La masculinización de la palabra

Lluís Duch defendió las voces femeninas como instancia de renovación, de “flujo vital”. En tiempos convulsos, las voces femeninas podrían tratar esta perversión de la palabra a través de un lenguaje liberador que permitiera recuperar los lazos perdidos.
Lluís Duch defendió las voces femeninas como instancia de renovación, de “flujo vital”. En tiempos convulsos, las voces femeninas podrían tratar esta perversión de la palabra a través de un lenguaje liberador que permitiera recuperar los lazos perdidos.

El antropólogo y monje benedictino Lluís Duch utilizó la expresión “masculinización de la palabra” como un instrumento para explicar la crisis del mundo contemporáneo, en particular en el contexto de los tradicionalismos radicales. Este concepto puede ser una clave de interpretación en la época de eclosión de los feminismos.

La tesis de Duch es que se ha pervertido la palabra en un sentido expresivo. Las palabras sirven para dibujar un mundo en el que cobijarnos, estructurándolo en una serie de posibilidades expresivas para constituir y decir las cosas, relacionarlas, enlazarlas, tendiendo puentes. Desde la posibilidad expresiva de la palabra hacemos lazo con otros, con el mundo y, para los creyentes, con Dios. Duch denominó esta capacidad del lenguaje para construir lazos “empalabramiento”. Ahora bien, cuando la palabra, en lugar de orientarse en la construcción de una reciprocidad sirve para acusar, segregar, herir, o cuando se convierte en una especie de charla global vacía, pierde su capacidad de enlace produciendo una “enorme precariedad, una angustia generalizada y una desorientación que, a primera vista, parece insuperable”. En este contexto, Duch utilizó la expresión “masculinización de la palabra”, especialmente en Estaciones del laberinto (2004), Ambigüitats de l’amor (2004), Religión y comunicación (2010) y El exilio de Dios (2017) para referirse al uso de un lenguaje que, por la violencia, margina o anula las voces femeninas, y también otras voces minoritarias por fuera del orden establecido (la ortodoxia).

Duch usó la expresión “masculinización de la palabra” para referirse al uso de un lenguaje que margina o anula la voz femenina. La palabra se usa como proyectil para herir al otro en vez de ir a su encuentro

Masculinización de la palabra significa un modo de utilizar el lenguaje para atacar la relación humana. Las palabras se usan como proyectiles para herir al otro en lugar de ir a su encuentro, por un lenguaje violento, egoísta e instrumental, que pretende apropiarse indebidamente del mundo y de los otros. Este fenómeno es muy negativo, no solo para las mujeres, sino también, sobre todo, para los mismos hombres, con quienes las mujeres comparten una misma humanidad. En este sentido, Duch defendió las voces femeninas como instancia de renovación, de “flujo vital”. En tiempos convulsos, las voces femeninas podrían, desde sus biografías singulares, tratar esta perversión de la palabra a través de un lenguaje liberador que permitiera recuperar los lazos afectados y perdidos.
He aquí un interesante apunte de Duch para pensar los feminismos contemporáneos desde la óptica del empalabramiento antropológico, ya que, de igual manera, el imperativo de feminización de la palabra podría llevar al mismo resultado excluyente. Duch propone entonces el poliglotismo de género de la palabra humana, una polifonía como estructurante del vínculo social.

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