Henri Lefebvre y el derecho a la ciudad

Henri Lefebvre es uno de los pensadores más influyentes en la arquitectura actual por su famoso «derecho a la ciudad». Ilustración de la ciudad extraída de Public Domain Pictures (CC0 1.0). Foto de Lefebvre perteneciente a Commons wikimedia (CC BY-SA 3.0 NL).
Henri Lefebvre es uno de los pensadores más influyentes en la arquitectura actual por su famoso «derecho a la ciudad». Ilustración de la ciudad de Public Domain Pictures (CC0 1.0). Foto de Lefebvre distribuida por Commons wikimedia (CC BY-SA 3.0 NL).

Henri Lefebvre fue un filósofo francés que revolucionó la arquitectura y los estudios sobre el espacio. Su principal influencia se halla en las obras del joven Marx, de Nietzsche y de Heidegger. Sufrió un cierto aislamiento intelectual por no adherirse a las corrientes de moda de la Francia de la segunda mitad del siglo XX: el estructuralismo, el posestructuralismo y el existencialismo. Es cada vez más reivindicado y conocido por su célebre derecho a la ciudad, derecho recogido ya por la ONU.

Por Javier Correa Román

El hilo que recorre todo el pensamiento de Henri Lefebvre (1901-1991) es la pregunta por la reproducción del capitalismo, es decir, la pregunta por sus mecanismos de perduración. Para nuestro autor, la respuesta tiene una doble dimensión: el sistema se reproduce a través de nuestra vida cotidiana (elemento central del ser humano) y a través del espacio (como marco en el que la vida tiene lugar). Respecto al espacio, la tesis principal de Lefebvre es que el espacio es el lugar fundamental de reproducción de las relaciones sociales. En palabras del propio Lefebvre:

«¿Cuáles son las relaciones sociales que cambian y cuáles las que persisten? Lo que persiste, ¿por qué lo hace? […] Mi hipótesis es la siguiente: es el espacio y por el espacio donde se produce la reproducción de las relaciones de producción capitalista».

Pero ¿es el espacio político?

La respuesta más intuitiva a esta pregunta parece ser la negativa. El espacio se nos presenta como un contenedor neutral y vacío, como algo natural sin implicación política alguna. Lefebvre denomina cartesiana a esta forma de entender el espacio. En su filosofía, Descartes opuso a su cogito todo un mundo externo, geométrico e inerte, al que llamó res extensa. Pero esta no es la forma natural del espacio, sino —critica nuestro filósofo— una forma más de entenderlo.

Respecto al espacio, la tesis principal del pensador francés es que el espacio es el lugar fundamental de reproducción de las relaciones sociales

A la manera cartesiana de concebir el espacio, Lefebvre achaca un despojamiento de las prácticas que hacemos del mismo. Según este autor, Descartes postula un espacio previo a las relaciones sociales (un espacio natural), pero, para Lefebvre, todo espacio es siempre un espacio social. La implicación fundamental de esta idea es la siguiente: si no hay espacio natural, entonces el espacio es construido. Y si el espacio se construye, siempre se puede construir de una u otra manera. De ahí que en La producción del espacio afirme que: «Hay políticas del espacio porque el espacio es político».

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La producción del espacio, de Henri Lefebvre (Capitán Swing).

¿Y por qué es tan importante el espacio y su creación? Lefebvre entiende que todas nuestras acciones humanas se desarrollan siempre en un lugar. Este lugar no es un mero decorado para nuestras acciones, sino que el espacio las condiciona a modo de marco. Según su teoría, el espacio es la condición de posibilidad de todo lo que hacemos, pero también el límite de nuestra vida cotidiana.

La visión lefebvriana del espacio se asemeja a la de un tablero de ajedrez que permite jugar la partida, pero también impone unas condiciones. Lo que ocurre es que las reglas y significados del espacio social que habitamos están siendo producidas por arquitectos, políticos, urbanistas… Estos crean el espacio, imprimiéndole ciertas relaciones de poder. Es así como el espacio reproduce las relaciones sociales de dominación.

Visto de esta forma, la acción política debe centrarse en la lucha por crear otro espacio que abra nuevas posibilidades. Con Lefebvre, empieza a gestarse la idea de que un cambio en un espacio ya dado es un cambio limitado, un cambio en el que el espacio sigue imponiendo sus límites.

La teoría del espacio de Lefebvre fue el núcleo de las protestas de los «indignados». Estos, al tomar las plazas, reivindicaban la importancia del espacio. Para todos ellos, el espacio público (una plaza, por ejemplo) no era verdaderamente público si se constituía como un espacio de paso, privado y anónimo. Al apropiarse de la plaza, mostraron que el espacio es creado y que no hay un «uso natural» de la plaza, sino que los usos del espacio son construidos.

La visión lefebvriana del espacio se asemeja a la de un tablero de ajedrez que permite jugar la partida, pero también impone unas condiciones. Lo que ocurre es que las reglas y significados del espacio social que habitamos están siendo producidas por otros

La trialéctica del espacio

La trialéctica del espacio —expuesta en su obra magna La producción del espacio— es un modelo teórico para concebir el espacio. Más que señalar tres espacios diferentes, aislados o separados, señala «tres momentos del espacio social». Estos tres momentos son: el espacio concebido, el espacio percibido y el espacio vivido.

