Laura Quintana es profesora del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes. Foto: Marcela Becerra.
Laura Quintana, profesora del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes, habla de la actualidad de su país, Colombia, y de política internacional. Foto: Marcela Becerra.

La sección La Silla Académica del portal colombiano La Silla Vacía ha entrevistado a Laura Quintana, filósofa y profesora del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes (Colombia). Con ella habla de la actualidad política, de lo que mueve a los ciudadanos a la hora de votar por uno u otro partido, de las nuevas formas de fascismo y de mucho más.

Por Natalia Arbeláez, editora de La Silla Académica (La Silla Vacía)

En medio del surgimiento y la fuerza de nacionalismos en diferentes partes del mundo, también en Colombia, el país de Laura Quintana –que según las encuestas más recientes parece que se fortalece–, La Silla Académica habló con la filósofa sobre los afectos que estas ideologías pueden mover en los ciudadanos. Profesora del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes, publica en breve el libro La política de los cuerpos.

En las elecciones más recientes en diferentes países del mundo ha quedado evidenciada una alta polarización de los votantes. Usted estudia los afectos que se mueven en la política. ¿Cuál es la evaluación que hace de los que se movieron en el último año?
Más que polarización lo que ha habido es la movilización de lo que llamo «afectos inmunitarios». La polarización en la que tanto se insiste no pienso que tenga que ver con la incapacidad de la gente para asumir una postura presuntamente moderada, más racional, y en el medio, o en un cierto centro. Más bien tiene que ver con la producción de formas de estigmatización, derivadas de prejuicios incrustados, de caricaturas que se producen sobre el otro que desencadenan esos «afectos inmunitarios», esto es, formas de sentir, reacciones y actitudes que hacen percibir al otro como amenaza para la salud, para la estabilidad y en muchos casos para una pretendida pureza de la sociedad. Disposiciones emotivas que encierran a las personas en sí mismas y en la culpabilización de un otro que se responsabiliza de daños sociales padecidos. Algunas formas de odio, el resentimiento, el miedo y ciertas promesas para un futuro que se presenta como aterrador tienen este efecto. Pero también formas de escepticismo, descreimiento sobre la posibilidad de cambiar las cosas, que proliferan por la desconfianza en las instituciones, las formas de despojo y corrupción que tienen una larga historia.

«Ha habido una movilización de lo que llamo ‘afectos inmunitarios’, reacciones y actitudes que hacen percibir al otro como amenaza para la salud, para la estabilidad y en muchos casos para una pretendida pureza de la sociedad»

Usted señala en su libro que es un error pensar que quienes se movilizaron en contra del plebiscito sobre los acuerdos de paz en Colombia, o a favor del Brexit en el Reino Unido o de Trump en Estados Unidos tienen simplemente una actitud poco crítica y autónoma. Por el contrario, señala que lo que está detrás es lo que usted llama la «política inmunitaria». ¿A qué se refiere con eso?
Me interesa repensar lo que entendemos por actitud crítica. Tomando elementos del filósofo francés Jacques Rancière, insisto en que una persona no es crítica simplemente porque puede ver más allá, o porque tenga un mayor saber o una mejor forma de pensar, sino porque es capaz de transformarse o cambiar unas condiciones dadas, y esa capacidad a veces no es posible desarrollarla en las condiciones sociales dadas, que por el contrario la inhiben.

Con eso en mente tomé distancia de lecturas que leyeron esos fenómenos recientes, culpabilizando simplemente a los electores por su ignorancia, falta de entendimiento y proclividad a la manipulación. En lo que hay que fijarse es en las condiciones (económicas, sociales, políticas) que hacen que las personas sientan que no hay oportunidades para ellas en el mundo, que hay un «estado de cosas» que no se puede cambiar. Y también en qué es lo que hace que las personas culpen a otros por los daños que padecen, en lugar de ver estos daños como vinculados con fenómenos sociales más amplios, que tienen una larga historia. Se trata de pensar en las condiciones que permiten que puedan emerger y tomar fuerza lo que se ha llamado políticas del miedo, que mueven los afectos inmunitarios de los que he hablado antes. Con esto problematizo también la idea de que las personas críticas (las que reconocen los mayores problemas del país y lo reflejan en su voto) se mueven por razones y argumentos, y las no-críticas (quienes votan por fanatismo o temor), por emociones y afectos. Las emociones y afectos siempre están presentes, también en las posiciones que parecen más razonables.

