Ingeborg Bachmann en un grafitti por Jeff Aerosol en el Robert Musil Museum en Klagenfurt. Imagen distribuida por Wikipedia bajo la licencia Creative Commons Dedicación de Dominio Público CC0 1.0 Universal.
Ingeborg Bachmann en un grafitti por Jeff Aerosol en el Robert Musil Museum en Klagenfurt. Imagen distribuida por Wikipedia bajo la licencia Creative Commons Dedicación de Dominio Público CC0 1.0 Universal.

La búsqueda insobornable de la verdad, la exploración del dolor o el conflicto de identidad cargan la obra de Ingeborg Bachmann de filosofía. Algo natural en alguien con una sólida base filosófica que, en ocasiones, no se ha subrayado lo suficiente. Este es el punto de partida de este artículo sobre la gran escritora austriaca, cuya obra recupera en español la editorial Tres Molins.

Por Pilar G. Rodríguez

El contexto es el siguiente: una autora de veintitantos años que arrasa con su primer poemario, El tiempo aplazado. Ella se retrae y huye de donde y de quienes la han convertido en una «celebridad». Su segunda obra poética la confirma literaria y socialmente como una de las grandes, pero ella ¿quién es? ¿Cuál es su relación con las palabras? Después de Invocación a la Osa mayor, Ingeborg Bachmann (1926-1973) constata que ella es alguien que sabe hacer poesía, la domina. Sabe también que quien domina la poesía, a menudo, deja de ser poeta para convertirse en burócrata del verso. Entonces huye de nuevo y deja una declaración: «Dejé de escribir poemas cuando sospeché que ‘sabía’ hacerlos», afirma en una entrevista.

Ingeborg Bachmann, de Hans Höller, biografía en alemán editada por Rowohlt.
Ingeborg Bachmann, de Hans Höller, biografía en alemán editada por Rowohlt.

Sospecha, sospechar. En filosofía no es que existan tres filósofos de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud), es que la filosofía es sospecha pura, distancia respecto de lo dado, exigente criba personal ante lo externo, navaja y filo a lo exterior, muerte a las primeras impresiones, reacciones y a lo primero que se viene a la boca. Bachmann sospecha. Sospecha que en esa sospecha reside lo poco o lo mucho que pueda ella saber. No habla de filosofía, sino de poesía, que es lo suyo, pero sus palabras suenan como las de aquel maestro partero de la filosofía que sospechaba que él poco o nada sabía: «Sigo sabiendo poco de poemas, pero entre lo poco está la sospecha. Sospecha de ti lo suficiente, sospecha de las palabras, de la lengua, me he dicho muchas veces, ahonda esta sospecha para que un día, quizás, pueda originarse algo nuevo o que no se origine nada más».

Bachmann sospecha. Sospecha que en esa sospecha reside lo poco o lo mucho que pueda ella saber

Países, tres; patria, cero

Ingeborg Bachmann nació la mayor de tres hermanos en Klagenfurt, la capital de Carintia. Si la verdadera patria es la infancia, más que en esa ciudad, la patria de Ingeborg Bachmann se ubicaría en Obervellach, la pequeña localidad de donde procedía su padre y en la que pasaban temporadas de verano y recreo. Allí, entre tres países (Austria, Italia y Eslovenia) y entre tres lenguas, fue feliz.

Los recuerdos felices de aquella época tienen una fecha precisa en la que se acabaron, un momento «que traumatizó mi niñez. La marcha de las tropas de Hitler en Klagenfurt». Un momento aterrador, espantoso, «un dolor primero de una intensidad que luego no se repetiría. Por supuesto, no lo entendí en el sentido en el que un adulto pudiera haberlo hecho. Pero esa brutalidad que se sentía, esos rugidos, esos cánticos y esa forma de desfilar me produjo mi primer miedo a la muerte: un ejercito entero llegaba a nuestra tranquila y pacífica Carintia».

De esa época Bachmann echa en su mochila literaria la noción de frontera o separación como generadora de sufrimiento; el escalofrío del primer miedo de muerte y el silencio y la colaboración, en especial de su padre, cuya figura quedará ligada, si no equiparada, a la de la generación de los asesinos.

