Kant, Arendt, Onfray y los peligros de la obediencia ciega

La filosofía de Kant puede recibir muy distintas interpretaciones, incluso opuestas.
La filosofía de Kant puede recibir muy distintas interpretaciones, incluso opuestas. Retrato de Kant de autor desconocido. Hacia 1790. Fuente: /History/Carnegie/kant/portrait.html. Licencia CC-PD-MarkPD-Art (PD-old-100).

¿Es el imperativo categórico una oda a la obediencia debida? Lo invocó el nazi responsable de la atroz solución final. Hannah Arendt defendió que el tal Adolf Eichmann pervirtió el mensaje de Kant. El filósofo Michel Onfray sostuvo que no, que la argumentación era buena. Estos son los textos donde sostuvieron este interesantísimo debate.

El filósofo Michel Onfray hace una lectura muy personal de Kant a partir de un hecho concreto: la reivindicación del pensamiento kantiano que el nazi Adolf Eichmann, responsable directo de la solución final, hace en el juicio que lo mandó a la horca al ser encontrado culpable de genocidio. Recordamos este episodio –un tanto grotesco si no fuera por los atroces hechos que se estaban juzgando en esa sala– de la mano de Hannah Arendt, la filósofa enviada por The New Yorker para cubrir el proceso. Después de las sesiones, Arendt escribió uno de los libros más importantes para el pensamiento contemporáneo: Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. En ese libro relata:

"Eichmann en Jerusalén" , editado por Lumen.
Hannah Arendt cubrió para The New Yorker el juicio del nazi Adolf Eichmann. Su crónica y su reflexión cristalizaron en “Eichmann en Jerusalén” (Lumen).

“(…) el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación ante el hecho de que Eichmann se atreviera a invocar a Kant para justificar sus crímenes, decidió interrogar al acusado sobre este punto. Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: “Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales” (…) Lo que Eichmann no explicó a sus jueces fue que, en aquel “periodo de crímenes legalizados por el Estado”, como él mismo lo denominaba, no se había limitado a prescindir de la fórmula kantiana por haber dejado de ser aplicable, sino que la había modificado de manera que dijera: compórtate como si el principio de tus actos fuese el mismo que el de los actos del legislador o el de la ley común. O, según la fórmula del “imperativo categórico del Tercer Reich”, debida a Hans Franck, que quizá Eichmann conociera: “Compórtate de tal manera que si el Führer te viera aprobara tus actos» (Die Technik des Staates, 1942, pp. 15 -16). Kant, desde luego, jamás intentó decir nada parecido”.

Kant a escena

Arendt viene a decir, por tanto, que Eichmann había podido ser un atento lector de Kant, pero que había manipulado y pervertido su mensaje. Onfray reacciona y es de la opción contraria: la versión kantiana que el criminal de guerra expuso durante su juicio –básicamente que obedecía órdenes de sus superiores– es correcta y demuestra que el sistema ético de Kant es compatible con el argumento básico del genocida, con los peores pasajes de la obediencia ciega y debida. Para exponer sus razones, Onfray escribió el texto Un kantiano entre los nazis y la obra de teatro El sueño de Eichmann, publicados conjuntamente en la edición de Gedisa. En esta última, el mismísimo Kant visita en sueños a Eichmann dos horas antes de su ejecución. Los dos hombres mantienen un diálogo filosófico de primera sobre la obediencia, sobre la ética, sobre el deber y la justicia, con alguna intervención socarrona de un tercero, que es Nietzsche. A ese libro corresponde este siguiente párrafo:

"El sueño de Eichmann" es una obra de teatro filosófico de MIchel Onfray. En la edición de Gedisa se presenta acompañada del estudio "Un kantiano entre los nazis".
“El sueño de Eichmann” es una obra de teatro filosófico de Michel Onfray. En la edición de Gedisa se presenta acompañada del estudio “Un kantiano entre los nazis”.