Lo que hay que considerar es el tipo de afectos que se mueven: los afectos inmunitarios, de los que he hablado, tienen como efecto simplificar la complejidad del mundo social, y cerrar a las personas a las formas de relación que los hacen depender de otros, a la diferencia, que más bien se asume como amenazante.

«Hay que pensar en las condiciones que permiten que puedan emerger y tomar fuerza lo que se ha llamado políticas del miedo»

¿A qué se refiere entonces con política inmunitaria?
Una política inmunitaria es una política que todo el tiempo genera condiciones de inseguridad y riesgo, que hacen sentir a las personas constantemente amenazadas (de perder su empleo, de vivir condiciones de pobreza, de ser violentadas y despojadas).

En Colombia en concreto, estas condiciones de amenaza constante se han dado por un largo tiempo, pero se han agudizado con políticas públicas neoliberales (de flexibilización laboral, de regulación jurídica en favor de las corporaciones trasnacionales) que constantemente generan esas condiciones de riesgo que hacen que la gente se sienta muy amenazada, y eso desarrolla afectos inmunitarios que llevan a identificar a un otro como quien pone en riesgo mi empleo o mi seguridad y del que tengo que defenderme. Durante la campaña del plebiscito –sobre los acuerdos de paz–, la derecha movió esos afectos inmunitarios, de resentimiento, de odio, de amenaza, de rechazo a un otro del cual me tengo que proteger, y estos afectos tuvieron un efecto poderoso. Quienes estábamos a favor del plebiscito no pudimos, en cambio, producir una política que moviera otro tipo de afectos.

¿Por qué?
Porque mientras el uribismo ha explorado muchísimo un lenguaje afectivo muy efectista, un ala de la izquierda y del sector progresista se ha apegado demasiado a un discurso de la deliberación no emotivo, desafectado. La campaña por el sí al plebiscito se basó demasiado en la idea de que la gente no conocía lo que estaba en juego y en ese sentido fue muy paternalista y pedagogizante. La propaganda política trataba al espectador como un ignorante y esto tuvo un efecto contraproducente.

Laura Quintana. Foto: Marcela Becerra.
Laura Quintana. Foto: Marcela Becerra.

Usted dice que frente a esas políticas del miedo y la estigmatización se requieren otras narrativas que movilicen otros afectos. ¿Cuáles serían esas otras narrativas?
Siguiendo con el ejemplo del plebiscito, me parece que faltó hacerle sentir a la gente más el conflicto violento, mostrarle que afectó a vidas concretas. Habría sido muy importante visibilizar a la gente afectada a través de narrativas o formatos que no las revictimizaran y que no mostraran su experiencia de una forma simplista, pero sí que sensibilizaran; formatos que permitieran que las personas tomaran la voz para hacerse valer como sujetos capaces, que han sido dañados, y no meramente como víctimas que no tienen la posibilidad de comprender lo que les pasó. Esto podría generar afectos más relacionales, de indignación, solidaridad, copertenencia que permitieran que reconociéramos los daños de los otros como daños que nos conciernen en tanto que han sido producimos por condiciones de un mundo que también habitamos.

En contraste, es habitual en los medios de comunicación, sobre todo tradicionales, presentar repetidamente a la víctima resumiendo lo que le pasó entre lágrimas, pero no se explora cómo ella lee sus vivencias y el conflicto, la manera en que este la ha afectado. Eso ha generado que muchos que no han tenido una experiencia cercana con el conflicto se hayan impermeabilizado frente a este y a las injusticias, el sufrimiento que ha producido. Por eso se termina viendo a la víctima simplemente como el pobrecito o la pobrecita a la que le pasó X o Y, y como alguien completamente ajeno.

