Gabriel Albiac, filósofo valenciano (1950), nos recibió en su estudio de Madrid. Foto: Deyanira López.
Gabriel Albiac, filósofo valenciano (1950), nos recibió en su estudio de Madrid. Foto: Deyanira López.

De la mano de la editorial Tecnos, Gabriel Albiac publica la edición más fiel –hasta ahora– de la famosa obra Pensamientos, de Blaise Pascal. Un monumental trabajo que esclarece muchas cosas al texto original y la filosofía del pensador francés; realizada, además, con exquisito rigor. Quisimos reunirnos con el filósofo para conocer de primera mano los detalles del proceso y algunas curiosidades en torno a la vida de Pascal.

Por Jaime Fdez-Blanco Inclán 

Se ha publicado un buen número de ediciones sobre la obra más famosa del polímata, matemático, físico, teólogo, escritor y filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662). Durante muchos siglos, la historia y las diferentes ediciones se han basado en la tesis de que Pensamientos era una obra que Pascal había dejado a medio terminar y que, tras su muerte, su familia y su círculo íntimo del convento de Port Royal habían decidido publicarlo. Bien, esta tesis es falsa.

Lo que Pascal dejó, más que el borrador de un futuro libro, fue un conjunto de papeles, notas y legajos en los que había ido apuntando sus reflexiones en sus últimos años de vida, cuando sus problemas de salud habían empezado a afectar de forma seria a su prodigiosa memoria. Son años en los que Pascal centró su atención en cuestiones diferentes a las que habían parecido importarle durante toda su vida y que tenían un hilo conductor bien establecido: la fe cristiana.

Si bien con el paso de los siglos algunos expertos en Pascal decidieron desarrollar ediciones bajo criterios puramente filológicos que respetaran escrupulosamente los “restos” dejados por Pascal, han tenido que llegar Gabriel Albiac y la editorial Tecnos para terminar por ofrecernos la edición más fiel, detallada y rigurosa de la más famosa obra del intelectual francés. Una edición de lujo que son en realidad tres, pues aglutina no solo la edición moderna impresa, sino también los papeles originales de Pascal y las copias manuscritas que se hicieron en Port Royal para la primera edición, estas dos últimas en formato digital.

Nos reunimos con Gabriel Albiac en su estudio de Madrid para conocer los detalles de este formidable trabajo y para que nos comente sus ideas acerca de la filosofía de Pascal y el desarrollo que su pensamiento ha tenido en los últimos siglos:

"Pensamientos", de Blaise Pascal (Tecnos, edición a cargo de Gabriel Albiac)
“Pensamientos”, de Blaise Pascal (Tecnos, edición a cargo de Gabriel Albiac).

Tradicionalmente se ha presentado Pensamientos como la gran obra propiamente filosófica de Pascal, su gran apología cristiana. Pero con esta edición, usted demuestra que todo lo que se ha venido haciendo hasta ahora –o, al menos, buena parte– ha sido realmente una gran mentira. La idea de que Pascal dejó un borrador, un libro a medio escribir, es falsa. ¿Pierde valor el pensamiento de Pascal con esta edición?
No, no, en absoluto. De lo que se trata es precisamente de fijar su trabajo. La obligación de todo historiador de la filosofía –y de cualquier historiador– es fijar las peculiaridades de la materia con la que se enfrenta. Y con los Pensamientos –lo que llamamos así porque ya es inevitable– se produjo un malentendido que es perfectamente comprensible en el momento de su primera edición en el siglo XVII.

La familia de Pascal y todo el medio jansenista, todo el medio de cristianismo rigorista en fuerte conflicto con la Compañía de Jesús, pensaban que el gran objetivo, el gran proyecto de la vida de Pascal, era elaborar una gran apología del cristianismo. Apología de la cual él había hablado en distintas ocasiones, en particular en una serie de conferencias y charlas en Port Royal. Sobre estas observaciones de Pascal y sobre esa experiencia, amigos y familiares piensan que, realmente, tiene ya muy avanzada una apología del cristianismo y que, por tanto, al momento de su muerte no habría más que tomar el borrador y editarlo.

“La obligación de todo historiador es fijar las peculiaridades de la materia con que se enfrenta”

Lo que se encuentran es que lo que hay en “la caja de los papeles” son materiales de trabajo absolutamente dispersos. Es cierto que hay exposiciones de 3 o 4 páginas, pero en su mayor parte son pequeños papeles recortados o grandes pliegos de varias notas superpuestas. Esa es la verdadera historia. ¿Y qué hacen con eso? Lo que ellos hacen es un trabajo excelente. Aunque hay múltiples ediciones, esta (me muestra un ejemplar del libro) es la primera edición de Port Royal, la de 1670, que en mi opinión hay que decir que es verdaderamente admirable. En los criterios filológicos del XVII no se puede editar mejor de lo que se hace en Port Royal con esos “restos”. Hacen lo único que se podía hacer: tratar de componer un cuerpo coherente. Ordenar los papeles de manera que aquello fuera legible.