Al principio, la filosofía

Poco antes de cumplir 20 años, Bachmann abandona el nido familiar y marcha a Innsbruck, a Graz a estudiar filosofía. De esta época son las extrañas Cartas a Felician. Dirigidas a un tú inexistente —aunque siempre hay elucubraciones sobre el posible destinatario— al que Ingeborg se refiere como a un ser superior, místico, pero real en sus consecuencias y firme en sus propósitos. Bachmann se dirige a él como a un superhombre o a un semidiós: «mi único altar», le llama. Posteriormente lo denominó con la terminología de Simone Weil, el gran animal: «objeto de idolatría, el único sucedáneo de Dios, la única imitación de un objeto que está infinitamente alejado de mí y que es yo», escribe la filósofa.

De la marcha de las tropas de Hitler en Klagenfurt, Bachmann echa en su mochila literaria el escalofrío del primer miedo de muerte y el silencio y la colaboración, en especial de su padre, cuya figura quedará ligada, si no equiparada, a la de la generación de los asesinos

El juego, el desdoblamiento entre un inalcanzable tú y un yo alterno y eterno, será otra de las duraderas incorporaciones que Bachmann hace a su obra y que emergerá con toda la fuerza en el trío protagonista de Malina, su única novela terminada. Pero aún falta para eso. Estamos en Viena en el año 1946, dando por concluidos unos estudios de filosofía que se cierran con una tesis sobre el existencialismo en Heidegger, que acabó siendo más bien contra este. Como señala la biografía de Hans Höller sobre la poeta, el estudio de aquella filosofía no hizo sino afianzar su «compromiso con las más profundas experiencias del arte y la literatura, lo que irritó a la filosofía académica».

Bachmann era muy crítica con el existencialismo de las propias cosas y con el neopositivismo, según el cual solo tienen sentido las proposiciones que pue­den verificarse empíricamente, es­to es, los enunciados de las ciencias empíricas. Así, en su tesis, la aspirante a doctora defiende una postura que la aparta de sus filosóficos propósitos, pero la afianza en su ser de poeta: «Quien quiera salir al encuentro de esa nada que nadea se horrorizará ante el cuadro de Goya Saturno devorando a sus hijos, al experimentar la violencia del espanto y la aniquilación del mito. Si lo que se busca es un testimonio lingüístico de las posibilidades más extremas de representar lo indecible, las encuentra en el soneto de Baudelaire El abismo, en el que se revela la confrontación del hombre moderno con la angustia y con la nada».

En otra de sus obras narrativas que dejó sin terminar, El caso Franza, Bachmann se reafirma desde la ficción: «Hablo de la angustia. Cerrad todos los libros, el abracadabra de los filósofos, de esos sátiros de la angustia que recurren a la metafísica y no saben lo que es la angustia. La angustia no es un secreto, ni un término, ni un existencial, ni algo superior, ni un concepto, Dios nos guarde, no puede sistematizarse. La angustia no se puede discutir, es el asalto imprevisto, es el terror, el ataque masivo contra la vida».

Primeros y penúltimos poemas

En Viena, Bachmann entra de la mano del crítico y escritor Hans Weigel en el mundo literario de la ciudad. Es allí donde conoce a Paul Celan, a quien le unirá ya para siempre «lo sensual y lo intelectual», como se repetían en la correspondencia que mantuvieron durante las idas y venidas del amor y el desamor. Esta relación marcará la literatura y cristalizará en poemas que son cumbre en cuanto a la hermosura de sus formas, sus imágenes y su hondura.

«La angustia no se puede discutir, es el asalto imprevisto, es el terror, el ataque masivo contra la vida»

En 1953 aparece El tiempo aplazado (o postergado, según la traducción) con el que Ingeborg Bachmann da un poético puñetazo en la mesa alrededor de la que se citaban los círculos literarios de la época. Es un bombazo y ella, una estrella. En la época de posguerra, en el país del silencio que trabaja con diligencia por la reconstrucción, una voz de mujer se eleva para decir cosas oscuras, como se titula uno de los poemas. Por ejemplo, Vendrán días más duros, el verso con el que empieza el que da título al libro. U otros en forma de recomendación:

cuídate de los cazadores domingueros
de los esteticiens, de los indecisos
bienintencionados
(…)
¡Procurad manteneros despiertos!

Quizá los versos que mejor definan el poemario y la importancia que tuvo fueron estos:

La guerra ya no es declarada,
sino continúa. Lo inaudito
se ha vuelto común (…)

El espíritu de esas líneas pasan al acervo literario de Bachmann, que desarrollará en prosa también esa guerra silenciosa de todos los días, de cada día que no tiene que ver con las bombas, sino con la tortura de las relaciones humanas, la burocracia o el lenguaje sucio, vacío o desgastado.

