Analizamos la figura de Marx, alguien que fue capaz de situar entre sus objetivos la descomunal ambición de cambiar la historia y de dedicarle al empeño todo su esfuerzo, su afán y su conocimiento. © Ana Yael
Analizamos la figura de Marx, alguien que fue capaz de situar entre sus objetivos la descomunal ambición de cambiar la historia y de dedicarle al empeño todo su esfuerzo, su afán y su conocimiento. © Ana Yael

Lo dijo el propio Marx y quedó como herencia para la posterioridad grabado en su epitafio: “Los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo de diversos modos. Sin embargo, de lo que se trata es de transformarlo”. Y predicó con el ejemplo sin parar. Han pasado 200 años desde el nacimiento de Karl Marx, todo un influencer que no se limitó a analizar y opinar, sino que pensó y vivió en continua acción y le dio la vuelta al pensamiento y al mundo tal como se conocían hasta entonces.

Cartel del Congreso Internacional "Pensar con Marx hoy" que se celebra la primera semana de octubre en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
Cartel del Congreso Internacional «Pensar con Marx hoy». Primera semana de octubre en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

Marx no era marxista. Lo aclaró él mismo en una especie de solo sé que no sé nada salvo alguna cosa, para intentar evitar malentendidos y poner los conceptos en su sitio. “Lo único que sé es que yo no soy marxista”, dijo refiriéndose a los marxistas de su época –el siglo XIX– y “horrorizado ante lo que pretendían”, según nos contaba en una entrevista en Filosofía&co. Carlos Fernández Liria, profesor en la facultad de Filosofía de la Universidad Complutense y coautor, junto a Luis Alegre, de El orden de El capital y Marx desde cero. Pero que no era marxista no era lo único que Karl Marx sabía. Sabía, o creía saber, muchas cosas más y puso todo su empeño en que se hicieran realidad y en difundirlas. El comité organizador del Congreso Internacional Pensar con Marx hoy, que se celebra del 2 al 6 de octubre en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, dice de él que fue no solo un activista político de primera línea, sino también un historiador de la economía, de la técnica, de la ciencia y de la política, y un filósofo original, un polemista y un periodista comprometido.

La gran expansión de sus ideas se produjo, sobre todo, cuando él ya había muerto. Desde entonces se ha hablado y escrito tanto sobre lo que dijo Marx, lo que dicen que dijo, lo que otros han dicho de él, en lo que acertó y en lo que falló, lo que aportó válido y ha quedado de sus ideas, lo que nunca aportó o nunca valió o valió pero ya no vale…, tanto, tanto que no siempre es fácil distinguir el grano de la paja, conocerlo sin filtros, para después juzgarlo, que, ya se sabe, todo gran influencer está expuesto a una lluvia de opiniones, halagos y críticas, likes y no likes, seguidores y opositores, grandes admiradores y acérrimos enemigos.

Marx no era marxista y nunca dijo esas barbaridades ni miró por encima del hombro al pensamiento de la Ilustración –nos decía Carlos Fernández Liria–. Es verdad que hay algunos textos ambiguos, pero hay que saber leerlos. Su obra es perfectamente coherente con la tradición republicana, que es la tradición ilustrada. Marx demuestra una cosa que los filósofos de la Ilustración no podían saber porque eran anteriores a él, y es que el capitalismo era absolutamente incompatible con el éxito del programa político de la Ilustración porque sustituía a los ciudadanos por proletarios”.

"Karl Marx", de Francis Wheen, editado por Debate.
«Karl Marx», de Francis Wheen, editado por Debate.

Entender a Marx, una tarea no siempre fácil. «La mayor parte de los escritos de Marx son incomprensibles si se leen sin tener en consideración el contexto biográfico e histórico en el que fueron producidos y publicados (o no) –escribe César Rendueles, doctor en Filosofía y profesor del departamento de Teoría Sociológica en la Universidad Complutense de Madrid, en el prólogo del libro Karl Marx, de Francis Wheen, publicado por Debate–. Marx simultaneó durante toda su vida la actividad teórica y la militancia política, y buena parte de sus obras consiste en textos de intervención que no pueden ser tomados como declaraciones teóricas generales».

La lectura de su obra ha dado lugar a muy diversas interpretaciones. “A Marx hay que leerlo despacito, frase por frase, viendo bien qué es lo que está diciendo, línea por línea, con un microscopio”, dice el filósofo de origen argentino establecido en México Enrique Dussel en una conferencia organizada en la Universidad Internacional para la Salud de los Pueblos El Salvador sobre la actualidad de Karl Marx 150 años después de la publicación de El capital. Marxista o no, el peso del inspirador de esta ideología ha sido enorme. Un influencer en toda regla sin redes sociales ni falta que le hicieron. Sin Instagram ni Facebook, con ideas y libros, Marx fue capaz de extender su pensamiento por todo el planeta después de su muerte, llegar con él a varias generaciones que le han amado o le han odiado y crear tanto debate y tanta polémica que ríete tú de Twitter. “La onda expansiva de su legado intelectual solo puede compararse al efecto de los textos de las grandes religiones monoteístas –dice César Rendueles en el prólogo a El capital publicado por Alianza Editorial–. La recepción de sus ideas es un componente esencial de la gran falla ideológica que configuró la geología política de los siglos XIX y XX, un período de cambios sociales y culturales de proporciones neolíticas. El nombre de Marx ha sido invocado asidua e inflamadamente, por sus partidarios lo mismo que por sus detractores, en los procesos de conquista de derechos sociales que hoy consideramos irrenunciables, pero también como justificación del despliegue de armamento nuclear suficiente para volar el planeta en mil pedazos; en las experiencias artísticas más arriesgadas y sublimes, pero también como enemigo a batir por toda la clase de oscuros proyectos reaccionarios”.

“Lo único que sé es que yo no soy marxista”, dijo Marx refiriéndose a los marxistas de su época, el siglo XIX

Analizamos la figura de alguien que fue capaz de situar entre sus objetivos la descomunal ambición de “cambiar la historia” y de dedicarle al empeño todo su esfuerzo, su afán y su conocimiento. Nunca la historia de la filosofía se había visto tan afectada, entreverada, por la acción, y nunca la historia de los acontecimientos había sido diseccionada hasta el extremo de querer prever y preparar el futuro. “No es un secreto el impacto que ha tenido la obra de Marx en la historia –ha dicho el filósofo español Fernando Savater–. El marxismo no es simplemente una filosofía, sino una fuerza social transformadora y, a veces, una coartada para movimientos totalitarios, autocráticos, etc. que, con un revestimiento ideológico proporcionado por Marx, lo que han descubierto o intentado son nuevas tiranías burocráticas sobre los pueblos. En cualquier caso, pocos individuos han tenido una influencia personal tan extraordinaria como Marx en la historia. Y en la historia contemporánea creo que ninguno”.

!!–privado–!!

¿Qué queda de Marx hoy?

¿Hay algo vivo de Marx 135 años después de su muerte y 200 años después de su nacimiento? ¿Algo además de sus frases y citas más populares y esa poderosa imagen que todos conocemos y reconocemos con facilidad? “Marx es tan característicamente moderno como la penicilina, la radio, el arte abstracto o el alumbrado de las calles”, dice César Rendueles en el prólogo a El capital de Alianza Editorial.

"Cómo cambiar el mundo", de Eric Hobsbawm, editado por de Crítica.
«Cómo cambiar el mundo», de Eric Hobsbawm, editado por Crítica.

“Setenta años después de la muerte de Marx, una tercera parte de la raza humana vivía bajo regímenes gobernados por partidos comunistas que presumían de representar sus ideas y de hacer realidad sus aspiraciones –recuerda el historiador Eric Hobsbawn, conocido por sus estudios sobre el marxismo, en su libro Cómo cambiar el mundo–. Bastante más de un 20% aún sigue en el poder a pesar de que sus partidos en el gobierno han cambiado drásticamente sus políticas. Resumiendo, si algún pensador dejó una importante e indeleble huella en el siglo XX, ese fue él”. La última conclusión es casi idéntica a la de Isaiah Berlin en su biografía de Marx: “Ningún pensador del siglo XIX ejerció sobre la humanidad influencia tan directa, deliberada y profunda como Karl Marx”.

El filósofo Slavoj Žižek nos decía a Filosofía&co. en marzo de este año: “’Revolución’ es una manera de estar en el mundo, por eso debe ser permanente. Al mismo tiempo, debe asegurarse que las personas que han salido a la calle perciban que se dan cambios, que aquello por lo que se han movilizado en efecto se ha producido o está en vías de hacerlo. Esto exige un cierto grado de ruptura simbólica en la propia revolución, un estado dialéctico interno que no cesa. En este punto no tenemos que ser fetichistas de la democracia, porque muchas veces es una forma aterciopelada de sofocar la dinámica revolucionaria. La revolución debe revolucionar una y otra vez, y esa es su paradoja: habla de la posibilidad de algo nuevo, diferente, pero también de una esperanza que no sabe exactamente cómo encontrar. En este sentido, la figura de Marx podría ser todavía un punto de inspiración. Sobre todo si aceptamos que la realidad revolucionaria implica un proceso de transformación que permanentemente tensiona el contexto, su realidad. Con todo, la situación no es fácil, porque la victoria de la derecha en Occidente deja a la izquierda en una situación paradójica: en este punto del siglo XXI es precisamente ella quien protege la decencia moral del espacio público».

Isaiah Berlin en su biografía de Marx: “Ningún pensador del siglo XIX ejerció sobre la humanidad influencia tan directa, deliberada y profunda como Karl Marx”

Un indomable apetito intelectual

Para entenderlo todo es necesario viajar esos 200 años atrás y recorrer el tiempo hacia delante conociendo su historia y su pensamiento. Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris (Alemania), en una familia de tradición judía. Heinrich, su padre, se convirtió al protestantismo para poder seguir ejerciendo su profesión de abogado. De la infancia de Marx explica Isaiah Berlin: “Pronto su padre advirtió que (…) tenía en Karl un hijo poco común y difícil: a una aguda y lúcida inteligencia se aliaba en él un temperamento tenaz y dominante, un truculento amor por la independencia, una excepcional contención emocional y, sobre todo, un colosal, indomable apetito intelectual”. Ese apetito se traducía sobre todo en lecturas, conversaciones y gustos alimentados por los profesores del instituto y muy especialmente por su vecino y amigo de su padre Ludwig von Westphalen, que acabaría por convertirse en su yerno. Marx siempre le trataría con sincero afecto.

Con 17 años empezó los estudios de Derecho en Bonn, donde pasó un año de carrera algo torcida: taberna, apasionados poemas a su amada, algún arresto por conducta desordenada. Curioso como principio en una vida que no iba a dejar hueco a posteriores desmanes. El desorden y las distracciones se quedarían en Bonn. Un año después, en 1836, marcha a Berlín para estudiar filosofía.

El valor de la obra de Marx en el debate actual 

El nuevo número de la revista de investigación filosófica Argumenta Philosophica es especial y está dedicado por completo a la figura de Karl Marx. En él se hace “un ejercicio de actualización de la obra de Marx dentro de la teoría crítica actual, de la crítica social y política de hoy –nos explican Just Serrano, coordinador del monográfico, y Miquel Seguró, doctor en Filosofía, investigador de la cátedra Ethos de la Universidad Ramon Llull, de Barcelona, y jefe de redacción de Argumenta–. Para realizar este monográfico nos hemos movido, sobre todo, en el ámbito de la Escuela de Franckfurt, pero también hay contacto con otras tradiciones críticas anglosajonas y francesas. La figura más destacada de los autores que participan es la del filósofo y sociólogo alemán Axel Honneth, de la llamada tercera generación de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt. En esta contribución inédita, Honneth analiza qué se puede salvar todavía de la obra de Marx, mostrando que dentro de ella existe una cierta contradicción entre su determinismo economicista y su manera de tratar los eventos históricos».

Más autores llegan hasta las páginas de Argumenta que analizar la figura del pensador alemán. «Emmanuel Renault, destacado marxista en Francia, trata la cuestión de la dependencia y la dominación y el valor de estos términos para una teoría de la explotación, que él cree también poder encontrar en Marx y que considera que no han sido suficientemente explorados en su obra –nos dice Just Serrano–. También podemos leer a Gianfranco Casuso, doctor en Filosofía, profesor e investigador, que trabaja en teoría crítica y las luchas por la justicia en Latinoamérica. Casuso cree que vale la pena recuperar la obra de Marx para ponerla en relación con las últimas teorías sobre la injusticia epistémica, una teoría desarrollada por Miranda Fricker en Estados Unidos». Y Regina Kreide, del círculo de Frankfurt, que habla sobre Marx y la democracia, y Sonia Arribas, de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), que reflexiona acerca de la presencia de la obra de Marx en la obra del marxista británico David Harvey.

El pensamiento de Hegel sobrevolando el cielo alemán

Hegel era la figura decisiva que sobrevolaba el ambiente universitario y cultural de la Alemania de aquella época. La interpretación de su obra había servido para dividir a profesores y estudiantes, pero la pelea era, digamos, inofensiva. Hasta que un libro sobre la vida de Jesús de David Friedrich Strauss llevó las disputas al terreno religioso y político. Las autoridades prusianas entran entonces en acción condenando a los hegelianos de izquierda, entre cuyos militantes estaba Marx.

¿Qué significará Hegel para Marx a lo largo de su vida? Hegel es para Marx “un dios con el que siempre está arreglando cuentas”, dice el filósofo y ensayista Francisco Fernández Buey. Como un buen alumno, pero díscolo y crítico, Marx empieza por conocer muy bien a Hegel para luego volverlo del revés. Algo, por otro lado, a lo que la ambigüedad del pensamiento hegeliano se presta solícita. Afirmaciones como “todo lo que es racional es real y todo lo que es real es racional” han dado lugar a interpretaciones no solo distintas, sino contrarias. Así fue desde casi desde el principio, cuando los seguidores de Hegel se escindieron entre los del ala derecha e izquierda. Los primeros se apoyan en la parte de la afirmación que considera racional –esto es, cargado de razón– el orden existente y defienden, por tanto, una concepción inmovilista y acabada de la realidad y por ello de la sociedad.

Hegel es para Marx “un dios con el que siempre está arreglando cuentas”, dice el filósofo y ensayista Francisco Fernández Buey

Frente a ellos se sitúan quienes creen que lo racional es lo real o, al menos, lo que debe materializarse en la realidad. Esta interpretación promotora del cambio y de la transformación fue la elegida por Marx en un primer momento. Posteriormente, fue creciendo la intolerancia de Marx a la concepción dicotómica, en cualquier caso, defendida por unos y otros hegelianos. Para Marx enseguida dejaría de existir un plano material y otro espiritual de la realidad: él apostaría por unas ideas, una conciencia o plano espiritual inseparable de la práctica y la experiencia. Como afirma Pedro Ribas, profesor de Pensamiento Filosófico en la Universidad Autónoma de Madrid: “Resumiendo brevemente la posición de Marx podríamos decir que las contradicciones, los problemas, no se resuelven de verdad si solo se resuelven en el pensamiento”.

Marx y Engels, amigos para siempre

A los acontecimientos políticos de la época se suman los personales. Marx dependía económicamente de su padre y este muere en 1841. Llegaban los problemas de dinero: un gran revés para todo, para vivir, para seguir estudiando la carrera… Como salvavidas le surge la posibilidad de hacer colaboraciones con el Rheinische Zeitung, un periódico radical que lanzaba encendidos ataques contra el reaccionario gobierno de Berlín y que Marx acabó dirigiendo… hasta que un incidente con los “socios” rusos –y no sus furibundas críticas al estado prusiano– se salda con la prohibición de la publicación.

Isaiah Berlin escribió esta biografía sobre Karl Marx (Alianza Editorial).
Isaiah Berlin escribió esta biografía sobre Karl Marx (Alianza Editorial).

En 1843 Marx había iniciado una nueva vida junto a Jenny von Westphalen. El matrimonio no había sido visto con buenos ojos por la familia de esta, y Marx, una vez muerto su padre, tampoco sentía demasiado apego por la suya. Si a eso se sumaban las dificultades para seguir ejerciendo su exitosa labor de periodista, el resultado es la decisión de partir a París; en Alemania, Marx sentía que no había nada que hacer. Todo lo contrario sucede en la capital francesa, donde fluyen las ideas y los contactos. Entre todos ellos sobresale Engels. Isaiah Berlin describe así la peculiar relación que se estableció entre ellos y que duraría hasta su muerte y más allá: “Su destreza para escribir rápida y claramente, su paciencia y lealtad ilimitadas, lo convirtieron en ideal aliado y colaborador del inhibido y difícil Marx, cuya redacción era a menudo desmañada, sobrecargada y oscura. Engels no deseaba mejor destino que vivir a la luz de la enseñanza de Marx, pues percibía en él un hontanar de genio original que comunicaba vida y objeto a sus propias dotes peculiares; con él identificó su vida y su obra y obtuvo la recompensa de compartir la inmortalidad del maestro. (…) Engels fue su jefe de Estado mayor”. 

Marx y Engels trabajaron incansablemente codo con codo, uno al lado del otro. Por distintos caminos ambos habían llegado a conclusiones políticas similares. La suya es una de las historias de amistad, lealtad y generosidad más perfectas que se conocen. Marx, el que recelaba de la mayoría, confiaba sin fisuras en Engels; el orgulloso que rechazaba ayuda y se desesperaba en su pobreza, aceptaba el dinero de Engels; donde uno no llegaba, lo hacía el otro; cuando uno desfallecía, lo recogía el otro.

La amistad entre Marx y Engels es una historia de lealtad y generosidad. Marx, el que recelaba de la mayoría, confiaba sin fisuras en Engels, y este permanecía a su lado incondicionalmente

Los hegelianos de izquierda

En París, Marx escribe artículos sin descanso y varias obras como Manuscritos económicos y filosóficos, donde expone su concepción de la alienación laboral, o las Tesis sobre Feuerbach, con su crítica del idealismo subyacente en el materialismo de Feuerbach. Marx y Feuerbach formaban parte de los jóvenes hegelianos o hegelianos de izquierda. También ambos eran materialistas, pero de una forma tan distinta que el propio concepto llegaría a separar sus caminos.

  • El materialismo de Feuerbach, en la crítica de Marx, es mecanicista. La naturaleza se explica mediante causas mecánicas que tienden a repetirse con iguales resultados. Para Marx se trata de un materialismo pasivo, contemplativo, muy distante de su materialismo activo y regenerador.
  • La concepción religiosa. Feuerbach ofrece un punto de vista antropológico de la religión, la humaniza tan radicalmente que convierte a Dios en una mera creación del hombre. Pero sigue reconociendo intacto el sentimiento religioso y el desdoblamiento que este provoca en el ser humano. Marx refuta con sus propias palabras: “El hecho de que el fundamento terrenal se separe de sí mismo para plasmarse como un reino independiente que flota en las nubes es algo que solo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de este fundamento terrenal consigo mismo”.
  • La llamada a la revolución. La razón última de cualquier planteamiento de Marx es la llamada a la revolución, la urgencia de trasladar el plano teórico a la práctica de modo que, si a Feuerbach le era suficiente la superación de la religión mediante el desarrollo intelectual, Marx defendería siempre que la superación en el mundo del pensamiento no es suficiente: es preciso cambiar la realidad.

Las ideas de Marx

Alienación

Es un complejo concepto filosófico por el que un sujeto se desposee o pierde algo de sí mismo que se convierte en propiedad de otro. Para Marx, el sujeto que se aliena o enajena es el trabajador al realizar tareas que no le pertenecen, que no puede considerar ni sentir como suyas. En Manuscritos de economía y filosofía, Marx se plantea la pregunta: ¿en qué consiste la enajenación en el trabajo? Y se responde: “Primeramente, en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma sino que niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo, arruina su espíritu. Por eso el trabajador solo se siente en sí fuera del trabajo y, en el trabajo, fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado; trabajo forzado”.

Pero la alienación no es solo un concepto referido a la actividad productiva. También se refiere a la actividad religiosa. Esta no es una necesidad ni una dimensión del ser humano, sino un producto más de la organización económica y social a la que justifica, legitima y perpetúa. En Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx afirma: “La miseria religiosa es, de una parte, la expresión de la miseria real, y, de otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo”. Para el alemán, la transformación de la situación material significaría el fin de la religión y evidenciaría el mito de la llamada dimensión religiosa del ser humano.

La Liga de los Comunistas y su manifiesto

"El manifiesto comunista", de Marx y Engels, en la versión manga de La Otra H.
«El manifiesto comunista», de Marx y Engels, en la versión manga publicada por La Otra H.

En 1945, Marx es expulsado de París por diversos comentarios contra Prusia aparecidos en el periódico Vorwärts y marcha a la capital belga, donde se pone al frente de la Liga de los Comunistas. “Por primera vez Marx (…) era organizador y conductor de un activo partido revolucionario”, escribe Berlin. De su mano, el partido experimentó un gran avance internacional. También avanza la tarea literaria de Marx con La miseria de la filosofía en 1847, como respuesta muy crítica a La filosofía de la miseria de Pierre-Joseph Proudhon con quien Marx no ocultó sus discrepancias. Pero la obra más importante de este periodo –y casi de la vida de Marx, junto con El capital– fue El manifiesto comunista –»tal vez el texto político más influyente de la historia», dice César Rendueles en el prólogo de Karl Marx, de Francis Wheen–, un encargo de la Liga de los Justos (luego de los Comunistas) donde anunciar su programa que Marx y Engels aprovecharon para volcar las conclusiones a las que habían llegado hasta el momento e intentar que el futuro avanzara en la dirección que ellos indicaban desde su texto. El gobierno belga, a menudo permisivo con los exiliados políticos, reaccionó y expulsó a la familia Marx que volvió a un París a las puertas de la explosión revolucionaria de 1948.

El estallido revolucionario que acabó con la monarquía francesa y estableció allí la II República tuvo sus ecos en otras ciudades europeas. Marx albergaba la esperanza de que la revolución llegara a su país y se estableció temporalmente en Colonia. Pero de nuevo sus artículos tuvieron el efecto contrario: fueron prohibidos y Marx obligado a abandonar el país. En Francia, donde la revolución había sido tan exitosa en un primer momento como efímera, la contrarrevolución estaba en marcha, de modo que tampoco era aquel su destino. En 1849 Marx llegó a Londres sin saber por cuánto tiempo, pero lo cierto es que permanecería en esa ciudad hasta su muerte.

Las ideas de Marx

Materialismo

En la época de Marx, Alemania bebía de una tradición filosófica fuertemente marcada por el idealismo y el espiritualismo de la que Kant y luego Hegel eran los máximos representantes. Frente a ellos, Marx erigirá su monumental oda a la materia y dirá que lo único que existe es lo que puede explicarse en términos materiales y movimiento. Existen dos tipos de materialismo:

El dialéctico –en realidad, una concepción de Engels– que sostiene que el devenir de la realidad, sus cambios y transformaciones se rigen por leyes de la dialéctica como la de la cantidad a la cualidad, la lucha de contrarios o la negación de la negación.

El histórico, que defiende una concepción de la realidad basada en la sucesión, la alternancia y el juego entre los diversos métodos de producción. El verdadero motor de la historia no es la voluntad de los hombres ni las sociedades, sino la economía y las conflictivas relaciones que estas provoca.

Marx afirma en el Manifiesto comunista que “en toda época histórica, el modo económico predominante de producción e intercambio, y la estructura social que deriva necesariamente de él, constituye el fundamento sobre el cual se basa la historia política e intelectual de una época, y únicamente a partir de él puede explicársela; (…) en consecuencia, toda la historia de la humanidad (…) ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas”. Ese mismo texto sigue anunciando hacia dónde avanza y cuál es el destino de esa lucha, y no es otro que el de la liberación por parte del proletariado, no solo de su clase, sino de la sociedad entera “de la explotación y opresión, de todas las diferencias y luchas de clases”. Es preciso y curioso señalar que Marx nunca utilizó los términos “materialismo histórico” ni “dialéctico”. Tanto él como Engels prefirieron expresiones como “método dialéctico” o “teoría materialista de la historia”.

El dinero que no llega

Una vez instalado en Londres, Marx revisó sus teorías y aceptó que quizá como punta de lanza de la revolución proletaria fuera útil la instauración de una dictadura del proletariado y asumió que la primera tarea de cualquier dirigente era trabajar la concienciación de clase entre los trabajadores. A esa tarea se dedicó desde organizaciones como la Liga de los Comunistas y la Sociedad Londinense de Instrucción de los Obreros Alemanes. Pero esas actividades no llevaban dinero a la poblada casa de los Marx (tendría seis hijos con su mujer, de los que tres murieron, y uno con la asistenta Helene Demouth). Marx malvivía del periodismo y de lo que le pasaba su fiel amigo Engels, quien había vuelto a trabajar en la empresa familiar de Manchester.

A finales de los 50, un Marx enfermo y arruinado escribe: “Todo lo que esos señores (los médicos) dicen desemboca en la conclusión de que uno ha de ser un próspero rentista en lugar de un pobre diablo como yo, tan pobre como una rata de iglesia”.

Las ideas de Marx

Conciencia de clase

Es el primer requisito para que se ponga en marcha la revolución, la mecha que ha de mover al proletariado bien informado, movilizado y con unos objetivos claros y definidos. En la concepción marxista, el proletario no solo es alguien explotado, sino alguien consciente de ser explotado y con deseos de acabar con esa situación. Gran parte de los esfuerzos de Marx se dedicaron a la concienciación del proletariado. Una tarea ingente, ya que, como indica Pedro Ribas, profesor de Pensamiento Filosófico Español en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor y experto en Marx, “la equivalencia o casi-equivalencia entre ser proletario y tener conciencia de clase no es un hecho social”. Es más, en su opinión “si Marx escribiera hoy, hablaría de la cantidad de filtros que el capitalismo ha establecido para dificultar la conciencia de clase, para hacer creer que aquí el que no come y disfruta es porque no quiere o porque es tonto”.

Publica “El capital”

"El capital de Karl Marx. Antología", con prólogo de César Rendueles, publicado por Alianza Editorial.
«El capital de Karl Marx. Antología», con prólogo de César Rendueles, publicado por Alianza Editorial.

Si la década de los 50 había sido sombría en la vida de Marx, los 60 significarían cierto resurgir. Dos acontecimientos contribuirían a ello. En primer lugar, la formalización de la Primera Internacional (1864), que contó con Marx para dirigir su Consejo General, y en segundo, la aparición de El capital, en 1867, una de las obras más analizadas y escrutadas de la historia. “Un obús dirigido al estómago de la clase capitalista”, como lo definió en alguna ocasión el propio Marx. “El Capital ha conmocionado la historia mundial. Después de la Biblia, yo creo que es el libro más leído, o por lo menos más vendido, en el siglo XX en todo el mundo. Es un libro fundamental”, decía el filósofo Enrique Dussel en la conferencia de El Salvador sobre Marx. “El capital es una obra hondamente íntima –escribe César Rendueles en el prólogo a la edición de este libro de Alianza Editorial–. Es un análisis de las relaciones de producción capitalistas que pretendía servir a la causa de la clase obrera”.

Después de tanto trabajo –Marx escribe cuatro veces el tomo primero de El capital, explica Enrique Dussel al fin cristalizaban las largas horas de estudio en la biblioteca del Museo Británico, las miles de páginas y los muchos estudios previos. Si Marx había escrito El capital “a fin de descubrir la ley económica del movimiento de la sociedad moderna”, el resultado –en palabras de Berlin– “fue una amalgama original de teoría económica, historia, sociología y propaganda que no encaja en ninguna de las categorías aceptadas”. En su repaso al proceso de producción capitalista, Marx expone sus teorías del valor-trabajo, su concepción de la plusvalía y de la explotación. “Su obra –siguiendo a Berlin– fue ciegamente adorada y ciegamente odiada por millones de personas que no habían leído ni una línea o habían leído sin comprender su, a veces, oscura y tortuosa prosa. En su nombre se hicieron (y se hacen) revoluciones; las contrarrevoluciones se concentraron (y se concentran) en el intento de suprimirla como la más potente e insidiosa de las armas del enemigo”. Los tomos segundo y tercero de El capital los escribió posteriormente su amigo Engels a partir de anotaciones de Karl Marx.

El capital, cuyo primer volumen se publica en 1867, fue “un obús dirigido al estómago de la clase capitalista”, como lo definió en alguna ocasión el propio Marx

"Marx desde cero... para el mundo que viene", de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre, publicado recientemente por Akal.
«Marx desde cero… para el mundo que viene», de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre, publicado recientemente por Akal.

«En ausencia de leyes que limiten la jornada laboral, lo que se impone es la tendencia a que el trabajo consuma todo el tiempo de vida disponible. Esta es (…) una de las grandes paradojas que Marx analiza en El capital: cómo es posible que el desarrollo sin precedentes de la productividad que había marcado la Revolución Industrial, en vez de traducirse en descanso (ya que las máquinas hacían en gran medida el trabajo por sí solas), se tradujera en unas condiciones de miseria y unas jornadas laborales nunca antes conocidas –se explica en el libro Marx desde cero… para el mundo que viene, de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre, que acaba de publicar la editorial Akal–. La segunda gran paradoja a la que Marx trata de responder es la de cómo es posible que esto se produzca en un marco jurídico que reconoce de forma inequívoca la libertad, la igualdad y la independencia de todos los individuos. Que en una sociedad esclavista el amo pueda obligar al esclavo a trabajar hasta la extenuación es algo que no tiene mucho misterio. Tampoco es llamativo que en una sociedad feudal el Señor pueda obligar a los vasallos a trabajar gratuitamente en sus tierras determinados días de la semana. En ambos casos, la explicación hay que buscarla en una estructura jurídica que reconoce las relaciones de esclavitud o de vasallaje. Pero esa explotación resultaría imposible en un marco jurídico que estableciese la libertad y la igualdad de todos los miembros”.

Las ideas de Marx

Plusvalía

Marx construye una teoría de la plusvalía a partir de las aportaciones de Adam Smith y David Ricardo sobre el concepto de valor. Todas las mercancías tienen un valor de uso –que permite satisfacer necesidades y se mide en términos utilitarios– y un valor de cambio que depende de las condiciones fluctuantes del mercado y se mide en términos monetarios. En el régimen capitalista, la fuerza del trabajo es una mercancía más con valores de uso y de cambio. El primero sería la capacidad de producir; el segundo, el salario o retribución. La plusvalía es la diferencia entre el valor de cambio de lo producido por la fuerza de trabajo y la retribución de la misma. Se trataría de una cuenta que, en término marxistas, redunda siempre en beneficio del capitalista. De ahí derivaría su enriquecimiento a costa de la fuerza de trabajo. Marx propugna la desaparición de la plusvalía. Defiende que el valor del objeto producido, bien directa o indirectamente, vuelva a su productor.

Por fin una obra de Marx tendría repercusión: pronto fue traducida al francés, al inglés, al ruso, al italiano, y se habló de ella en Rusia y España. Junto a este hecho, la actitud de Marx saludando la Comuna de París como la realización más próxima a la dictadura del proletariado y la polémica con Bakunin que acabó en la expulsión de la Internacional otorgaron cierta resonancia a la figura de un Marx que se preparaba para encarar sus últimos años.

Los autores del libro Marx desde cero quieren dejar claro que no debe extrañarnos la actualidad del pensamiento de Marx. Para ellos, recordar aún hoy –con todo lo que ha llovido y todo lo que el mundo ha cambiado desde que se publicó el primer volumen en 1867– la importancia de El capital es útil y esencial. La meta del autor con esta obra no fue analizar lo que estaba ocurriendo en un país concreto, sino reflexionar y determinar cuáles eran las leyes que rigen el capitalismo, «aquellas que el capitalismo impondría en caso de ser suprimidos todos los obstáculos, interferencias y pautas extrañas que lo limitaban», dicen desde la editorial Akal. «El capital tuvo por objetivo precisamente sacarlas a la luz. Aún estamos a tiempo de anticiparnos y conocer esas leyes antes de que vuelvan a operar desbocadas. Y esto puede resultar de utilidad para evitar lo que hoy se presenta como un fatal desenlace».

