real de la vida». Desde este punto de vista, lo verdaderamente trágico (y el planteamiento más crítico de la obra) es que, de hecho, en un sistema social como el de la España de 1892, era imposible no ya la victoria de Tristana, sino su sola rebelión.

El problema se acentúa por la ambigüedad del cierre de la obra, donde no queda claro si los dos personajes son felices ni si Galdós critica su situación o se limita a describirla. (Tristana está muy lejos, por tanto, de ser una clase de «novela de tesis» que a veces se acusa a Galdós de no haber superado). La conclusión, efectivamente queda para el lector, pero Galdós parece dar alguna pista: Tristana y don Lope ‘han vuelto al redil’, están integrados en la sociedad, casados por la Iglesia y con dinero suficiente y… «¿Fueron felices?». La sola pregunta ya parece mucho.

El doctor Miquis como héroe positivista

Contrariamente a lo que suele ocurrir en sus obras, en Tristana solo aparece un personaje habitual en el mundo galdosiano. Es el doctor Augusto Miquis, símbolo, desde su propio nombre de pila, de la admiración de Galdós por los médicos y los científicos en general. Galdós, como la mayor parte de novelistas del realismo, ve en la ciencia positivista (al menos hasta cierto punto) una de las principales fuentes de progreso social y tiende a presentar muy favorecedoramente a los médicos o ingenieros de sus novelas, con Pepe Rey en Doña Perfecta como ejemplo emblemático. En este caso, llama la atención la competencia y la profesionalidad de Miquis y el equipo de médicos que operan a Tristana: «silenciosos y graves», trabajan «con suma habilidad y presteza» y completan la operación «ganando no ya minutos, sino segundos» en una hora y cuarto.

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