«Una política inmunitaria es una política que todo el tiempo genera condiciones de inseguridad y riesgo que hacen sentir a las personas constantemente amenazadas. hay que pensar cómo estas políticas inmunitarias pueden dar lugar a nuevas formas de fascismo»

En su libro menciona que el «consensualismo» –al que de alguna manera aspira el presidente Iván Duque con su Pacto Nacional en Colombia–, en vez de contrarrestar las estrategias de promoción del odio y el resentimiento, las alimenta. ¿Por qué?
La idea de que lo más importante es poder llegar a consensos tras una discusión muchas veces invisibiliza, niega los conflictos, que no se pueden eliminar en la vida social. Lo importante en una discusión no debería ser tanto llegar a un consenso, sino permitir que diferentes puntos de vista se expresen y que las personas puedan incluso cambiar de opinión sobre cosas que previamente daban por sentadas.

El consensualismo tiene mucho que ver con una visión muy tipo Santos o Blair. Ese progresismo liberal que quería ser muy inclusivo, que pretendía que todos podían estar de acuerdo si se asumía una postura técnica. Y estamos viendo ahora fracturas en ese consensualismo a través de nuevas formas de derecha, que han puesto en cuestión el lenguaje de lo políticamente correcto, pero que en todo caso comparten los presupuestos económico-sociales del consensualismo progresista, pues ambos asumen la necesidad de un cierto modelo económico, que vinculan a la idea de desarrollo, y este con intervenciones que, al final, terminan favoreciendo intereses corporativos.

Ahora lo que hay que pensar es cómo las políticas inmunitarias, de las que he hablado, pueden dar lugar a nuevas formas de fascismo, cuando la identificación de un otro amenazante trae consigo la idea de que ese otro se debe neutralizar, reducir o eliminar.

¿Encuentra de alguna forma justificadas estas nuevas formas de fascismo?
No justificado, de ningún modo, pero no hay que perder de vista que es una reacción a un neoliberalismo que fortaleció los afectos inmunitarios con sus formas de precarización, de reducción de las condiciones en que viven las personas, y que con sus políticas consensuales no le estaba dando cabida a otras visiones del mundo ni permitiendo que estas se transformaran en conflictos políticos.

El reto de los sectores más progresistas y de izquierda, si se quiere, es entender y canalizar mejor otro tipo de afectos que se manifiestan ahí. La izquierda ha pretendido reducirlo todo a un conflicto económico social y no es solo eso, pues los conflictos son múltiples. Lo que pasa con el discurso de ultraderecha es que narra esos conflictos de una manera muy problemática, pues logra que la inconformidad de la gente frente a formas muy precarias de vida se convierta en odio y resentimiento frente a otros que identifican como culpables. Pero por más problemática que sea esa visión, no se pueden dejar de lado los afectos que produce y que movilizan a la gente.

Foto: Marcela Becerra.
Foto: Marcela Becerra.

Usted señala que en la base del odio y el resentimiento que hoy se promueve en el mundo está «el sujeto emprendedor» que cree que los conflictos sociales se pueden resolver en espacios privados. ¿Por qué?
El sujeto emprendedor, dueño de sí, autónomo y soberano, es decir, que se asume como único responsable de su destino, de su sobrevivencia, de su éxito, es un presupuesto muy problemático del mundo que habitamos.

El neoliberalismo ha dado lugar a formas de precarización de las condiciones en que viven las personas; un ejemplo es la flexibilidad laboral. Y eso va de la mano del discurso que hoy está en todas partes, incluida la jurisprudencia, de que cada quien es dueño de su vida, tiene que autogestionarse y es responsable de su éxito. Ese es el discurso del emprendimiento del presidente Iván Duque en Colombia también.

Entre otras cosas, esta idea ha dado lugar a cierta tendencia a «psicologizar» los problemas, a verlos como una cuestión de cada persona, cuando lo cierto es que muchas veces son problemas sociales, del mundo en que vivimos. El efecto de esa narrativa a nivel global es la despolitización, que consiste en interpretar una serie de conflictos sociales fuertes como conflictos de individuos, de intereses o de opiniones, simplemente, y como una cuestión de fallas en la personalidad, o de falta de capacidad o bajo rendimiento de cada persona. Lo contrario es la “politización” de los problemas que permite que las personas se unan y organicen alrededor de experiencias difíciles que comparten y a partir de eso lleven a cabo cambios en su forma de pensar y de sentir. Para mí el problema grave que tenemos ahora no es la polarización, sino la despolitización.

