La insignificancia creadora

El humano es el único ser que es consciente de su vulnerabilidad y su finitud, de su cósmica intrascendencia.
El humano es el único ser que es consciente de su vulnerabilidad y su finitud, de su cósmica intrascendencia.

David Cerdá reflexiona acerca de nuestra finitud y vulnerabilidad, llegando a la conclusión de que, cuando comprueba su situación en el cosmos, solo le quedan dos opciones: la futilidad de todo o la aventura de constituirse en ser creador.

Por David Cerdá, conferenciante, consultor, formador y escritor

En una de las escenas iniciales de Annie Hall, de Woody Allen, Alvy Singer, alter ego del cineasta, cuenta una escena de infancia en la consulta del médico. Su madre le cuenta que su pequeño está deprimido por algo que ha leído. «El universo se expande» —explica el niño—. «Bueno, el universo es todo, y si se expande, algún día estallará y eso será el final de todo». «¡Eso no es asunto tuyo!», le dice su madre, alterada. «¡Ha dejado de hacer sus deberes!». «Claro, ¿para qué?», responde Alvy.

El humano es el único ser que es consciente de su vulnerabilidad y su finitud, de su cósmica intrascendencia. Esa es, sin duda, la fuente de toda su filosofía, que es producto de sus existenciales desvelos. La aventura del conocimiento es una cámara frente a la humanidad que se aleja. Como explica Freud en el Malestar de la cultura, Copérnico, Darwin y el propio autor han arrojado a la lona nuestra autoestima como especie, desplazándonos, sucesivamente, del centro del universo, de la cúspide de la Creación y de los mandos de nuestro propio psiquismo.

«La aventura del conocimiento es una cámara frente a la humanidad que se aleja»

La insignificancia nos empuja al sentido, o a su opuesto, el absurdo. Ese «¿para qué?» que ingenuamente lanza Alvy es, entre otras muchas cosas, la fuente de todas las religiones, del existencialismo de Camus y Sartre y del teatro del absurdo de Beckett e Ionesco. Buena parte de la enjundiosa filmografía de Allen es la puesta en escena de una serie de personajes cultos y adinerados noqueados por la falta de sentido y el drama del sufrimiento y la segura destrucción futura del género humano. Annie Hall, Manhattan, Hannah y sus hermanas y el resto son la versión neoyorquina de Esperando a Godot.

La insignificancia golpea; es un jarro de agua gélido, y como tal puede ser paralizador e incluso negativamente electrizante. Una parte de nuestro patrimonio literario, y la obra de pensadores como Schopenhauer, incide en este sinsentido y el subsiguiente horror. En la quinta escena del acto quinto, Macbeth afirma que «la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». Esta obra demuestra la importancia que tiene la metafísica, pues es dicha postura la que en definitiva sostiene la ambición y las tendencias homicidas de su protagonista. No todo el que compra las tesis nihilistas reacciona como Nietzsche y Schopenhauer, con un desprecio lúcido y distante, reflexivo y abierto, de lo humano. Para muchos es la coartada para orquestar la debacle.

Por supuesto, la cuestión del sentido no es una dicotomía entre vacío y dogma. Ergo, la filosofía. El propio Nietzsche apunta vías para el rescate, y no todas desaguan y se invalidan en la monstruosidad del superhombre. Cuando en La gaya ciencia declara la muerte de Dios, subraya inmediatamente cuánta responsabilidad nos traslada ese hecho, y a cuánta creatividad nos obliga. Ese fue el huevo que empolló Sartre, quien, por cierto, pese a las veces que le hizo los coros a Macbeth —«La vida es una pasión inútil», escribe al final de El ser y la nada—, también nos apremió a abrazar una vida de acción y coraje. Pocos libros más positivos y euforizantes que El existencialismo es un humanismo.

«No solo sobrevivimos, existimos. Somos polvo, mas polvo enamorado»

Y es que la pequeñez no humilla a todos. A algunos nos estimula. En la película Hombres, mujeres y niños, en la que se cita un célebre texto de Sagan, Un punto azul pálido, el chico protagonista, tras constatar su lugar en el cosmos —«Creo que si desapareciera mañana el universo no se enteraría»— decide que ese hallazgo puede ser fuente de valentía. Y se acerca a la mesa de la chica que le gusta, para pedirle una cita.

La cuestión del sentido cambia cuando se aborda considerando a los otros. Si amamos y convivimos, tenemos parejas, amigos, hijos y conciudadanos, no estamos solos en el universo. En uno de sus Pensamientos, Pascal — a quien, por cierto, abrumaba «el silencio eterno de los espacios infinitos»— dijo que había que ser un necio para depender de la sociedad, pues «precarios e impotentes como somos, hemos de morir solos». No es cierto. El adagio filosófico «todo hombre muere solo» ha hecho fortuna, pero su profundidad es de pega. Cada uno afronta su propia muerte, como cada cual come su comida; pero eso no implica que lo haga en solitario. Por lo demás, no es seguro que la muerte sea una experiencia; solo barruntamos lo que Lucrecio y Epicuro: que es el cese de todas las sensaciones.

Los demás no tienen por qué ser nuestro infierno, en términos existenciales. Pueden ser nuestra más granada oportunidad. Somos seres afectivos y sociales; ens amans y zoon politikon. No hacemos solo lo que otros animales; no solo sobrevivimos, existimos. Somos polvo, mas polvo enamorado.

«El adagio filosófico todo hombre muere solo ha hecho fortuna, pero su profundidad es de pega»

Ha sido Norbert Elias quien mejor ha dibujado estos contornos colectivos del sentido. Sostuvo que el sentido es solo absurdo cuando se hace solipsista. Escribe en La soledad de los moribundos: «El «sentido» es una categoría social […] Resulta bastante fútil el intento de descubrir en la vida de una persona un sentido que sea independiente de lo que esa vida significa para otros». A su juicio, lo que tiene sentido es crear sentido con los demás. La solución al desafío del Big Bang es salir de nuestra minúscula casilla y tratar, junto a nuestros semejantes, de construir un mundo mejor.

En la escena en el médico del niño Alvy, su madre zanja el asunto depresivo exclamando: «¿Qué tiene que ver el universo contigo? ¡Brooklyn está aquí, y Brooklyn no se expande!». La insignificancia no tiene por corolario ineludible la trivialidad. A pesar de lo que apuntaron Vladimir y Estragon y Macbeth, la vida humana, con sus espantos, incertidumbres y desastres, sigue siendo una aventura única y alucinante. Rasgarnos las vestiduras no es la única respuesta, ni necesariamente la más digna. Así es que tal vez deberíamos ponernos todos a hacer los deberes. A fin de cuentas, Brooklyn no se expande.

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