En guerra por la libertad: ¿la de los antiguos o la de los modernos?

En 1819, Benjamin Constant dio su discurso La libertad de los antiguos frente a la de los modernos. Montaje realizado a partir del retrato del pintor Hercule de Roche a Constant en 1820. Wikimedia Commons (CC0 1.0).
En 1819, Benjamin Constant dio su discurso «La libertad de los antiguos frente a la de los modernos». Diseño realizado a partir del retrato del pintor Hercule de Roche a Constant en 1820. Wikimedia Commons (CC0 1.0).

Benjamin Constant fue un filósofo, escritor y político francosuizo que vivió en el esplendor de la Ilustración, entre 1767 y 1830. Además de defender el liberalismo clásico, el parlamentarismo y la separación de poderes, a Constant le debemos la diferenciación entre «libertad de los antiguos» y «libertad de los modernos».

Por Mercedes López Mateo

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Principios de política aplicables a todos los gobiernos, de Constant (Katz).

Cuando estalló la Revolución Francesa en 1789, Constant era un joven de 22 años que aún estaba estudiando. Su verdadera presencia política comenzó en 1795 con su llegada a París. En 1799, tras el golpe de estado del 18 de Brumario, fue nombrado tribuno del Consulado como parte de la oposición liberal, en lo que ahora debía ser un periodo pacificador después del decenio revolucionario. Tres años más tarde, en 1802, Napoleón Bonaparte se autoproclama cónsul único y toma todo el poder. Debido a su hostilidad hacia el parlamentarismo, destituye a los tribunos opositores, entre ellos, a Constant.

En el exilio que tuvo que vivir a partir de 1803, Constant disfrutó en Weimar de la compañía de grandes intelectuales del momento ilustrado, como fueron Goethe, Schiller o Herder. Decidido a partir a los Estados Unidos, en 1815 Napoleón reclama su presencia para la redacción del Acta adicional, la constitución —de corte más liberal— para su Imperio de los Cien Días. Además, fue entonces cuando Constant escribe su teoría del régimen parlamentario en sus Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos.

El Ateneo de París

Tras la Restauración de la monarquía de los Borbones, en 1819 Constant fue elegido miembro de la Cámara de Diputados. Allí lideró la oposición liberal de izquierda, defendiendo el constitucionalismo, la división de poderes y la libertad individual como elementos indispensables para una buena monarquía, inspirado en el modelo británico.

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La libertad de los antiguos frente a la de los modernos, de Constant (Página Indómita).

A Constant se le recuerda como uno de los mejores y más apasionados oradores de su época. Isaiah Berlin, además de reconocer la gran influencia que tuvo en sus planteamientos, lo describía como «el más elocuente de todos los defensores de la libertad». En ese mismo año, 1819, en el Ateneo de París, pronunció el que hoy sigue siendo su discurso más famoso: De la libertad de los antiguos frente a la de los modernos.

El motivo principal por el que se dirige a un gran público es una confusión dañina que identifica en su tiempo presente y trata de enmendar. Se da cuenta de que, en estos años convulsos de revolución, se están tomando como modelos a imitar otros pueblos de la historia, pero, a su parecer, no de la manera adecuada. «Yo sé bien que se ha pretendido seguir de alguna manera las huellas de ciertos pueblos de la Antigüedad, […] pero con muy poca exactitud». Constant argumenta que tanto los gobernantes como los ciudadanos necesitan entender lo que les separa de los antiguos griegos, romanos, persas o egipcios y, para ese cometido, una comparativa como esta es indispensable.

Isaiah Berlin, además de reconocer la gran influencia que tuvo en sus planteamientos, lo describía como «el más elocuente de todos los defensores de la libertad»

No obstante, en su discurso no tratará de abrir una brecha y enfrentar estos dos conceptos de libertad, cada uno propio de un tiempo. Al contrario, Constant defenderá que, para alcanzar una buena educación moral y un responsable desarrollo cívico, es necesario cultivar ambos. «Lejos entonces, señores, de renunciar a ninguna de las dos clases de libertad de las que les hablé, es preciso, lo he demostrado, aprender a combinar la una con la otra». Como veremos a continuación, cada una tiene sus propios peligros cuando se ejercen de manera extrema, razón por la cual Constant apuesta por su combinación.

La libertad de los antiguos

Durante el periodo de la Ilustración era común dirigir la vista hacia Grecia y Roma (tanto la republicana como la imperial), especialmente por parte de pensadores franceses y alemanes, respectivamente. Por eso, los ejemplos que Constant más desarrolla son estos mismos: Atenas, Esparta y la Roma republicana. En todas estas ciudades, la organización social era bien distinta a la moderna, y de ello Constant deduce que el tipo de libertad que deseen también será distinta y correspondiente a su orden.

La libertad de los antiguos consistía, en suma, en el ejercicio colectivo y directo de la soberanía política. Algunos ejemplos de los que Constant pone son: «deliberar en la plaza pública sobre la guerra y la paz, celebrar alianzas con los extranjeros, votar las leyes, pronunciar sentencias, controlar la gestión de los magistrados…». La segunda característica central en su concepción de la libertad desde lo colectivo es, precisamente, que el individuo está sujeto, depende por entero, de la voluntad y discernimiento del conjunto de los ciudadanos.

