La pereza os hará libres

Reflexionamos en el día del trabajo sobre las supuestas bondades del mismo y sobre cómo en tiempos de explotación y autoexplotación la pereza se ha convertido en una manera de resistencia.
Reflexionamos en el día del trabajo sobre las supuestas bondades del mismo y sobre cómo en tiempos de explotación y autoexplotación la pereza se ha convertido en una manera de resistencia.

El 1 de mayo arde el fuego del trabajo y a su alrededor se concentran quienes lo celebran. Están de fiesta. ¡Qué pereza…! Nos retrasamos un poco, miramos con distancia la escena y reflexionamos sobre ello repanchingados y en compañía de quienes levantaron sospechas sobre las virtudes del trabajo o directamente lo acusaron de ser la caja de todos los males.

Por Pilar G. Rodríguez

Que el trabajo dirige y ordena cualquier proyecto vital es un hecho incuestionable. Ya sea por exceso, por defecto o por ausencia, la vida baila alrededor de lo que “eres” o dejas de ser. La lingüística en este caso subraya esa usurpación: ¿tú qué eres?, se pregunta mecánicamente. Y se asume que lo que somos es la profesión que tenemos. Porque “¿en qué trabajas?” resulta un poco más largo y, aunque sea más preciso, la lengua tiende a ahorrar, como algunos trabajadores.

Lo que pudo haber sido…

Que el trabajo es “bueno” constituye uno de los dogmas más asentados en la sociedad. Apenas requiere explicación; todo el mundo lo conoce y casi todo el mundo lo comparte. Algunos recordarán el inexorable y bíblico “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, del Génesis. Sería fácilmente refutable sin salir del mismo libro, ya que en el Nuevo Testamento, Lucas y Mateo refieren el pasaje en el que Cristo neutraliza a los afanosos con su recuerdo, un tanto hippie, de las aves del cielo y los lirios del campo: “Mirad a los cuervos; no siembran ni siegan, no tienen despensa ni granero; y sin embargo Dios los alimenta. (…) Mirad a los lirios cómo crecen. No hilan ni tejen y os digo que ni siquiera Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos”.

En la civilizaciones clásicas, el trabajo era visto como una humillación; en esto estaban de acuerdo Platón, Aristóteles y, sin duda, muchos de sus ociosos y refinados contemporáneos. La opinión no era sólo cosa de poetas como el tal Antípatro (contemporáneo de Cicerón) que recuerda Paul Lafarge en su obra El derecho a la pereza: “Ahorrad la fuerza del brazo que hace girar la piedra del molino, oh molineras, y dormid apaciblemente! Que el gallo os advierta en vano que ya es de día… (…) Vivamos la vida de nuestros padres y, ociosos, regocijémonos de los dones que la diosa otorga!”.

“La naturaleza no ha hecho ni zapateros ni herreros; ocupaciones semejantes degradan a quienes las ejercen, viles mercenarios (…)”.
La República, Platón

"De la vida de un inútil", una de las narraciones clásicas del romanticismo alemán de Joseph von Eichendorff (Editorial Rey LEar).
“De la vida de un inútil”, una de las obras clásicas del romanticismo alemán de Joseph von Eichendorff (Editorial Rey Lear).

La literatura está llena de esas llamadas a abandonarse y ponerse en manos de los hados a la búsqueda de una existencia libre de toda fatiga. Los pícaros o bribones del barroco o los exaltados románticos buscaban con frecuencia ser dueños de todo y sobre todo de sí mismos, al no ser dueños de nada como el protagonista de la Vida de un inútil (o de un tunante, en otras traducciones). En esta narración del romanticismo alemán, su autor, Joseph von Eichendorff, narra la peripecia feliz de un hombre sin más propiedades que un violín y el destino que no duda en poner en manos de la providencia. Esa diosa bien podría haberse convertido en aliada en esto del vivir sin trabajar, pero a la moneda le dio por caer del otro lado, la del trabajo y el sufrimiento. Una lástima. Quizá para aliviarle la gravedad a esta combinación se ideó eso de que el trabajo dignifica (“o deja de dignificar –que cantaba Melendi–; si no sé lo que significa, qué coño más me da”). Nos interesa revisar esa supuesta dignidad a la luz de algunos textos y pensadores que, con un poco de memoria y lectura, hacen tambalear el trasatlántico de las bondades del trabajo.

Desmontando algunos tópicos

En uno de los textos clásicos sobre este tema, el mencionado libro El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, el teórico político y revolucionario que acabó siendo (más) conocido por casarse con la hija de Marx (y suicidarse con ella) tiene claro el momento en que esto cambió y quienes fueron los culpables: la civilización capitalista, cuyos líderes, en alianza con “curas, economistas y moralistas han sacralizado el trabajo (…) la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica”.

El derecho a la pereza", de Paul Lafargue (Prokomun). Un clásico en la denuncia las «espantosas consecuencias» del trabajo asalariado y, sobre todo, de que los trabajadores se hayan tragado el cuento de sus bondades.
“El derecho a la pereza”, de Paul Lafargue (Prokomun). Un clásico en la denuncia de las “espantosas consecuencias” del trabajo asalariado y, sobre todo, de que los trabajadores se hayan tragado el cuento de sus bondades.

