Cuando la verdad se nos escapa entre las manos

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Hablar de honestidad debería ser un tema sencillo. Gracias principalmente al psicoanálisis de Sigmund Freud, la verdad, la sinceridad, es vista no ya como una virtud primordial –algo que se ha mantenido a lo largo de buena parte de la historia, pues ya en la Biblia y otros libros anteriores se hace referencia a ella– , sino también como una actitud de salud mental: la represión de las tendencias instintivas puede llevar a producir ciertas neurosis y sólo la liberación de nuestros instintos nos devolvería la salud.

Esta es la teoría más aceptada actualmente entre psicólogos y psiquiatras. La gente honesta es libre. Sencillamente porque describe la realidad tal como es. El lenguaje descriptivo tiene, entre muchas otras ventajas, el hacer florecer los sentimientos de afirmación del propio ser y el gusto por vivir en el mundo «real». Además, aquellos que dicen la verdad suelen convencer y conmover a los que les rodean. Siendo honesto y franco, el ser que ha tomado la palabra se hace cargo de su situación, en lugar de dejarse utilizar –como nos pasa a muchos– por la propia mente que en él habita y que a menudo escapa a nuestro control.

«Debo ser honrado y crítico. Decir la verdad pura y dura en todas sus formas»
Ralph Waldo Emerson, escritor y filósofo estadounidense (1803-1882)

Esto es así porque, nos guste o no, la libertad es a veces tan aterradora que nuestra mente no la tolera, jugando con ella al escondite y anteponiendo a ella toda clase de pensamientos –digámoslo sin tapujos– estúpidos. Buscamos una manta que nos proteja del exterior y a veces las consecuencias de ello son bastante caras. Por el contrario, quienes usan palabras llanas y claras, han apostado fuertemente por la libertad. No buscan vías de escape frente a la vida.

No se trata de ser sinceros para ser virtuosos. El moderno enfoque que se tiene entre psicoanalistas, o por ejemplo en la psicología gestáltica, es que la sinceridad es una necesidad vital de la que depende nuestra salud y supervivencia. Aprender a ser sinceros es una de las mejores maneras de curar todos los trastornos de estrés no derivados de nuestro entorno.

Los problemas del dogma

Sin embargo, como explica el filósofo Miguel Catalán en su obra Ética de la verdad y de la mentira (Seudología VI), ya Blaise Pascal nos dio un pequeño aviso: «Cuando el hombre trata de ser ángel, acaba siendo bestia». A lo que se refería el pensador francés es a que cuanto más se alejan las pretensiones de las posibilidades de cumplimiento, más contribuyen a malograrlo. Cuando el precepto obliga a forzar la naturaleza con una presión excesiva, no se suele conseguir lo mejor, sino lo peor.

«Somos la hostia de mentirosos, lo cual nos agota. Ahí radica la mayor fuente de estrés para los seres humanos. La mentira mata».
Brad Blanton, Honestidad radical

Siguiendo este discurso, podremos explicar por qué cuando intentamos suprimir el sexo, este se vuelve perversión. O por qué cuando queremos suprimir la agresividad, estalla la violencia. Lo mismo ocurre con el cuerpo, pues si tratamos de olvidarlo, terminará por infectar nuestra mente. Y por supuesto ocurre con la mentira, ya que si tratamos de suprimirla de nuestras vidas pronto la peor de ellas nos parecerá realidad.

En lo que respecta a nuestra historia en la búsqueda de la desaparición completa de la mentira, hay un dato incuestionable: todos mentimos con cierta frecuencia. Y sin embargo, nuestra norma moral establece que nadie debería mentir nunca. Nos hemos colocado en una posición francamente utópica donde la tirantez de la cuerda no podría ser más insostenible (hemos de recordar que este universal vicio, según la doctrina cristiana y otras religiones, conlleva la mismísima pérdida de nuestra alma).

No es posible que convirtamos lo sublime en obligatorio sin que esto acarree altas dosis de hipocresía y falsedad, necesarias para mantener la imagen de lo que sería la conducta adecuada para tamaña idea

Otro insoportable resultado perverso de esa insoportable tensión que cargamos sobre nuestros hombros, debido al rigor moral que nos exigimos, es la natural crueldad que surge de esta exigencia. Este «fariseísmo» derivado del absolutismo moral procede del exceso de tensión psíquica, y por ello no es infrecuente decir la verdad con la única intención de hacer daño a quien nos escucha. Como ya anunció Diderot, el individuo tiende a desplazar hacia los demás, en forma de crueldad, el sufrimiento que él siente al verse incapaz de cumplir sus altas expectativas: «Se impone una tarea que no es natural. Sufre, y cuando uno sufre, hace sufrir a los demás». De este modo, el agresor no sólo causa daño a otro, sino que probablemente causa aún más daño que la propia mentira, y lo peor es que encima se viste con las galas del virtuoso que rinde culto a la honestidad.

