¿Tendemos como seres humanos hacia la verdad o hacia la mentira? ¿Es siempre buena la verdad? ¿Es siempre mala la mentira? ¿Por qué? © Ana Yael
¿Tendemos como seres humanos hacia la verdad o hacia la mentira? ¿Es siempre buena la verdad? ¿Es siempre mala la mentira? ¿Por qué? © Ana Yael

La verdad es difícilmente comprensible si no miramos con detalle a su antónimo: la mentira. Un concepto íntimamente unido a nuestra humanidad que rehuimos y combatimos desde hace milenios, pero contra el que parecemos perder siempre la batalla. 

A los seres humanos nos obsesiona la verdad. La percibimos generalmente como una necesidad indiscutible por la que luchar, sufrir y morir, si hace falta. Ansiamos vivir bajo ella, y sin embargo, continuamente la perdemos de vista y la traicionamos. El mundo en que nos movemos día tras día no transita precisamente por el camino de la verdad, tanto es así que su supuesto «reverso tenebroso» –la falsedad, la mentira, la hipocresía– a menudo se nos antoja más real y natural que aquel ideal, en buena parte, ficticio. De ahí que debamos plantearnos una serie de preguntas: ¿tendemos como seres humanos hacia la verdad o hacia la mentira? ¿Es siempre buena la verdad? ¿Es siempre mala la mentira? ¿Por qué?

Desde un punto de vista puramente ético, es obvio que la verdad tiene una fama infinitamente mejor que la mentira. A lo largo y ancho del mundo la franqueza, la sinceridad y el rigor son apreciadas cualidades que dignifican a quien las posee; y todos, si se nos confronta directamente con la elección, nos posicionaremos a favor de la verdad y en contra de la mentira. El problema es que las cosas nunca son tan simples como parecen.

Nietzsche.
Lechuza.

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