Eso que era, creo yo, inatacable en el XVII, pasa a convertirse en una especie de evidencia repetida hasta el XIX. Victor Cousin escribe a la Academia explicando: “Es una vergüenza lo que estamos haciendo con los papeles de Pascal, dedicándonos a repetir una y otra vez la edición de Port Royal”. Nadie se toma la molestia de ir a los papeles. ¡Que están ahí! De hecho, Cousin se va a la Biblioteca Nacional de Francia y se encuentra con el hecho de que prácticamente ningún investigador se ha metido a fondo con los papeles originales en el último siglo. Es a partir de ese informe que se empieza a retrotraer la edición de Pensamientos.

Será Brunschvicg quien haga la primera edición que, digamos, crea criterio. La primera edición de los Pensamientos dentro de las Obras completas de Pascal que él editó. Ahora bien, Brunschvicg sigue utilizando un criterio “temático”, por decirlo de alguna manera. Trata de dar una cierta coherencia de lectura a los textos. Yo creo que, de las construcciones temáticas, la de Brunschvicg es, sin duda, la mejor hecha. De hecho, hasta el día de hoy, para citar a Pascal usamos dos referencias: la B, de Brunschvicg, y la ,L de Lafuma, que es quien fija por primera vez el criterio filológico, que no es otra cosa que respetar absolutamente la estructura y el orden en el que los papeles se nos transmiten por muy caóticos que sean.

“La primera edición de Port Royal es verdaderamente admirable según los criterios filológicos del XVII”

Gabriel Albiac. Foto: Deyanira López.
Gabriel Albiac. Foto: Deyanira López.

Sin orden y sin estructura, como en su caso…
Exactamente. Pasa a delimitar algo que, para nosotros, hoy, es la clave de cualquier edición de Pascal: ¿de dónde salen esos papeles? Pascal tomaba notas sobre pliegos de tamaño grande. Esas notas incluyen todo. Es decir, todo lo que es el trabajo de un escritor: las ideas que le vienen a la cabeza y que va apuntando, los resúmenes de los libros que va leyendo o las citas de autores que pretende utilizar. Naturalmente, esas citas no implican que Pascal esté de acuerdo con ellas; de hecho, en algunas ocasiones, como los pasajes de Mitton, son para mostrar su desacuerdo con tal o cual autor.

Bien. Por un lado, encontramos papeles recortados en distintos tamaños y cosidos temáticamente. Es algo que aparece con frecuencia en los cuadros del XVI y XVII, pues era el típico sistema de construcción de legajos: primero va tomando notas, y a continuación, cuando quiere utilizar esos papeles, los recorta y agrupa por temas. Básicamente es el trabajo de fichas que hacemos todos.

Sin embargo, hay una segunda parte que son los pliegos en los que falta el segundo paso del sistema, es decir, el del despiece y la ordenación. Sencillamente porque esos papeles están hechos –y eso no hay que perderlo nunca de vista– durante sus últimos tres años, cuando Pascal estaba extremadamente enfermo, con un pie en la tumba. Esta última parte de los papeles son aquellos en los que no pudo hacer más que la primera parte del trabajo, la anotación.

¿Qué es, en mi opinión y en la de todos los investigadores pascalianos, lo que había que hacer? Primero: atenerse en la medida de lo posible al estado en que los papeles nos habían llegado a nosotros; es decir, el desorden relativo. Segundo e importantísimo: tratar de ir desentrañando lo que hay en cada uno de esos papeles. ¿Hasta qué punto eso que tenemos delante es una idea de Pascal? ¿Es un comentario de otro autor o es una cita literal? Hay cosas que sí se han podido ir descifrando, en particular, las referencias de Montaigne, que nos prueban que algunos de los pasajes más “clásicos” de Pascal no son más que citas de Montaigne: “Si colocamos en el suelo una tabla de una anchura determinada, una persona podrá transitar de un extremo a otro sin problema, pero si colocamos la misma tabla entre las dos torres de Notre Dame, podemos estar seguros de que se caerá”. Eso, efectivamente, está en Pascal y naturalmente que no entre comillas, porque esos papeles eran materiales de trabajo personal. A este respecto, hay un libro que fue un superventas en el XVII, de Pierre Charron, que “manualiza” a Montaigne. El modo de escritura de Montaigne era muy exuberante, muy caótico, y Charron lo que hace es una especie de manual “montaigneano”. Pues sus pasajes en los Pensamientos son continuos.

