La amistad para Hannah Arendt

La filósofa y traductora Olga Amarís escribe: «En estos años, Hannah Arendt se ha convertido en una de mis mejores amigas. Por eso, cuando supe que en una carta a Heinrich Blücher, su segundo esposo, Arendt afirma que su mejor amiga había sido Rahel Varnhagen, pese al insignificante detalle de que 'la mejor amiga' llevara más de cien años muerta, suspiré aliviada al encontrar una marca más de reconocimiento». Imagen de Rahel Varnhagen, de dominio público.
La filósofa y traductora Olga Amarís escribe: «En estos años, Hannah Arendt se ha convertido en una de mis mejores amigas. Por eso, cuando supe que en una carta a Heinrich Blücher, su segundo esposo, Arendt afirma que su mejor amiga había sido Rahel Varnhagen, pese al insignificante detalle de que 'la mejor amiga' llevara más de cien años muerta, suspiré aliviada al encontrar una marca más de reconocimiento». Imagen de Rahel Varnhagen, de dominio público.

Son ya muchos años los que llevo conviviendo con Hannah Arendt, compartiendo alegrías y pesares, siguiéndola con aplicación e intentando comprenderla hasta en aquellos momentos en los que ella misma duda o flaquea en el verbo. Tantas noches en vela sin poder apartar los ojos de sus elocuentes palabras, mientras ella, magnífica, narra su historia, sus historias. Tal vez sea a causa de esta delicada y laboriosa confianza que se ha ido forjando entre nosotras que no me resulte nada extraño oírla decir que su mejor amiga hace más de un siglo que dejó de existir.

Hannah Arendt es ya una de mis mejores amigas

Una poética del exilio, de Olga Amarís (Herder).
Olga Amarís lleva años estudiando la vida y la obra de Hannah Arendt. Su último libro: Una poética del exilio. Hannah Arendt y María Zambrano (Herder).

El estudio de la obra de un autor implica, por necesidad, una cierta intimidad, que es aquella que uno se toma, sin demasiados prolegómenos, para indagar, manipular y, dependiendo de los escrúpulos del estudioso, retocar y moldear las aristas menos redondeadas del trabajo del otro. No me da vergüenza confesar que, en estos años, Hannah Arendt se ha convertido en una de mis mejores amigas. Por eso, cuando supe que en una carta a Heinrich Blücher, su segundo esposo, Arendt afirma que su mejor amiga había sido Rahel Varnhagen1, pese al insignificante detalle de que «la mejor amiga»2 llevara más de cien años muerta, suspiré aliviada al encontrar una marca más de reconocimiento.

Pero la amistad de la que habla Arendt, quien fue calificada por Hans Jonas de «genio de la amistad», es un afecto político propio del mundo de la pluralidad. A diferencia del amor, la naturaleza de la amistad es pública. Para Arendt, el ejercicio de nacer como un ser único y singular crea una tensión relacional respecto al resto de los conciudadanos del mundo con los que apremia el gesto del entendimiento. De esta forma, habitar el mundo de los seres humanos significa, de manera inexcusable, hacer amigos.

Muy acorde con el concepto aristotélico de philia, la amistad en el planteamiento arendtiano es la virtud más necesaria de la vida, ya que, en efecto, nadie querría vivir sin amigos con los que poder intercambiar ideas, puntos de vista y llegar a acuerdos que conciernen a la mayoría: «Dos marchando juntos, pues con amigos el ser humano está más capacitado para pensar y actuar»3. De hecho, en Hombres en tiempos de oscuridad4, la politóloga no duda en señalar que el mundo solo se vuelve realmente humano cuando dos o más personas se reúnen para hablar de él.

Este momento de reciprocidad en el que los interlocutores se muestran con el pensamiento desnudo, en el refugio amable que ofrece el confidente, puede tratarse, sin duda, también de un acontecimiento transhistórico que une a vivos y muertos en un diálogo ininterrumpido, como ocurre en el caso de Hannah y de Rahel.

