Laura Quintana, doctora en Filosofía, profesora asociada del Departamento de Filosofía de la universidad colombiana de Los Andes, es autora de «Rabia. Afectos, violencia, inmunidad», que acaba de publicar Herder Editorial. Foto: César García.
Laura Quintana, doctora en Filosofía, profesora asociada del Departamento de Filosofía de la universidad colombiana de Los Andes, es autora de «Rabia. Afectos, violencia, inmunidad», publicado por Herder. Foto: César García.

La filósofa colombiana Laura Quintana publica nuevo libro: Rabia. Afectos, violencia, inmunidad. En él, y en esta entrevista, reflexiona sobre las distintas formas de rabia, y diferencia entre el resentimiento y la «rabia política» o enardecimientos en pos de la igualdad. Porque, nos dice, existen tipos de rabia que intensifican la desigualdad con la que vivimos y otras que, al contrario, la combaten. Es la rabia en positivo.

Por Amalia Mosquera

La rabia, el miedo, el odio, el rechazo se hacen visibles en muchas actitudes cotidianas y también, como parte de la vida, en muchas de las decisiones políticas que se toman habitualmente en todo el mundo. Las personas expresamos nuestra insatisfacción hacia lo que percibimos como un elemento peligroso, amenazante, a través de las redes sociales con las que nos comunicamos, en decisiones electorales que después repercutirán en la manera de gestionar la vida de todos, en espacios rutinarios, como respuesta ante una crisis de cualquier tipo: personas migrantes estigmatizadas, formas de vida asumidas como degeneradas, figuras públicas satanizadas…

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Rabia. Afectos, violencia, inmunidad, de Quintana (Herder).

Laura Quintana, doctora en Filosofía, profesora asociada del Departamento de Filosofía de la universidad colombiana de Los Andes, es autora de Rabia. Afectos, violencia, inmunidad, que acaba de publicar Herder Editorial. Como ella misma nos explica, estos sentimientos se refieren, en general, a formas de sentir y asumir daños padecidos dolorosamente por un cuerpo y que lo golpean de distinta manera y con diversa intensidad. Existen unas formas de rabia que intensifican la desigualdad con la que vivimos y otras que, al contrario, la combaten.

Y en esta duplicidad están en juego diferentes comprensiones de la vida, la identidad y su relación con lo extraño. «Al libro también le interesa explorar esta dimensión de una rabia organizada y movilizada políticamente, central en el feminismo contemporáneo y en movimientos populares latinoamericanos que la han nombrado como ‘rabia digna’», nos dice Quintana en esta entrevista en la que hablamos con ella a través del ordenador (la distancia del océano obliga) de la propuesta que hace al lector en este nuevo libro.

En el libro trata el resentimiento y la rabia. ¿Qué diferencia hay entre ellos?
Sí, el libro se detiene particularmente en el resentimiento y en la rabia, como dos formas diferentes de enojo, y ofrece una aproximación histórica y geográficamente situada de estos fenómenos que se detiene en su complejidad, sus ambivalencias y zonas grises. De manera esquemática, y perdiendo de vista matices que el libro traza, sus diferencias podrían trazarse diciendo que el resentimiento asume el daño como una herida que queda grabada en el cuerpo, no deja de doler y lo ata a un pasado que vuelve una y otra vez, y se siente imborrable, al tiempo que, tendencialmente, le cierra a quien lo vive posibilidades de transformación.

Ahí puede aparecer eventualmente el odio, una emoción que lleva a querer eliminar o negar la existencia de aquel que se identifica como causa del daño, al asumirlo como amenazante e indigno de existir. En contraste, hay formas de rabia que exigen que el mundo, en el cual se producen daños sistemáticos, deba ser transformado, con la mirada puesta hacia otras posibilidades por venir.

«Al libro le interesa explorar la dimensión de una rabia organizada y movilizada políticamente, central en el feminismo contemporáneo y en movimientos populares latinoamericanos que la han nombrado como ‘rabia digna’»

¿Cree que los sentimientos de rabia, odio y rechazo al otro y a su forma de vida, su pensamiento, sus decisiones son más habituales ahora, o son simplemente más visibles?
En el libro trato estas experiencias como «afectos». Con esto indico que se trata de fenómenos corporales, producidos en medio de relaciones sociales, históricamente condicionadas y heterogéneas. Hay entonces condiciones del mundo que propician que el resentimiento, el odio y la rabia se den de cierto modo y de manera más intensa. En este libro exploro cómo ciertas formas de resentimiento y de rabia se han acentuado hoy en día, de maneras diversas y en distintos acontecimientos del mundo, y cómo han sido movilizadas políticamente, lo que ha contribuido a hacer más patentes los efectos que han producido.

Por una parte, muestro que la afectividad del resentimiento expresa una impotencia manifiesta en el mundo contemporáneo: una pérdida de confianza en que «el estado del mundo» puede realmente cambiar, pues parece que nos hemos convencido, para resonar con Jameson, que es más fácil la destrucción del mundo que la transformación del capitalismo. Y esto, ciertamente, se acentúa en condiciones de violencia sistemática, como las que hemos vivido en Colombia, país en donde habito y desde el cual reflexiono.

Por otra parte, argumento que puede haber enardecimientos transformadores, que se convierten en orgullo e indignación, y construyen otras posibilidades vitales. Algo que las actuales manifestaciones populares en Colombia han hecho también visible en sus reclamos por un país igualitario, menos violento y explotador con la mayoría de cuerpos que lo habitan. De ahí que al libro también le interese explorar esta dimensión de una rabia organizada y movilizada políticamente, central en el feminismo contemporáneo y en movimientos populares latinoamericanos que la han nombrado como «rabia digna».

¿Ve diferencias en este sentido entre los distintos países o continentes, o se trata de un sentimiento universal?
Como lo han mostrado distintos enfoques naturalistas, que insisten en encontrar las condiciones biológicas de estos fenómenos, se trata de experiencias que se han detectado en formaciones culturales y períodos históricos muy distintos. Sin embargo, lo que me interesa en el libro no es partir de esta constatación sobre lo que resultaría universal o natural en lo humano, sino más bien pensar cómo esto, incluso en sus condiciones orgánicas, ha sido afectado y conformado socialmente. Por ejemplo, la experiencia del resentimiento se altera notablemente tras la revolución francesa porque allí aparecen otras maneras de entender el daño y lo que este puede implicar.

Asimismo, el feminismo introduce formas de pensar la rabia y sus usos políticos, impensables desde una aproximación patriarcal-colonial. Por eso me parece importante considerar el papel que los discursos y las prácticas juegan en la formación de tales afectos, y cómo estos se producen socialmente. En todo caso, en contraste con las aproximaciones constructivistas no pienso que las experiencias de las que hablamos puedan ser reducidas a fenómenos discursivos enteramente determinados por codificaciones culturales, pues hay toda una dimensión no-discursiva en juego, por ejemplo, relaciones entre cuerpos, y entre estos, tecnologías, y espacios; todo un campo heterogéneo de posibilidades que no queda del todo determinado por ciertos códigos establecidos. Esto último es algo que ha destacado, en particular, el vitalismo filosófico y la teoría afectiva contemporánea, que retomo en la investigación.

Teniendo en cuenta esta apuesta afectiva, el libro muestra que el mundo que habitamos hoy está atravesado por dinámicas, prácticas, tecnologías del capitalismo neoliberal. Un régimen heterogéneo orientado por la búsqueda de acumulación y expansión, que se ha globalizado y que en sus configuraciones actuales se caracteriza por articular sistemas de valor diferentes, sirviéndose de técnicas disciplinarias, formas soberanas de control y violencia territorial en el sur global, y mecanismos más difusos, caracterizados por regulaciones del deseo, la descentralización, la flexibilización, cibernetización de los ambientes laborales, que dan a la vez lugar al agotamiento y estimulación de los cuerpos.

Todas estas son condiciones heterogéneas y complejas, en medio de las cuales emergen hoy globalmente formas de resentimiento y rabia. Pero evidentemente estas se modulan y expresan de manera distinta teniendo en cuenta los contextos geográficos e históricos particulares, en los cuales se vive diferenciadamente la experiencia del daño y los efectos que trae. El libro se mueve entonces entre un plano más global y un plano más local, pues sitúa los fenómenos que le ocupan desde la región de la cual escribo, que es Latinoamérica y, especialmente, Colombia.

«El resentimiento asume el daño como una herida que queda grabada en el cuerpo, no deja de doler y lo ata a un pasado que vuelve una y otra vez, y se siente imborrable, al tiempo que, tendencialmente, le cierra a quien lo vive posibilidades de transformación»

Habla de «afectividad inmunitaria». ¿A qué se refiere exactamente con esta expresión?
Con esto me refiero a una lógica encarnada sensiblemente en los cuerpos, a través de diferentes discursos y prácticas que el libro explora; una lógica que asume el espacio social como un organismo, cuya integridad se ve amenazada por «algo extraño» que lo contagia y contamina, poniendo en riesgo su identidad, salud y seguridad. Esta es una lógica, procedente de un imaginario militar, que se ha trasladado a lo biológico y de allí de vuelta a lo social, como lo mostró ya hace algunos años Emily Martin, y que puede revertirse desde otra comprensión de la vida, la identidad y de su relación con lo extraño; una visión alternativa del sistema inmunitario que comprende la protección en términos simbióticos, relacionales y no meramente identitaristas y defensivos.

