“El hombre en busca de sentido”: el horror nazi

Este libro adelantaba el concepto de resiliencia: la capacidad de sobreponerse a las desgracias traumáticas de la vida a través del amor y de las relaciones emocionales. Sobrevivir en el infierno anhelando la libertad final.
Este libro adelantaba el concepto de resiliencia: la capacidad de sobreponerse a las desgracias traumáticas de la vida a través del amor y de las relaciones emocionales. Sobrevivir en el infierno con el anhelo y la esperanza de la libertad final.

Hay libros que pueden cambiar la vida de quien los lee y El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, es uno de ellos. Estamos ante uno de los diez libros más inspiradores de todos los tiempos y frente a uno de los relatos más esperanzadores sobre los campos de concentración.

Por Gabriel Arnaiz, profesor de filosofía

El psiquiatra y filósofo alemán Karl Jaspers dijo que era “uno de los pocos grandes libros de la humanidad” y la librería del Congreso de Washington lo considera uno de los diez libros de mayor influencia en Estados Unidos. Quizás estos juicios sean algo excesivos, pero lo que sí está claro es que nos encontramos ante un libro que, según el profesor Freire, “merece ser incluido en el catálogo de las obras clásicas que constituyen el patrimonio intelectual de la humanidad”, pues ha ayudado a muchas personas a encontrar sentido a sus vidas.

Junto con otros libros que ya se han convertido en lecturas imprescindibles para entender nuestro presente (como el Diario de Ana Frank o Si esto es un hombre, de Primo Levi), El hombre en busca de sentido habla de los horrores del universo concentracionario y describe con gran fidelidad el deliberado proceso de deshumanización que se llevó a cabo en este entorno controlado, mostrándonos lo que puede dar de sí la naturaleza humana, tanto para lo malo como para lo bueno. El problema fundamental de nuestro tiempo (la capacidad de la técnica para despersonalizar al ser humano) se refleja ya en este libro mítico que explora los límites a los que puede llegar el hombre cuando se le obliga a vivir en condiciones infrahumanas.

El hombre en busca del sentido narra los horrores de los campos de concentración y el proceso de deshumanización que llevaron a cabo, mostrando lo que puede dar de sí la naturaleza humana, para lo malo y lo bueno

El prisionero 119.104

"El hombre en busca de sentido", de Viktor Frankl, publicado por la editorial Herder.
“El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl, publicado por la editorial Herder.

En un principio, el libro se llamó Un psicólogo en un campo de concentración, aunque el éxito mundial vino cuando se le cambió el título y se le añadió un epílogo en el que el autor, psiquiatra austriaco, resumía los elementos clave de su particular enfoque terapéutico, la logoterapia. El objetivo de Viktor Frankl (judío vienés, 1905-1997) consistió en reflejar de la manera más objetiva posible la profunda transformación de la personalidad que sufría un prisionero típico en un campo de concentración nazi, es decir, la espeluznante despersonalización y progresiva animalización que conllevaba este cruel proceso, meticulosamente planificado por sus verdugos.

El informe del prisionero 119.104 –que Frankl quiso publicar inicialmente de manera anónima, aunque sus amigos le disuadieron de ello– abarcaba la conmoción inicial de la llegada al campo, la dureza de la vida cotidiana y la aclimatación a la vida normal después de la liberación. Gracias al cine ahora todos conocemos cómo eran las pavorosas circunstancias que acompañaban la deportación: los viajes de varios días en trenes para ganado atestados de personas con un mendrugo de pan como único alimento y sin apenas agua para beber, la salida en dos caminos (uno, hacia la dura vida del campo; otro, hacia los hornos crematorios) según el macabro “juego del dedo” que llevaba a cabo un oficial de la SS impecablemente vestido (papel que en Auschwitz representó el infame doctor Mengele), las engañosas duchas, etcétera. Por eso quizás no sea necesario insistir en estos elementos del relato de sobra conocidos por todos, sino destacar más bien los aspectos más originales de texto.

El objetivo de Frankl era reflejar la profunda transformación de la personalidad que sufría un prisionero y su progresiva animalización en ese cruel proceso planificado por sus verdugos

Muerte emocional

Después del impacto emocional de la primera fase, venía una segunda etapa de apatía generalizada, de embotamiento emocional ante el sufrimiento continuo que uno presenciaba todos los días, y que “desembocaba en una especie de muerte emocional”. En pocos días, la personalidad del interno se transformaba por completo y dejaba de experimentar sentimientos como la repugnancia, la piedad, la indignación o el horror. El propio Frankl cuenta cómo pasó algún tiempo en el barracón de los enfermos y vio cómo allí moría mucha gente “sin sentir la menor conmoción interior”.

