La filosofía del “Quijote”

Don Quijote de La Mancha. Ilustración de Iván Erre Jota bajo licencia CC BY-SA 2.0. Flickr.
Don Quijote "De La Mancha y sin Sancho". Ilustración de Iván Erre Jota bajo licencia CC BY-SA 2.0. Flickr.

Literariamente, el Quijote inaugura la novela moderna al tomar como protagonista a un personaje con tantos defectos como virtudes –el antihéroe–, maneja el lenguaje y la ironía con maestría, y mil cosas más. Filosóficamente, defiende a ultranza la libertad, refleja el realismo existencial –la necesidad de la ficción para que la vida sea verdaderamente real–, enfrenta a la locura con la cordura, juega con ellas hasta confundirlas y ensancha nuestra mirada obligándonos a ver el mundo desde fuera, desde los ojos de un loco.

Por Luis Fernández Mosquera

Todos aprendimos en el colegio que Cervantes no soportaba los libros de caballerías. Esto es verdad, pero no por su fondo -los ideales caballerescos de justicia y ayuda a los necesitados-, sino por su forma, completamente disparatada e inverosímil. Y es de eso de lo que se burla con maestría en el Quijote. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, publicado en 1605 y 1615, es un relato de aventuras repleto de pensamiento y reflexiones.

La vida no es suficiente para don Quijote

Portada de la edición conmemorativa del "Quijote", de Miguel de Cervantes, del año 2004.
Portada de la edición conmemorativa del IV centenario del “Quijote”, de Miguel de Cervantes, de la RAE.

El primer concepto clave para entender la concepción vital y filosófica que hay en el trasfondo del Quijote es lo que el filólogo y cervantista Américo Castro llamó “realismo existencial”. El realismo existencial es, básicamente, la conciencia de que la vida tal cual es no es suficiente, de que necesita del empuje de la ficción para ser verdaderamente real. Don Quijote se lanza, efectivamente, a vivir una ficción como si fuera la realidad, porque la vida, por sí misma, no lo es. De hecho, se ha llegado a decir que don Quijote no está loco, sino que en realidad está jugando. En la aventura de los rebaños de ovejas, por ejemplo, dice el texto: “Comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alancease a sus verdaderos enemigos” (I, 18)… cuando si realmente pensara atacar a caballeros su lanza apuntaría demasiado alto para poder acometer contra las ovejas. En el fondo, poco importa si don Quijote está loco o está jugando; el caso es que vive la ficción como realidad.

Este concepto es central en toda la literatura española del siglo XVII, y especialmente en el teatro, pero por supuesto cada autor le da un contenido ideológico diferente. En el caso de Cervantes, ocurre que la ficción o la locura de don Quijote es más justa y más bella que la realidad de un país encanallado en el que la Inquisición persigue de forma tan paranoide como implacable cualquier atisbo de heterodoxia religiosa –como no comer cerdo, lavarse con excesiva frecuencia o leer mucho, algo de lo que se burla Cervantes en La elección de los alcaldes de Daganzo– y los vecinos se denuncian unos a otros, muchas veces forma preventiva de despejar las sospechas en torno a sí.

Don Quijote, en cambio, es pura bondad. Nada más ser armado caballero, tropieza con Andrés, un muchacho a quien su amo está azotando con una correa por haberse descuidado al vigilar el rebaño. Inmediatamente, lo desata y obliga al labrador a pagarle el salario que le adeuda. En cuanto, creyendo haber “desfecho el entuerto”, pica espuelas, el labrador vuelve a atar a Andrés y reanuda la paliza, pero esta vez con más saña.

Platonismo vivido

Etiquetas para Don Quijote. Diseño elaborado por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY 3.0.
Etiquetas para Don Quijote. Diseño elaborado por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY 3.0.

La ingenuidad de don Quijote ha convertido sus buenas intenciones en efectos perversos, pero queda claro con quién están las simpatías del narrador –y del lector, al menos a partir del siglo XVIII, curiosamente–: don Quijote actúa con justicia, y lo que falla no es su conducta, sino un mundo en el que una conducta tan virtuosa tiene unas consecuencias tan dañosas. La ficción en la que vive don Quijote aparece como un ejemplo de justicia, de belleza –por más que se ría Cervantes de las majaderías de la caballería andante, queda claro que es más bella y más emocionante una vida con gigantes, ejércitos y Dulcineas que una vida con molinos, ovejas y Aldonzas–, y por ello, aunque paradójicamente, de verdad. Como dijo Juan Goytisolo al recibir el Premio Cervantes 2014, “su locura es una forma superior de cordura”. Toda la vida de don Quijote desde que es armado caballero consiste en el empeño de traer esos ideales de belleza y de justicia –que son la verdadera realidad aunque no sean la realidad de la vida– a la vida.

Don Quijote se lanza a vivir una ficción como si fuera la realidad, porque la vida, por sí misma, no lo es. Se ha dicho que don Quijote no está loco, sino que está jugando

El resultado de este platonismo vivido es dispar. Por una parte, don Quijote obtiene derrota tras derrota –y paliza tras paliza, en un sentido muy literal– en sus andanzas, además de ocasionar de vez en cuando, como en el caso de Andrés, la desgracia de aquellos a quienes pretende ayudar. Por otra, la presencia de don Quijote supone un soplo de libertad en las vidas de quienes se cruza en su camino, especialmente en el caso de Sancho Panza, que empieza la novela advirtiendo al caballero contra todas sus aventuras y la termina inventando él las aventuras –como en el episodio de Clavileño–, e incluso, una vez que don Quijote es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna y jura apartarse de la caballería por un año, abraza con más entusiasmo que su amo el proyecto de una vida pastoril en la que se llamarán Quijótiz y Pancino, respectivamente. Incluso otros personajes parecen, con el pretexto de burlarse de don Quijote, disfrutar de la invención de nuevas ficciones y aventuras para el caballero. Pero ante todo, el principal efecto de la vida de don Quijote en sí mismo y en quien le sigue, como Sancho, es la felicidad: viviendo la vida como si fuera más justa y más bella de lo que es, siendo caballero andante y escudero y no hidalgo pobre y labrador, son más dichosos. Ese es el sentido de la ficción en el Quijote: ensanchar nuestra mirada, permitirnos imaginar realidades mejores y más felices que esta para que esta realidad, y nosotros con ella, termine siendo mejor y más feliz.

