Martin y Fritz Heidegger: el ser hasta en las cartas

Herder edita la correspondencia entre Martin y Fritz Heidegger de 1930 a 1949. Unos años trascendentales para la historia europea que, inevitablemente, también lo fueron para el devenir vital de los hermanos.
Herder edita la correspondencia entre Martin y Fritz Heidegger de 1930 a 1949. Unos años trascendentales para la historia europea que, inevitablemente, también lo fueron para el devenir vital de los hermanos.

La correspondencia entre los hermanos Heidegger evidencia que, fuera lo que fuera Martin, tanto política como filosófica como humanamente, lo era todo el tiempo. Por si había alguna duda, también en estas cartas
–publicadas por Herder–, que rezuman intimidad, están presentes los conceptos capitales de la filosofía de Heidegger: por allí circulan el Dasein y el ser y, cómo no, su controvertido paso por el nazismo.

Por Pilar G. Rodríguez

"La unica persona con la que en verdad puede contar es su hermano", explica Hannah Arendt a su marido. Lo recoge Arnulf Heidegger en el prólogo de Correspondencia. Martin y Fritz Heidegger 1930-1949, editado por Herder.
“La única persona con la que en verdad puede contar es su hermano”, explica Hannah Arendt a su marido. Lo recoge Arnulf Heidegger en el prólogo de “Correspondencia 1930-1949. Martin y Fritz Heidegger”, publicado por Herder.

El periodo en el que los hermanos Heidegger intercambiaron las cartas recogidas en Correspondencia y publicadas recientemente por la editorial Herder marca inevitablemente el discurso. Entre 1930 y 1949 se desarrollan los acontecimientos devastadores que revolvieron el siglo XX y el curso de la historia, al menos de Europa. ¿Y de qué se habla en esa época (como en todas)? De lo que pasa. ¿De qué iban a hablar dos hermanos que se aprecian, se preocupan por los acontecimientos? Pues de lo que le pasa al mundo y de lo que les pasa a ellos en su pequeño mundo.

Ahí están los recuerdos de la infancia, la Navidad entrañable, el olor a leña, el frío… El 17 de diciembre de 1930, por ejemplo, Martin se pone melancólico: “Cuando recuerdo las fiestas navideñas en la casa paterna, he de reconocer que estas eran de lo más sencillo que se pueden imaginar, y, sin embargo, se ha mantenido el recuerdo agradecido y la conciencia de que entonces como niños sentíamos una alegría desbordante con lo poco y sencillo que teníamos”.

Ahí está el desarrollo de sus vidas, de sus progresos… “Te has convertido en un valor estándar en la bolsa mundial de la opinión publica –le comenta Fritz a Martin–; la prensa escribe simplemente Heidegger, y con ello expresa que tú te has convertido en una figura famosa”. En esa carta, del 30 de marzo de 1930, Fritz exhorta a su hermano a aceptar la invitación de la Universidad de Berlín que finalmente no aceptará.

Y ahí está, por supuesto, el debate en torno a la figura ascendente en que se está convirtiendo Hitler en esos años, la asunción o no –y en qué grado– de su política, el advenimiento de la guerra y un repliegue final hacia sí mismo y hacia la patria (que Martin cita sin tregua en las cartas finales). Es necesario ir por partes.

¿De qué hablan dos hermanos que se aprecian y se preocupan por los acontecimientos? Pues de lo que le pasa al mundo y de lo que les pasa a ellos en su pequeño mundo

El regalo del libro de Hitler

“Al principio me quedé un poco sorprendido por el regalo del libro de Hitler, pero te lo agradezco. Llevo horas y horas debatiéndome en torno a Hitler”. Efectivamente, Fritz no lo tiene nada claro y sobre todo lo tiene mucho menos claro que su hermano Martin, que le ha hecho llegar Mi lucha a ver qué le parece, a ver si comparte su entusiasmo. En una carta anterior, fechada el 18 de diciembre del 31, Martin escribe: “Deseo que examines a fondo el libro de Hitler, que es muy flojo en los primeros capítulos autobiográficos. Ninguna persona perspicaz pondrá en duda que este hombre tiene un extraordinario y seguro instinto político y lo ha tenido ya cuando nosotros estábamos obnubilados (…). Ya no se trata de pequeña política de partido; más bien está en juego la salvación o el ocaso de Europa y de la cultura occidental”. A toro pasado es fácil decir que fue el ocaso, pero lo verdaderamente interesante es cómo el libro obliga a reflexionar sobre esos momentos de ebullición en que se nota que algo está por venir, que no se sabe si será bueno o malo, pero sí que será importante, decisivo y que hay que tomar partido: “Ha pasado el tiempo en que la política era un andar con rodeos”, le escribe Martin a su hermano en mayo del 32. Un poco antes, en la misma carta había quedado clara la posición de ambos: “Posiblemente sobre el ‘Nazi’ tardemos en ponernos de acuerdo. Comprendo tus reticencias ante el singular representante”.

“Ha pasado el tiempo en que la política era un andar con rodeos”, le escribe Martin a su hermano en mayo del 32.“Sobre el ‘Nazi’ tardemos en ponernos de acuerdo”

En este punto es preciso señalar que la posición distinta y más distante de Fritz respecto al nazismo no resquebrajó la amistad ni el cariño de hermanos y amigos que se tenían los Heidegger. Siempre se apreciaron, se necesitaron y se quisieron a pesar de sus constatables diferencias en una época crítica de esas en las que la política lo inunda todo, intimidad familiar incluida.