Lo curioso es que no presenta a los obreros como seres “puros” o “víctimas inocentes” de la mencionada alianza. El de Lafargue no es un retrato simple de una sociedad de buenos y malos. Lafarge denuncia hasta hacer cómplices de su destino a los exhaustos e inconscientes proletarios a los que, a lo largo del ensayo, lanza virulentas y repetidas tundas. “Trabajad, trabajar proletarios para aumentar la riqueza social y vuestras miserias individuales; trabajad para que volviéndoos más pobres tengáis más razones para trabajar y ser miserables”. Páginas después les seguirá reprochando sus imploraciones lastimeras de “¡trabajo!, ¡trabajo!”. Su superabundancia debería obligarlos a refrenar su pasión; por el contrario la lleva al paroxismo. En cuanto una oportunidad de trabajo se presenta se arrojan sobre ella; entonces reclaman doce, catorce horas para lograr su saciedad…”. No hay duda de que las cenas de Navidad debían ser animadas en casa de los Marx, sobre todo si nadie tenía la precaución de prohibir hablar de política.

¿Cuánto es bastante?

El reparto del trabajo y su duración son dos de esas cuestiones que demuestran que la filosofía está en la calle. Los partidos las estudian y las incorporan a sus programas, siempre con gran repercusión mediática. Algunos filósofos se han ocupado de ellas y han sido muy claros, dando cifras y todo. Tomás Moro en su Utopía decía que los habitantes de esa sociedad ideal dividían el día y la noche en 24 horas “dedicando y asignando sólo seis al trabajo”. Por ahí va la propuesta de Lafargue: “¿Por qué no distribuirlo uniformemente en los doce meses y obligar a todos los obreros a contentarse con seis o cinco horas por día durante todo el año?”. Si bien es cierto que en otro pasaje en el que se le calienta la boca (o la pluma) habla de trabajar “no más de tres horas por día y holgazanear y comer el resto del día y de la noche”. Cuatro le parecen óptimas a Russell. En su ensayo Elogio de la ociosidad afirma: “En un mundo donde nadie está obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros”.

“El sabio empleo del tiempo libre, debemos admitirlo, es un producto de la civilización y de la educación”. Elogio de la ociosidad, Bertrand Russell

"Elogio de la ociosidad", de Bertrand Russell, editado junto con otros ensayos por Diario Público.
“Elogio de la ociosidad”, de Bertrand Russell, editado, junto con otros ensayos, por Diario Público.

Como es habitual, el inglés introduce en la última afirmación algunas nociones bien interesantes. Una de ellas es entender que el verdadero progreso de la sociedad no es producto del trabajo como se quiere hacer ver, sino del ocio, un tipo de ocio activo ligado a las querencias e intereses naturales de los seres humanos. En el pasado, en las civilizaciones clásicas, pero no sólo, este ocio estaba ligado a los privilegios de clase, de clase ociosa, claro: “Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias; escribió los libros; inventó las filosofías y refinó las relaciones sociales. La liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiera salido de la barbarie”. Y sin embargo, una de esas barbaries era la esclavitud. Para la controversia una pregunta también clásica: ¿el esplendor y la producción intelectual de esas las gloriosas civilizaciones hubiera sido posible o hubiera sido el mismo de no existir la esclavitud?

Trabajar cansa

Por si alguien no se había dado cuenta, el poeta italiano Cesare Pavese lo dejó dicho en el título de uno de sus libros más conocidos. Efectivamente, trabajar cansa y trabajar mucho cansa en la misma proporción. Si convivís con niños sabréis que el cansancio es uno de los peores enemigos de la convivencia: el agotamiento nubla la razón y trae irritabilidad, trastornos, conflictos… En adultos, esos niños creciditos, tres cuartos de lo mismo. ¿No estaremos trabajando por encima de nuestras posibilidades? ¿Con qué consecuencias? En la sociedad industrial estaba claro cuál era el significado de ello: jornadas de más de diez y quince horas para hombres, mujeres y niños que los anulaban para cualquier otra posibilidad ajena a la faena cuando no les arrastraban hacia la muerte por el mismo motivo. Ahora ya no está tan claro. La jornada está reducida en teoría a siete u ocho horas. Y sin embargo…

“Los placeres son más beneficiosos que los deberes porque, como la compasión, no son obligados y son por ello doblemente benditos”.
En defensa de los ociosos, Robert L. Stevenson

Los médicos andan hablando y avisando de una sociedad hipermedicada e hiperestresada que hace de cada molestia una patología. Los filósofos también advierten sobre excesos y sobreabundancia. El nombre más popular de la filosofía en la actualidad, el coreano Byung- Chul Han, ha dedicado uno de sus libros a lo que él denomina “la sociedad del cansancio” y redunda en esa opinión constatando que la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO) definen el panorama de comienzos de este siglo no como enfermedades al uso, sino como estados patológicos. Y en ¿Qué sucedió en el siglo XX? (Siruela), Peter Sloterdijk tiene una frase que brilla y hiere como un diamante: “Aquí aparece con pureza cristalina el motivo rector del mundo moderno: desde ahora se tratará de trabajar siempre para no tener que trabajar ya nunca”.