Espacio concebido

El espacio concebido es ese espacio contra el que Lefebvre lucha como hegemónico, como contenedor vacío. Es el espacio euclídeo y cartesiano, aquel entendido como producto aislado y acabado, coherente consigo mismo. Es un espacio formal y cuantitativo que opera bajo los códigos de la planificación urbana y la homogeneización de la experiencia. Es «el espacio de los científicos, planificadores, urbanistas, tecnócratas e ingenieros sociales […] y de todos aquellos que identifican lo percibido y lo vivido con lo concebido».

Es el espacio de las ciencias y la técnica que ocultan su ideología al crear este espacio. Son los proyectistas, tecnócratas y arquitectos, que administran y crean un espacio que produce y reproduce las relaciones de dominación. Lo importante es que, para Lefebvre, el espacio concebido es un reflejo de las relaciones de poder, refuerza una hegemonía de clase y reproduce estas relaciones por medio de discursos técnicos y abstractos sobre un lugar determinado.

Espacio percibido

El espacio percibido es el espacio entendido desde sus prácticas, desde su uso cotidiano. Está directamente relacionado con la percepción que la gente tiene de él: rutas de paseo, los lugares de encuentro, etc. Cuando hablamos de espacio percibido también hablamos de la producción material de las necesidades de esta vida cotidiana.

El espacio percibido puede desbordar el espacio concebido por los arquitectos (se puede jugar un partido de fútbol en una acera), pero está muy limitado por él. Por eso, Lefebvre afirma que el espacio es el marco de la reproducción social, porque es límite efectivo para nuestras acciones. Según el filósofo francés, las concepciones de los arquitectos «aseguran la continuidad y cierto grado de cohesión».

La trialéctica del espacio no señala tres espacios diferentes, aislados o separados, sino que señala «tres momentos del espacio social»

Espacio vivido

El espacio vivido es la gran herencia nietzscheana o heideggeriana, porque este espacio es concebido como el espacio de las vivencias, como el mundo de la vida fenomenológico. Es el espacio vital en cuanto cargado de símbolos y significaciones. No dependen de reglas de consistencia, sino de coexistencia, de historias simbólicas compartidas, de horizontes vividos. Si el espacio concebido es el plano de una calle y el espacio percibido es pasear por ella, entonces el espacio vivido es el primer beso que nos dimos ahí (y todo lo que significa).

Para esta visión del espacio es clave la noción heideggeriana de «habitar». Sin embargo, la distancia con Heidegger es clara: Lefebvre critica que Heidegger no piensa en cómo se produce el espacio, en cómo surge o emerge la realidad del espacio. Con la trialéctica del espacio, Lefebvre pretende suplir esta falta.

El espacio vivido está en relación dialéctica con el espacio concebido al que invade y siempre desborda. Así, aflora como lugar de resistencia a la producción del espacio por parte de urbanistas y arquitectos. En palabras de Deleuze, hay siempre una territorialización del espacio que busca ordenarlo, pero nunca lo agota. El espacio vivido es una fuente infinita de experiencia y se escapa siempre a la imposición hegemónica de los arquitectos. Estos pretenden hacer pasar el mapa por el territorio, socavando toda opción diferente a sus trazas y cartografías.

Por eso mismo, para Lefebvre, todo espacio vivido es un espacio de resistencia porque desafía la concepción impositiva del espacio abstracto como espacio real. Son las manifestaciones de este espacio vivido las que una y otra vez desbordan los planos de los arquitectos como líneas de fuga.

El espacio concebido es el espacio euclídeo y cartesiano. El espacio formal y cuantitativo que opera bajo los códigos de la planificación urbana. La forma de entender el espacio que produce y reproduce las relaciones de dominación

El derecho a la ciudad

Lo urbano, y el consecuente derecho a la ciudad, no es un tema separado de la trialéctica del espacio, sino el mismo tema con un marco de referencia más amplio: el de la ciudad. Esto implica entender la ciudad como una realidad dialéctica donde las prácticas espaciales surgen de las tensiones entre unas representaciones impositivas y unas vivencias desbordantes. Como hemos dicho, es en la ciudad donde se da de manera privilegiada la reproducción de las relaciones sociales de dominación.

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El derecho a la ciudad, de Henri Lefebvre (Capitán Swing).

La producción de la ciudad no es una producción cualquiera, sino que «es también reproducción de las relaciones de producción». Para Lefebvre, esta reproducción se camufla bajo la forma de urbanismo neutral. De aquí surge el derecho a la ciudad que consiste en el derecho de construir la ciudad por parte de quienes la habitan.

Una vez entendido que el espacio se crea y que es el marco en el que desarrollamos nuestra vida, la lucha por la ciudad es una lucha por la emancipación de todos los que la habitamos. No hay, dice Lefebvre, urbanismo neutro, sin ideología, sino que todo espacio que se crea lo hace desde una concepciones. Por eso, el derecho a la ciudad se plantea como una democratización en la construcción de las ciudades que habitamos.

Por este motivo para Lefebvre «la vida urbana todavía no ha comenzado», porque la vida urbana es aquella en la que los habitantes no viven una ciudad ajena, sino la ciudad que han construido de forma democrática. El derecho a la ciudad —a veces mal entendido— no es un retorno a la ciudad tradicional (ni a ninguna ciudad en particular), sino un derecho a la vida urbana en su radicalidad. No es un derecho para disfrutar de la ciudad, es el retorno de todos los seres humanos como productores de la misma. Sólo de esta forma podremos vivir una cotidianidad que no nos aliene, una vida que nos emancipe y un espacio que no nos constriña.

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