¿Por qué?
Porque ese discurso individualizante puede hacer que pierdan sentido luchas por derechos sociales, que ahora se hacen ver como anacrónicas, pues apuntan a que lo público se fortalezca en la era del emprendimiento, del éxito individual. Son luchas que ya no se consideran viables económicamente, en las condiciones actuales del mercado, que es lo que regula nuestro presente. Eso es lo que está pasando actualmente con la discusión sobre la financiación de la educación pública.

Sin embargo, el ser humano es el ser más dependiente, necesita de otros, del cuidado mutuo, y en ese sentido deben entenderse los derechos sociales que el Estado debería garantizar. Así lo plantea Judith Butler en un texto interesante que se llama Cuerpos aliados y lucha política.

«El neoliberalismo ha dado lugar a formas de precarización de las condiciones en que viven las personas; un ejemplo es la flexibilidad laboral»

Usted habla de que la acción de los movimientos populares debería concretarse luego en instituciones que conduzcan a más transformaciones. ¿No es eso contradictorio con que los movimientos sociales parecieran a veces ir contra instituciones públicas o reemplazar a instituciones como los partidos políticos?
Hay dos vertientes de pensamiento. Una muy anarquista que piensa que el Estado necesariamente es violencia y dominación, y otra muy institucionalista que piensa que lo político solo se puede dar al interior del Estado.

La institucionalista es problemática porque no permite reconocer que hay movimientos de protesta, de desobediencia social, que hacen ver que un marco institucional está produciendo violencia. La anarquista también es problemática, porque hace pensar que uno se puede ubicar por fuera de la violencia y de la dominación. Y, a mi modo de ver, son irreductibles, siempre las va a haber con o sin Estado. De hecho, no se ha inventado un mejor aparato que el Estado, que con cierto monopolio de la violencia y ejerciendo lo que Etienne Balibar ha llamado formas de contraviolencia, pueda crear condiciones para que las violencias, que en todo caso se producen en sociedad, no den vida a instituciones de violencia que compitan, y se persigan entre sí, de formas muy destructivas. Por eso, cuando falla ese monopolio, como lo hemos visto en Colombia, con las instituciones paraestatales de los paramilitares y la guerrilla, el efecto no puede ser sino una violencia exacerbada.

Más allá de esas dos polaridades lo que es importante pensar es en otras formas de institucionalidad que permitan acoger el conflicto social, en lugar de neutralizarlo. Eso implica que en algunos casos se pueda reconocer y aceptar que ciertas instituciones no son legítimas. Cuando un Estado se protege tanto de su inestabilidad, lo que genera es aún mayor inestabilidad.

Lo que ha tendido a pasar siempre y en los proyectos revolucionarios es que las instituciones que se crean después se protegen contra el conflicto. Eso le pasó a la Revolución Soviética, a la cubana, al chavismo. Tras haber derrocado una estructura que se asociaba con una gran injusticia ya no dejan aparecer el disenso porque tienen que protegerse contra lo que amenaza su estabilidad.

¿Cuáles son los límites de la movilización social… para no caer en la violencia que a veces critica?
Nos tenemos que deshacer de ese lenguaje pacifista simplificador. La violencia no es eliminable de la vida, pero hay formas peores de violencia. Interrumpir el tránsito en una vía, ocupar un lugar, pintar un grafiti son formas de violencia que, en todo caso, no se comparan con una violencia física o estructural.

Hay ciertas formas de violencia importantes, sobre todo las simbólicas, porque dejan ver otras peores que no se logran confrontar con un debate entre expertos. Los movimientos hacen uso de diferentes formas de violencia simbólica y hay mucho que experimentar en este nivel. En todo caso, la violencia armada sí mostró que lleva a espirales de violencia y por eso no la justifico, excepto cuando sea la única forma de defenderse, como en casos mundialmente reconocidos como la resistencia europea. Hannah Arendt decía que no se podía luchar frente a Hitler parándose como Gandhi.

Laura Quintana. Foto: Marcela Becerra.
Laura Quintana. Foto: Marcela Becerra.

