«Al menos nueve décimas partes de nuestra felicidad se basan exclusivamente en la salud» afirmó Schopenhauer. Para la que le faltaba escribió «El arte de ser feliz» y se inventó la palabra eudemonología. A su manera, Schopenhauer se interesó mucho por la felicidad y no fue el único entre la nómina de pesimistas oficiales. Este artículo los revisa. © Ana Yael
«Al menos nueve décimas partes de nuestra felicidad se basan exclusivamente en la salud» afirmó Schopenhauer. Para la que le faltaba escribió «El arte de ser feliz» y se inventó la palabra eudemonología. A su manera, Schopenhauer se interesó mucho por la felicidad y no fue el único entre la nómina de pesimistas oficiales. Este artículo los revisa. © Ana Yael

Resulta que el pesimista oficial, Schopenhauer, escribió un tratado sobre la felicidad; y los existencialistas lo pasaban pipa con el jazz y el cóctel de melocotón, aunque el mundo fuera absurdo. Ningún filósofo se ha resistido a reflexionar sobre la felicidad, ni siquiera los que parecen más cenizos. Quizá el pesimismo no sea más que el disfraz que esconde la búsqueda más desesperada de la felicidad.

La reflexión sobre la felicidad siempre ha ocupado un lugar de privilegio en la historia de la filosofía. Desde los clásicos griegos hasta quienes firman la última novedad editorial, la felicidad interesa demasiado como para dejar de pensar en ella. En ese contexto, ¿cómo y cuándo surge el pesimismo filosófico? ¿Qué relación guarda, si guarda alguna, con la búsqueda de la felicidad? ¿Cuáles son sus razones y quiénes sus autores?

Los clásicos –Platón, Aristóteles, Epicuro, los estoicos (a su manera)– tuvieron bien presente la reflexión sobre la felicidad y su búsqueda en su filosofía. ¿Es que no eran pesimistas los antiguos? ¿O es que no había motivos para serlo? No parece y, de hecho, que sobraban los motivos lo corroboran las tragedias griegas con su puesta en escena de torpezas, excesos, castigos, desgracias, terrores, catarsis… Curiosamente Aristóteles sí dedicó a la tragedia uno de sus textos, la Poética, pero su estudio versaba más sobre el género y sus peculiaridades que sobre el contenido. La tragedia, la vida como tragedia, mejor dicho, no formaba parte de la reflexión filosófica de los pensadores clásicos. Se asumía, si no con tranquilidad, sí con normalidad; se pensaba en la mejor forma de lidiar con las dificultades; se echaba la culpa al destino o a los dioses y a tirar para delante.

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