Estas serían, si se quiere, las fuentes del XVII. Por un lado, Montaigne y la tradición escéptica; por otro, la tradición estoica, en la que, por cierto, juega un papel de no poca relevancia la tradición española.

“Las grandes influencias de Pascal son Epicteto y Montaigne, la tradición estoica y la tradición escéptica”

Las grandes influencias de Pascal, lo que lee de filosofía, son Epicteto y Montaigne. La referencias le llegan tanto desde ellos como a través de las lecturas literarias de esas tradiciones. Esa versión en verso de Epicteto que realiza Quevedo y que del español pasa a toda Europa como una especie de codificación de la ficción escénica (el “Sed todos farsantes”) y que juega un papel importante en todo el gran debate sobre el teatro en Francia en torno a Racine, Moliere y el mundo de Port Royal. Pero, por otro lado, tenemos los elementos polémicos, que en el mundo pascaliano tienen nombre y apellidos: lo que se designa como Libertinos y teóricos del Honnête homme. Y los más conocidos de la época, Chevalier de Méré y Damien Mitton.

¿Era Pascal uno de ellos? ¿Un libertino?
No… Hay que matizar qué es exactamente ser libertino, porque es extremadamente complicado. Es un vocablo cuya genealogía es fascinante. El primer uso del término es de Calvino, que lo acuña en ese texto que se llama Contra la secta fantástica y curiosa de los libertinos que, a sí mismos, se denominan espirituales. Calvino utiliza eso para referirse a un sector del cristianismo reformado ginebrino en conflicto con él y a los que acusa de estar cayendo en herejías. Él, con un descaro absoluto, recurre a San Ireneo de Lyon para señalar ese mundo del paradojanismo extremo, que culmina en el carpocracianismo.

De la relación entre cristianismo y pecado, en la recuperación de ese mundo de paradojas, se habría generado esa corriente de cristianismo utópico radical que en Ginebra mantiene la idea de que, en los términos paulinos más estrictos, la fe salva y, por tanto, para el cristiano no existe el pecado. Eso lo sabemos por Calvino, porque no dejó ninguna huella viva de los libertinos. El pequeño grupo de los que así se llamaban fueron quemados, y sus obras, destruidas. Lo que conocemos es exclusivamente por la transcripción que el propio Calvino da.

Lo fascinante es que se producen dos giros semánticos espectaculares en el uso del término: en el XVI de Calvino, “libertino” es una veta de cristianismo primitivo incrustada dentro de la Reforma; en el primer tercio del XVII es, para simplificar, la variedad francesa del maquiavelismo, sobre todo del Maquiavelo de los comentarios sobre Tito Livio y de la separación entre iglesia y estado –el primer intento de configurar el estado moderno como algo al margen de la intervención de la Iglesia–. Después estos libertinos eruditos son fulminados, les pasan la apisonadora por encima, pero sobrevivirán en Holanda (Jean De Witt).

En el siglo XVIII, cambia completamente el significado cuando la palabra pasa a designar una determinada posición en el ámbito de las costumbres; no en el ámbito de la teología, como era en el primer caso, ni en el ámbito de la política, como era en el segundo.

En Francia, a lo largo del XVII, una vez depurados los primeros libertinos, fueron encapsulados, como ocurrió en el caso de Gabriel Naudé, probablemente el más sabio de los libertinos franceses y el inventor del concepto del golpe de estado –su libro sobre el tema es una obra maestra absoluta, donde da esa definición que nunca ha sido mejorada: “El golpe de estado es el rayo que fulmina antes de que el trueno pueda ser escuchado”–.

Lo gracioso es que el cardenal Mazarino era un coleccionista empedernido de literatura clandestina. ¿Y a quién vas a nombrar para que te organice una buena biblioteca clandestina? Pues al más sabio de los autores clandestinos franceses de la época: Naudé, que es el padre del libertinismo político en sentido estricto. Este es el hombre a quien encarga Mazarino organizar lo que hoy es la biblioteca de la Academia Francesa –lo que conocemos como Biblioteca mazarina– y que posee el fondo de manuscritos libertinos más importante del mundo.

Pero sobre esa base, la de un movimiento que había sido ya reprimido, prácticamente ningún autor se define a sí mismo. Nadie se llama libertino, sino que se utiliza una designación lateral que, de algún modo, vale como una especie de “libertinismo” moderado en el siglo XVII. Son los citados teóricos del honnête homme: Méré y, sobre todo, Mitton.

“Pascal no era un honnête homme. Aunque como cualquier joven brillante de esos años habría estado influido por ellos”

¿Qué es lo que todos estos están tratando de teorizar como el “hombre honorado”? La construcción de una ética y una política que no operen mediante superposición de categorías religiosas, sino que permitan establecer unos criterios morales autónomos.

¿Ha sido Pascal parte de ese mundo? Como cualquier joven brillante de esos años, habría estado influido por ellos. Hay un joven matemático del cual habla Méré en términos muy burlones que, efectivamente, parece ser Pascal. ¿Cuál es la peculiaridad de esa especie de libertinismo de la época o de esa afiliación al ámbito del honnête homme en el caso de Pascal? En primer lugar, una fuerte primacía de la matemática sobre cualquier otra actividad; en segundo lugar, un amago de entrar en el mundo de la alta sociedad, a la que pertenecían Méré y Mitton, pero no Pascal. Al fin y al cabo, él no era más que el hijo de un funcionario. Acomodado, pero sin más. Eso dura muy poco, realmente. En el momento en que se produce la noche de la Conversión, que es el gran shock de su vida. Tenemos el relato, puesto que…

¿Escribe el memorial?
Eso es. Por un lado, las notas del memorial, y por otro, inmediatamente después, cuando acude a Port Royal a entrevistarse con messieu Sacy –uno de los maestros espirituales– para dar razón de esa crisis. Esas conversaciones no las conservamos por pluma de Pascal, pero sí del secretario de Sacy, quien asistió a las conversaciones y, muy verosímilmente, se encargó de tomar notas respecto de ellas, con lo cual, yo creo, la transcripción es bastante exacta.

¿Qué es lo que uno se encuentra y que resulta tan llamativo en el Pascal posterior? Pues que el enorme matemático que es Pascal pasa directamente a considerar que los ámbitos del conocimiento intelectual –y la matemática es el más alto de todos ellos– no son más que formas camufladas de la vanidad. Es algo que Jansenius había formulado explícitamente en la Reforma del hombre interior, cuando advierte al cristiano: “Cuidado. Pensaréis que habéis abandonado el mundo del pecado cuando hayáis abandonado las tentaciones de la carne y la ambición, pero cuando penséis que habéis abandonado todo eso para dedicaros a la pura especulación intelectual, entonces es cuando estaréis en el terreno verdaderamente peligroso, porque no existe vanidad más alta que la del conocimiento. El conocimiento, contra lo que podéis pensar, no es la puerta de la salvación, sino la puerta de la condenación”.

Esto se ve perfectamente en la correspondencia entre Pascal y Fermat. Es curioso leer las cartas de dos de los matemáticos más grandes de la edad moderna –en el caso de Fermat, sencillamente, uno de los más grandes de toda la historia–. Dos tíos de ese nivel que se escriben en plan: “Como usted y yo sabemos, ninguno de nosotros daría dos pasos de aquí a la puerta por un teorema matemático”. ¡Y era así! Tan era así que esa cosa que nos ha fascinado a todos los historiadores del pensamiento, la conjetura de Fermat… ¡¿cómo se puede solucionar un problema matemático de tal entidad y dejarlo sin anotar?!

¿En serio? No conocía la historia.
¡No tomó notas de nada! Fermat era magistrado, un alto funcionario. Y como se aburría, en los márgenes de las sentencias resolvía problemas matemáticos. En lo referente a la conjetura –mal llamada teorema, porque no lo es–, apuntó la solución al problema y dejó escrito: “He encontrado una solución extraordinariamente elegante para esto, pero no tengo papel para apuntarla”. ¡Y ya! Ahí se queda durante tres siglos.

Recuerdo perfectamente –en los 80, yo debía tener treinta y pocos años– cuando un joven matemático inglés se presenta en un congreso, va a la pizarra, empieza a escribir y de repente los que están presentes empiezan a murmurar: “Esto parece la conjetura de Fermat”, que es lo que era, efectivamente. Tres siglos para solucionar algo por lo que Fermat, como Pascal, consideraba que no valía la pena dar dos pasos hasta la habitación de al lado para buscar una hoja de papel más grande.

La matemática era una diversión, no un oficio, y la diversión en Pascal tiene un sentido muy estricto: solo es inteligible si la colocas en el juego de contraposición entre diversión y conversión. La diversión es lo que “divierte”, lo que me saca de mí mismo para perderme en El Otro. La conversión es el retorno hacia mí mismo que me permita proyectarme hacia Dios. La diversión tiene un papel central en la existencia mundana, pues, naturalmente, siendo los seres humanos bichos mortales que saben que lo son, la vida sería absolutamente insoportable si no lográsemos eludir ese acecho continuo de la muerte. No es el final, es un continuo. Cada momento del tiempo es una sucesión de muertes. Aunque eso no es exclusivamente pascaliano…

“La matemática era una diversión, no un oficio, y para Pascal la diversión tiene un sentido muy estricto: lo que divierte, lo que me saca de mí mismo para perderme en El Otro”

Dígamelo a mí, que tengo ataques de pánico (risas).
¡Como todos! ¡Un ser humano que no tuviese ataques de pánico sería imbécil! Lo que hacemos es controlarlos, pero, a poco que un sujeto piense lo que es el tiempo, no puede existir… Acuérdate que la literatura barroca española vuelve una y otra vez sobre ello. El pasaje de Quevedo: “Ya no es ayer, mañana no ha llegado, hoy pasa y es, y fue, con movimiento que a la muerte me lleva despeñado” y acaba con esa definición que presenta al ser humano como sucesiones de sí mismo.