A diferencia del amor, la naturaleza de la amistad es pública. Para Arendt, el ejercicio de nacer como un ser único y singular crea una tensión relacional respecto al resto de los conciudadanos del mundo con los que apremia el gesto del entendimiento. De esta forma, habitar el mundo de los seres humanos significa, de manera inexcusable, hacer amigos

Un diálogo entre Hannah y Rahel

De la mano de una de las primeras amigas, Anne Mendelssohn, descendiente del compositor Felix Mendelssohn y nieta de líder judío Moses Mendelssohn, Arendt entra en conocimiento de los textos inéditos de la amiga esencial. No es porque sí esta cadena sororal que une a mujeres de un mismo origen judío. Son resonancias que van depositándose unas en otras, pasando el testigo hasta acabar en la voz definitiva. Para Rahel, esa voz es la de Hannah. Aquella primera cadencia que propició el acorde, no obstante, vuelve a resonar en la dedicatoria: «Para Anne».

Al exilio, como no podría ser de otra forma, Arendt se lleva a la prusiana en su exiguo equipaje de prófuga. En 1933, la primera parte de la biografía Rahel Varnhagen: vida de una mujer judía, que ha de servir de tesis de habilitación, está ya terminada. Sin embargo, los últimos capítulos, finalizados en 1938, son el resultado de la experiencia del exilio parisino que, de forma radical, transforma a las amigas en dos parias de una misma historia enloquecida.

Más tarde, con la llegada a Nueva York y el vislumbre de un espacio en el que sentirse «como en casa» en el mundo, las amigas, sin dejar de ser dos judías parias, alcanzan un grado de consciencia política, articulado en el artículo de 1943 ¡Nosotros, los refugiados! Hannah y Rahel: dos marchando juntas, pensando, actuando…

Una muestra evidente de la amistad tan íntima que mantuvieron Hannah y Rahel se encuentra en la declaración de intenciones que aparece en el prólogo de la biografía: «Lo que a mí me interesaba era, simplemente, narrar la vida de Rahel como ella misma hubiera podido hacerlo»5. De esta forma, al convertirse en la narradora fiel de la vida de la salonnière, Arendt está tomando la voz de la amiga, en cierta forma interfiriéndola, haciendo que los discursos de la narradora y de la protagonista se fundan en uno solo.

En otras palabras, hablando de la amiga, está hablando de ella misma, está hablándose. La confesión de la otra, que es ya casi una misma, ofrece la distancia segura desde la que poder reflexionar sobre la propia identidad de mujer, de judía y de refugiada.

Para Arendt, «el mundo solo se vuelve realmente humano cuando dos o más personas se reúnen para hablar de él»

En cierta manera, todo el prólogo de la obra es una advertencia para aquel lector que busque aquí la originalidad y la chispa provocadora que se encuentran en el resto de la obra filosófica y política de Arendt. Esta biografía es algo muy distinto. Es un manuscrito guardado en una cómoda, cómodamente al alcance de la mano amiga que venga a rescatarlo cuando el silencio se haga insoportable. Es un intercambio de pareceres entre dos Scheherazades que hicieron de su amistad un oasis en los tiempos en los que el desierto amenazaba con su avance. Es, en definitiva, un diálogo entre Hannah y Rahel, las mejores amigas: dos marchando juntas, pensando, actuando…

Notas:

[1] Rahel Varnhagen fue una afamada salonnière del Romanticismo alemán. Librepensadora, abogó toda su vida por la defensa de la emancipación de la mujer y por la igualdad del judío en la sociedad prusiana.

[2] A. Grunenberg, Arendt, Friburgo de Brisgovia, Herder, 2003, p. 33.

[3] Aristóteles, Ética a Nicómaco, trad. Julio Pallí Bonet, Madrid, Gredos, 2014, p. 217.

[4] H. Arendt, Sobre la humanidad en tiempos de oscuridad. Reflexiones sobre Lessing, en Hombres en tiempos de oscuridad, traducción de C. Ferrari y A. Serrano de Haro, Barcelona, Gedisa, 2001, pp. 40-41.

[5] H. Arendt, Rahel Varnhagen. Lebensgeschichte einer deutschen jüdin aus der Romantik, Múnich, Zúruch, Piper, 210, p. 12.

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