¿En un país como Colombia en el que está creciendo la clase media, hay riesgo de que transitemos hacia una situación como la de los chalecos amarillos en Francia?
Aunque no he estudiado este fenómeno a fondo, puedo decir varias cosas. En Francia ha habido un Estado de bienestar muy fuerte que se ha venido deshabilitando, aunque nunca tanto como en Alemania, o peor aún en Reino Unido. Y ese Estado ha generado formas de solidaridad y ha hecho que la gente sea muy consciente de las conquistas de derechos que ha alcanzado. Eso explica que el movimiento de quienes estaban protestando por el alza de la gasolina rápidamente haya encontrado resonancia en otros actores sociales que no están de acuerdo con los recortes neoliberales que propone Macron. Y los movimientos en Francia se han caracterizado por adoptar mecanismos de acción fuertes, a veces violentos.

En Colombia, por el contrario, el movimiento social ha estado muy fragmentado, en gran parte por las condiciones difíciles, a contracorriente, de las que siempre ha tenido que emerger. A veces se ha dado una movilización más amplia como en el caso del Paro Agrario, pero es difícil que esto tenga lugar de manera constante, porque se han puesto en marcha demasiados mecanismos que impiden que la gente se empodere. Y porque en el país durante mucho tiempo la protesta social se asoció con la insurgencia, y esto ha dificultado que pueda organizarse y articularse en movimientos contrahegemónicos más amplios. Además, la coerción y formas de represión frente a la protesta social es muy fuerte, lo hemos reconfirmado recientemente, y mucha gente se ha vuelto muy escéptica y piensa que no se va a lograr nada, mediante este tipo de manifestaciones. En Francia, en cambio, siempre han logrado resultados importantes, también porque no ha habido esa estigmatización de la protesta social.

«Algunos esquemas de democracia representativa diseñan formas de participación que no permiten expresar el conflicto ni formar la opinión; hay unos libretos pedagogizantes para que la gente opine como se piensa que estaría bien»

Usted habla constantemente de lo común y cuestiona la idea de que es un cuerpo social bien ordenado. ¿Qué es entonces y cómo se construye eso?
Yo problematizo la idea de cuerpo social que hay en la tradición política porque supone una imagen orgánica de la comunidad, integrada y armónica, o que debe serlo. Pero las comunidades están siempre atravesadas por numerosos conflictos. Algunos esquemas de democracia representativa diseñan formas de participación que no permiten que se exprese el conflicto. No se permite que la opinión se forme, sino que hay unos libretos pedagogizantes para que la gente opine como se piensa que estaría bien, y unas formas de intervención ciudadana muy limitadas.

Como decía Hannah Arendt, la clave es la pluralización de los espacios de participación pública, donde se debate lo que atañe a lo común, que es algo que no está dado, sino que debe construirse en espacios que permitan discutir lo que puede valer y debería ser reconocido como común.

¿Ve algunas señales de optimismo en ese sentido en Colombia?
Muchas de las señales de optimismo en esta dirección provienen de movimientos sociales que luchan por formas de igualdad y contra la privatización de todo, que es una consecuencia del neoliberalismo contemporáneo.

Además, al interior de muchos de esos movimientos que se han dado en el país, y no han dejado de darse pese a las continuas amenazas y muerte de sus líderes, se producen prácticas inventivas, que apuntan a crear formas de producción de lo común, desde los territorios y sus necesidades locales. Por ejemplo, hace tiempo fui a unos encuentros del Congreso de los Pueblos y me pareció interesante la forma como participaba la gente.

A los congresos nacionales de paz iba gente de muchas regiones y organizaban las discusiones de manera que la opinión se iba formando en núcleos pequeños que luego se articulaban con unos más grandes y esa era una idea de representación de abajo hacia arriba, de lo local a lo nacional, que intentaba acoger la diversidad de los territorios.

Mi interés por estudiar los movimientos sociales viene del interés por reflexionar sobre el hecho de que la gente sabe muy bien lo que le afecta y a veces diseña formas de pensar sus problemas y resolverlos que quienes viven en Bogotá con sus técnicas de gobierno no son capaces de entender. Hay mucha sabiduría política que se puede producir en estos movimientos, desde sus saberes locales. De hecho, es así, de abajo hacia arriba, desde lo local a lo más general, que puede producirse un común que realmente nos concierna.

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