Gabriel Albiac. Foto: Deyanira López.
Gabriel Albiac. Foto: Deyanira López.

Me recuerda a Montaigne: el presente no es más que el punto exacto entre pasado y futuro, pero nunca estás en él porque siempre lo dejas atrás.
Exacto. Todo eso viene de las Confesiones de San Agustín. Es el pasaje sobre el tiempo, pero que en el barroco se ve de un modo extremadamente dramático. Si soy presentes sucesiones de difunto, ¿cómo demonios me enfrento a mi realidad? Pues solo hay dos modos: la diversión –de la cual la matemática es la forma perfecta–, pero que abarca todo lo mundano del hombre, todos los procesos complejos en los cuales se elude lo insoportable; o bien la otra opción, que es aceptarlo como realidad humana y verlo como la puerta que me proyecta hacia la pérdida en Dios, lo que implica, de algún modo, la muerte mundana. Por eso, naturalmente, Pascal se ve atraído por ese mundo de Port Royal, que es un mundo de muerte en vida, un mundo de abandonar completamente el mundo. Y por eso entra también en la paradoja que su hermana le reprochará siempre, pues ella –que se hace monja y muere pocos meses antes que él– es en ese sentido más dura y más rígida que él: “¿Qué haces hablando de eso? Un cristiano no habla, un cristiano renuncia”.

“Pascal se ve atraído por el mundo de Port Royal, que es un mundo de muerte en vida, un mundo de abandonar completamente el mundo”

Siempre había tenido la teoría, personal, de que Pascal acude a la religión como los estoicos a su idea del destino: como no soy capaz de llegar a lo que quiero ser y mis planes no se cumplen, tengo mala salud y mis familiares se mueren, decido ponerme en manos de Dios. Que sea “lo que Dios quiera” y yo, voluntaria y dócilmente, viviré el destino que me ha sido prefijado. Pero luego, leyendo su prólogo, veo que no es eso lo que busca Pascal, sino la renuncia total: la renuncia al Yo. Ya no es una búsqueda de la felicidad como yo me la planteaba, ya no hay… nada.
Es que esa es la clave. Si, efectivamente, la diversión es lo que nos hace perdernos, extraviarnos, evitar la confrontación con la verdad de la muerte, naturalmente esa diversión opera mediante la invención de un acto escénico básico, que es el Yo. Si eso es así, lo que yo llamo “el punto de condensación” de imágenes, de ficciones, de escenas que componen un universo imaginario, entonces el objetivo a demoler es el Yo. Por eso dice Pascal en esos pasajes que son de debate con Mitton y Méré: “El yo es odioso”.

Mitton lo ve más desde el punto de vista egoísta, ¿no?
Eso se puede interpretar –en particular en Mitton– como egoísmo. Él es probablemente el más refinado de los honnête hommes contemporáneos de Pascal, mucho más Méré, y lo que Mitton dice es que la imposición del Yo es una grosería.

Está feo ponerse uno por delante…
Está mal, es de mala educación. Una horterada, vamos, porque se le impone a los demás y resulta desagradable. Pero lo que dice Pascal no es eso. Lo que él dice, si no recuerdo mal la fórmula, es: “Vos, Mitton, lo ocultáis. Lo camufláis, evitáis que moleste. Con lo cual sois aún más odioso, pues lo odioso no es la imposición, sino la invención misma del Yo, la ficción absoluta”.

Lo que Pascal descubre –aunque no es el único, pues es característico del Barroco–, y plantea con una radicalidad brutal, es que pensar es hacer saltar eso (el Yo) y eso nos coloca ante el vacío, ante la ausencia de consistencia. Y en esa tesitura no hay otra alternativa que dar el paso de la conversión, que es un salto sin garantía. Pero Pascal sabe muy bien, como cualquier cristiano serio debe saber, que la fe es una gracia y que, por tanto, no se merece. Todo lo hondo que pueda ser un despojamiento no es más que una etapa previa a la intervención de Dios…, pero Dios no tiene por qué intervenir. No hay nada que Dios deba a los hombres. Es precisamente el título de un libro de Kołakowski sobre Pascal: Dios no nos debe nada. El cristiano no tiene la menor garantía de que Dios intervenga. Él nos coloca en la oscuridad sin garantía ninguna de que seamos sacados de ella jamás.