La realidad social

Desdibujados así los límites que separan la realidad de la ficción, Cervantes parece preguntarse cómo la sociedad distingue tan firmemente una de la otra. La respuesta la da –es decir, la sugiere, porque Cervantes nunca da respuestas– en el episodio del yelmo de Mambrino, y es casi posmoderna. En una aventura anterior, don Quijote se ha hecho con una bacía de barbero –una especie de jofaina o palangana– que, en su locura, confunde con el mágico yelmo de Mambrino. Tiempo después, en una venta, coincide con el barbero a quien en buena ley pertenecía; este, como es natural, reclama su bacía, a lo que don Quijote responde proponiendo ¡una votación! entre los allí presentes para dilucidar la cuestión. Como ya conocen a don Quijote, deciden seguirle la corriente y dicen todos que es yelmo y no bacía, para escándalo del barbero: “¿Que es posible que tanta gente honrada diga que esta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece esta que puede poner en admiración a toda una universidad, por discreta que sea” (I, 45).

En conclusión, Cervantes parece sugerir que, socialmente, poco importa lo que realmente sean las cosas, porque la sociedad es muy capaz de construir su propia realidad e imponerla tozudamente. Incluso cada uno es capaz de hacer lo mismo individualmente: para don Quijote es yelmo y no cabe duda al respecto, y justo al revés para el barbero. De este modo no existiría una verdad absoluta, sino tantas verdades como puntos de vista, y la verdad “social” se formaría en buena medida por consenso, acudiendo, como hace Sancho, a la expresión “baciyelmo” para solucionar la duda. Lo que no necesariamente quiere decir que no haya unos valores trascendentales.

Cervantes parece sugerir que la sociedad es muy capaz de construir su propia realidad e imponerla tozudamente

Consejos de buen gobierno

Sorprendentemente, esta novela que trata sobre un lunático y su escudero –¿quién es más loco…?– dedica aproximadamente cien páginas al tema del buen gobierno, demostrando hasta qué punto la locura de don Quijote es moralmente superior a la cordura de su sociedad. En la segunda parte de la novela, los duques en cuyo palacio se hospedan los protagonistas se divierten inventando diferentes burlas para hacerles creer que viven nuevas aventuras caballerescas y entretenerse con sus insólitas reacciones. Una de ellas es convertir a Sancho Panza en gobernador de la ínsula Barataria: le conducen a un pueblo cercano y le hacen creer, con ayuda de algunos sirvientes, que es gobernador de un vasto y rico territorio. Antes de partir a su destino, don Quijote le da algunos consejos para el buen gobierno de la ínsula señalando la importancia de la virtud sobre el linaje:

“Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista [‘se adquiere’], y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.”

Y advierte contra la prevaricación:

“Nunca te guíes por la ley del encaje [‘no juzgues con arbitrariedad’] [y] hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones [‘alegaciones’] del rico.”

E incluso contra la corrupción:

“Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva [‘del soborno’], sino con el de la misericordia” (II, 42).

El gobierno de Sancho resulta una broma cada vez más cruel, en la que, por ejemplo, el médico de la supuesta corte no le deja apenas comer con el pretexto de velar por su salud. El escudero aguanta lo que puede, pero después de salir a defender su ínsula de una fingida invasión y resultar “molido” en el combate, decide renunciar a su cargo y volver a su sencilla vida de labrador:

“Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada para que resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas […] Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernadores de otras ínsulas” (II, 53).

Ojalá hoy nuestros gobernantes siguieran con más frecuencia el ejemplo de Sancho Panza.

Finalmente, la integridad de Sancho ha conseguido ganar el respeto y la admiración de quienes le burlaban:

“Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y discreta” (II, 53).

La muerte de don Quijote recuerda a la de Sócrates: cuando la realidad real termina imponiéndose tan tozudamente sobre la ficción que se hace imposible siquiera guiarse por las ideas de justicia y de belleza

El desengaño de don Quijote

Decíamos que don Quijote es feliz al vivir en una realidad mejor que la real. Y lo es tanto que, cuando renuncia a ella, muere de pena. Salvando las distancias, podríamos decir que su muerte recuerda a la de Sócrates: cuando la realidad real, el mundo, termina imponiéndose tan tozudamente sobre la ficción que se hace imposible no ya convertir el mundo en un lugar bello y justo, sino tan sólo guiarse por las ideas de justicia y de belleza, cuando don Quijote vuelve a ser Alonso Quijano, pierde la razón por la que la vida merecía la pena de ser vivida. Y muere. Así lo recoge el epitafio que le dedica el bachiller Sansón Carrasco:

Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco,
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco
.

Es decir, “fue prueba de su buena suerte que murió cuerdo y vivió loco”.

La libertad, amigo Sancho

Un tema que a Cervantes le obsesionaba porque estuvo preso cinco años en Argel y otras cuantas veces en la cárcel en España.

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no las gozaba con la libertad que los gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede la obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

La Biblioteca Nacional tiene digitalizada y en abierto la primera edición de El Quijote, de 1605. Puedes verla aquí.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre