Frente a la razón, Vico situó el poder y la verdad de los hechos: Verum ipsum factum se convirtió en su lema. En la colección de la Biblioteca municipal de Trento. Archivo bajo licencia CC.
Frente a la razón imperante de la época, Vico situó el poder y la verdad de los hechos: verum ipsum factum se convirtió en su lema. Diseño a partir de un retrato de Vico realizado por Giuseppe Fusinati (1837).

Frente a Descartes y su apuesta por la razón, Giambattista Vico defendió los hechos. Así, a través de su principio verum ipsum factum, afirmó que el ser humano solo es capaz de conocer lo que él mismo ha realizado.

Por Gonzalo Muñoz Barallobre

La infancia de Giambattista Vico –nacido en 1668 del amor entre un librero y la hija de un carrocero– transcurría con normalidad hasta que con ocho años sufrió una grave caída, se fracturó el cráneo y los médicos emitieron el peor diagnóstico: no sobreviviría o quedaría irremediablemente idiota. Afortunadamente, los doctores se equivocaron y logró salir adelante sin ningún tipo de secuela física. Otra cosa fue la que ocurrió en su espíritu, ya que aquel niño aprendió durante su convalecencia a preferir la soledad a la compañía y a elegir la melancolía como clima vital.

Con ocho años Vico sufre una grave caída que resultará decisiva en su vida: la convalecencia le enseña a lidiar con la soledad y a preferirla

Cuando los padres intentaron que fuera al colegio, Vico no duró ni un curso; enseguida volvió a su casa, al lugar en donde él se sentía más a gusto, su soledad. Y aquí empieza la historia de un autodidacta, de hecho, uno de los motes por los que en Nápoles se le conocía era autodidascalo. Con avidez leyó desde De institutione grammaticae, del jesuita portugués Emmanuel Alvares, a Pedro Hispano, pasando por la Metafísica, de Francisco Suárez, y otros muchos libros que la profesión de su padre le brindó.

Hemos dicho que uno de los motes de Vico era el autodidascalo, por la forma en la que adquirió sus conocimientos; el otro tiene que ver con un nuevo golpe de mala suerte, con la tisis que contrajo y que le acompañaría toda su vida. Master tisicuzzus, así se le conocería también en Nápoles. Aquella enfermedad acentuó aún más su carácter solitario y propenso a la tristeza.

La imaginación como patria

El padre de Vico consiguió que fuera admitido en las clases que el canónigo Francesco Verde impartía en la facultad de Jurisprudencia, pero de nuevo ocurrió lo mismo que cuando le quisieron llevar al colegio: apenas si pisó las clases. Vico prefería la compañía de un buen libro a una lección magistral. Durante aquel periodo leyó todo lo que caía en sus manos sobre derecho y otros saberes, y por cada cosa que aprendió, entre los libros profundizó un poco más su soledad. Al final, logró sacar su carrera y hacer una breve irrupción en la abogacía, breve porque pronto descubrió que no era lo suyo, que prefería el estudio a la práctica. ¿Pero cómo seguir estudiando y a la vez percibir dinero? La respuesta vino sola, ya que el obispo de Inchia, Geronimo Rocca, le consiguió un trabajo como preceptor de los hijos de su hermano Domenico.

Tras una breve incursión en la práctica de la abogacía, Vico se convirtió en preceptor. Eso le permitió seguir estudiando y ganarse el sustento

La mayor parte del año, la familia de Domenico la pasaba en su marquesado de Vatolla, una zona de aires sanos que era especialmente beneficiosa para la enfermedad de Vico. En aquella casa educó a los hijos del marqués, y como después de las lecciones tenía mucho tiempo libre, pudo utilizarlo para continuar con sus lecturas y estudios. Al material que Vico había traído consigo había que sumarle la magnífica biblioteca que la casa de Domenico poseía. Durante seis o siete años, el filósofo en ciernes que era habitó el marquesado de Vatolla, y en él, de nuevo, habitó la soledad. Aquellos años, sumados a un pasado también solitario, fortalecieron en Vico la facultad de la imaginación. A través de ella, aprendió a liberarse de los límites que la vida le había impuesto y que le impondría. Aprendió a hacer de ella su patria.

Una pluma mercenaria

Ciencia nueva, de Giambattista Vico, en edición de Tecnos.
Ciencia nueva, de Giambattista Vico, en edición de Tecnos.

En 1695 regresó a la casa paterna de San Biagio y se dedicó a impartir clases particulares de latín y a escribir elogios, poemas conmemorativos e inscripciones funerarias a sueldo. Son momentos de penuria económica para Vico, pero no tardaría en encontrar una salida, ya que logró la cátedra de retórica de la universidad de Nápoles. Ciertamente era de las peor pagadas, pero sumando ese sueldo al que seguía obteniendo como profesor particular y escritor mercenario, pudo formar una familia con Teresa Catalina Destito, una joven analfabeta con quien tendría ocho hijos. Además de los ingresos, la cátedra le brindó a Vico la entrada al mundo literario e intelectual napolitano. Así comenzó su producción. De los primeros libros de Vico se puede decir que son menores, menores en relación a lo que vendría. En ellos se va forjando poco a poco su pensamiento. La soledad de Vico no solo fue vital, sino también intelectual, ya que él no encajaba en las diferentes corrientes filosóficas que recorrían Europa: el mecanicismo cartesiano, el naturalismo hobbesiano, el iusnaturalismo racionalista de Grocio o Pufendorf, el moralismo estoizante o el libertinismo epicúreo. De nuevo Vico hace de la necesidad virtud: esa exclusión de las líneas principales filosóficas de su tiempo le lleva a la búsqueda y creación de una «ciencia nueva», que quedará encarnada en su inmortal obra Principios de la ciencia nueva, publicada por primera vez en 1725.