Yo puedo entender que cuando alguien se pone en manos de Dios es para alcanzar la felicidad o un sentido de la vida, pero, visto así, lo que hace Pascal no es conseguir ser feliz, sino destruirse.
Absolutamente. Y no solo Pascal. La salvación solo puede producirse más allá, donde el Yo quedé diluido para poder ser reabsorbido por Dios. Ese acto de salvación solamente se cumple allá donde ya no hay Yo. Una visión de la santidad bastante rigurosa, en mi opinión, porque ¿cómo podría coexistir un finito con un infinito? Es un problema mayor.

Yo no soy creyente, pero pienso que los dos límites extremos que el siglo XVII sitúa en torno al problema de la creencia siguen siendo indesbordables. Son los límites absolutos de las relaciones entre filosofía y teología: o bien el infinito absorbe al finito, y por tanto no hay sujeto individual; o, por el contrario, el infinito es una red determinativa que estructura todo el conjunto de las causas finitas y, por tanto, todo se mueve en la inmanencia (Spinoza). Si la apuesta es por la trascendencia, no hay lógica ninguna que no pase a través de la destrucción del finito.

Pascal es uno de los primeros, si no críticos, sí de los que muestran cierta desconfianza hacia la razón…
Hay que tener cuidado en lo que se refiere a Pascal y al irracionalismo…

… No, no, mi duda es, más bien, respecto a su influencia. ¿Ha sido menos reconocido de lo que debiera en ese sentido?
Yo creo que la influencia de Pascal es fortísima tanto en el terreno literario como en el terreno teórico. En el primero lo dice muy bien Voltaire: el francés moderno nace en Pascal, concretamente en las Cartas provinciales. Cuando uno está habituado a leer francés del XVII, se da cuenta de que es otro mundo. Pascal no tiene nada que ver con ese ensayismo literario de su siglo, que juega en la vía de los viejos mamotretos manualísticos de una pesadez tremenda. Pascal es un matemático que de las matemáticas se ha traído al campo de la escritura una especie de depuración absoluta y una profunda antipatía hacia la retórica. Cuando la gente de Port Royal escribe la gramática de Port Royal, justamente toman como referencia a Pascal en cuanto a la economía de los procedimientos retóricos.

En cuanto al ámbito teórico, el peso de Pascal es muy grande en el siglo XIX europeo en general, tanto en el prerromanticismo alemán (Jacobi) como posteriormente. El problema es qué Pascal se está leyendo y bajo qué distorsiones. Todo el mundo –por ejemplo, Nietzsche– tiene esa impresión difusa de que en Pascal hay algo clave.

“Pascal es un matemático que de las matemáticas se ha traído al campo de la escritura una especie de depuración absoluta y una profunda antipatía hacia la retórica”

Gabriel Albiac. Foto: Deyanira López.
Gabriel Albiac. Foto: Deyanira López.

“El único católico del que he aprendido algo”, dijo Nietzsche.
También se supone que dijo: “A Pascal no lo leo, lo amo”. Conociendo a Nietzsche, es bastante verosímil. Es decir, Pascal, tanto el personaje como la obra, tienen un carácter tan fascinante que, a lo largo del XVIII y el XIX, es en buena parte un fantasma que lo recorre todo. El problema es que no siempre se busca con rigor, entre otras cosas porque es casi imposible.

Especialmente en este caso, ¿no? Quiero decir que, con esta edición del libro, tan fiel al original, es fácil que el lector saque su propia interpretación.
En esta edición lo que he intentado hacer es dar un instrumento que sea cómodo para el lector. Es eso que aparece en la primera página, el enlace que lleva a la base de datos digital (en la que el lector puede consultar de primera mano todos los escritos originales de Pascal). ¿Por qué? Pues porque si hemos dicho hace un momento que todo esto son fichas, entonces hay dos modos de que la gente las utilice: o le damos una caja llena de papelitos y que ellos los vayan ordenando manualmente, o bien se hace de manera digital, ahora que la informática nos da esa posibilidad. De hecho, eso fue lo primero que negocié para esta edición.

Quiero pensar que es una práctica que se pondrá de moda. ¿Cómo surgió la idea? Parece una apuesta arriesgada: aparte de la labor enorme del libro en sí, convertir el material, informatizarlo, etc., supongo que requirió muchísimo trabajo.
Mucho. Pero fue la condición previa que negociamos Tecnos y yo. Luego sus informáticos me facilitaron la labor –y trabajaron verdaderamente bien–. Es una base sencilla que pueden manejar lectores no especialistas en informática, como es el caso de la mayoría de la gente del gremio, y da una posibilidad interesante: “Mira, aquí están todos los papeles. Los puede usted leer en el orden filológico, que es el que viene en el libro, o puede usted mismo agruparlos, como hacía el mismísimo Pascal, en distintos grupos. Ahí lo tiene, haga con ello lo que quiera”.