Eichmann: (…) Mi padre leía conmigo y me ayudaba a comprender lo que usted decía. Hablábamos de los temas que él consideraba importantes y me daba ejemplos…
Kant: ¿Ejemplos?
Eichmann: Sí, para hacerme comprender la teoría, me pintaba una situación que hacía más claro el pensamiento.
Kant: Por ejemplo…
Eichmann: Por ejemplo, sobre el imperativo categórico…
Kant: ¿Ah, sí? (Dudando). ¿Y usted podría decirme algo más del imperativo categórico?
Eichmann: Sí, por supuesto…
Kant: Por ejemplo… ¿qué es el imperativo categórico?
Eichmann: Por supuesto. Yo diría… (Se detiene un momento y, como si recitara una lección, continúa). El principio que rija mi voluntad debe ser siempre de tal condición que pueda constituir el principio de leyes generales (…).
Kant (retomando su ímpetu y luego con tono erudito): Digamos… Yo escribí precisamente: “Obra de tal manera que la máxima de tu voluntad pueda al mismo tiempo valer siempre como principio de una legislación universal”. Por lo tanto, sí, podemos decir que lo que usted dijo…
Eichmann: Bien sí…
Kant: ¿Entonces?
Eichmann: Entonces yo intenté poner en práctica esta idea y vivir toda mi vida según ese principio.
Kant: ¿Y con esa idea contribuyó a dar muerte a millones de personas organizando formaciones de trenes que los conducía a los campos de exterminio? ¿Cree usted que uno puede poner en práctica mi filosofía exigente, austera, rigurosa y difícil, y desembocar sin más en una aberración semejante? (…) La filosofía no es un asunto fácil… y la mía, aún menos. Uno no se acerca a ella sin pincharse. Además, yo no escribo para la mayoría. Me gustaría mucho hacerlo, pero mis temas no lo permiten… Imagina usted bien que cuando uno ha comprendido, si está completamente seguro de haber comprendido, sólo ha recorrido la mitad del camino. Pues luego hay que pasar al acto, ajustar la práctica a la teoría. Usted conoce mi imperativo categórico, sea. Ya es algo y está bien. Pero ¿qué puede usted haber comprendido adecuadamente de él para  haber hecho lo que hizo? ¡Millones de muertos! ¡Realmente! (Agotado, irritado). En el caso muy preciso de la solución final, ¿querría alguien universalizar esa máxima?
Eichmann: Mi problema no era el contenido de la máxima, sino la máxima misma. Me daban órdenes; yo debía obedecerlas. No tenía que examinarlas, discutirlas ni comentarlas. No tenía que examinar su legitimidad (…). Por otra parte, si en aquella época me hubieran dicho: “Tu padre es un traidor, debes matarlo”, yo lo habría hecho… Pues hallaba en la obediencia una forma de realización personal. Usted decía, creo, que al desobedecer una persona descalifica la fuente del derecho y que, a partir de entonces, ya nada es posible. Ni el pensamiento ni la acción. Hasta ese era su argumento para prohibir la mentira en todos los casos, ¿no es verdad?
Kant (refunfuñando, enfadado): En efecto, en efecto… (Silencio): pero, aun así, usted podría haber ejercido su juicio sobre el contenido de la máxima, ¿no? No se le pide que sea una máquina, que obedezca sin reflexionar. Por lo menos yo no pido eso… De todos modos ¿nunca aplicó usted su inteligencia a analizar el contenido (hace un movimiento con un dedo como para subrayar la importancia de la palabra) de esta máxima? ¿Nunca? (…)
Eichmann: ¡Por supuesto que pensé en el contenido, que reflexioné…! Además, lo hice con mucha frecuencia… Pero, aun cuando desaprobara el contenido de la máxima –derecho que usted mismo me reconoce–, el deber me obligaba a obedecerla.