La sinceridad hoy

Curiosamente, mientras que hoy día alabamos la sinceridad, quizá más que nunca, la recomendación que solemos darnos unos a otros es la de no ser sinceros “del todo”. O no ser «brutalmente sinceros». Por contra, optamos por disimular nuestras opiniones para no ofender a los demás. Una consecuencia lógica del comportamiento políticamente correcto que nos ha traído el relativismo moderno.

«Una verdad, dicha con mala intención, supera a todas las mentiras que puedas inventar».
William Blake, poeta inglés (1757-1827)

Como indicaba el escritor Juan Manuel de Prada en su artículo Sinceridad e hipocresía, el problema que se nos presenta es que ni siquiera a la honestidad la definimos del modo que tradicionalmente tiene. Hoy día usamos el término para describir la coartada emotiva que adoptan nuestros comportamientos más vergonzosos y egoístas para vestirse de respetables. Actualmente llamamos ser sincero al afloramiento de todos los apetitos y sentimientos de nuestro interior, lo que es, sin ninguna duda, un comportamiento cuestionable. Más parece una excusa para comportarnos como animales y elevar nuestro orgullo.

Habrá quién dude de esta afirmación, pero para comprobarlo sólo ha de echar un vistazo a cualquiera de los muchos programas llamados de «telebasura» que invaden nuestras televisiones. No solo esta sinceridad paleta y desvergonzada (otra palabra que usamos mal, por cierto: hoy «vergüenza»es considerado algo peyorativo, cuando tradicionalmente lo malo era ser un «sinvergüenza») es aplaudida, sino que también es agasajada y fomentada. En aproximadamente la mitad de los casos –siendo muy optimistas– en que tildamos a personas de «sinceras» estamos refiriéndonos a que presentan un (insano) exhibicionismo en su carácter.

En realidad, hoy somos muy hipócritas. Nunca hemos defendido tantas causas justas, pero hemos vivido más de espaldas a esas mismas proclamas. La hipocresía convive con la sinceridad, alimentando la una a la otra, y eso tiene una grave consecuencia: la incapacidad de alcanzar la verdad. Y causa un sinfín de problemas, como podría ser el victimismo patológico de que hacemos gala. No tenemos problema alguno en cargar sobre las espaldas de los demás toda la responsabilidad de las calamidades que nos ocurren, pero no tenemos pudor alguno, eso sí, en atribuirnos cualquier mérito o éxito cosechado.

La hipocresía convive con la sinceridad, alimentando la una a la otra, y eso tiene una grave consecuencia: la incapacidad de alcanzar la verdad

La visión de la sinceridad que tenemos hoy se caracteriza principalmente por la exaltación de las emociones y el postureo compulsivo. Y estaremos todos de acuerdo en que esto no es sinceridad como tal. La sinceridad ha de tener como hecho primario la adhesión a la verdad, que sí puede llevarnos a una vida en libertad al enfocarse a un mundo ‘real’. Pero estamos haciendo lo contrario, hemos reconvertido la hipocresía en sinceridad y lo que antaño era un vicio ahora se ha disfrazado de virtud. Peor aún, hemos cambiado su significado sin cambiar su condición de norma social, de modo que encima ahora parece de obligado cumplimiento si queremos tener un comportamiento moral.

Sinceridad e hipocresía se demuestran, de este modo, no ya como dos opuestos antagónicos, sino como dos primas hermanas, dos caras de la misma moneda. Su sentido tradicional ha sido corrompido, poniendo en riesgo nuestra propia capacidad de alcanzar, o al menos acercarnos, a la verdad. ¿Por qué? Quizá por lo que decíamos al principio: la libertad, la obligación de vivir bajo nuestra responsabilidad en el mundo real, nos aterra. Y nos hemos engañado a nosotros mismos para maquillarla. El problema es que las hemos pintado tanto (a la hipocresía y la sinceridad) que ya no sabemos qué es una cosa y qué es la otra.

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