¿Qué le aporta al lector, en su opinión, ese contenido extra? ¿Le preocupa que no se metan de lleno en las posibilidades que el formato ofrece y no lo aprovechen como es debido?
Este tipo de trabajos académicos, sencillamente, hay que hacerlos. Eso es completamente independiente de que quienes lo lean lo reconozcan después o no. Es decir, lo que he tratado de hacer con ese Pascal es un trabajo que, académicamente, sirva para algo.

“Este tipo de trabajos académicos hay que hacerlos, independientemente de que quienes lo lean lo reconozcan después o no”

Ahí (señala el libro) hay dos cosas. Por un lado, lo que es el trabajo en papel, que es cómodamente legible para los no especialistas –de hecho, Pascal es un autor que siempre ha funcionado muy bien en ese sector–, pues las notas a pie de página permiten clasificar textos que de otro modo no se entenderían –por ejemplo, aquello de “El Yo es odioso”–. Eso hay que separarlo en forma dialogada porque son pasajes en los que, por una parte, está hablando Pascal, pero por otra hablan sus contrincantes libertinos. En fin, el tipo de cosas que un apartado de notas permite ir leyendo con comodidad.

Después hay otra cosa, la parte digital, que está pensada para el lector más especializado, el académico, porque le permite ordenar y reordenar, además de ver las tachaduras originales. ¡Todas! Eso no se podía hacer en papel porque sería ilegible, pero es sumamente importante, porque realmente lo que estamos estudiando son borradores de trabajo, lo que los pintores llaman pentimenti, los momentos en que haces una cosa, pero consideras que no está bien, que hay que hacer otra, y borras o pintas encima, o lo tachas y vuelves a empezar.

Y otra cosa que es menor, porque se puede conseguir por otras vías, pero que yo sí quería darle también al lector, es el enlace directo a los manuscritos de Pascal. Yo creo que es importante trabajar con los tres simultáneamente (originales, copias manuscritas y libro), porque el original puede ser casi ilegible incluso para un especialista. Pero si entras ahí, en los manuscritos, verás que las tres copias son, por el contrario, de una claridad exquisita.

Eran las que se habían hecho con la intención de editar la obra, ¿no?
Esas copias se habían hecho para “salvar” el texto. ¿Por qué la familia se toma tantas molestias? Si el libro no existía, como hemos dicho, lo normal es que esos papeles hubieran acabado en la basura, como habrán ido a parar los papeles de tantos otros autores de la época –y de todas las épocas–. ¿Por qué la familia se esfuerza tanto? Esto ya es una hipótesis mía, pero no creo que tenga nada de absurda: la familia no buscaba editar la obra literaria, lo que buscaban era ofrecer material para la canonización de Pascal.

“Una hipótesis mía es que la familia no buscaba editar la obra literaria, sino ofrecer material para la canonización de Pascal”

¿No tenía que ver con el esfuerzo que él había puesto en esos apuntes?
Eso carecía de relevancia en el medio jansenista. Lo verdaderamente importante es que todos consideran que quien ha muerto no es un sabio, ¡es un santo! Pascal no había publicado prácticamente nada en su vida. Cuando muere, deja impreso pero sin distribuir un pequeño tratado matemático, brillantísimo, pero completamente menor. Pascal era a quien todos tenían una estima extraordinaria porque era muy espectacular a nivel intelectual. En buena parte, los Pensamientos son el fin de todo eso, la decadencia. Tanto la familia como los amigos de Pascal coincidían en una cosa: nunca tomaba notas. Tenía ese tipo de memoria fotográfica que permite retenerlo todo. Por ejemplo, sus teoremas matemáticos se resolvían siempre al primer borrador. No significaba que los hubiese improvisado o resuelto a la primera. Quizá llevaba meses o años dándoles vueltas en su cabeza y, de pronto, ¡zas!, encontraba la respuesta, lo resolvía y de un tirón lo plasmaba en papel. No tenía borradores como tal hasta entonces. Es ahí, cuando la enfermedad empieza a entrar en fase terminal, cuando percibe que está perdiendo capacidad y pasa, como un loco, a tomar notas de todo.

Yo creo que la familia, en el momento de la muerte, piensa que existe la posibilidad de una canonización, algo que es de una ingenuidad tremenda, especialmente después del roto que Pascal le había hecho a la Compañía de Jesús. Pensar que eso pudiera progresar… era un imposible. Ahora bien, esa visión sacralizante de lo que hay allí, como si los manuscritos fueran la reliquia de un santo, ha sido una bendición para los investigadores porque ha hecho que no se tirase nada.