Ingeborg Bachmann en español

Poesía completa de Bachmann (Tres molins).
Poesía completa de Bachmann (Tres molins).

Crítica, traductora y editora, Cecilia Dreymüller es una de las personas que más y mejor conocen la obra de Ingeborg Bachmann. Escribió sobre ella en el panorama sobre la literatura alemana que publicó en Galaxia Gutenberg bajo el título Incisiones, recuperó y tradujo sus últimos poemas —junto a Concha García— y hace tres años fundó la editorial Tres Molins, en cuyo catálogo Bachmann tiene un puesto de privilegio. Esta editorial artesanal, como se lee en su web, lleva en su ADN no solo el nombre de su fundadora (es lo que significa Dreymüller en catalán), sino su querencia: Cecilia Dreymüller ha traducido para Tres Molins la Poesía completa de Bachmann y el volumen de relatos A los treinta años. En estas líneas explica como y por qué se lanzó a la tarea de traducir y publicar la obra de Bachmann en español:

«Mi relación con la traducción es absolutamente circunstancial, pues empecé a traducir poesía por iniciativa de una amiga, la poeta Rosa Lentini, quien me propuso preparar conjuntamente un número de poesía alemana para su revista, Hora de poesía. Fue una traducción a cuatro manos, una opción que considero muy válida, incluso diría ideal, especialmente en poesía. Y en este primer intento, al lado de una persona de la que aprendí mucho, me atacó la pasión por la traducción. Desde entonces no he dejado de traducir, pero sólo autores que me importan personalmente: los poetas alemanes de la posguerra Peter Huchel, Ilse Aichinger, Hilde Domin, Johannes Bobrowski. Un poemario de Marcel Beyer, poeta contemporáneo; igual que algo de Ursula Krechel. Narrativa de Botho Strauss, Herta Müller, Reinhard Jirgl y Sibylle Lewitscharoff y otros. Y bastante Peter Handke. Por suerte, no tuve que traducir nunca para ganarme la vida. Con todo esto sólo quiero decir que no me considero una traductora profesional».

«Pero lo cierto es que la obra de Ingeborg Bachmann es la que más me ha aportado —continúa Cecilia Dreymüller—. Me ha acompañado toda mi vida lectora, y cuando vi que las traducciones al castellano que había estaban o incompletas o envejecidas, me propuse ponerle remedio en la medida de mis posibilidades. Creo que al menos cada 50 años hay que revisar las traducciones que tenemos de los clásicos y de los clásicos modernos. Esto es especialmente recomendable para las traducciones que se hicieron aquí durante el franquismo y los primeros años de la transición cuando se traducía mucho de otras traducciones y no del idioma original. Aunque este no fue el caso de Bachmann; pero la traducción del primer tomo de sus relatos, A los treinta años, sufrió importantes mutilaciones por la censura franquista. En cuanto a la poesía, estaba solo parcialmente traducida y las traducciones que había estaban dispersadas y descatalogadas. Con la editorial simplemente he dado un paso más en esta misma dirección. Me permite dar a conocer o recuperar a grandes obras de la literatura alemana —no solamente poesía sino también narrativa y ensayo—, que el mundo editorial actual descarta por su escasa salida comercial».

Ensayos: el presente es eterno

El tiempo aplazado fue el primer libro de poesía y el penúltimo. El segundo y último se tituló Invocación a la Osa mayor. Bachmann lo escribió en su mayor parte en Italia, donde marchó tras el rayo de fama que produjo su primera obra y del que salió huyendo.

En Italia, para solventar apuros económicos, Bachmann se pasa al periodismo. Escribe crónicas y artículos y algunos de ellos se recogieron con el título Lo que vi y oí en Roma. Por debajo del tiempo y de lo cotidiano, Bachmann persigue las huellas de una violencia travestida de normalidad: «En Campo de Fiori, Giordano Bruno sigue siendo incinerado. Todos los sábados, cuando los puestos que rodean su estatua son derribados y solo quedan las mujeres de las flores, los hombres amontonan la basura que queda delante de sus ojos y le prenden fuego. De nuevo el humo y las llaman se elevan en el aire. Una mujer grita…». Su peculiar mirada sobre su experiencia de la historia llamó la atención de Theodor Adorno, quien escribió algo muy hermoso sobre aquello: afirmó que en vez de intentar encontrar las raíces de lo eterno en el pasado, a Bachmann le interesaba lo contrario: «perpetuar lo transitorio».