Las ideas de Marx

Dictadura del proletariado

Es el régimen posterior a la revolución y anterior a la implantación del comunismo. En él, el poder adquirido por el proletariado permitirá expropiar a los capitalistas de los medios de producción. Si las características de la sociedad comunista están nebulosamente definidas en los textos marxistas, las de la dictadura del proletariado son nítida: expropiación de la tierra y empleo de la renta que produzca en gastos del Estado; impuesto fuertemente progresivo; supresión del derecho de herencia; confiscación de la propiedad de todos los emigrantes y rebeldes; centralización del crédito en manos del Estado; centralización de la red de transportes en manos del Estado; ampliación del número de fábricas nacionales, instrumentos de producción, roturación y mejora de terrenos de acuerdo con un plan general; imposición a todos de la obligación de trabajar, organización de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura; explotación combinada de la agricultura y la industria para la eliminación gradual de diferencias entre la ciudad y el campo; educación pública y gratuita de todos los niños; eliminación del trabajo fabril de los niños en la forma actual; interacción coordinada entre la educación y la producción material.

El final de su vida

La mala salud de los últimos años impidió a Marx mantener el infatigable nivel de trabajo que llevó toda su vida, pero siempre siguió interviniendo en las cuestiones que afectaron a la marcha del marxismo. Para su sorpresa, las mejores noticias le llegaban de Rusia, donde sus libros fueron bien acogidos y tuvieron una amplia repercusión, lo que hizo que Marx cambiara su opinión de que en ese país era donde veía más difícil la revolución. La filósofa estadounidense de origen alemán Hannah Arendt dijo sobre él: “Marx vivió en un mundo cambiante y su grandeza consistió en la precisión con que captó el centro de ese cambio. Vivimos en un mundo cuyo rasgo principal es el cambio; un mundo en el que el cambio mismo ha llegado a ser cosa tan normal que corremos el peligro de olvidar eso que ha cambiado por entero”.

Las ideas de Marx

Comunismo y utopía comunista

«No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio». Son palabras de la filósofa estadounidense de origen ruso Ayn Rand.

La sociedad comunista que imaginó Marx propugnaba no solo la abolición de la propiedad privada, sino también la de las clases sociales y, por supuesto, la explotación de unas por las otras. En ella, el hombre no es un instrumento de producción sino alguien realizado que ha dejado atrás todo tipo de alienación. “Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad sin más, sino la abolición de la propiedad burguesa”. Propiedad entendida como “la última y más perfecta expresión de la creación y apropiación de productos basada en enfrentamientos de clases, en la explotación de unos con otros”. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y oposición de las mismas, aparece una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos. En la última y más perfecta etapa de la sociedad comunista desaparecen también el Estado y la política, pues todas las discusiones y opiniones solo tendrán como objetivo avanzar en las mejoras de la comunidad. Por todo ello, muchos autores han visto en este concepto los rasgos de una utopía.

En 1881 muere su mujer y él cae gravemente enfermo. La debilidad pulmonar que padecía se transformó en bronquitis y pleuresía. Tras algunos viajes con su hija Eleanor a la búsqueda de climas más benignos, esta morirá de forma repentina. Otro duro golpe que sumar a su maltrecha salud. Un absceso en el pulmón acabará con su vida el 14 de marzo de 1883. Lo encontró muerto su inseparable Engels, quien, con palabras emocionadas, despedía a su amigo en el cementerio de Highgate, en Londres, donde fue enterrado:

“El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, el más grande pensador de nuestros días dejó de pensar. Apenas le dejamos solo dos minutos y cuando volvimos le encontramos dulcemente dormido en su sillón… para siempre.  

Es inestimable la pérdida para el proletariado militante de Europa y América y para la ciencia histórica. El vacío creado por la ausencia de este portentoso espíritu pronto se dejará sentir.

Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza, y Marx la ley del desarrollo de la historia de la humanidad: el hecho, oculto hasta ahora por un exceso de ideología, de que los hombres necesitamos en primer lugar comer, beber, refugiarnos y vestirnos para poder después hacer política, cultivar las ciencias, el arte, la religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios materiales más inmediatos y, consiguientemente, el nivel de desarrollo económico de una determinada sociedad en una época constituyen la base sobre la que se fundan las instituciones del estado, los conceptos legales, artísticos e incluso religiosos, base con arreglo a la cual deben estos explicarse en lugar de al revés, como se ha venido haciendo hasta ahora.

Pero eso no es todo. Marx descubrió también la ley que gobierna el actual modelo de producción capitalista y la sociedad burguesa que ha creado. El descubrimiento del concepto de plusvalía arrojó luz de pronto sobre estos problemas que otros investigadores, tanto economistas burgueses como socialistas críticos, habían tratado en vano de solucionar.

Dos descubrimientos como estos serían suficientes para toda una vida. Feliz aquel a quien se deba tan solo uno de ellos. Pero Marx hizo descubrimientos en todos los campos de investigación que trató, que no fueron pocos, y ninguno de forma superficial, incluyendo las matemáticas.

 (…) Para Marx, la ciencia era una fuerza dinámica, revolucionaria e histórica. Por muy feliz que le hiciera cualquier nuevo descubrimiento teórico cuya aplicación práctica era aún imposible de adivinar, no era nada comparado con la felicidad que le causaba un descubrimiento que produjese cambios revolucionarios e inmediatos en la industria o en el desarrollo histórico social (…).

Porque Marx era, ante todo, un revolucionario. Su verdadera misión en la vida fue contribuir, de un modo u otro, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, al que él fue el primero en hacer consciente de su propia situación de necesidad y de las condiciones de su emancipación. Marx era un luchador. Y luchó con pasión y tenacidad, alcanzando un éxito sin igual (…).