Pero ¿qué está pasando?

Dos respuestas posibles que se enganchan en un círculo vicioso. Por un lado, quienes trabajan, sabedores de que gozan de un bien escaso y cada vez más escaso, se empeñan en lucirlo como quien tiene ya un buen coche, pero se compra otro u otros dos en función (inventada o inducida) de si va a dirigirse al campo o a comer con la familia. No vale con trabajar para vivir; tampoco basta con trabajar para vivir bien o muy bien; hay que trabajar sin parar para vivir (o hacer que se vive) mejor que nadie.

Según Byung-Chul Han nuestra sociedad es "La sociedad del cansancio". El libro, como el resto de los del pensador coreano, lo edita Herder.
Según Byung-Chul Han, nuestra sociedad es “La sociedad del cansancio”. El libro, como el resto de los del pensador coreano, lo edita Herder.

Por otro lado, un ejército de trabajadores precarios o aspirantes a trabajadores, en vista de que la providencia no provee mucho, sigue confiando su futuro a un esfuerzo cada vez más desmedido, más descontrolado, más enfermizo. Es la autoexplotación de la que habla Byung-Chul Han, la más eficaz, cruel y aniquiladora forma de servidumbre voluntaria. Al fenómeno le dedica muchas y jugosas páginas Remedios Zafra en El entusiasmo, libro con el que ganó el último premio Anagrama de ensayo. En él analiza una generación que ha conocido, pero a la que se le ha vedado, el sueño de la estabilidad. En su lugar, falsas esperanzas cuando no engaño y autoengaño y un rodillo con el que aplastar cualquier tipo de reacción. En el mismo sentido ahonda Jorge Moruno y su No tengo tiempo, publicado por Akal, donde habla no de la conciliación, sino de la integración de vida y trabajo, de su dañina e intencionada confusión.

“Introduzcan el trabajo fabril, y adiós alegría, salud, libertad; adiós a todo lo que hace la vida bella y digna de ser vivida”, explica Lafargue en El derecho a la pereza. Hoy día como todo es tan cómodo y fácil no hay que introducir nada. El trabajo al modo fabril está en nuestras casas con servidores que no descansan ni dejan descansar con sus notificaciones, con redes que no hacen sino proyectar nuestras habilidades laborales o públicas, en cualquier caso, cuando estamos de puertas para dentro. Estamos volcados hacia el exterior, descoyuntados, desarticulados y fuera de eje, aunque siempre sonriamos en nuestras fotos de perfil, avatares e iconos varios. 

La pereza como resistencia

Ante esta situación, una huída como poner una frutería, lo que hace la protagonista de El entusiasmo, no puede ser sino una victoria. Y vivir bajo tierra como la criatura de La madriguera, la obra final de Kafka, otra. Y dar un portazo, otra más molesta y ruidosa. Y desconectarse, la definitiva. Pero antes de llegar a esas resoluciones, quizá la estrategia de acostarse –y no levantarse más que para darse cuenta de lo cansado que se está– sea la más bella y elaborada de todas las respuestas y resistencias. Le dio forma Iván A. Goncharov en 1859 cuando se publicó su libro Oblómov. Ese es el nombre de héroe en batín de esta novela y de los tiempos modernos, un ser para el que “estar tumbado no era una necesidad como lo es para el enfermo o para el que tiene sueño, ni una casualidad como para el que está cansado, ni siquiera un placer como para el perezoso: era su estado normal”.

“¿Cuándo va a vivir uno? –pensaba–. ¿Cuándo?”.
Oblómov, Iván A. Goncharov

"Oblómov", el singular héroe en batín que salió de la imaginación de Iván A. Goncharov. (Alba editorial)
“Oblómov”, el singular héroe en batín que salió de la imaginación de Iván A. Goncharov (Alba editorial).

Oblómov recibe en su casa a amigos que hacen visitas, ven a gentes, trabajan, se enamoran, se divierten, van “a diez sitios en un solo día ¡qué desgraciado! –pensó Oblómov– ¿Y eso es vida?”. Y se compara para reafirmarse en su actitud con cada conocido que pasa por su allí: “Seguro que gana más de cinco mil al año. ¡Eso sí que está bien! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, la imaginación (…). Y se alegró de estar tumbado, tan libre de preocupaciones como un recién nacido, se alegró de no tener que vender nada, de no dispersarse…”. Seguro que apoyaría y hasta incluso haría el gran esfuerzo de agarrar la pluma para suscribir el único mandamiento de la hermandad de los ilustres perezosos, el que diera Lessing y que recoge Lafargue al inicio del libro que vertebra este artículo, El derecho a la pereza. La frase de Lessing exhorta suavemente: “Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos”. Es una buena manera de celebrar el día del trabajo y los días de (verdadero) trabajo que le seguirán pasado y al otro y al otro.

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