Esto no se debía a un control obsesivo como el que vemos en distopías como 1984, de George Orwell, sino a que las costumbres (en latín mos, moris, de donde viene «moral») venían también reguladas por las leyes, por lo que lo cotidiano también estaba delimitado por el consenso de todos los ciudadanos. ¿Por qué resaltar que las decisiones dependían de todos los ciudadanos? Porque Constant destaca esto casi como una paradoja: «Entre los antiguos, el individuo, soberano casi habitualmente en los asuntos públicos, era esclavo en todas sus relaciones privadas».

Una característica central en la concepción de la libertad desde lo colectivo es, precisamente, que el individuo está sujeto a la voluntad y discernimiento del conjunto de los ciudadanos

Los antiguos apreciaban enormemente su libertad. Sabían que todas las voces eran escuchadas y tomadas en consideración para la conformación de lo público, que no se trataba de un ente abstracto ajeno a ellos. Los antiguos eran conscientes de cuán valioso era su sufragio y era así como se sentían realizados. El peligro de esta visión, dice Constant, es que «los hombres, atentos únicamente a asegurarse el poder social, no apreciaban los derechos y los goces individuales».

La finalidad de los antiguos era compartir el poder social entre todos los ciudadanos de una misma patria. Estaba ahí lo que ellos llamaban libertad. La finalidad de los modernos es la seguridad de los goces privados; y ellos llamaban libertad a las garantías acordadas a esos goces por las instituciones.

La libertad de los modernos

Las razones que Constant aporta en su discurso para explicar la idea moderna de libertad corresponden, en general, a cuestiones meramente prácticas y de evolución histórica. Los estados modernos son más grandes que la organización en ciudades de la Antigüedad y, por lo tanto, la necesidad de estar en guerra constante para mantener su posición geopolítica disminuye. En consecuencia, la nueva forma más habitual para obtener riquezas ya no es la conquista, sino el comercio, el cual, según Constant, «inspira a los hombres un vivo amor por la independencia individual».

Por otro lado, si los antiguos disponían del tiempo libre para dedicarse a ejercer su libertad política era debido al abuso sobre los esclavos. Ahora que el número de ciudadanos libres es mucho mayor y sus ocupaciones han aumentado, la organización política requiere de una adaptación a la organización social. Por esta razón dice Constant que el sistema representativo es un descubrimiento moderno.

El concepto de libertad para los modernos hace referencia directa a los derechos individuales y su esfera de acción privada. «Es para cada uno el derecho de dar su opinión, de escoger su industria y de ejercerla; de disponer de su propiedad, de abusar de ella incluso; de ir y venir, si requerir permiso y si dar cuenta de sus motivos o de sus gestiones». De este modo, la independencia individual es la primera necesidad para los modernos.

Abolida la esclavitud, la organización política requiere de una adaptación a la organización social. Por esta razón dice Constant que el sistema representativo es un descubrimiento moderno

El enorme valor que otorga la Modernidad al individuo y a su goce particular provoca una interpretación ajena, distante, del poder público: si los antiguos entendían las leyes como un proyecto común del que todos habían contribuido, los modernos las entienden, muchas veces, como las decisiones arbitrarias de otros agentes. Si no es desde esta comprensión de la Ley, la siguiente afirmación de Cosntant sobre la libertad moderna no tendría sentido: «Para cada uno es el derecho a no estar sometido sino a las leyes, de no poder ser detenido, ni condenado a muerte, ni maltratado de ningún modo, por el efecto de la voluntad arbitraria de uno o varios individuos».

No obstante, Constante incide en que la reivindicación y el aumento en la libertad civil no debe significar la renuncia absoluta a la libertad política. La libertad de los modernos también incluye el derecho individual de influir sobre la administración del gobierno a través de diferentes medios, como pueden ser las peticiones o la participación en el proceso de nombramiento de los funcionarios. La autoridad debe tomar en consideración este tipo de demandas ciudadanas.

Esta mínima vinculación a lo público es indispensable para que la libertad de los modernos sea honesta, pues, de lo contrario, la independencia degeneraría en un individualismo egoísta que acabaría destruyendo la sociedad civil y, con ella, la democracia misma. Por eso Constant advierte del principal y más dañino peligro de la libertad moderna, es decir, que «absorbidos por el disfrute de nuestra independencia privada, y en la gestión de nuestros intereses particulares, renunciamos demasiado fácilmente a nuestro derecho de participación en el poder político».

En definitiva, los pueblos de su tiempo —y también del nuestro— no deben perder de vista a sus representantes, sino ejercer sobre ellos una vigilancia activa y constante para que, cada cierto tiempo, puedan sustituirlos si abusan de su poder. Combinar correctamente y de forma equilibrada la libertad de los antiguos y la de los modernos lleva a las palabras con las que Constant concluye su discurso: «La obra del legislador no está totalmente completa cuando solo ha tranquilizado al pueblo. Incluso cuando ese pueblo está contento queda mucho por hacer».

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