¿Y por qué las copian? Las copias son lo que llamamos “copias diplomáticas” o, en la época, “copias figuradas”. Para simplificar, estas copias figuradas eran fotocopias hechas a mano, en las cuales se reproduce exactamente la estructura de un texto. Un pasado a limpio, pero preservando las tachaduras, la formas de las líneas, los saltos de página, etcétera. ¿Por qué la familia se toma esa molestia? Pues para salvarlo.

Imagina que tú tienes ahí un montón de papeles que van a ser entregados a los señores de Port Royal para que se ocupen de su edición… y sabes perfectamente cómo se opera en el mundo de la impresión de la época. Los preparadores de la edición eran hombres exquisitos, pero operaban directamente sobre los papeles originales, con lo que cabía la posibilidad de que se rompieran o se perdieran o, sobre todo, se desordenaran; porque, naturalmente, no estaban escritos en el orden que se había previsto para la edición.

¿Cuáles son entonces los instrumentos maravillosos que nos dan las copias? En primer lugar, que en ellas es legible lo que en el original no siempre lo es. En segundo lugar, que están completos, mientras que en el original hay trozos que se han perdido o se han roto. Y en tercer lugar, importantísimo, nos dan el orden en el que estaban realmente. Con lo cual en estos momentos tenemos menos problemas para realizar una edición filológica, respetando el orden en que se encontraban realmente los papeles.

Esa era la última pregunta que le quería hacer. Esta edición es la más académica y fiel que se ha hecho, y no solo en castellano. La que más se aproxima al original. ¿Podemos decir que ha “matado” a las anteriores?
Vamos a ver, la edición del 51 ya mató a las anteriores. ¿Pero significa eso que no podamos seguir leyendo la edición de Brunschvicg? Si yo tuviera que recomendar a un chaval de bachillerato una edición, quizá le recomendaría la edición Brunschvicg, que articula los pasajes en grandes bloques muy inteligibles. ¿O la vieja edición de Port Royal? Claro que podemos leerlas, pero en términos distintos.

Por ejemplo, que la coja un estudiante sabiendo que eso no es “real”, que no es exacto, sino un “refrito”.
Eso es. Que lo leas y sepas que eso está construido. No necesariamente falseado, ojo, pero sí construido. Aunque se respete un texto al máximo –e insisto, ningún editor del siglo XVII hubiera tenido mayor respeto que en este caso, porque esa edición es asombrosa–, hay una labor de reordenación. Y ordenar algo es imponerle una perspectiva. Que puede ser correcta, pero que en todo caso exige, tanto en el caso de Pascal o en el de cualquier otro caso, establecer la literalidad filológica.

“Lo que he intentado hacer es dar un instrumento que sea cómodo para el lector”

No obstante, sí hubo una edición que provocó un verdadero terremoto en el momento de su publicación, que es la de Martineau. Este hizo una edición espectacular que pretendía sustentar la tesis de que lo que se llaman Pensamientos no habían sido escritos en anotaciones sueltas, sino, al menos la parte fundamental de ellos, como discursos. Discursos coherentes que solo posteriormente habían sido cortados para hacer distintas exposiciones. Es una tesis muy sugerente.

Martineau reconstruyó todos los discursos –en una labor ciertamente espectacular–, pero yo creo que no es suficiente para fundamentar su tesis. Además, su edición trajo otro problema, pues provocó que se cancelara la gran edición de Mesnard, que hubiera sido, probablemente, el gran referente canónico, pues él es la autoridad absoluta en Pascal de la segunda mitad del siglo XX. Él planifico una fantástica edición en 7 volúmenes de las Obras completas de Pascal, pero solamente se llegaron a hacer los 4 primeros. Es una edición histórica absolutamente descomunal, porque no aglutina solo los textos de Pascal, sino la totalidad de los textos que existen alrededor de su obra. Por ejemplo, con los trabajos matemáticos esta edición reúne no solo los de Pascal, sino todos los trabajos matemáticos relacionados con él. Pero Mesnard, en medio del debate que se levanta a raíz de la publicación de la edición Martineau, abandona la suya. No llegó a editar ni las Cartas provinciales ni los Pensamientos. Eso que, en aquel momento (1992), veíamos cómo la gran oportunidad de unificar por fin el criterio –pues el que estableciera Mesnard nadie lo iba a discutir– no prosperó y su abandono hizo que fuera necesario sacar una nueva edición, la de Michel Le Guern (1998), en dos volúmenes, que es una muy buena edición ajustada al criterio filológico.

Y en estos momentos está en curso una gran edición informática bajo la dirección de D. Decotes y G. Proust que será, a fin de cuentas, la edición definitiva. No está acabada todavía, pero lo que está hecho es espectacular, será la gran edición de Pascal en Francia.

Entonces habrá que leerla… después de la suya, claro.
Claro, claro, hay que leerlas todas (risas).

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