Al no encajar en las diferentes corrientes filosóficas que recorrían Europa, Vico buscó y alumbró una «ciencia nueva». La encarnará su obra inmortal Principios de la ciencia nueva

Contra Descartes

Ante todo, la ciencia nueva de Vico busca ser una alternativa al pensamiento cartesiano, a esa filosofía que estaba convirtiéndose en la base del nuevo conocimiento científico y que incluía dentro de sí tres principios inamovibles: infalibilidad de la razón, primado del modelo matemático del saber y la tríada de criterios de la claridad, la distinción y la evidencia. Estos tres principios del modelo cartesiano responden a la necesidad que el filósofo francés tuvo de combatir el escepticismo que asolaba Europa. Pero el empeño de Descartes de sentar el conocimiento en bases absolutamente firmes fue considerado por Vico como una mera falsificación, ya que no hacía justicia a la experiencia del hombre del mundo, especialmente, en aquellos ámbitos que a él más le interesaban: la moral, la política y la historia. Pero no solo en ellos, porque para Vico el método cartesiano también resulta inútil en la investigación del mundo natural. Descartes formaba parte de la tradición que siguió el lema galileano que decía que el mundo estaba escrito en caracteres matemáticos, pero Vico no, porque ante todo, y ahí se ve la huella que el cristianismo dejó en él, creía que el interior del mundo, su secreto, estaba vetado para los hombres, que era algo exterior a nosotros y que solo Dios podía conocer. Esta afirmación viquiana restituía la fabilidad de nuestro conocimiento, resaltando la necesidad del hombre de experimentar y el valor de la conjetura, lo probable y lo verosímil. De este modo, la apuesta de Vico es una apuesta que se enfrenta con la razón pura cartesiana, y que además lo hace reivindicando el valor del ingenio, la evocación y la sabiduría poética.

El empeño de Descartes de asentar el conocimiento sobre bases absolutamente firmes fue considerado por Vico como una mera falsificación: no hacía justicia a la experiencia del hombre del mundo

Lo verdadero, lo hecho

En una época en la que la filosofía de Descartes había enseñado a Europa a buscar la verdad en la razón, Vico sitúa esa búsqueda en los hechos. Y en esta línea acuña su ya famoso principio verum ipsum factum, que identifica lo verdadero con lo hecho, es decir, que el hombre solo es capaz de comprender plenamente lo que él mismo ha realizado. ¿Y cuál es la mayor producción de los hombres? La historia. De ella, y solo de ella, el hombre puede tener conocimiento. La concepción viquiana de la historia está principalmente marcada por la afirmación de que esta no es lineal, sino cíclica. De este modo, Vico distingue cuatro etapas que están llamadas a repetirse:

  • La de la animalidad (marcada por el temor a la naturaleza).
  • La de los dioses (definida por la presencia de mitos y sacerdotes).
  • La de los héroes (en la que encontramos violencia, poesía e imaginación).
  • La de los hombres (regida por la filosofía y el derecho).

Cada etapa conoce su momento de génesis, su punto álgido, su decadencia y final. En el caso de la etapa de los hombres, la decadencia bien marcada por el escepticismo religioso, el egoísmo, la pereza y la pérdida de valores compartidos. Cuando esto ocurre, ella finaliza y la historia se reinicia volviendo a cumplirse de nuevo todas las etapas.

Con su principio verum ipsum factum Vico identifica lo verdadero con lo hecho. El ser humano solo es capaz de comprender plenamente lo que él mismo ha realizado: la historia

En el laberinto de la historia

La obra de Vico no tuvo entre sus contemporáneos el éxito que merecía, aunque, por lo menos, su actividad intelectual le valió convertirse en el historiador de los Borbones napolitanos (Carlos VII de Nápoles y III de España), cargo que desempeñó hasta su muerte en 1774 en la misma ciudad que le vio nacer. Ahora bien, su obra no cayó en el silencio histórico y su influencia será decisiva en autores como Comte o Croce, en movimientos como el marxismo o en corrientes como la hermenéutica de Gadamer. Al final, una vez más, aquel que quedó solo entre sus contemporáneos, que padece el silencio de los suyos, es recuperado en algún punto del laberinto de la historia. Vico bien lo merecía.

La reivindicación de Berlin

Isaiah Berlin hizo en el siglo XX un reconocimiento explícito a la obra y el legado de Giambattista Vico. Quien hiciera del pluralismo una de las claves de su obra no podía dejar de reconocer en el filósofo italiano al descubridor de la idea de las culturas, al pensador empeñado en indagar en el pasado y sus razones: «El verdadero conocimiento –dirá Vico en el ensayo titulado Mi trayectoria intelectual– es el conocimiento de por qué las cosas son como son, no meramente de lo que son (…). Las preguntas difieren, las respuestas difieren, las aspiraciones difieren (…). lo que le importa a un griego del siglo V es muy distinto de lo que le importa a un piel roja o a un chino o a un científico de un laboratorio del siglo XVIII. Por tanto, sus puntos de vistas difieren y no hay respuestas universales a todas las preguntas».

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