En la época de posguerra, en el país del silencio que trabaja con diligencia por la reconstrucción, una voz de mujer se eleva para decir cosas oscuras, como se titula uno de los poemas

Contar los modos de muerte

A los treinta años, de Bachmann (Tres molins).
A los treinta años, de Bachmann (Tres molins).

La década de los sesenta se inicia con la publicación de los relatos A los treinta años. Bachmann despliega y hace variaciones sobre las experiencias y reflexiones que han ido forjando su pasado literario: impresiones de la guerra a los ojos de un niño, los contubernios de la profesión, la ambición de un lenguaje nuevo frente al idioma del mundo, la búsqueda extenuante de la verdad… Esos temas van sucediéndose uno tras otro en las páginas del libro. Al final, tienen en común la afirmación de la libertad frente a todo tipo de encasillamiento sentimental, profesional, sexual… «Ni se os ocurra probar eso conmigo. ¡Conmigo no!», escribe en el último de esos relatos, Ondina se va.

Junto con estos relatos, los que se incluyen en Tres senderos hacia el lago, completan la producción de Bachmann en este género. En paralelo, a lo largo de los 60 trabaja ya en su obra final, los Modos de muerte, que la suya dejó incompletos. Lo componen las novelas Malina, El caso Franza y Réquiem por Fanny Goldman. Son años duros, marcados por la dispar acogida de sus textos, por la ruptura sentimental con el también escritor Max Frisch, por sucesivas crisis e internamientos en distintas clínicas, por la adición a las pastillas, al alcohol… El dolor en la literatura y en la vida —en su vida— es el tema principal de los últimos años de Ingeborg Bachmann y quizá ya el único.

«Sin mi dolor no estaría viva»

(…)
El corazón no late ya.
¿Cómo va a terminar? Me he vuelto
aburrida y tan lenta y tan fría
que, sin mi dolor, ya no estaría viva.

En 2003 vieron la luz una serie de poemas de los últimos años de vida de Ingeborg Bachmann que sus herederos, sus hermanos, quisieron publicar: «Los guardó y no los destruyó como hizo con otros textos y cartas». En estos poemas, convertidos a veces en un diario hospitalario, Bachmann hace una crónica de sus modos de dolor mientras en narrativa se dedicaba a los mencionados Modos de muerte.

Puede resultar simplista despachar echando mano del dolor con sus múltiples facetas una producción tan compleja, pero no lo será más que otras sesudas opciones que hablan, en Malina por ejemplo, de la incomunicación entre los seres y sus relaciones de conflicto; de la reivindicación de una voz propia de la mujer en un opresivo mundo patriarcal; de la inutilidad del lenguaje; de la imposibilidad de la amistad, del trato entre iguales… De todo eso hay en el trío sobre el que se construye la novela y que ha dado lugar a múltiples interpretaciones. Una Ingeborg Bachmann desdoblada entre una voz masculina (Malina), que representaba el ansia de seguridad y sosiego, y otra (Iván), como un yo torturante y torturado que concentra los impulsos de amor y muerte. O una autora de doble identidad (la propia, de mujer, y otra masculina, Malina) frente a la tiranía personal y social que representa Iván… Todas seguramente válidas y todas seguramente incompletas, como lo será cualquier perspectiva que no quiera incluir a las demás o no deje espacio para ellas.

Pero llegará un día…

Para no pecar demasiado de incompletitud es necesario subrayar que, en medio del relato de enfermedad y crimen que es Malina, la autora incluye también diversas fantasías, textos sobre y para el texto entre los que se incluye el inolvidable cuento Los misterios de la princesa de Kagran, pero también otros párrafos más breves que constituyen un respiro, un claro de bosque, una pausa para un pensamiento efímero, pero necesario por calmante y esperanzador. Párrafos en los que la escritora alza la vista, cierra quizá los ojos y sueña y espera que llegue realmente un día…

(…) en que serán libres, todos los hombres se habrán liberado hasta de la libertad con que soñaban. Será una libertad mayor, superior a toda ponderación, una libertad para toda la vida…

Vendrá un día en que los seres humanos tendrán ojos de color dorado y voces siderales, en que sus manos tendrán talento para el amor y la poesía de su sexo volverá a ser creada (…)

Y sus manos serán capaces de bondad, se extenderán hacia los bienes supremos con toda su inocencia, pues no tendrán que esperar, los hombres no tendrán que esperar eternamente…

Eso también es Malina y esa también es Ingeborg Bachmann. Dejó de esperar ese día el 17 de octubre de 1973, a los 47 años, por las secuelas que dejó el fuego al incendiarse su apartamento en Roma.

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