De este modo en el libro me interesa mostrar cómo comprensiones distintas de la vida producen diferentes resonancias en el mundo social. De hecho, enlazo la experiencia compleja del resentimiento (en particular, su ansia de retaliación, su fijación del otro como enemigo, sus culpabilizaciones) con la lógica inmunitaria. Y vinculo la afectividad de la rabia, modulada políticamente, con una interpretación distinta del sistema inmunitario que es consecuente con la apertura, la relacionalidad y diferencia de la vida. Para elaborar esto último me detengo en experiencias latinoamericanas que logran elaborar las violencias que han padecido en formas de enardecimiento creativas, desde un trabajo de composición imaginativo y sensorial que les permite visibilizar los daños que afectaron a ciertos cuerpos, y construir apuestas para contrarrestarlos desde otras formas de relación con la vida y sus complejos ecosistemas.

Explica en el libro que hay una «política del resentimiento», la que se produce cuando grupos precarizados crean identidades fuertes que les orientan y les dan sensación de seguridad en medio de la incertidumbre con la que viven. ¿Cuál es la cara negativa de esta realidad?
Las identidades fuertes que genera una tal política del resentimiento se caracterizan por fijar a un otro que se culpabiliza por las situaciones difíciles de incertidumbre y precarización que se padecen en las condiciones actuales del capitalismo y esto produce la estigmatización de actores sociales que también sufren condiciones adversas. Las políticas del resentimiento dan lugar, así, a visiones unilaterales del mundo, intensifican jerarquías discriminatorias e intensifican efectos de desigualdad. Son visiones que confirman un estado de cosas cada vez más desigualitario y obstruyen que puedan producirse transformaciones estructurales que puedan realmente alterar estas condiciones de desigualdad.

«Hay condiciones del mundo que propician que el resentimiento, el odio y la rabia se den de manera más intensa»

Usted había empezado ya a escribir este libro cuando de pronto la pandemia irrumpió en la vida de todo el planeta. ¿Qué supuso este hecho global para el libro? ¿Cómo afectó al contenido?
Sí, yo venía relacionando los efectos que producen las políticas del resentimiento y ciertas dinámicas del capitalismo contemporáneo con una afectividad inmunitaria, caracterizada por los rasgos que ya mencioné. Cuando llegó la pandemia me di cuenta de que esos rasgos se acentuaban. De hecho, las versiones populares militaristas sobre el sistema inmunitario se hicieron evidentes, pues muchos identificaron al virus como «enemigo» y «amenaza», y compararon la crisis con una situación de guerra, que exigiría la activación de todos los mecanismos de defensa en la unión contra el enemigo común.

Esta lógica inmunitaria desencadena distintos dispositivos de seguridad: vallas, fronteras, identificaciones, en las que el extraño tiende a aparecer como un enemigo por reducir o eliminar. Evidentemente, en el mundo que habitamos las fronteras entre países, que regulan el flujo de personas, sobre todo de aquellas pobres, no han dejado de multiplicarse, aunque la globalización permita la circulación de los flujos de capital.

Vivimos en espacios securitarios, en los que se instalan todo tipo de tecnologías de vigilancia, que identifican ciertas amenazas y excluyen a sujetos que consideren peligrosos o indeseables. Además, los dispositivos securitarios neoliberales gestionan el riesgo económico regulando otro tipo de inseguridades. Por ejemplo, al usar como instrumento la inseguridad social, producida a través de constantes formas de privatización que favorecen intervenciones de grandes capitales a costa de la desprotección y precarización de la mayoría de personas. Y al controlar la inestabilidad social, que la acentuación de las desigualdades puede generar, con altos gastos estatales en defensa y dispositivos policiales que defienden el orden público con respecto a cualquier perturbación o «anormalidad» que afecte significativamente el flujo de capitales, particularmente, la protesta social igualitaria. Algo que se lleva a cabo brutalmente en las zonas del sur global, como lo hemos visto y padecido recientemente en Colombia.

Además, con la pandemia se hizo más visible la necesidad de adoptar un enfoque relacional, pues esta tuvo que ver con la mutación de patógenos desencadenada por las formas de producción extensiva, intervenciones genéticas sobre los animales, formas de desforestación y modificaciones ecosistémicas usuales hoy en la agroindustria. Y estas formas de producción extensiva se producen en relaciones que están atravesando también los deseos de los cuerpos, y sus afectos. El impulso de apropiar y acumular, instalado por el capitalismo global y sus configuraciones de un deseo que siempre está por ser llenado y nunca se llena, están destruyendo múltiples ecosistemas naturales y culturales.

De modo que las transformaciones necesarias para crear espacios sociales más igualitarios y prácticas ecológicas menos destructivas pasa por toda una transformación afectiva que implique asumir la relación de todo con todo, la vinculación simbiótica de los entramados sociales, la vulnerabilidad y codependencia de los cuerpos, y que ponga entonces en cuestión el régimen afectivo de cierre, apropiación y acumulación sin límites que el capitalismo contemporáneo ha venido instalando.

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2 COMENTARIOS

  1. ¡Excelentes artículos de brillantes y estimulantes intelectuales, entre ellos mi admirada profesora de la Universidad Nacional de Colombia Laura Quintana!
    Gracias y deseo suscribirme.
    Gracias

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