Y por todo ello Marx fue el hombre más odiado y calumniado de su tiempo. Los gobiernos, tanto los absolutistas como los republicanos, lo expulsaron. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían unos con otros en lanzar difamaciones contra él. Pero Marx hizo caso omiso, respondiendo únicamente cuando una necesidad imperiosa se lo exigía. Y ha muerto amado, reverenciado y llorado por millones de compañeros trabajadores revolucionarios desde las minas de Siberia a California, en todas partes de Europa y América y, me atrevería a decir, a pesar de sus muchos adversarios, sin apenas un enemigo. Su nombre perdurará en el tiempo, y con él su obra.

En su tumba se puede leer: “¡Trabajadores del mundo, uníos” y “Hasta ahora los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo de diversos modos. Sin embargo, de lo que se trata es de transformarlo”. César Rendueles aclara en el prólogo de Karl Marx, de Francis Wheen, que esta última frase fue «una anotación marginal de un Marx veinteañero que jamás pretendió que viera la luz pública». Pues ahí está, grabada para la posteridad a la vista de todo el que quiera leerla. ¿Qué permanece hoy de su pensamiento?, se preguntaba el filósofo Manuel Cruz en un artículo titulado El legado de Marx (y del marxismo) en El Cultural, en el que reflexionaba acerca del peso de su figura y su impacto 200 años después de su nacimiento. «(Esta pregunta) Bien podría ser respondida así: la doble voluntad de la que venía animado, esto es, la voluntad de conocer y de transformar el mundo».

Las ideas de Marx

Ideología y humanismo marxista

“Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas”. Ese conjunto de representaciones e ideas forman la ideología, y la tarea que Marx asigna al ser humano es la de desentrañar cuáles son esas representaciones e ideas que el ser humano tiene sobre sí mismo, y sobre sí mismo con su entorno social e histórico. Una tarea nada fácil, ya que el hombre está “condicionado por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde”.

Así, de la definición que podría ser comúnmente aceptada –la de Althusser, por ejemplo, que define ideología como un sistema de representaciones dotados de una existencia y de un papel histórico en una sociedad determinada– y valorada como neutra, Marx llega a una concepción muy negativa, ya que:

  • El concepto marxista de ideología se amplía hasta confundirse con cultura o contexto social y se tiñe de valores deformantes.
  • Esa deformación es consecuencia del interés de la clase dominante por mantener sus privilegios. Para Marx, “las ideas de la clase dominante, son, en todas las épocas, las ideas dominantes”. O también: “Vuestras propias ideas son producto de las relaciones de producción y propiedad burguesas”.
  • Como producto social que es, la ideología no tiene una historia ni un desarrollo propio sino que depende de la sociedad y de los hombres concretos que la comparten. Tradicionalmente, la ideología es un mecanismo privilegiado de ocultar o deformar la situación real de los seres humanos, uno de lo métodos más eficaces de alienación.

En Manuscritos de economía y filosofía, Marx declara al hombre “no solo ser natural, sino ser natural humano”. Toda la concepción marxista gira alrededor del ser humano. Al conjunto de relaciones biológicas que han dado lugar a los seres humanos, Marx añade la historia como “la verdadera historia natural del hombre”. En ese contexto es donde se realiza la necesaria “conversión de la naturaleza en hombre”. Su característica esencial es la actividad, la producción y muy especialmente la producción de su propia vida y de la historia. El hombre se basta a sí mismo para estas tareas. No necesita de Dios ni de ninguna espiritualidad semejante. El humanismo marxista es ateo y afirma la primacía de un ser humano libre, racional y autosuficiente. Además, defiende la igualdad de estas características para todos los seres humanos, por lo que queda descartada por inaceptable la explotación de unos por otros.

Frente a esta concepción, algunos teóricos como Althusser han discutido que el marxismo pueda llevarse bien con el adjetivo “humanista”. En La revolución teórica de Marx, Althusser sostiene la teoría de que el concepto de humanismo es ideológico, mientras que el de socialismo es científico. “Ahora bien, la pareja humanismo-socialismo encierra en sí jus­tamente una desigualdad teórica asombrosa: en el contexto de la concepción marxista, el concepto de socialismo es, sin duda, un con­cepto científico, pero el concepto de humanismo no es sino un concepto ideológico”. Y prosigue: “Entendámonos: no se trata de negar la realidad que es señalada por el concepto de humanismo socialista, sino de definir el valor teórico de este concepto. Al decir que el concepto de humanismo es un concepto ideológico (y no científico), afirmamos a la vez que señala un conjunto de realidades existentes pero que, a diferencia de un concepto científico, no nos da los medios de conocerlas. Se­ñala, en una forma particular (ideológica), hechos existentes pero no nos da su esencia. Confundir estos dos órdenes sería impedir todo conocimiento, mantener una confusión y arriesgarse a caer en errores”.

Sigue leyendo… Marx bajo los focos: su figura en la literatura y el arte (Parte 2)

Sigue leyendo… Marx en blanco y negro: seguidores y críticos del pensador (Parte 3)

Sigue leyendo… Clara Ramas: “Desconocer a Marx es no saber en qué mundo vives” (Parte 4)

2 COMENTARIOS

  1. ¿No querrías decir en el tercer párrafo Carlos Fernández Liria? Creo que te confundiste y lo llamaste César por su estudiante, el cual mencionas más adelantes. mis disculpas si está bien y me confundo de persona.

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