Todos los esfuerzos de los prisioneros se concentraban en una única tarea: sobrevivir un día más al esfuerzo agotador y a las exiguas raciones de comida, los 300 gramos de pan y el litro de sopa aguada que les daban para todo el día. No es extraño, pues, que las conversaciones y sueños de los prisioneros gravitasen alrededor de la comida: el hambre era la sensación que lo presidía todo. Los nazis consiguieron que la existencia humana se redujese a la mínima expresión. De ahí que “el afán de procurarse alimentos fuese el instinto primitivo dominante alrededor del cual giraba el resto de la vida mental”, según cuenta Frankl. Según su testimonio, sólo sobrevivían aquellos internos que “endurecidos quizá por el deambular durante años de campo en campo, y en la lucha por la supervivencia, perdían todos los escrúpulos; aquellos que, con tal de salvarse, eran capaces de emplear cualquier medio, honesto o menos honesto, incluida la fuerza bruta, el robo o la traición a sus compañeros”. Incluso llega a confesar varias veces en el libro que “los mejores de entre nosotros no regresaron a casa”.

Los nazis consiguieron que la existencia humana se redujese a la mínima expresión

Voluntad de sentido

Viktor Frankl fotografiado en 1965. Autor: Prof. Dr. Franz Vesely (Viktor-Frankl-Archiv). Distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0 DE.
Viktor Frankl fotografiado en 1965. Autor: Prof. Dr. Franz Vesely (Viktor-Frankl-Archiv). Distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0 DE.

Viktor Frankl no pretendía describir exhaustivamente cómo era la vida en un lager, el campo de concentración nazi, sino demostrar que incluso en las peores condiciones vitales que uno pueda imaginar (y la realidad de los campos escapa a la imaginación cotidiana) era posible encontrar un sentido a la vida y seguir conservando nuestra dignidad humana. Por eso hizo suyo el lema de Nietzsche de que “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

Quienes tuvieron más posibilidades de sobrevivir en los campos de concentración nazis fueron aquellos que se aferraron a la esperanza de volver a ver a un ser querido (un hijo o una esposa), a una misión que debían cumplir o a una tarea que sólo ellos podían realizar (en el caso de Frankl, terminar un manuscrito que los guardias le destruyeron el primer día que entro allí). “El prisionero que perdía la fe en el futuro estaba condenado” y se convertía en un musulmán (según la terminología de los internos), es decir, en un muerto viviente al que sólo le quedaban unos pocos días de vida.

La clave de la supervivencia consistía en asumir el sufrimiento del campo como un reto a superar y encontrarle un sentido: “Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar ese sufrimiento, porque ese sufrimiento se convierte en su única y peculiar tarea. Es más, ese sufrimiento le otorga el carácter de persona única e irrepetible en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento, ni sufrir en su lugar”. Para Frankl, lo que de verdad distingue al hombre de otros seres no es la voluntad de placer, como pensaba Freud, o la voluntad de poder, como pretendían Adler o Nietzsche, sino la voluntad de sentido, es decir, la lucha por encontrarle un sentido a la vida, que es la primera fuerza motivadora del ser humano. “Nada en el mundo ayuda a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como la conciencia de que la vida tiene un sentido”.

Para Frankl, lo que distingue al hombre de otros seres es la voluntad de sentido, es decir, la lucha por encontrarle un sentido a la vida, la primera fuerza motivadora del ser humano

Autotrascendencia

Esta dimensión espiritual del hombre, esta capacidad de autotrascenderse, de buscar un sentido fuera de él mismo, es lo que realmente define antropológicamente al hombre. “El ser humano es un ser autotrascendente”, afirma Frankl de manera categórica. Para él, “ser hombre implica dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo, bien sea realizar un valor, alcanzar un sentido o encontrar a otro ser humano. Cuando más se olvida uno de sí mismo —al entregarse a una causa o a una persona amada—, más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades”. “¿Quién es en realidad el hombre? —se pregunta el autor—. Es el ser que siempre decide lo que es”. Su conclusión fatídica es que en los campos de concentración se mostró lo peor y lo mejor del ser humano, el ser humano en su estado puro. Y termina el libro con estas palabras: “El hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también el ser que ha entrado en ellas con la cabeza erguida”.

“El hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también el ser que ha entrado en ellas con la cabeza erguida”

Resiliencia

El hombre en busca de sentido es la narración autobiográfica de una persona que, a pesar de haber padecido los más atroces sufrimientos físicos y morales, es capaz de mantenerse incólume y sobreponerse a ellos. En cierta medida, este libro preludia el concepto de resiliencia que después acuñará Boris Cyrulnik, otro psiquiatra que también estuvo en un campo de concentración cuando era niño. La resiliencia es la capacidad de sobreponerse a las desgracias traumáticas de la vida a través del amor y de las relaciones emocionales significativas. Si Frankl había conseguido mantenerse a flote en las peores circunstancias que uno pueda imaginar, ¿por qué no podríamos nosotros hacer lo mismo en las nuestras, que son mucho más favorables?

Ninguna pesadilla podía ser peor que la realidad

“Jamás olvidaré aquella noche en que me desperté con los fuertes gemidos de un compañero amigo que se agitaba en sueños bajo los efectos de alguna horrible pesadilla. Yo siempre me he sentido especialmente conmovido ante las personas que sufren delirios o pesadillas angustiosas. Decidí despertar al pobre hombre, pero en el último instante me detuve, retiré rápidamente mi mano asustado por lo que iba a hacer. Comprendí con rapidez, de forma descarnada, que ningún sueño, por muy horrible que fuese, podrías ser peor que nuestra actual realidad [en el campo], una realidad a la que estuve a punto de cometer la crueldad de devolverlo.”

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