Procedente de Letonia, Judith Shklar fue una figura clave del pensamiento político estadounidense. Nació y murió en septiembre: Riga, 24 de septiembre de 1928 - Cambridge Massachusetts, 17 de septiembre de 1992.
Procedente de Letonia, Judith Shklar fue una figura clave del pensamiento político estadounidense del siglo XX. Nació y murió en septiembre: Riga, 24 de septiembre de 1928 - Cambridge Massachusetts, 17 de septiembre de 1992.

Desde su especialidad en teoría política, Judith Shklar hizo filosofía del y desde el presente, si bien transmitiendo el pensamiento del pasado, aquello que no debía ser olvidado. Su principal empeño fue el de permitir que quienes la escucharan tuvieran la oportunidad de asomarse a lo que el tiempo anterior había dado de valioso y enriquecedor.

Por Carlos Javier González Serrano

Judith Shklar (1928-1992) nació en Riga, Letonia, con una juventud marcada por las constantes huidas —a causa de su origen judío— que la llevaron por todo el mundo. Tras doctorarse en Harvard, Shklar se convirtió en la primera mujer catedrática del Departamento de Ciencia Política de aquella prestigiosa universidad, aunque nunca alcanzó la fama de otras figuras masculinas como John Rawls o Robert Nozick. En 1990 llegó a ser la primera presidenta de la Asociación Americana de Ciencia Política.

El planteamiento filosófico-existencial de Judith Shklar queda claro en una cita que merece la pena recordar por entero (Vicios ordinarios, 1984): «La función de la teoría política consiste en hacer que nuestras conversaciones y convicciones sobre la sociedad que habitamos sean más completas y coherentes, así como revisar críticamente los juicios que normalmente hacemos y lo que de forma habitual vemos como posible». Un fragmento que bien podría servir como lema de cualquier filosofía: reflexionar sobre el presente para pensar nuestra circunstancia (individual y social) y, desde ella, formarse un juicio crítico desde el que poder actuar de manera consecuente.

«La función de la teoría política consiste en hacer que nuestras convicciones sobre la sociedad sean más completas y coherentes, así como revisar críticamente los juicios que hacemos y lo que de forma habitual vemos como posible». Judith Shklar

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El liberalismo del miedo, de Shklar (Herder).

En otra de sus obras, recopilada en forma de artículos tras su temprana muerte a los 63 años (Political Thoughts and Political Thinkers), escribió que la teoría política, y en general la filosofía, no ha de consistir en explicar o prescribir a la ciudadanía «lo que debe pensar, sino en ayudar al acceso a una noción más clara sobre lo que ya se sabe y lo que se diría si consiguieran encontrar las palabras adecuadas». Una filosofía, así, que, encaramada a la realidad, la exponga y describa para pensarla y finalmente actuar sobre ella.

A pesar de este ahínco por hacer filosofía del y desde el presente, la labor fundamental que tomó como propia Judith Shklar en su tarea docente fue la de transmitir el pensamiento del pasado. Aquello que, en palabras de Pericles, «no ha de ser ni puede ser olvidado». No fue la intención de Shklar erigir un sistema (como sí hicieron otros colegas de Harvard, en el caso de John Rawls, por ejemplo), sino permitir que quienes la escucharan tuvieran la oportunidad de asomarse a lo que el pasado había dado de valioso y enriquecedor.

El mundo político, antropológico y social que vivimos en la actualidad no se encuentra aislado del pasado; no se trata de un presente al que podamos tener acceso mediante teorías y constructos filosóficos o sociológicos. Más bien debemos recurrir constantemente al diálogo con el pasado para entender las enrevesadas y complejas redes de contacto que se dan con nuestra cotidianidad. En este punto comparte método con Isaiah Berlin, quien también abogó por estudiar a los clásicos de la teoría política y filosófica para forjar una hermenéutica del presente.

Shklar es clara legataria del liberalismo forjado en Francia: sobre todo por Montaigne, Montesquieu y Rousseau. De este modo expresa su ideario en El liberalismo del miedo (Herder Editorial): «Para explicar la necesidad de la libertad en general no bastan las referencias a instituciones e ideologías particulares. Debemos poner primero la crueldad y entender el miedo al miedo y reconocerlos en todas partes. El ‘castigo’ descontrolado y la negación de los medios de supervivencia más elementales por parte de los gobiernos, cerca y lejos de nosotros, deberían llevarnos a examinar con atención crítica las prácticas de todos los agentes de todos los gobiernos y las amenazas de guerra aquí y en todas partes».