Eichmann: Si en aquella época me hubieran dicho: “Tu padre es un traidor, debes matarlo”, yo lo habría hecho, pues hallaba en la obediencia una forma de realización personal

¿Qué habrías hecho tú? La ciencia y la obediencia ciega

Tres meses después del referido juicio contra Adolf Eichmann, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, comenzó a dar forma a unos experimentos destinados a dar respuesta científica el problema de conciencia que asediaba su cabeza: ¿qué habría hecho yo en caso de tener cierta responsabilidad en la jerarquía nazi? ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Somos cómplices todos? ¿Hubiéramos, quizá, obedecido órdenes aunque no estuviéramos de acuerdo con las mismas? Y la respuesta fue un inesperado “sí”. Al menos a la última pregunta.

El experimento de Milgram necesita un orientador, que da órdenes e intenta llevar el estudio hasta el final (V); un alumno (S), actor en realidad, que finge el dolor al recibir las descargas eléctricas; y el “incauto” (L) encargado de infligirlas.

El experimento de Milgram necesita un orientador, que da órdenes e intenta llevar el estudio hasta el final (E); un alumno (L), actor en realidad, que finge el dolor al recibir las descargas eléctricas y el
El experimento de Milgram necesita un orientador, que da órdenes (E); un alumno (L), actor que finge el dolor al recibir las descargas eléctricas, y el “incauto” (T) encargado de infligirlas. Ilustración: Fred the Oyster. Bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International license.

Milgram ideó un experimento con tres personas: el científico, una especie de notario dando órdenes sobre cómo proceder; el alumno, un actor fingiendo diversos episodios de dolor; y un maestro, el conejillo de Indias, un verdadero incauto al que se le mentía sobre el propósito del experimento. Está claro que en la actualidad ese proceder cuestionable cuanto menos suscitaría verdaderos dilemas éticos, pero en aquellos tiempos la cosa fue para adelante. El científico explicaba que había una lista de palabras que el alumno tendría que memorizar y repetir en series. Cada vez que se equivocara, el maestro (el incauto) le castigaría con una descarga eléctrica variable en intensidad: de 15 a 450 voltios, teniendo en cuenta que hacia los 300 el “falso alumno”, el actor, simulaba estertores previos al coma. Los gritos de dolor y aullido iban en una grabación.

 

  • Con las descargas de 75 voltios, los incautos empezaban a sentirse inquietos.
  • A los 135 se paraban, quizá extrañados ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, para preguntar el propósito de aquel experimento. El experimentador en todo momento se mostraba firme y daba órdenes: “Siga, por favor”, “continúe”.
  • Ninguno de los participantes se negó en redondo a seguir con el castigo antes de alcanzar los 300 voltios.
  • Una amplia mayoría, el 65%, llegó al final: 450 voltios de descarga, aplicados cuando el alumno, el actor, ya no daba señales de vida.

Tiene sentido en este momento recuperar la pregunta de partida: ¿qué hubieras hecho tú? El profesor Milgram sacó sus conclusiones. En Los peligros de la obediencia afirma: “La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.

1 COMENTARIO

  1. Eichmann/Onfray dice: “Me daban órdenes; yo debía obedecerlas. No tenía que examinarlas, discutirlas ni comentarlas. No tenía que examinar su legitimidad”. Estas palabras corresponden a un comportamiento heterónomo, dictado desde fuera, que es lo más opuesto que hay a las tesis de Kant.

    Otra versión del imperativo categórico distinta a la que aparece en el texto, el llamado principio de autodeterminación, dice: “obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal” (Fundamentación para una metafísica de las costumbres, A 52). El sujeto kantiano no puede actuar siguiendo ciegamente la ley, tiene que interiorizar la ley y admitir que es justa. Si Eichmann era verdaderamente kantiano, debía considerar que las órdenes asesinas que recibía eran justas y, por tanto, era tan criminal como aquel que las dictaba.

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