“Ayer me hice del partido…”

En el catálogo de Herder se encuentra el ensayo de Hans Dieter Zimmermann sobre Martin y Fritz Heidegger.
En el catálogo de Herder se encuentra también el ensayo de Hans Dieter Zimmermann sobre Martin y Fritz Heidegger.

Martin está decidido y así se lo cuenta a Fritz: “Y a pesar de todo, pese a los descarríos y brusquedades, hay que estar con ellos y con Hitler”. Y efectivamente está con ellos; desde el 3 de mayo de 1933 concretamente. Un día después, Martin le escribe a su hermano: “Ayer me hice del partido (…). Aunque tú, de momento, no te decidas a hacer lo mismo, te aconsejaría que te prepares para una adhesión”. Entonces hay un silencio, si no de los Heidegger, sí de las cartas que recoge el libro de Herder. Entre junio del 33 y octubre del 35 hay un salto y en ese tiempo algo ha cambiado: si hasta ahora el entusiasmo de Martin Heidegger por Hitler, y lo que creía que este representaba, no había hecho más que ascender, en dos años cambia el tono, comienza un repliegue que lo acabará centrando en sí mismo, aunque para eso todavía falta mucho, y una gran guerra de por medio.

Tomar en serio la filosofía

“Todo languidece”, le escribe a su hermano en ese año 35; en el 37, “soy rechazado completamente, en el fondo sobre la base de las mismas razones, por los órganos directivos de las juventudes hitlerianas”, y se despide en esa carta con un “hago lo que considero necesario”. En ese tiempo de tambaleo y dudas, Martin Heidegger se vuelve hacia la filosofía y lo expresa bellamente. Es cierto que está hablando de Europa y de su futuro, pero escribe: “Lo primero que hemos de aprender es a meditar y saber que nosotros no tenemos la verdad, sino que hemos de estar dispuestos de nuevo a preguntar por ella”. Y en la carta siguiente: “Es tiempo de tomar ahora en serio la filosofía”.

“Hemos de saber que nosotros no tenemos la verdad, sino que hemos de estar dispuestos de nuevo a preguntar por ella”

También es tiempo de guerra y de urgencias. La preocupación por la salvaguarda y el futuro de los manuscritos de Martin Heidegger, tarea en la que Fritz tuvo un papel de principal importancia, pasa a primer término en el intercambio epistolar. Las cartas, en su mayoría de Martin, adoptan un tono más reflexivo, en ocasiones nostálgico. El filósofo está construyendo su refugio, su particular retorno al pasado, y la guerra es un impulso hacia ello: “Cuando nosotros de niños conducíamos con nuestros caballos de madera vagones muy cargados a través del largo pasillo de casa, no pensábamos en que una vez tendríamos que sacar adelante carros más pesados”. También sus autores de referencia, con Hölderlin siempre a la cabeza, constituyen una especie de refugio. En las cartas menciona con asiduidad a Nietzsche, pero es a Hölderlin al que tiene siempre presente, como una especie de hermano en la sombra. “Un tomito de Hölderlin es mi única alegría”, escribirá en 1944. La postura de Martin es un intento de evasión que promueve centrándose más en el saber que en el acontecer y así se lo recomienda a su hermano por carta en junio del 40: “Mantengámonos legos frente a lo que acontece y dirijamos nuestro saber a otras cosas”.

El ser y el Dasein

El repliegue ha sido progresivo y es en la parte final donde se acusa con mayor agudeza. Martin despliega su universo y su lenguaje y la inmediatez de los acontecimientos queda relegada a un segundo plano o transida de reflexión. En abril del 42 escribe: “El infortunio de la guerra está marcado en todo. Por eso, siempre hemos de atenernos primero a lo sagrado”. En este contexto, más críptico y en no pocas ocasiones místico, hacen su entrada conceptos clave en la filosofía heideggeriana como el ser o el Dasein, ese estado de ser en una especie de gerundio; de ser-siendo y estar-estando formando parte de aquello que puede ser y de lo que le rodea. Obviamente, como corresponde a una conversación entre hermanos y colegas –pues Fritz trabajó de hecho como asistente de Martin gran parte de su vida–, Martin no se para en explicaciones. En la carta fechada en octubre del 43 aparecen ya ambos términos con toda naturalidad: “Cuando este mundo se quiebra en sus quicios, los pusilánimes son presa del desconcierto porque nosotros nunca hemos pensado históricamente, porque para el hombre culto el Dasein se identifica con el ‘negocio’ y la ‘diversión’ (…)”. Y se despide con una recomendación: “Permanece en tu mundo silencioso. Eso no es ninguna huida, sino la instancia, de la que tiene necesidad el ser mismo”.

En la ultima parte de esta Correspondencia, el ser y el Dasein se convierten en parte fundamental y natural del intercambio epistolar entre los Heidegger

Martin Heidegger lo hizo a rajatabla y no salió de su mudez, al menos de aquella que el mundo le instaba a abandonar, desconcertado ante aquel pensador brillante con un pasado enlodado. No hubo rectificación y menos perdón, pero sí unas palabras que dirigió a su hermano el 21 de septiembre de 1949. En la última carta Martin le dice a Fritz que ha recibido el dictamen de desnazificación: “Simpatizante sin medidas de sanción; la apostilla es especialmente picante”. Y continúa: “He sido siempre simpatizante del ser y quisiera seguir siéndolo. Por lo demás, desnazificación significa tanto como: uno queda ahora marcado como nazi; uno se convierte en algo que no era, es marcado con aquella imagen que el mundo tiene de esto”. Y el resto, en este caso con todo su significado y sentido, como diría Hamlet con su último aliento, el resto fue y siguió siendo silencio.

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