Para Shklar, debemos recurrir constantemente al diálogo con el pasado para entender las enrevesadas y complejas redes de contacto que se dan con nuestra cotidianidad

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Los rostros de la injusticia, de Shklar (Herder).

En este sentido, podemos relacionar a Shklar con Hannah Arendt, a quien admiró abiertamente, aunque no dejó de mostrar ciertas reticencias en lo relativo a la idealización de la polis griega y al pasado clásico en general (aunque Arendt también criticó ciertas actitudes platónicas). Sin embargo, compartió con Arendt su condición de paria, de exiliada de un mundo que no le prestó un lugar seguro en el que vivir en su propia tierra. En este punto, el aspecto más original de Shklar fue su tesis del «liberalismo del miedo», una reconstrucción propia del liberalismo que abogaba más por evitar los males de nuestro tiempo que por forjar paraísos terrenales o aspirar a la realización de grandes utopías.

Y es que, explica Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, en la introducción de Los rostros de la injusticia (Herder Editorial), que, a juicio de Shklar, «la experiencia histórica que nos ha desvelado el siglo XX nos impide hacernos grandes ilusiones sobre la política. Siguiendo la distinción de Emerson, se inclina así más por el ‘partido de la memoria’ que por el ‘partido de la esperanza’, que aparece inevitablemente unido a la idea de progreso». Para Judith Shklar, el progreso tiene más que ver con no volver a cometer errores pasados que con fabricar una utopía casi inimaginable en el terreno de los asuntos humanos.

Por eso, la política debe tener como cometido el control de daños, y en particular, la prevención de la crueldad por cualquier parte del conglomerado social e institucional. Como ya esgrimió Michel de Montaigne, consistiría en «poner la crueldad en primer lugar» y convertirla en la premisa de toda teoría política y antropológica. La crueldad es para Shklar «la deliberada imposición de daños físicos —y, secundariamente, emocionales— a una persona o a un grupo más débil por parte del más fuerte con el objetivo de alcanzar algún fin, tangible o intangible, de este último».

La filosofía y el pensamiento político de Judith Shklar se centró, de este modo, en evitar en la medida de lo posible el sufrimiento y deshacernos del «miedo al miedo», que puede llegar a convertirse en la mayor de las tiranías. Justamente, la condición de posibilidad de la libertad es la ausencia de temor a la hora de actuar rectamente; temores que sólo pueden ser superados mediante un orden institucional jurídico y político. De alguna forma, Shklar reacciona frente a la imposición del miedo y del poder despótico que puede rastrearse en la filosofía de Thomas Hobbes. Para Shklar, la solución hobbesiana de erigir un Estado absoluto no soluciona los problemas, sino que, al contrario, los acrecienta. «La consecuencia de esto es que, lejos de ser el alivio de la ansiedad —comenta Vallespín—, un Estado no sujeto a claros y activos límites constitucionales se convierte enseguida en la máxima fuente del miedo».

La crueldad es para Shklar «la deliberada imposición de daños físicos —y, secundariamente, emocionales— a una persona o a un grupo más débil por parte del más fuerte con el objetivo de alcanzar algún fin»

Por último, el pensamiento de Shklar muestra una gran importancia por defender la empatía y la no-inacción frente a la injusticia y la crueldad. Quizá su gran legado a una sociedad, la actual, que hace oídos sordos frente a la desigualdad social y jurídica de los más desfavorecidos: «Argumentaré —escribe en Los rostros de la injusticia— que la diferencia entre desgracia e injusticia a menudo implica nuestra disposición y nuestra capacidad para actuar o no actuar en nombre de las víctimas, para culpar o absolver, para ayudar, mitigar o compensar, e incluso para mirar hacia otro lado».

Libertad positiva

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Sobre la obligación política, de Judith Shklar, que Herder publica en noviembre.

La principal preocupación de Judith Shklar como teórica política es la defensa de la libertad cívica y la descripción de cómo y en qué circunstancias puede ponerse en práctica. Este próximo otoño, la editorial Herder publicará Sobre la obligación política, de esta autora, en el que queda patente el lugar central que concede a la libertad de pensamiento. Defensora del concepto de libertad positiva, Shklar defiende que un liberal político debe comprometerse profundamente con la sociedad en la que habita.

El texto reúne veintitrés conferencias pronunciadas por ella en Harvard durante la primavera de 1992, que giran en torno a tres temas: una lectura de la obligación política en clave de una filosofía de lo común, la propuesta de un temperamento cívico liberal acorde con el compromiso político de Shklar y una exploración sobre dos situaciones límite en la vinculación normativa: la desobediencia y el exilio.

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